Citas bíblicas

To serif or not to serif, that’s the question… No sé, pasarme a la tipografía Georgia es casi como una apostasía… pero no sé.

Y disculpen los que actualizaron a la nueva dirección (/blog3/), al final decidí reciclar la vieja. Todavía no estoy seguro de lo que haré con los post viejos – por ahora están tanto acá como en la versión anterior (paginas estáticas), supongo que después sobrevivirá una sola versión —si no menos.

De paso: redactando la entrada pasada, me harté de escribir el link al versículo bíblico, y entonces me acordé que para el vocabulario bíblico ya había implementado la inteligencia (bueh!) necesaria, entonces emprolijé y abrí el juego. Cualquiera puede usarlo ahora, como yo lo usé en este par de citas. Si ud. tiene un blog o página web y acaba de escribir una referencia a un versículo de la Biblia, (digamos “Lc 12:22″), si quiere tener el link le basta con rodear el texto con un código HTML genérico – e incluir previamente una pequeña librería Javascript – explicación aquí.

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Desde dentro

[...] la situación religiosa del hombre moderno, contemplada en su conjunto y a primer golpe de vista, produce una impresión de desmantelamiento, de una cierta pobreza —por no decir miseria—, de un vacío y un extrañamiento respecto de los antiguos usos y concepciones habituales, que habían llegado a hacerse tan queridos. Pero conviene guardarse de tomar como definitiva esa primer impresión, y sobre todo de valorarla de antemano en un solo sentido -negativa o positivamente. Las mutaciones estructurales en la historia del espíritu tienen generalmente una cierta ambivalencia y neutralidad: no es sólo que pueden ser interpretadas de un modo u otro, sino, principalmente, que el hombre que vive la situación puede sacar de ellas lo uno o lo otro. Y esta manera creativa de tomar el “material” espiritual que ofrece la época corresponde especialmente a los cristianos. Pertenece a su misión interpretar el tiempo presente (Lc 12:56) y, más aún, elaborar algo cristiano en lo que ofrece el tiempo.

[...] Así también la imagen de Dios en nuestro tiempo tiene un estilo propio, y el cristiano debería reconocerlo y saberse expresar en él. Y esto no desde fuera, de un modo diplomático y apologético, sino desde dentro: como hijo de este tiempo, que participa de la situación, de las privaciones y las riquezas de la época, y que, con todo, sabe sacar “cosas nuevas y viejas” (Mt 13:52) del tesoro de la revelación de Dios que le ha sido confiada, para interpretar su tiempo y servirle y servirse.

Leído ayer en un libro de Urs von Balthasar (“El problema de Dios en el hombre actual” – 1956 – Guadarrama – p . 199).

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Cambios

Estoy cambiando el motor del blog, todo se verá raro/feo/roto durante unos pocos días.

Andando el carro se acomodarán los zapallos -estética y funcionalidad- o al menos eso espero.

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Mil razones por lo menos

Unamuno y Chesterton son de los míos. Los conocí casi al mismo tiempo, alrededor de los veinte años, y me ayudaron, y me ayudan. Aunque no se parecen mucho. Por momentos más bien parecen contrarios. Por ejemplo:

Chesterton:

Supongamos que se produce en la calle una gran agitación por alguna cosa, digamos por un farol de gas que muchas personas de influencia desean hacer desaparecer. A un fraile franciscano, que es el espíritu de la Edad Media, se le pide opinión sobre el particular, y él empieza a decir en la forma árida de los escolásticos: «Consideremos ante todo, hermanos míos, el valor de la Luz. Si la Luz es buena en sí…» Al llegar a este punto, lo echan, algo disculpablemente, al suelo. Toda la gente quiere ganar el farol, el farol queda derribado en diez minutos, y todos se felicitan mutuamente por su practicidad nada medieval. Pero resulta que después las cosas no marchan tal fácilmente. Algunos habían derribado el farol porque querían la luz eléctrica; otros, porque necesitaban hierro viejo; otros, porque deseaban la obscuridad, porque sus actos eran malvados. Algunos no dieron suficiente importancia al farol, otros le dieron demasiada; unos actuaron sólo porque querían inutilizar un servicio municipal, los demás por destruir algo. Y se produjo la guerra en la noche, dándose palos de ciego. Así, gradualmente e inevitablemente, hoy, mañana o el día siguiente, vuelve la convicción de que el fraile franciscano estaba al fin y al cabo en lo cierto, y que todo depende de cuál es la filosofía de la Luz. Sólo que aquello que habríamos podido discutir a la luz del farol de gas, ahora vamos a tener que discutirlo en la oscuridad.

Unamuno:

Una vez, ¿te acuerdas?, vimos a ocho o diez mozos reunirse y seguir a uno que les decía: ¡Vamos a hacer una barbaridad! Y eso es lo que tú y yo anhelamos: que el pueblo se apiñe y gritando ¡vamos a hacer una barbaridad! se ponga en marcha. Y si algún bachiller, algún barbero, algún cura, algún canónigo o algún duque les detuviese para decirles: «¡hijos míos!, está bien, os veo henchidos de heroísmo, llenos de santa indignación; también yo voy con vosotros; pero antes de ir todos, y yo con vosotros, a hacer una barbaridad, ¿no os parece que debíamos ponernos de acuerdo respecto a la barbaridad que vamos a hacer? ¿Qué barbaridad va a ser ésa?»; si alguno de esos malandrines que he dicho les detuviese para decir tal cosa, deberían derribarle al punto y pasar todos sobre él, pisoteándole, y ya empezaba la heroica barbaridad.

¿Pueden gustarme los dos, puedo darles la razón -no sólo en general, sino en particular, en lo que abogan estos textos? De hecho es así – aunque de derecho no estoy seguro. No estoy seguro de si la contradicción es aparente o real. Pero no intentaré conciliaciones por la vía de razones superiores (no quisiera ponerme como por encima de Chesterton y de Unamuno), ni pretenderé “contener multitudes” como decía Walt Whitman, ni me conformaré con la décima de Almafuerte:

Yo proclamo lo que digo
sin meditar lo que dije:
ni me asombra ni me aflige
pensar que me contradigo.
Cualquier ideal persigo,
porque todos serán buenos:
los magines están llenos
de juicios que no se avienen
y las mismas cosas tienen
mil razones por lo menos.

Yo me quedo con los dos, con Unamuno y con Chesterton. Sospecho que, aquí al menos, se complementan – y que conviene no perder de vista los dos lados de la cuestión. Que hay un tiempo para escuchar las razones de fraile razonador, y hay un tiempo (días, siglos, climas y circunstancias) para pisotearlo y pasarlo, con furia o con entusiasmo, por encima.

Hace poco conocí otro ejemplo. Las Coplas del iconoclasta enamorado es una canción de y por Vainica Doble —pueden leer-escuchar y formarse juicio, antes de seguir, si gustan.

Lo que me hizo gracia fue leer que el dúo tenía ideas muy distintas sobre el sentido de la letra.

Carmen: «Esta canción es otra de las contradicciones entre Gloria y yo. La letra se me ocurrió saliendo de mi casa, yendo por la plaza de Colón, al ver que estaban tirando el palacio de Medinaceli… Está hecha en contra del iconoclasta: una canción absolutamente reaccionaria por mi parte».

Gloria: «Pero como ese personaje soy yo, porque yo soy totalmente iconoclasta, por eso la canto con tanto gusto y da la impresión contraria, que el texto está a favor del iconoclasta… A mí el que un señor destroce todo en nombre del amor me parece una canción de amor tan absolutamente maravillosa, que me emociono siempre que la canto»

Chesterton y Unamuno… armonizado a dos voces. Bien. Y yo aquí también me resisto a optar — en absoluto.

Lo de las Vainica, además, puede ilustrar un aspecto de otro tema —si es que realmente es otro: la intención del autor.

Y aquí podríamos traer a nuestro Charly García para acompañar a las españolas, con su canción Viernes 3 AM —de nuevo, los que no conozcan pueden escuchar o leer. Supongamos que viene uno a poner en duda que se trate de un suicidio porque —nos dice—« un “bang” también puede ser un despertar, una explosión, o una forma contemplativa de la angustia»… Probablemente protestamos: es un lectura rebuscada e infiel, es obvio que eso no es lo que Charly tenía en mente cuando escribió esa canción. Pero resulta que quien propuso esa lectura infiel a la intención del autor es… el propio autor. Quizás esto no nos baste, podemos insistir en que es lectura interesada, motivada por la noticia de que varios adolescentes argentinos se suicidaron con la canción de fondo, y que no representa la intención original de la composición… Quizás tengamos razón, pero en todo caso se ve que el criterio de “la intención del autor” es más espinoso y menos concluyente de lo que aparenta. Y lo mismo para las Vainica: ¿es infiel Gloria al texto, al cantarlo a favor del iconoclasta? Es claro que no, el texto admite esa lectura sin sufrir violencia.

Esto, desde ya, está lejos de resolver la cuestión, pero acaso pueda iluminar algún rinconcito. Y ya que empezamos nombrando a Unamuno, con una cita de su “Vida de Don Quijote y Sancho”, recordemos que el mismo vasco no tenía problemas en encontrar en el texto cosas que a Cervantes no le había pasado por la cabeza; la intención de Cervantes -en lo general y en lo particular- le importaba muy poco.

Tampoco me importaría mucho a mí esta cuestión de la intención del autor, si no fuera por sus implicancias bíblicas.

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Libros

Algunos de los libros que leí últimamente – en el sentido más amplio de las palabras (“leí” y “últimamente”).

1. “Fortunata y Jacinta”, de Benito Pérez Galdós. Casi primer contacto con el autor (si exceptúo Marianela, que leí demasiado joven). Buena novela, algo sobrecargada para mi gusto, pero tiene fuerza. Linda pintura de época, además. Meritorio lo de Galdós, y meritorio también lo mío, animarme a leer en transporte público una colección con tapas tan ostensiblemente (y absurdamente) femeninas – la verdad es que tiene una calidad tipográfica insólita dentro de estas colecciones que se encuentran en mesas de saldos porteñas. Recomendable, el libro y la colección (por la tipografía, no por las tapas).

2. “En el país de los eternos hielos” y “En las lomas del polo norte”, del p. Segundo Llorente. Relatos (casi un diario) de un misionero español jesuita en Alaska, desde 1935. Lo disfruté mucho – casi tanto gracejo como aquel padre Huc en China; buen sentido y rudeza (para bien y para mal), humor sencillo y religiosidad idem. Mención aparte merecen (y tendrán acaso) sus rasgos preconciliares y sus entusiasmos franquistas rasgos que aquí, creáse o no, no me han molestado ni un poquito.

3. “La visita de la vieja dama”, de F. Durrenmatt. Otro primer contacto. Obrita de teatro, ácida, divertida. Aunque quizás algo esquemática y previsible, la moral del asunto es en verdad inquietante.

4. “Cuentos de soldados y civiles”, de Ambrose Bierce; autor más conocido por su “Diccionario del diablo” (sobre-valorado, creo con BalF). Estos cuentos tampoco me impresionaron demasiado. Creo que sólo recordaré La ventana tapiada y El puente sobre el Río del Búho – y este último (me gusta imaginarlo como un corto de animación) ya lo conocía por una “Antología del cuento extraño” de Rodolfo Walsh (4 tomitos verdes, suele verse en mesas de saldo en Buenos Aires; recomendable).

5. Entré a un librería para retirar una compra por internet: uno de la saga infantil de Guillermo (Richmal Crompton). Rebusqué primero en los estantes, algo de filosofía, como para dejar a salvo mi honor de lector adulto … pero, no, lo único que encontré fue otro más de Guillermo… ah, y uno de Wodehouse (con el muy poco serio título: “Joyas en el dormitorio”). Pero el librero acotó: “Ah, el querido viejo humor inglés…” Bien por el librero, y muy bien por los tres libros.

6. “Inspiración de la Sagrada Escritura”, de Karl Rahner (1958). No es autor que me resulte fácil, pero este librito me pareció bien y de bastante provecho, sobre un tema que me importa. Me gustó también la -digamos- cabeza fría intelectual, lo de especificar en la primera página: «este estudio no es de teologia bíblica, sino dogmática», y atenerse a eso.

7. “Los siete locos – Los lanzallamas”, de Roberto Arlt. En rigor, ya había leído estas novelas (o esta novela en dos partes), pero hacía tantísimo tiempo… Sí, tiene lo suyo Arlt, reviví en parte la impresión que me causara allá de joven; pero, hoy tengo menos paciencia, o más sentido del ridículo («A instantes rechinaba los dientes para amortiguar el crujir de los nervios enrigecidos dentro de su carne que se abandonaba, con flojedad de esponja, a las olas de tinieblas que deyectaban su cerebro.») No volveré a releerlo, eso es seguro.

8. “Las víctimas”, de Georges Bernanos. El libro incluye otras dos novelas grandes (“Diario de un cura rural” y “Nueva historia de Mouchette”), con ilustraciones variopintas (lindas las de Mouchette). Esta es una novela policial, y el prólogo del volumen comete el imperdonable pecado de adelantar su clave; aun con eso, entendí muy poco. Bernanos en sus buenos momentos es grande pero arduo de leer; en los malos momentos -aquí- es casi ilegible. Encaré la cuarta novela (“Un mal sueño”), pero me impacienté rápido.

9. “Carnets”, de Albert Camus. Creo que ya cité algo, y seguramente citaré más. Anotaciones de 1942-1951. Muy estimulante para micaso curioso, el de Camus, un humanista incrédulo que casi todos los católicos quieren – queremos. Uno de los pocos (con Peguy) cuya integridad no se discute.

10. “Confesiones de un espectador culpable”, de Thomas Merton. Releí por arriba este y otros escritos de Merton, que había leído (algunos también por arriba) hace mucho tiempo. Veo ahora más claro sus limitaciones (no tiene genio de escritor, ni profundidad intelectual ni mística; escribió demasiado, su éxito inicial lo perjudicó) y a pesar de eso —o por eso — lo siento ahora mucho más cercano, más de confianza y más útil -para mí.

11. “La pregunta por la cosa“, de Heiddeger. Son básicamente unas lecciones sobre la “Critica de la razón pura” de Kant. Tratándose de Heidegger y Kant, es una sorpresa para mí haber podido -al fin- entender algo. Muy sugerente cómo ve el asunto en relación con la matemática y la ciencia moderna. A releer.

12. “La vida intelectual en tiempos de Maurras”, de Henri Massis. Otra relectura, muy fragmentaria. De nuevo, los años me dan un poco más de perspectiva sobre esta pintura de uno de la derecha francesa – y sus problemas con Maritain. Massis es fino, sin dudas, pero no me deja un buen regusto.

13. “Simone Weil”, de Georges Hourdin. Una introducción a SW. No está mal, pero no me dejó mucho. El autor, en general simpatizante, algo demasiado… humanista para mi gusto, habla con Simone, a veces se vuelve contra ella (por ejemplo, cuando ella ataca el personalismo) pero con respeto y sencillez. Afirma que fue bautizada – y pretende aportar la identidad de la amiga bautizadora. Se pregunta también si el Concilio Vaticano II y lo que siguió ha eliminado las objeciones de Simone contra la iglesia católica; responde -atinadamente, creo- que sólo algunas.

14. “El tren llego puntual”, “¿Dónde estabas, Adán?“, “Y no dijo ni una palabra”, “El pan de los años mozos”, “El honor perdido de Katharina Blum”, cinco novelas de Heinrich Böll -otro primer contacto. Todas de valor, creo, aunque debería haberlas leído antes; compruebo (¿signo de adultez, o de vejez?) que las novelas me absorben menos que antes. La última (“El honor…”) es muy diferente del resto, quizás más memorable, pero un poco demasiado “de tesis” para mi temperamento. Recordaré mejor, creo, el clima de Y no dijo ni una palabra.

15. “Introducción a la cristología del Nuevo Testamento”, de Raymond Brown (el mismo de las 101 preguntas sobre la Biblia). Reseña muy legible de las cristologías de Jesús (es decir, el testimonio que da Jesús de sí mismo, por sus actos y palabras en general, por sus proclamación sobre el Reino, y por sus afirmaciones explícitas sobre sí mismo) y las cristologías de los discípulos, específicamente los redactores del nuevo Testamento (a la luz de la resurrección, de la segunda venida, del ministerio público, de la vida oculta, de la encarnación, de la preexistencia), y cómo se integran en las fórmulas de Nicea y Calcedonia.

16. “Un judío marginal (tomo 1)”, de John Meier. La obra fundamental, dicen (entre ellos B16) sobre el “Jesús histórico”. Impresiona la erudición y cantidad de notas; pero recién el tomo 2 arranca con la vida pública de Jesús, así que me ha dejado gusto a poco. Veremos cómo sigue.

17. “Principios de filosofía”, de Adolfo E. Carpio. Una obrita introductoria, para estudiantes, de un profesor de filosofía de la UBA (1974-1995). Muy legible y recomendable para autodidactas como uno – lamento no haberlo leído mucho antes. Trasmite el eros filosófico, sin dar impresión del facilismo vulgarizador. Sus preferencias van por Husserl y Heidegger, pero al que dedica más espacio es a Kant. Curiosamente, para mí, muestra bastante aprecio por la filosofía tomista (incluso la contemporánea) y poco aprecio por la filosofía analítica anglosajona (incluido Wittgenstein).

18. “La respuesta de los teólogos”: Congar, Danielou, Schillebeeckx, Schoonenberg, Rahner y Metz responden sobre los temas más acuciantes para la iglesia del postconcilio (1970). Aquí Danielou suena relativamente conservador… e incluso Rahner, que dialoga con Metz (me disgusta las veleidades de este con la “violencia revolucionaria”, de moda entonces). Pero lo que más me dejó pensando es lo de Danielou sobre la problematicidad de un cristianismo con arraigo en las masas en una cultura no cristiana; y, si hay que entender que subistirá un resto, cómo entender ese resto (¿una elite?). Ampliaremos.

19. “Los evangelios y la historia”, de Pierre Grelot. Buen repaso sobre problemas básicos de exégesis bíblica, en relación con la historia de la iglesia, la evolución del magisterio durante el siglo XX. Sobre todo, el espinoso tema de la historicidad. Hay parte de tono algo polémico (contra los conservadores), pero se me hace justo y necesario.

20. “La palabra inspirada”, de L. A. Schökel (1964). Lindo libro sobre la inspiración bíblica, por un biblista español (el mismo de la “Biblia del peregrino”). Más de una vez me ha ocurrido, leer alguna frase oscura y preguntarme, «¿Esto no estará mal traducido? Tal vez en realidad diga…» … y entonces advierto que este es el original, que el autor escribe en castellano. Cuestión de reflejos, estoy tan poco acostumbrado…

21. “La presencia de Cristo en la Eucaristía”, de E. Schillebeeckx. Teólogo progre, este libro causó escándalo en su momento, dicen. Lo estoy leyendo, no sé si está bien o mal, pero por ahora me resulta bien. Me extraña encontrarlo cercano a una teoría de Simone Weil (como ella misma reconocía, no tenía derecho a tener teorías sobre los sacramentos), de que la conversión eucaristica es sí una convención, pero una convención ratificada por Dios, y por lo tanto más real (y no menos) que la realidad. Pero es posible que la coincidencia esté sólo en mi imaginación – o que si la hay no signifique nada bueno.

22. “Rudolf Bultmann en el pensamiento católico”, por varios autores. Bultmann, protestante desmitologizador, es uno de los demonios mayores para los católicos conservadores. Esta recopilación de ensayos, moderadamente críticos, arranca floja con un ladrillo de H Fries, pero más adelante mejora – con J. Blank, Geffre, y otros. En general, instructivo, sobre todo para uno que sólo conocía a Bultmann por (malas) mentas.

23. “El amor loco de Dios”, de Paul Evdokimov. Ya citado aquí, este teólogo ortodoxo tiene un estilo muy particular, concentrado. Es de esos que en un párrafo me dicen más que otros en un libro. Me recuerda, en eso, a Simone Weil. Un hallazgo. Seguiremos citando.

24. Yo y tú – Y otros ensayos”, de Martin Buber. Otro descubrimiento, aunque este —el autor, el libro, el tema— es muy conocido. Es raro encontrar ensayos sobre temas tan fundamentales sin casi citas, sin referencias académicas – exceptuando al ignorante inculto que cree haber descubierto a pólvora; no es el caso. Fascinante. A releer y espigar más adelante. De paso, la edición (Ediciones Limod, Argentina, 2006) es otro raro placer, por el buen gusto en el diseño, impresión y encuadernación.

25. “La tradición bíblica”, de Georges Auzou (1959). No lo terminé todavía, pero ya puedo recomendarlo. Un recorrido sobre toda la Biblia y las etapas de su formación, muy ameno y didáctico, ideal para los que andamos flojos en historia. (—Este no aparece en la foto. —Es que este fue quien sacó la foto. Ja ja. Ups. Perdón. No volverá a ocurrir).


PS: Resulta que dos tipos tan distintos como este p. Llorente y Thomas Merton se conocieron en 1968.

…. Quiso darme razones para probar su pacifismo, pero le rogué no detenerse en eso, porque precisamente yo era partidario de una victoria total contra el comunismo y gastaríamos el tiempo…

Mientras rodaba el coche le citaba yo versos del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, que él escuchaba con una sonrisa beatífica. «Pastores los que fuerdes…» ¿Sabía Merton lo que era fuerdes? Sí, claro, cómo no. Fuerdes era una variante de fuereis. ¡Bien por Merton! Me confesó que el Cántico no se podía apreciar en ninguna traducción. Por eso había aprendido él español, para entender a los místicos españoles…

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La magia del mai-mai

Impresionante y desconocida película de anime: “La magia del mai-mai” o “El mai-mai mágico” o “Mai Mai Miracle” o “Mai Mai Shinko to Sennen no Mahou“, 2009, dirigida por Sunao Katabuchi.

Transcurre en un pueblo de sur de Japón, en 1955, mechado con trazos del Japón medieval. Lo que más me ha gustado fuera de Ghibli – lo único comparable, diría. De hecho el director ha trabajado con Miyazaki antes.

El guión, adaptación de una novela, debe ser menos bueno de lo que me pareció de entrada (ensalada de grandes y trillados temas: la amistad, la niña de la ciudad que debe adaptarse al pueblo rústico, la imaginación como virtud infantil, el paso a la adultez, la conexión con tiempos pasados…; quizás un poco recargado y algo fríamente calculado, acaso rozando la manipulación sentimental), pero no estoy seguro, y estoy bastante más seguro de que la dirección es excelente. Hay momentos dignos de Ghibli, especialmente la construcción de la represa en el huerto de moras. Y está la audacia de meter temas y situaciones adultas, comprometidas (los niños que van al bar a vengarse de una prostituta que ocasionó el suicido del padre…), nada comerciales y muy bien hechas. El personaje principal también es totalmente digno de Ghibli, la chica enérgica y convincente. Con todo esto sobra, y hay más.

Tanto me entusiasmó que gasté unas cuantas horas en armar los subtítulos en español, pueden bajarlos acá. El video se puede bajar por torrent de bakabt (en alta definición: 720p), buscando hay otras definiciones (incluso hay una con subtítulos en español, pero si bajan esa, reemplacen por mis subtítulos, que están mucho mejor, y en sincro). Hay también un doblaje latino, pero es un misterio, parece que sólo lo pasaron una vez por TV en México.

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Cultura moderna y afines

… La realidad es que la cultura no forma parte orgánica de la espiritualidad cristiana. Existe incluso cierto utilitarismo teocrático: la cultura usada mayormente con fines apologéticos, para conquistar almas. Pero cuando la cultura empieza a sentir que ella es meramente tolerada, que es un cuerpo extraño para ser usado de acuerdo a las necesidades, se aparta y en seguida se torna autónoma, securalizada, atea.

Hay también una dificultad de fondo, inherente a su propia dialéctica: la cultura se opone a la escatología, al apocalipsis; rechaza todo fin, su esperanza secreta es perdurar en la historia. Y, al mismo tiempo, la actividad histórica del hombre sólo puede estar justificada por el descubrimiento de su sentido que tiende a un fin: Porque la forma de este mundo pasa (I Cor 7:31). Debemos escuchar en estas palabras una advertencia para no crear ídolos, para no caer en la gran ilusión de paraísos terrestres, ni siquiera en la utopía de la Iglesia identificada con el Reino de Dios. Igual que el mundo, la forma de esta Iglesia visible pasa. Y del otro lado, el hiperescatologismo que salta por sobre la historia hacia el fin del mundo y desemboca en negación ascética, priva a la historia de todo valor, empobrece la Encarnación y desencarna la historia.

La actitud cristiana no reside en la negación ascética o escatológica; es una afirmación escatológica. La cultura no tiene un desarrollo indefinido, no es un fin en sí misma; objetivada, se convierte en un sistema de coacciones. Cuando una cultura es verdadera, es un ámbito en el que hombre y mujer expresan su verdad; pero esa verdad excede el presente, la forma de este mundo – y por eso la cultura, en su apogeo, se trasciende a sí misma y se convierte en un signo, un símbolo. En todo caso, tarde o temprano, la moral, el arte, los aspectos sociales de la cultura se detienen en sus propios límites. Y hay que elegir: instalarse en el infinito viciado y embriagarse de su vaciedad, o trascender nuestras limitaciones para reflejar lo invisible en la transparencia de nuestras aguas límpidas. El Reino de Dios es accesible sólo a través del caos de este mundo. No es un transplante extraño a su ser, sino la revelación de su profundidad escondida.

P. Evdokimov

Es verdad que «hombre moderno» es una cosa, y «mundo moderno» es otra — y «civilización moderna» y «cultura moderna» son otras. Aunque también es verdad que están relacionadas, y que, cuando se trata de tirar palos, suelen caer dentro de la misma bolsa: la «modernidad». Y vale considerarlos así, en bloque, como también vale distinguirlos.

Más que cultura, yo arrancaría con civilización, por lo que esta palabra tiene de más amplia, elemental y humilde. Cultura, con o sin derecho, tiene un uso más selecto -arte sobre todo; mientras que civilización no tiene remilgos para acoger a best-sellers, series de TV, heladeras, cloacas, bancos (plazas y finanzas), piercings, reglamentos de propiedad horizontal y la costumbre de desear felicidades cuando el calendario marca un año nuevo.

En el caso del texto citado —que encontré hace muy poco, y con sorpresa, al azar de mis lecturas—, no hace mucha diferencia que cambiemos “cultura” por “civilización”, creo; pero eso no me importa mucho. Lo que me importa es el paralelo obvio que se puede hacer entre el apocalipsis, visto como fin de la cultura humana, y la muerte individual, fin de nuestra vida terrena. Se me ocurre que a más de un católico autodenominado provida y contracultural le vendría bien considerar cuánto y como debería proyectar los valores que sustentan su oposición a la eutanasia (y al suicidio y al aborto) sobre su actitud frente a su cultura. Dicho de otro modo: tómese el argumento «esta cultura no quiere morir, se opone a la parusía; ergo esta cultura es mala, colaborar con ella es resistirse a la parusía», traspóngase cultura por vida humana, parusía por muerte personal, y considérese lo que resulta. Y no intente escabullirse con aquello de que no está en contra de la cultura sino de esta cultura, que me va a hacer escribir más…

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El hombre moderno – 2

«El encargado de mi edificio, impulsado por su tendencia demiúrgica, está siempre abocado a hacer, fabricar, crear…»

«Marcela, la recepcionista, vive habitualmente en lo abstracto, en un estado de volatilización, que ya es ahora su habitat natural…»

«Mis alumnos de la Facultad de Ingeniería son unos hombres sin sustancia, sin contenido, entregados al dinero, al poder, al éxito, al gozo ilimitado y sin restricciones…»

«El chino de cabeza cuadrada del mercado de a la vuelta se siente dueño absoluto de la naturaleza, desvinculado de ella, y así no vacilará en violentarla para llevar a cabo sus proyectos urbanos y edilicios…»

Este efecto de comicidad y absurdo que obtenemos al aplicar las generalizaciones sobre el hombre moderno a hombres concretos… en sí no demuestra nada, y hasta puede usarse como golpe bajo. Es verdad. Pero, en ciertos casos, puede servir para llamar a la sensatez y a la caridad. Creo que es el caso.

Ya sé que esto apenas moverá un pelo a aquellos teorizadores que parodié en la entrada anterior (se muevan al nivel del p. Sáenz o en esferas intelectuales más elevadas — e.g. Wanderer, Tollers and friends). Replicarán con displicencia que ese «hombre moderno» es un tipo ideal; es una abstracción, en cuanto no hay que buscar una concreción plena en tal o cual individuo actual; pero también es una realidad puesto que constituye el fondo de la mayoría de los hombres actuales. No hay que confundir la validez de una generalización con la validez de su aplicación —dirán.

Y por lo que hace a la caridad, dirán lo de siempre: una cosa es odiar el pecado y otra al pecador. Que el hombre moderno, en su tipología, nos parezca deplorable y quizás aborrecible, no nos impide compadecer y amar al prójimo concreto, por más moderno que sea. Y porque lo amamos queremos su salud. Es fácil —dirán.

Sí. Demasiado fácil.

Miremos un momento otras generalizaciones. Afirmamos cosas sobre el hombre medieval; el burgués del siglo XIX; el romano del siglo I; el hombre de izquierda; el hombre autoritario; el hombre de clase media; el hombre tímido; el hombre divorciado; el japonés; el argentino; el nerd; el hippie; el católico; el cinéfilo; el hincha de futbol. Recortamos porciones de la humanidad y los caracterizamos: estos son así, aquellos era asá. Y, dejando aparte el acierto de la descripción, es tarea válida. Hasta cierto punto. ¿Hasta qué punto?

La precaución más evidente es por el lado de la caridad: hay ciertas generalizaciones negativas que incitan al odio, al menosprecio o al encorsetamiento. Por aquí apunta la prevención actual contra los estereotipos —con algo de exageración, y con algo de razón. Porque creer que es tarea sencilla fustigar al tipo abstracto dejando intocado al individuo concreto, confiar en que nuestra condena al pecado genérico no desteñirá sobre el individuo pecador… es peligroso. No hace falta dar ejemplos, creo.

Esta prevención no prohibe las generalizaciones negativas, pero las hace problemáticas; una problemática paralela a la que trae el mandato «no juzgar», y que no puede contradecir la veracidad ni la justicia. Tampoco hay que creer que podemos separar dos momentos: primero analizamos con fría objetividad y dictaminamos implacablemente en privado (“verdad”); y un segundo momento, el de la exteriorización, hacemos intervenir consideraciones políticas o pastorales (“caridad”). Triste caridad sería, la que asomara recién cuando empezamos a redactar el predicado de la frase («El argentino es…»), en lugar de estar presente desde el primer momento en que nos la vemos con el sujeto.

En segundo lugar: si la caridad es inseparable de la verdad y la justicia, también las malas generalizaciones deben pecar por este lado. No por un error en los resultados, sino por algo más originario, por una intención torcida: generalizaciones interesadas. Esquemas forzados, a veces hasta el delirio, para cargar el mal a la cuenta de los otros, para confirmarnos que estamos del lado de los buenos. De nuevo, no hace poner ejemplos.

Así, lo que dice GKC de confrontar las teorías con el individuo concreto, la comprobación de que nuestras generalizaciones le calzan tan mal, puede funcionar como un sano llamado de atención, a poner los pies sobre la tierra; por el lado de la caridad (¿no estoy faltando al mandato del amor al prójimo?) y por el lado de la sensatez (¿no me estoy fabricando una idealización cómoda sin sustento real?).

Este llamado de atención debe ser útil siempre, pero especialmente con este temita del hombre moderno. Muy especialmente, diría yo… si pensamos el calibre de esta generalización, la enormidad que pretende abarcar y las enormidades prácticas que implican en mi ser cristiano.

Pensar por ejemplo, al hilo de lo anterior y con ejemplares concretos a la vista, si este hombre moderno caerá o no dentro de mi campo de acción, en qué grado será mi prójimo, en qué medida estaré armando con él un esquema irreal para cargar el mal en su cuenta y quedarme yo con la razón —o mejor, con mis pobres razones. Pensar, en suma, cuán grave es mi obligación de ser caritativo y justo en este caso, y cuán caritativo y justo estoy siendo. Y, de yapa, recordar aquello de que «nadie peca solo».

Y bien. Podemos, si prefieren, seguir gastando horas en decidir quién de nosotros tiene la mejor descripción fenomenológica del hombre moderno, quién acierta mejor y a mayor profundidad con las raíces de sus taras, quién arma el esquema más satisfactorio —que cierre y nos deje bien parados a los católicos dendeveras.

Podemos seguir repasando y puliendo nuestras teorías mentalmente mientras viajamos en el subte, apretujados por multitudes de hombres modernos.

Podemos incluso repasarlas durante la misa, rodeados de presuntos católicos que no piensan mucho en estas cosas —también hombres modernos, probablemente. Quizás no llegamos a dar gracias a Dios por no ser nosotros hombres modernos… estamos lo bastante despiertos como para esquivar fariseísmos tan explícitos; no sé si no estamos tan despiertos como para preguntarnos si nosotros mismos seremos hombres modernos o qué.

Mientras tanto, mientras nos paseamos mentalmente por nuestras teorías, nuestros juicios y nuestras respuestas, ha llegado la Navidad. El cura de esta misa no es ni muy muy ni tan tan… nos irrita un poco con alguna liturgia levemente incorrecta, pero bueh, estamos acostumbrados, y ya se sabe, estos seminarios modernos… En la homilía dice lo de siempre: que Dios vino a los hombres, y que Dios viene a los hombres; que para salvar al hombre Dios se hace hombre. Y bueno, no está mal. Le damos un aprobado. Al menos no dijo (¿no?) que Dios se hace hombre moderno… je… ahí sí que nos indignaríamos… pero no… no nos indignamos… porque no lo dijo… no es que estemos muy alegres, tampoco… aunque sea Navidad… sí, uno quisiera alegrarse, pero, como están las cosas… no es fácil, vio… fíjese qué mal está todo (es decir, el mundo moderno) que si logramos pasar la misa de Navidad sin indignarnos, ya nos damos por satisfechos. Como decía uno de estos que saben, es de creer que los primeros cristianos nos envidiarían…

Yo sospecho (nada original lo mío) que el lamento por la corrupción y la decadencia nunca-antes-vista del mundo moderno es muy antiguo. Imagino yo que veinte siglos atrás escribas y fariseos de Jerusalén se juntarían a analizar la situación (momento oscuro de la verdadera religión; y ni un profeta en tantos años!), a deplorar la influencia corruptora del intelectualismo y el esteticismo helénico, y la brutalidad idólatra del poder romano. Ay, quién pudiera barrer con todos estos, los enemigos (no nuestros, sino del Señor). El celo por Su casa, el sufrimiento piadoso, los análisis sobre las causas de los males, los culpables de ayer y los de hoy, las perspectivas razonables, los apocalipsis imaginables…

… esos terroríficos “laberintos de espejos” que él ama construir, se derrumbarían si sonase adentro la risa de un niño.

Castellani, criticando a Borges. No estoy seguro del acierto de su crítica, ni en general ni en este particular. Pero sí que la risa de un niño alcanza para derrumbar muchas de esas impresionantes construcciones de los intelectuales. La risa de un niño, o también el llanto de un bebé.

«El Verbo de Dios puso su morada entre los hombres y se hizo Hijo del hombre, para acostumbrar al hombre a percibir a Dios y para acostumbrar a Dios a poner su morada en el hombre según la voluntad del Padre. Por esto, Dios nos dio como signo de nuestra salvación a Aquel que, nacido de la Virgen, es el Emmanuel» (San Ireneo, siglo II)

También aquí tenemos una idea central muy hermosa de san Ireneo: debemos acostumbrarnos a percibir a Dios. Dios normalmente está lejos de nuestra vida, de nuestras ideas, de nuestro actuar. Se ha acercado a nosotros y debemos acostumbrarnos a estar con Dios. San Ireneo con audacia se atreve a decir que también Dios debe acostumbrarse a estar con nosotros y en nosotros. Y que quizá Dios debería acompañarnos en Navidad; debemos acostumbrarnos a Dios, como Dios se debe acostumbrar a nosotros, a nuestra pobreza y fragilidad. Por eso, la venida del Señor no puede tener otro objetivo que el de enseñarnos a ver y a amar los acontecimientos, el mundo y todo lo que nos rodea, con los ojos mismos de Dios.

B16 (Navidad 2010)

Feliz Navidad para todos los que pasen por acá.


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