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jueves, 22 julio 2010
Derroteros católicos - 1
Otra derrota más, dicen. Estamos en el horno, dicen. El resto fiel, nosotros, somos poquitos, somos insignificantes, y del otro lado... ah, del otro lado... traigan las tintas más negras que tengan, y sigamos dibujando los planos de la batalla, la batalla que sólo vemos los que sabemos de qué va la cosa: la cristiandad aplastada por un mundo cada vez más agresivo e insolente; y exhibamos en nuestros blogs nuestras perspicacias y enumeremos las miserias de nuestros obispos y de los católicos tibios o progres o infieles o todo junto... Ay, cómo sufrimos, los católicos dendeveras, cómo sufrimos...
Bueno... Por mi parte, si me preguntan... (no, no me preguntan, pero para algo tengo un blog... ) diría que, sí, me parece lamentable que se haya legalizado el matrimonio homosexual en Argentina. Me dio tristeza, sí. Me pareció lamentable todo lo que lo rodeó en los días cercanos (sin hablar de cosas menos cercanas en el tiempo y el espacio, también lamentables y que también colaboraron). Me pareció lamentable, sí, la prédica progresista, esa mezcla repulsiva de slogans imbéciles para la tropa y de arrogancia de intelectuales desarraigados, y me apenó ver a amigos inteligentes y de buena voluntad subidos a ese tren. Me pareció lamentable también, cómo no, el desempeño del otro lado, aun visto en términos militantes: la apropiación de slogans no menos imbéciles, la falta de inteligencia y aun de caridad, el merchandising tribal, el ardor mal sublimado y la mala conciencia a la hora de exponer (incluso de puertas adentro) nuestras razones. Las dos militancias (y no me excluyo) me han parecido lamentables. Pero, qué quieren que les diga: más lamentable que todo eso, y menos perdonable, me ha parecido el lamento católico. El martes de la semana pasada, en una librería de Congreso, de paso hacia a la marcha, compré “Las pequeñas virtudes”, librito de ensayos de Natalia Ginzburg; lo leí el día siguiente, tomando examen y mientras el senado debatía... Tenía buenas recomendaciones, del libro y de la autora. Y, en verdad, está muy bien.Uno de los relatos recorre las etapas de la vida, en presente y primer persona del plural; sobre la adolescencia:
... Ahora todo lo que nos importa no sucede entre las paredes de nuestra casa, sino fuera, en la calle y en la escuela: sentimos que no podemos ser felices si los chicos nos han despreciado un poco. Haríamos cualquier cosa con tal de salvarnos de ese desprecio; hacemos cualquier cosa [...] Nos parece que nuestra timidez es el mayor obstáculo para conseguir la simpatía y la aprobación general. Y tenemos hambre y sed de esa simpatía. [...] Y también nos resentimos con los adultos de nuestra casa a causa del desprecio de nuestros compañeros. Nos parece que ese desprecio se dirige no sólo a nuestra persona sino a toda nuestra familia, a nuestra condición social, a los muebles y a los adornos de nuestra casa, a las maneras y las costumbres de nuestros padres.
Y algunos años más tarde...
...somos verdaderamente adultos, pensamos; y nos asombramos de que ser adulto sea esto y no todo lo que habíamos creído de niños, la seguridad en sí mismo y una serena posesión sobre las cosas de la tierra. Somos adultos porque tenemos a nuestras espaldas la muda presencia de las personas muertas, a las que pedimos su juicio sobre nuestro comportamiento actual, a las que pedimos perdón por las ofensas pasadas. Querríamos arrancar de nuestro pasado tantas palabras crueles que hemos dicho, tantos gestos crueles que hemos hecho cuando temíamos la muerte pero no sabíamos que era irreparable. Somos adultos por todas las respuestas mudas, por todo el mudo perdón de los muertos que llevamos dentro de nosotros. Somos adultos por aquel breve momento que un día nos tocó vivir, cuando miramos como por última vez todas las cosas de la tierra y renunciamos a poseerlas, las restituimos a la voluntad de Dios. Y de pronto las cosas se nos han aparecido en su justo lugar bajo el cielo, y también los seres humanos, y nosotros mismos, en suspenso, mirando desde el único lugar justo que nos es dado. Seres humanos, cosas memorias, todo se nos ha aparecido en su justo lugar bajo el cielo. En ese breve momento hemos encontrado un equilibrio en nuestra vida oscilante; y nos parecee que podremos encontrar siempre ese momento secreto, buscar en él las palabras para el propio oficio, nuestras palabras para el prójimo. Mirar al prójimo con una mirada siempre adecuada y libre, no con la mirada temerosa o despreciativa del que, en presencia de su prójimo, siempre está preguntándose si será su amo o su siervo.[...]
¿Y esto que tiene que ver? No mucho, quizás algo. Si es así, quizás lo veamos otro día. Y si no, no importa.
Con asombro descubrimos que, ya adultos, no hemos perdido nuestra antigua timidez frente al prójimo.... Pero no nos importa; nos parece que hemos conquistado el derecho a ser tímidos. Somos tímidos sin timidez, audazmente tímidos. Tímidamente buscamos en nosotros las palabras adecuadas [...] Pero no es cierto que podamos volver siempre a ese momento secreto, muchas veces los nuestros son falsos retornos: encendemos con una luz falsa nuestros ojos, simulamos diligencia y calidez ante el prójimo, y en realidad estamos de nuevo contraídos, encogidos y helados en la oscuridad de nuestro corazón. Las relaciones humanas deben descubrirse y reinventarse todos los días. Debemos recordar siempre que toda clase de encuentro con el prójimo es una acción humana y, por lo tanto, es siempre mal o bien, verdad o mentira, caridad o pecado. Y ahora somos tan adultos que nuestros hijos adolescentes empiezan a mirarnos con ojos de piedra. Sufrimos por ello; aunque sabemos bien qué es esa mirada, aunque recordamos bien que tuvimos una mirada idéntica. Sufrimos por ello, y nos lamentamos, susurramos preguntas recelosas, aunque sepamos demasiado bien cómo se desarrolla la larga cadena de las relaciones humanas, todo el largo camino que nos toca recorrer para llegar a tener un poco de misericordia. [El título viene de aquello que citamos de Randle en la biografía de Castellani, sobre los «peritos en derrotas». El modesto juego de la palabras (suyo) tiene una base etimológica, la pueden leer acá.] viernes, 16 julio 2010
En el aire tibio hay olor a menta
Por aquí no está muy tibio el aire que digamos. Pero se
trata de la letra de una canción serrana que escuché recién,
por la radio, en la voz de Nelly Omar. Parece que era parte del repertorio de Agustín Magaldi.
Mama, llevame p'al pueblo
Acá va
una versión por Soledad Villamil, para «Glorias Porteñas»:
(Argentina, 1934) Letra de Pedro Noda y Alfredo Loruso Música de Agustín Magaldi Mama, ¿sabís una cosa? otra vez el huerto se vistió de rosas. Mama... ¿vos no ti dais cuenta que en el aire tibio hay olor a menta? Mama, asomate ajuera, y decime luego si es la primavera... Y bueno, che, mama... ¡le tengo una rabia a la primavera borracha de sol! Ya tengo veinte años, y naides me mira, metida en el hueco de un rancho de horcón. Llevame pa'l pueblo, que la gente sepa cómo es la Ramira del Carabajal. Que vean mi pelo, mi cara, mi cuello, que toquen, lo mesmo que Santo Tomás. Mama, ¿sabís una cosa?... Llevame pa'l pueblo, que siento en la sangre subir como fiebre por culpa'el calor. Total, ¿qué te cuesta?, caballos tenemos, y de un galopito nos vamos las dos. Llevame pa'l pueblo, comprame una barra grandota de rouge, con diez de rimmel. Pintame la trompa, los ojos, las uñas, poneme bonita para merecer. Mama, ¿sabís una cosa?... Magaldi y Nelly Omar cantan ...con diez de rimmel, te juro mi mama, pintarme la trompa, los ojos, las uñas, para merecer. (o "pintame"?... yo escucho clarito "pintarme"). Esto no cierra mucho, y seguramente por eso Soledad Villamil lo retocó; tal vez nos estemos perdiendo algo. Quizás algún músico al oirla habrá advertido, dentro de la simpleza, una pequeña curiosidad, que yo sólo noté al agarrar la guitarra: la tonalidad cambia, de una parte a otra, al subdominante (ejemplo, en la de Villamil, está en DO mayor pero la segunda estrofa en FA). No es muy frecuente en la música popular argentina, que yo sepa (sí es común, sobre todo en el tango modular al relativo mayor-menor o cambiar el modo mayor-menor). jueves, 8 julio 2010
No llegar solos
... si cada uno de vosotros, según sus posibilidades y en la medida en que ha recibido del cielo la inspiración, saca a su prójimo del mal, cuida de conducirlo al bien, si recuerda al extraviado el Reino o el castigo que le esperan en la eternidad, evidentemente que es un mensajero de las palabras santas de Jesús. Y que nadie venga diciendo: Soy incapaz de instruir a los otros, de exhortarles. Por lo menos debéis hacer lo que podáis, a fin de que un día no se os pida cuenta del talento recibido y mal guardado. Porque si el que prefirió guardar su talento antes que hacerlo trabajar no recibió más de un talento, ése tampoco. (Mt 25,14s)...
De una homilía de San Gregorio (540-604) - vía comentarios al evangelio del día.
Procurad que los otros os acompañen; que sean vuestros compañeros en el camino que conduce a Dios. Cuando, yendo por la plaza o los baños públicos, encontréis a uno desocupado, invitadle a acompañaros. Porque vuestras mismas acciones cotidianas sirven para uniros a los otros. ¿Vais a Dios? Procurad no llegar solos. Que aquel que en su corazón ha escuchado ya la llamada divina saque de ella una palabra de aliento para su prójimo. jueves, 1 julio 2010
Sueltos
Impresionante la serie de reseñas que ha hecho (y sigue) Bienvenidos a la fiesta sobre Chesterton. Como para no desesperar de los blogs. Y a propósito de esos pocos blogs que salvan el honor del gremio: de lo mucho bueno de Podeti, citemos la serie anticontramundialista (el proyecto original era contramundialista, pero debió ser cancelado), sólo para argentinos: uno, dos, tres. Sé de un cura que había aprendido alguna cosa de Peperino Pomoro (como anti-modelo, digamos), tal vez esto también le sirva a algún periodista deportivo. Que un noticiero de TV en 1932 informe sobre la pequeña hazaña de una niña de 7 años de Georgia que enseñó a uno de los pollos de su granja a caminar hacia atrás... no tiene mucho de particular. Pero que la empresa de TV conserve ese archivo, y que lo publique ahora en la web, y que la niña resulte ser la mismísima Flannery O'Connor... sí, es bastante increíble. No me amenaces, ranchera mexicana que conocí hace poquito, en la voz tanguera de Brian Chambouleyron. Cuántas cosas lindas que hay por el mundo, y uno ni enterado...
... mi fe anda por ahí perdida. Tuve mi etapa de misas y rezos, y hasta estudié un año para ser catequista, mientras hacía la carrera de Servicio Social. Pero no pierdo la esperanza de volver a encontrar la fe, quizás, algún día.
Cita copiada y pegada no recuerdo de dónde, y me gusta citarla así, anónima.
La noticia dice, textualmente: «En un cambio de denominación que no modifica ningún aspecto vinculado a la congregación, las Hermanas de la Caridad de Miyazaki han pasado a llamarse Hermanas de la Caridad de Jesús.». Digamos sí que Steven D. Greydanus ("Decent films") le dedica un artículo a Miyazaki.
Y que al final pude hacerme del reciente doblaje español de "Recuerdos del ayer"
(Omohide Poro Poro), y me pareció muy bueno - doblemente meritorio, considerando
que es una película animada para mayores y sin acción (invendible, casi). Bien por Aurum...
aunque para su página hayan... este... tomado inspiración de la mía; quedan perdonados. «Las cifras son como el algodón, nunca engañan.» Sentencia leída en un sitio católico prestigioso y militante, a propósito de las (abundantes, parece) cifras de concurrencia a los actos del papa en Portugal, las cuales cifras demuestran que... bueno, no sé muy bien qué demuestran. Pero, parece, no engañan. ¿Ven? los católicos sí que tenemos las cosas claras. Algunos ejemplos de cómo no diseñar un sitio web: uno, dos, tres. España en Guerra: ¿alguien conoce esta serie de TV, como para recomendar o todo lo contrario? Guitarras de la música popular argentina, un blog con audios y partituras. «El overo», es uno de esos recitados criollos lacrimógenos que me recitaba (y no sin efecto) mi abuelo.
La verdad es que en mi barrio la delincuencia está pasando de castaño oscuro, esto ya parece el Bronx. No se puede andar solo en la calle sin un revólver, como decía uno. Yo no sé adónde iremos a parar si las cosas siguen este curso, y qué espera el gobierno para hacer algo. Acá va una muestra, a metros de mi casa; impresionables abstenerse. [ver]martes, 29 junio 2010
Religiosidad de madres
Tres casos, librescos (conozco también algunos otros; pero este blog es mayormente libresco). Las diferencias
son notables, pero el factor común me parece más notable y sugerente.
De las confidencias de Julia en torno a su matrimonio fracasado, en "Retorno a Brideshead":
¿Sabes que, el año pasado, cuando pensé que iba a tener una hija,
había decidido educarla como católica? Antes, no había pensado en
la religión; tampoco lo hice desde entonces; pero en aquel momento,
cuando estaba esperando su nacimiento, pensé «Eso es algo que sí puedo
darle. No parece haberme beneficiado mucho a mí, pero mi niña lo tendrá».
Qué extraño, querer dar algo que una misma ha perdido...
Y, al final, ni siquiera pude darle eso; ni siquiera pude darle vida.
Entre los entrevistados por Christian Chabanis para su libro "¿Dios existe? No" (1972),
hay una simple madre de familia, Denise Calippe; atea ella (sin dudas aunque sin militancia),
y esposa de un católico. Así se casaron, y así siguieron:
— ... durante los primeros años de matrimonio, me parecía que
mi marido no practicaba mucho su religión. Ya se imagina que nunca
lo pude criticar ni juzgar... Pero, igual, me preocupaba un poco
que mi esposo no fuese a misa los domingos. Me inquietaba
la idea de que yo hubiera podido influir en él de una manera que
no me gustaba... en la dirección de la indiferencia, que al fin y al cabo
no es una actitud apreciable. Después, la práctica volvió. Pero
mi marido no es nada exagerado en eso [...] ha conservado una fe
de niño, lo cual no me disgusta, al contrario.
Entonces Chabanis le pregunta (y le hace preguntarse) si esa voluntad de dar
formación religiosa a sus hijos estaba motivada por la fe de su marido o no.
Concretamente: ¿qué habría decidido al respecto si él hubiera sido ateo? A esto la mujer
no sabe qué responder, es una posibilidad que nunca le había pasado por la cabeza.
Finalmente, una cita de la autobiografía de Dorothy Day. Por entonces ella, bohemia y militante radical, sin raíces religiosas pero atraída hacia el catolicismo, vivía en concubinato con un
ateo radical (Forster) al que amaba y admiraba. Fue el nacimiento de su hija (Tamar) lo que la empujó a saltar...
— ¿Y sus hijos? — Francamente, siempre he deseado que mis hijos reciban un educación religiosa... — ¿Y por qué deseó usted que sus hijos recibieran lo que no recibió usted misma? ¿No implica esa actitud un juicio de valor? ¿Considera usted que es preferible una educación religiosa, que la otra implica una carencia? — Me costaría analizar los motivos de mi preferencia. Algo elevado, bueno... supongo... para mí era valioso, aunque tuviesen que volver luego a las mismas opciones que yo, era preferible que el camino se hiciese así. Aunque más tarde se volvieran ateos, lo serían después de haber pasado en su infancia con el contacto espiritual con la religión católica. [...] Mi hijo mayor ha pasado por todas las etapas... primera comunión privada, confirmación, profesión de fe, un poquito de "perseverancia", llevada a cabo en condiciones bastante simpáticas. Ahora, para mi hijo... usted ya sabrá cuál es el problema de fe en los adolescentes, no podría definir su actitud, el fondo de su pensamiento y sus creencias... Le fastidia ir a misa, es comprensible... [...] Con él, mi forma de pensar no creó conflictos. Pero con mi hija es diferente [...] Durante sus cursos de catecismo, han debido describirle lo que era ser cristiano, y acaso así llegó a decirse: papá es cristiano, mamá no lo es. Pues bien, esa clasificación me chocó. — ¿No era inevitable? — Quizás. Pero, naturalmente, esa conclusión lleva a reacciones prácticas. «A mí me fastidia ir a misa. ¡Y tú no vas! Es claro que te molesta todo eso. Pues entonces a mí también.» Y yo trato de contestarle: «Escucha, hija mía... si te interesa lo que pienso, debes saber que sinceramente quise que fueras al catecismo, que tengas educación religiosa...»... Pero resulta muy difícil explicarlo. Me darían ganas de decirle, sencillamente, no te preocupes...
Nuestra hija nació en marzo, a finales de un crudo invierno. En diciembre yo había llegado del campo y había alquilado una vivienda en la ciudad.
Mi hermana vino para quedarse conmigo y ayudarme durante los últimos meses. Era bueno estar allí, entre amigos, cerca de una iglesia en la que podía rezar.
Durante aquellos meses leí insistentemente la Imitación de Cristo.
Sabía que mi hija iba a ser bautizada, costara lo que costara. Que no la iba a tener sin saber qué hacer durante años, como yo misma había hecho, dudeando y titubeando, indisciplinada y amoral. Comprendí que eso era lo más grande que podía hacer por mi hija. Pedí para mí la gracia de la fe. Estaba segura, aunque no completamente. Pospuse la fecha de la decisión. Una mujer no quiere estar sola en ese momento. Incluso la persona más dura y más irreverente se ablanda ante el hecho estupendo de la creación. Hacerse católica significaría afrontar la vida en solitario, y yo me aferraba a la vida familiar. Resultaba duro pensar en renunciar a un marido para que mi hija y yo pudiéramos convertirnos en miembros de la Iglesia. Si yo abrazaba la religión católica, Forster no tendría nada que ver con ella ni conmigo. Por ese motivo esperé. Aquellos meses de espera fui demasiado feliz para conocer el desasosiego de la indecisión... lunes, 28 junio 2010
Libros
Paso breve revista a algunos libros leídos en los últimos meses.
Escatología, de Ratzinger ya fue citado acá. Ni demasiado técnico ni demasiado divulgativo, pero bastante "oficial" (era un capítulo de un manual de teología general, de mediados de los '70). Muy jugoso para mí. La larga soledad, de Dorothy Day; autobiografía de una católica atípica, ortodoxa y zurda (hablando mal y pronto) que quería conocer. La primera mitad, más intimista, me gustó mucho -una muestra más de aquello del viento que sopla donde quiere-, ya citaré algo. Después se enfoca en la historia de su obra (The Catholic Worker), no tan interesante para mí como la historia de su alma.
El hombre rebelde, de Camus; un
ensayo clásico de un autor clásico, con quien no termino
de engancharme (aunque, supongo, debería). El libro
no es "de partido", mérito grande (más
en ese tema), La Biblia del Peregrino, edición de Schökel, una ganga de la Feria del Libro de este año. Me viene gustando, por ahora; la versión y, sobre todo, los comentarios. La condición obrera, de Simone Weil. Cartas y ensayos, arranca poco antes de su experiencia obrera (pero no incluye su "Diario de fábrica"; lástima), y termina con un ensayo de 1942 "Condición primera del trabajo no servil". Impresionante, como siempre; cosa extraña, cómo sintonizo con esta mujer. Una página de Simone me deja más que muchos libros. La tourneé de Dios, de Jardiel Poncela; humorismo español (no es mi preferido), una novela satírica e irreverente sobre un Dios baja a darse una vuelta por la tierra, no sin publicidad, y no sin decepcionar a todos (derechas e izquierdas). El autor se defiende en el prólogo: no es un libro contra Dios, dice, es más bien contra la humanidad. Es verdad. Y este su anti-humanismo es su virtud y también su defecto. Por lo demás, se lee de un tirón. Cisnes salvajes,de Jung Chang, best-seller autobigráfico de una mujer china, su madre y su abuela. Recomendable para los que gusten de estas historias generacionales -como yo. Pintura fascinante de la China del siglo XX, revolución maoísta por medio (el padre era un guerrillero y luego dirigente comunista relevante). Pintura también de las miserias humanas (violencia, idolatría, debilidad y maldad pura) y de no pocas grandezas: en particular, la asombrosa capacidad del hombre para sanar de las heridas, para soportar el mal sin desesperar y sin resentirse (resiliencia, que le dicen -fea palabra para designar algo tan grande). El anillo de Morgoth, de Tolkien, uno de los tomos de la Historia de la Tierra Media editados por Christopher Tolkien. Son los textos más centrados en temas teológicos, antropológicos y cosmológicos (incluye la Athrabeth). Y donde más agudamente se plantean los problemas de la mitología, las dudas de Tolkien y sus intentos (fallidos y hasta cierto punto destructivos) de hacer cerrar las cosas... El material agobia por momentos, pero por otro lado, ese mismo agobio y ese esfuerzo de Tolkien para enderezar sus caminos, de borrar y redibujar su universo... me resulta conmovedor. En particular, todo lo relacionado con el mito del sol y la luna... Volveremos sobre esto. Ven, sé mi luz, de la Madre Teresa de Calcuta. Son sus cartas "privadas" (como dice con ostentación la tapa marketinera de Planeta), las que hicieron bastante ruido en su momento. Impresiona, es verdad, la noche, la ausencia de Dios. También tendré cosas que citar de aquí. Pero anoto ahora tres bemoles de este libro. Primero: las cartas no se leen como biografía, y el libro aporta muy poco en este sentido, no es fácil de seguir. Segundo: los textos de la Madre son recios y luminosos; pero los comentarios del editor (el P. Brian Kolodiejchunk) son tan devotos, tan propagandísticos y tan melifluos que dan ganas de vomitar. Tercero y principal: por más que me gusten los diarios íntimos, cartas y autobigrafías, acá me sentí incómodo: se camina demasiado al límite de lo publicable. Si ella escribe una carta a su confesor pidiéndole expresamente que no la muestre a nadie y la destruya... no sé si es correcto editar esto. Meditaciones (o "Soliloquios", o "Pensamientos") de Marco Aurelio. Qué cosa, estos estoicos. Qué grandes y qué chicos. No recuerdo si conté alguna vez que mi primer cruce con la filosofía (en el sentido más amplio -y más antiguo- de la palabra) fue allá por los 18, y el autor que me pegó, extrañamente, fue el romano Séneca, con sus "epístolas morales". Sentí ahora, a conocer a Marco Aurelio, un eco fuerte de aquella impresión juvenil; y me gustó sentirlo. Bien.
miércoles, 23 junio 2010
101 preguntas sobre la Biblia
Raymond Brown (1928 - 1998) fue un sacerdote católico y exegeta bíblico de primera línea, especialista en el Nuevo Testamento. Admirado por unos y denostado por otros (lo cual me vendría a dar un neto de dos recomendaciones). Acabo de armar y subir sus 101 preguntas sobre la Biblia -quizá provisoriamente. Es una obra de divulgación, no la he leido completamente, pero a vuelo de pájaro se ve muy bien. Espero que les sirva. Si encuentran errores, avisen - errores tipográficos, digo. lunes, 21 junio 2010
LSDLT-8: Esperando la vindicta
De entre los «profetas menores», que estuve leyendo estos días, el
libro de Amós (por el año 760AC, reino israelita del norte) corresponde a un tiempo de prosperidad que no duraría mucho: cuarenta años después será la invasión asiria y el destierro.Amós arranca tirando palos a los vecinos, las naciones enemigas del pueblo elegido: Damasco, Filistea, Fenicia... Pero en seguida, medio sorpresivamente, se vuelve contra los suyos. De hecho, casi todo el libro, (de estilo «apasionado e incisivo», como dice el comentarista) son reproches y amenazas contra Israel. Reproches por su infidelidad, por sus injusticias, su falta de caridad, su culto... y hasta por su espera confiada del día del Yahveh. Yo, al menos, no olvidaré este versículo:
¡Ay de los que ansían el Día de Yahveh! ¿Qué créeis que será ese Día de Yahveh?
¡Será tinieblas, que no luz!
En otras lecturas recientes también topé, en la línea de esta serie, con algunas referencias
a aquel otro versículo: «Cuando el Hijo del Hombre vuelva, ¿hallará la fe sobre la tierra?». En este rincón, un libro de Urs von Balthasar contiene una página al respecto. Volveré tal vez sobre ella, pero por ahora baste su respuesta categórica sobre aquella cuestión: «El Señor nada afirma, sólo pregunta», dice. En el otro rincón... bueno, tengo bastante, pero... para no enlazar blogs, me quedo con un libro de mi biblioteca, que releí parcialmente: «El fin de los tiempos y seis autores modernos» (Dostoievsky, Soloviev, Benson, Thibon, Pieper y Castellani) del P. Alfredo Sáenz, con prólogo de Federico Mihura Seeber. Literatura de partido, naturalmente, con los modos del conferencista que se dirige a un público adicto. Los autores reseñados comparecen con el uniforme y el maquillaje del partido, y nos dicen las cosas que todos ya sabíamos - pero que nos gusta volver a escuchar una y otra vez, para reasegurarnos que estamos en el lado correcto. Todo cierra. Y no falta ni uno solo de los versículos predilectos, los manoseados de siempre. El que nos ocupa, entre ellos:
... Asimismo, hay un claro declinar de la fe en la sociedad; los verdaderos
creyentes son cada vez menos, de modo que a la llegada del Anticristo
la mayor parte de la humanidad lo seguirá. También ello había sido
profetizado. «Cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?»,
dijo el mismo Cristo (Lc 18,18). Y también
«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría, pero el que resista
hasta el final se salvará» (Mt 24,13). San Pablo, por su parte, escribió
«Llegará el tiempo en que la gente no soportará la sana doctrina...» (2 Tim 4)
Ahora bien, si un libro de estos viene a ser como una conferencia,
quizá su principal utilidad sea, no la de ilustrar a su público, sino la de ilustrarnos
sobre su público. Y yo pertenecí a ese público, en buena medida, no hace mucho; en alguna pequeña medida debo pertenecer todavía; y en no pequeña medida (me temo) pertenece gran parte del catolicismo latino actual. Y en este sentido (no me interesa pegarle al libro; casi tan irrelevante como este blog) extraigo algunos textos del prólogo. Su autor dice que todo cristiano que sepa leer los signos de los tiempos que corren debe alegrarse (como él) al evocar el apocalipsis. Porque...
... cuando «los tiempos» se presentan con la gravedad tremenda
de los tiempos parusíacos, [la profecía sirve] para consolar
a los fieles abocados a la constatación empírico-sensible
de la derrota y la persecución.
Estilo característico, algo menos soportable que el promedio
(«abocados a la constatación empírico-sensible»
es un tremendo botón de muestra...), pero ilustra el tema
que nos ocupa, visto desde ese bando:
el tradicionalismo católico con su concupiscencia apocalíptica, que da por válido
aquel gráfico
del apogeo medieval y retroceso moderno de la cristiandad, y no para de lamentar que los buenos, últimamente,
siempre pierdan.
Muchos de los que lean este libro encontrarán en él, estoy seguro, la misma intensa alegría que me produjo. Porque el descubrimiento de notables y profundos sentidos en la profecía es gozo inefable, cuando la visión de la historia contemporánea es turbadora y amedrentadora... [...] Porque los signos de la historia contemporánea... creo que hay que ser ciegos para no saber interpretar lo que significan. Hay que ser ciegos, o no querer ver [...] se puede creer, y creerse uno mismo, que "la Iglesia está hoy mejor que nunca", que los tiempos, si acaso son malos, no son en realidad tan malos... y que siempre ha habido agoreros.... etc." Y como el Apocalipsis está llamado a cumplirse en tiempos malísimos: "...no hay temor, hermanos, a que sea, por ahora..." Pero es que los tiempos son malísimos, para el cristiano. El hecho de que nos cueste verlos así a primera vista no les quita nada de su maldad. Por ahí salta una cita interesante, atribuida a Bossuet, que me pareció tan oportuna como desperdiciada:
«Lo por venir toma siempre senda muy distinta
de la que pensamos y hasta las cosas que Dios
ha revelado suceden de un modo que nunca habríamos
previsto»
Lamentablemente la cita viene con una aplicación muy restringida, y por eso pierde su fuerza: solo
se trae para disculpar
las antiguas previsiones de los apocalípticos del palo que resultaron
erradas (y por extensión, las actuales nuestras), arguyendo que solamente se quedaron cortos.
Como si toda la luz que pudiéramos esperar
del tiempo en que se van desenvolviendo y consumando las profecías fuera esa: las cosas son así (y serán así) efectivamente... así, sólo que peor.
Como si sólo hubiera lugar para correcciones cuantitativas, y no para plantearnos
si nuestras previsiones no vendrán erradas en un sentido más radical.
Lo de «un modo que nunca habríamos previsto» de Bossuet, pues, se entiende como
«peor de lo que nunca habríamos previsto». Y es para eso,
para medir ese empeoramiento, que observamos los signos de los tiempos.
Esas cosas se están realizando ante nuestros
ojos; tal vez no del modo como ellos
las vieron: peor.
Uno pensaría que semejante abuso de la advertencia de Bossuet
se vería estorbada por la simple consideración del caso judío en los tiempos
de Jesús; con sólo preguntarse si la espera mesiánica
apoyada en las profecías erró por una cuestión de grado... o
si en verdad los actos de Dios profetizadas «toman siempren senda muy distinta
de la que pensamos».
Pero no; una vez más, las analogías sólo sirven para llevar agua a nuestro molino:
[...] Benson, por ejemplo, prevé la difusión universal del Humanitarismo como molde religioso del triunfo del Anticristo y de la adoración del hombre; no "ve", sin embargo, la tremenda destrucción moral de la naturaleza humana a la que dicha doctrina daría lugar, y que hoy vemos. Ve al Humanitarismo dotado de las virtudes que aún retenía, en su época, el "modelo" masónico: cierta "honestidad victoriana", la valoración de la familia y la maternidad (!) [...] Benson y Soloviev prevén la apostasía y la caída en ella de vastos sectores de la Iglesia. Y tal apostasía se ha dado, en efecto. Pero ninguno de ambos [sic] pudo prever el modo: el modo, infinitamente más grave que el previsto, de su ocurrencia real. Así, ambos "ven", solamente, apóstatas "separados" del tronco visible de la Iglesia de Roma; y a Roma misma como "incontaminada" por el virus humanitarista...
[cuando se acerque la consumación anunciada] los signos habrán dejado de ser "signos" en propiedad para
pasar a ser la propia realidad significada: la manifestación del misterio postrimero.
Pero, paradojalmente, aunque lleguen a hacerse "patentes", no los entenderán, entonces, tampoco,
todos.
Así es la cosa; cada garrote que el cosmos nos pone a mano resulta a medida
de las espaldas progresistas, y a nosotros el viento no nos despeina.
Llevados de esta retórica, casi podríamos creer a Cristo lo crucificaron
los judíos que no esperaban al Mesías y que adoraban los progresos
del mundo greco-romano, mientras que los discípulos fieles
eran los sufridos defensores de la tradición esjatológica.
Análogamente a como ocurriera en la Primera Venida con los judíos fieles, aquí también entenderán el signo realizado sólo aquellos que, fieles a la tradición esjatológica, hayan seguido las etapas de su manifestación, se mantengan atentos al texto inpirado y anhelen su cumplimiento. Por el contrario, para quienes lo ignoren, para quienes hayan sustituido la esperanza esjatológica por la esperanza intra-histórica y "progresista", los signos, por más patentes que sean, se mantendrán mudos. No serán entendidos. A mí se me hace que la cuestión es más ambigua, que la línea divisoria no pasa exactamente por ahí. Es muy cierto que Jesús es el cumplimiento de las profecías y la consumación de la espera mesiánica, y es cierto que el mismo Jesús invocó el testimonio de la Escritura al respecto y exhortó a leerlas con atención. Pero también es cierto que Cristo viene a negar y aun a frustrar escandalosamente las esperanzas mesiánicas de muchos judíos. Y más: en buena medida, por eso mismo es crucificado. La intensidad del celo esjatológico ( igual que el celo religioso en general) no es garantía de nada; y en lugar de pretender separar fieles e infieles usando semejante metro, mejor sería pedir a Dios que purifique nuestros celos... como seguramente habrá purificado (en Pentecostés?) el celo de los discípulos que no podían concebir el derrumbe del templo y la crucifixión del Mesías, y que aun después de la resurrección le preguntaban si ahora, por fin, iba a «restaurar el reino de Israel».
... Cuando los apóstoles hubieron oído, horrorizados, el anuncio de la ruina del Templo, se acercaron a su maestro en secreto, para pedirle explicaciones: "-Dinos, ¿cuándo será eso, y cuál la señal de tu venida y del fin del tiempo?-".
¿Y nosotros no tenemos nada que aprender por acá? ¿No será, por ejemplo, una ceguera
simétrica a la otra —y, para nosotros, más tentadora y peligrosa— la que se permite juzgar que
«la Iglesia está hoy peor que nunca»? ¿Es tan claro que nuestros pensamientos
(incluso cuando leemos el apocalipsis) no son
pensamientos de hombres?
¿No hay acaso una manera ciega, carnal y gravemente culpable de «odiar el Mundo» y hasta de «ansiar el día de Yahveh»? Y sigue -en sus trece- el prologador:
Para ellos y sin duda para muchos judíos de la época [...] era imposible que el Templo fuera profanado sin que la creación entera se derrumbara y el mundo llegara a su fin. [...] Los israelitas fervientes estaban vueltos por entero hacia el porvenir, hacia el juicio de Dios, al que siempre habían llamado "el gran día de Yahveh"; presentían, e incluso sabían , que su patria terrestre, sus tesoros, su historia, su Templo y su Gloria eran el arranque y el presagio de grandes cosas futuras, dignas de Dios y sus promesas. Como Proust se fue "en busca del tiempo perdido", el pueblo de Israel se había movilizado en busca del mundo futuro, del siglo por venir que había que ganar a toda costa, en que todo sería más bello, más feliz, más puro, pues solo Dios reinaría entero en todos y enjugaría las lágrimas en nuestros rostros. El Diablo sería definitivamente vencido y relegado al abismo. Entrando decididamente en esa tradición y en esa perspectiva, Jesús proclamaba que Israel no era mas que la sombra de lo que iba a venir, sombra proyectada por una realidad radiante erigida delante de él, casi al alcance de la mano. Así son los planetas, mitad día, mitad noche, y la mitad de noche sueña que mañana será de luz.
Quienes encontramos solaz en la lectura del Apocalipsis, solemos ser acusados por otros cristianos de "necrófilos":
porque amamos la previsión de la catástrofe. Y es que, en el fondo, es cierto que hay aquí una cuestión de "preferencia afectiva". [...] Los que no ven, no ven porque no quieren ver [...] No aman la "catástrofe
del mundo" porque aman el Mundo.
Ya se ve que no, estos no parecen tener inquietudes por este lado. Sus "preferencias afectivas" se presumen inmaculadas.
Y si quieren la derrota de este Mundo es sólo porque el Mundo (este mundo, el moderno,
especialmente) triunfa contra Dios y contra sus fieles. Perfecto.
Los que amamos el Apocalipsis no amamos a este Mundo. Reconozcámoslo pues, aunque sea "duro": amamos el castigo de este Mundo. No de sus "individuos", sin duda -sabemos lo que queremos decir-. Pero si no lo amamos y queremos su castigo, no es por una voluntad negativa, maléfica y destructiva. Si anhelamos el castigo de este Mundo (de este Mundo insolentemente triunfante) no queremos el castigo por sí mismo, sino porque él es -"eo ipso" el triunfo y la "vindicta" de todo lo que el mundo asola, degrada y destruye. El libro incluye a Castellani entre los apocalípticos autores reseñados. Y el prólogo lo cita, aunque sólo para atajar sus advertencias contra el fariseísmo, darlas vuelta como un guante y patearlas al campo enemigo (El fariseísmo es el mal. El mal está allá afuera. Ergo, el fariseísmo está allá afuera.) Ni la reseña ni el prólogo traen esta otra cita, así que la traigo yo:
El engreimiento religioso trajo el mesianismo político,
podemos colegir. Los fariseos necesitaban ser vengados
de sus quemantes humillaciones, de sus revolcones y
sus derrotas. La religión era humillada en ellos
y el Mesías debía vindicar la religión.
También incluye el libro una cita de Simone Weil, de la mano de G. Thibon: «El infierno es creerse en el paraíso por error».
Y viene a propósito... si ponemos que «estar del lado de Dios» es algo así
como estar en el paraíso. L. Castellani - Cristo y los fariseos Podría aparejarse, pienso, con la consideración de otra frase, de Bloy: «Hay gente que cree amarme, y me odia»... pero no en boca de Bloy, claro. domingo, 30 mayo 2010
Del despertar y de la Ascensión
Abel de ETF me envía un comentario sobre los versículos mentados del salmo 17. Retoco
y copio abajo — a ver si subimos un poco el nivel del blog, caramba.
De paso: este texto del mismo Abel sobre la Ascensión es de lo más sustancioso que he leído últimamente sobre el tema. A mí siempre me dio que pensar esas palabras de Jesús («si yo no me voy... ») - Bloy decía directamente que no podía entenderlo, que no podía ver esa subida sino como una ausencia, y como motivo de duelo más que de alegría. Y también me resultó estimulante la cita que trajo el papa en su homilía de la Ascensión:
Un autor ruso del siglo XX, en su testamento espiritual, escribía: "Contemplad con más frecuencia las estrellas. Cuando carguéis con un peso en el espíritu, contemplar las estrellas o el azul del cielo. Cuando os sintáis tristes, cuando os ofendan,... pasad un momento... con el cielo. Entonces vuestra alma encontrará el descanso".
Los dejo con Abel:(N. Valentini - L. Žák,Pavel A. Florenskij. Non dimenticatemi. Le lettere dal gulag del grande matematico, filosofo e sacerdote russo, Milano 2000, p. 418). ver más... jueves, 20 mayo 2010
Al despertar
... al despertar, me saciaré con tu semblante.
(O «me saciaré con tu rostro», o «me hartaré de tu imagen» -aunque esta última
puede sonarnos equívoca)
Final del salmo 17
Tres posible lecturas: Si me dan a elegir... me quedo con las tres. Pero, por lo pronto —volando bajo; carreteando, más bien— con la primera. sábado, 15 mayo 2010
LSDLT-7: esquema y realidad (palabra e historia)
En la primera parte de su "Escatología" (1977) Ratzinger hace un repaso
de distintas exégesis del concepto del "Reino de Dios" (buena parte
de esto fue a parar al capítulo 3 de su reciente "Jesús de Nazareth" -
libros ambos que he conocido estos días).Uno de los aspectos que trata es la relación con la proximidad de la parusía (I.2.3). Hay dos vinculaciones problemáticas acá: por un lado la del anuncio del Reino con el fin del mundo (en qué sentido la venida del Reino está en el futuro). Por otro, la relación del anuncio de la destrucción de Jerusalén con la del fin del mundo; puesto que en los dichos de Jesús que trasmiten los evangelios sinópticos ambas cosas parecen difíciles de distinguir... al punto que algunos han creído que Jesús los identificaba y que realmente esperaba el fin del mundo próximo. Ratzinger empieza distinguiendo matices entre los tres evangelistas: En Lucas, a la destrucción de Jerusalén no sigue inmediatamente el fin del mundo, más bien se sugiere lo contrario («hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles» puede ser un lapso arbitrario). Marcos no parece poner una relación temporal explícita. Y Mateo sí que parece pintar ambos sucesos como próximos en el tiempo, o al menos directamente conectados. Y entonces... ¿qué hacemos? Hay que advertir —advierte Ratzinger— tres cosas. Primero: que las diferencias entre los evangelios son también el evangelio. No hay que pretender superar esas diferencias, ni prefiriendo uno de los evangelios a los demás, ni forzando armonías de mala ley. El impulso de intentar reconstruir, detrás de los textos de los evangelios, los hechos auténticos y las palabras originales, es en lo esencial errado.
El único Evangelio nos llega únicamente por la escucha de los
cuatro evangelios (también Juan). La palabra de Jesús no subsiste
sino como palabra oída y recibida por la Iglesia;
sólo puede injertarse en la historia si es escuchada y luego asimilada.
Pero toda escucha, y por lo tanto toda trasmisión (traditio),
es una interpretación: al aclarar un aspecto, deja otro en la penumbra.
Por eso tuvo razón la Iglesia al rechazar el intento de Taciano de armar un Evangelio unificado;
ninguna armonización literaria puede ser el Evangelio mismo.
Es en este coro a cuatro voces que el Evangelio, tan nuevo hoy como entonces,
se presenta al entendimiento del fiel.
Esto suena bien, pero hay que notar (y digerir) lo que implica, de negativo y de positivo.
No sólo renunciar a los intentos de reconstrucción histórica («... pero.. ¿qué pasó
realmente? ¿qué dijo Jesús realmente?»)... aunque ya esto no sería poco renunciar (y
podría traer muchos ejemplos del mismo Castellani). Implica también revisar algunas
falsas jerarquías o disyuntivas Iglesia-Escritura, montadas sobre otra
falsa dicotomía, acaso menos reconocida, entre «lo que los textos de los evangelios
dicen» y «lo que de hecho pasó, lo que realmente Jesús dijo y quiso decir». La palabra es viva, lo era cuando se escribieron
los evangelios y lo es ahora. Vive —también— en la historia.
...el Evangelio no puede enfrentarse a la Iglesia, como algo independiente y cerrado en sí mismo. Aquí radica el error metodológico fundamental del intento de reconstruir la ipsissima vox Jesu, que sería la piedra
de toque para juzgar a la Iglesia y al Nuevo Testamento mismo.
Es hoy un lugar común de seminario, decir que «la Biblia no es un manual de ciencia» —o de historia.
Pero cuesta elevarse sobre el tono negativo —como a la defensiva— que tienen estas constataciones.
¿De qué modo pueden los evangelios trasmitirnos fielmente cosas que pertenecen a la
realidad histórica (del pasado y aun del futuro)? Si no es un manual de historia ¿será entonces
literatura? ¿Novela? ¿Ficción? Pero ¿la Biblia es
verdadera o no? Se comprende la desazón que ataca a algunos («¡modernismo, modernismo!»),
y el deseo de que venga alguien (el papa, si es posible) a
demarcar límites.
Pero, una vez más, hay que mantener la tensión entre los dos extremos. Admitir esto no tiene por qué hacernos caer en el escepticismo, aunque topemos aquí con las limitaciones del conocimiento histórico. Porque el mensaje de Jesús nos resulta cognoscible también y precisamente gracias a su eco histórico. En este eco se aprecia su fuerza intrínseca, su riqueza de planos y matices. Ratzinger contrapone esquema (palabra, texto) a realidad (historia, contenido). No hay que identificarlos ni tampoco disociarlos. Y menos negociar repartijas («hasta acá es realidad histórica, para allá es alegoría»). La fidelidad al evangelio (escucharlo y trasmitirlo: nuestra misión hoy, esencialmente la misma —en este aspecto— a la de los mismos evangelistas en el siglo I) implica relacionar esquema y realidad. Y no se trata de una relación abstracta, no es que vayamos entendiendo un poquito mejor tal o cual evento o dicho de la vida de Jesús (como el progreso de una ciencia arqueológica) ni tampoco de «adaptar la palabra a la realidad actual». Es en la misma historia —en nuestra historia— que el esquema se nos va llenando de realidad y nos va develando su sentido. Por eso, la fidelidad del cristiano no puede disociar la escucha de la palabra de su obrar histórico. Y por lo mismo, no puede tratar los textos del evangelio que se refieren al futuro como si fueran de un género aparte del resto.
... el punto decisivo es este: los escritos del Nuevo Testamento dejan abierta la diferencia entre esquema y realidad, y especialmente respecto de la cuestión aquí discutida [el anuncio del reino y de la parusía]. Incluso desde la perspectiva del autor, la expresión literaria es esquemática; no se puede relatar lo por venir como lo haría con algo pasado. El modo de relacionar esquema y realidad difiere en los distintos evangelistas, pero ninguno pretende identificarlos sin más. No pretenden tampoco
reconstruir los hechos pasados según la coherencia que da una génesis histórica. Lo que les importa
no es la sucesión cronológica precisa, ni un desarrollo basado en causas, sino la unidad interna del conjunto,
y por eso presentan su material en bloques esquemáticos interrelaciondos.
Sobre todo respecto de lo futuro, es evidente que no se puede hablar de ello en una exposición cronológica sin fisuras, sino que hay que ponerlo todo bajo el interés dominante del contenido. Para relacionar las diversas capas del contenido se dispone de las técnicas clásicas de narración,
pero en cualquier caso no se puede hacer historia con lo todavía no acontecido ni experimentado.
Todo esto puede sonar abtruso o artificial. Pero los cristianos tenemos
una enorme analogía ejemplar a mano: Jesús y el Antiguo Testamento.
Podemos preguntar ¿en qué sentido, en qué registro, el Antiguo Testamento anuncia
a Jesucristo? ¿en qué medida es este anuncio la razón de ser
de todas las escrituras? Cierta apologética tiene o tenía respuestas
demasiado simples: como si las profecías anunciaran inequívocamente
a Jesucristo (como si los escribas judíos hubieran carecido
de simple perspicacia humana para leer textos en sí terminantes);
sin embargo, los escribas eran los más celosos lectores y custodios
de la palabra; y, en general, no vieron nada de eso.
Del otro lado, muchos no dejan de advertir la evidente
oscuridad de las profecías mesiánicas, el lugar comparativamente
pequeño que ocupan en el volumen del antiguo testamento, las interpretaciones
"libres" (probablemente muy lejos del pensamiento del autor)
de tantos textos leídos por cristianos... y concluyen que casi toda
(si no toda) exégesis es acomodaticia, que en verdad el antiguo
testamento no se refiere a Jesús. Otras dos simétricas maneras de caerse
del caballo.
Lo que no se puede exponer en términos empíricos es, de todas maneras, genuinamente relatado por los autores mediante los recursos de la técnica narrativa. El carácter esquemático de los enunciados, entonces, no se debe a alguna incapacidad de los evangelistas, que en sí misma podría superarse. La diferencia entre esquema y contenido es esencial aquí. No se puede eliminar de modo meramente literario. Sólo la realidad, en su propio devenir, puede aclarar ella misma los contornos del esquema. Sólo por la superación histórica de la realidad se llena de contenido el esquema, y se ilumina tanto su significado como la relación de sus distintos aspectos. Ésta es la idea hermenéutica fundamental aquí: la historia subsiguiente pertenece intrínsicamente a la tensión del texto mismo. Es decir que esa historia no sólo proporciona comentarios retrospectivos del texto; sino que en ella se revela la amplitud de la palabra misma, por la manifestación de una realidad que antes no se veía. Por ello la explicación de los textos es esencialmente incompleta. Y por ello Juan, una generación más tarde, pudo penetrar con autoridad en las profundidades de la palabra, develando sentidos más puros de lo que pudieron entender sus predecesores. El mensaje de Juan no es una adaptación de la palabra a una situación nueva, sino que representa el movimiento íntimo de la palabra. Por estos motivos, finalmente, esas reconstrucciones que confinan el texto a su forma más antigua y sólo admiten una exégesis que partan de esa base están fuera de lugar. La tensión abierta entre esquema y realidad llama a que la realidad de la historia posterior entre en el texto. La palabra va adquiriendo su pleno sentido mediante la incorporación de las experiencias históricas, y el esquema se llena de realidad. Se quedaría, por el contrario, en un esquemátismo vacío quien pretendiera deducir el contenido exclusivamente a partir del texto reconstruido en su forma más primitiva. De esa manera el lector mismo es impulsado a la aventura de la palabra. Sólo puede comprenderla como actor, y no como mero espectador. Por supuesto que hay que resaltar también la otra parte. El espacio que continúa abierto para la realidad creciente, espacio que mantiene abierta con toda claridad la diferencia existente entre esquema y realidad, ese espacio, digo, no significa que la palabra como tal no tenga contenido y esté a merced del capricho, como ocurre en las teologías que ponen la «situación» como fuente suprema de lo cristiano, convirtiéndola en su normativa. La senda de la verdadera asimilación de la palabra se mueve en la estrecha vereda existente entre arcaísmo y modernismo. Partiendo del Cristo crucificado y resucitado hay una dirección bien definida y lo suficientemente amplia como para poder incorporar toda la realidad, pero también lo bastante clara como para confrontarla con un criterio.
En cierto sentido hay que decir que la historia de la Iglesia continúa con lo que fundamentalmente ocurrió en la época de Jesús. Porque la diferencia entre esquema y realidad con la que nos las tenemos que ver tiene su forma radical en la diferencia existente entre la palabra del Antiguo Testamento y la realidad histórica de Jesucristo. En las palabras del Antiguo Testamento, en las que se concretizó la experiencia de fe de Israel con la palabra de Dios, se da en esbozo previo la historia de Jesús, la palabra viviente de Dios en este mundo. Y únicamente a partir de esta palabra es como resulta teológicamente comprensible la figura de Jesús, a partir de ella es él explicado, gracias a lo cual puede asimilarse como «palabra» toda su existencia. Pero por mucho que la palabra explique a Jesús previamente, en definitiva, sólo gracias a la figura real del Jesús que vino es como resulta visible lo que se mantenía oscuro en la mera palabra, lo que de modo puramente histórico no se podría reconstruir a partir de aquella palabra.
El cristiano, pues, que imagina fijado el contenido del evangelio
(el pasado-pasado de los hechos relatados, del siglo I, en primer lugar; el futuro-pasado
de los II a XX, en segundo lugar; el futuro, en tercer lugar),
aunque no sea con la pretensión absurda de conocer plenamente ese contenido
(basta con que lo considere en la imaginación como fijado, negando prácticamente
tensión, creyendo que nuestra historia no puede llenar de contenido el esquema sino
más bien corromperlo... o en el mejor de los casos, aportar mejores «comentarios retrospectivos») yerra, me parece a mí, al modo de aquellos celosos escribas judíos.
La tensión que se da entre la palabra antigua y la realidad nueva continúa siendo la forma fundamental de la fe cristiana. Sólo a través de esa tensión es como se puede llegar a conocer la oculta realidad de Dios.
lunes, 26 abril 2010
LSDLT-6: Decíamos ayer
«Leer los signos de los tiempos», en aquel ambiente que decíamos, implica en lo esencial dar por bueno
aquel gráfico de la evolución de la cristiandad: la cumbre en la Edad Media, el decrecimiento constante en los últimos siglos y la proyección apocalíptica a corto plazo.
«Leer los signos de los tiempos» es constatar una y otra vez que todo se está yendo al diablo,
y que los enemigos de Dios se imponen. Y para pasar este trago amargo los sufridos cristianos fieles tenemos, grabada en piedra, nuestra clave de interpretación: todo estaba profetizado, forma parte de los misteriosos planes de Dios, que las cosas vayan empeorando cada vez más... hasta que al fin, en los tiempos apocalípticos del Anticristo, cuando todo parezca perdido y ya casi «no haya fe sobre la tierra», vuelva Jesucristo en poder y gloria; entonces la Redención alcanzará su plenitud y la larga aparente derrota se trocará en triunfo definitivo. Por ahí va el deber de «leer los signos de los tiempos» —y dedicarle al tema un tag en tu blog católico para católicos sapientes. Son signos que no nos enseñan nada nuevo: nosotros ya sabemos. El asunto es recopilar y difundir hechos que abonen aquella interpretación. Mientras que ponerla en duda, resistirse a nuestro sino de perito en derrotas, es pasarse a la vereda de enfrente, junto a los sedicentes cristianos progresistas triunfalistas que quieren acomodarse al siglo y etc, etc, etc, etc. Y bien, como ya habrán notado, acá estoy haciendo una crítica de esa interpretación —que yo alguna vez tuve por bastante buena. En eso estamos. Apuntes sueltos para desarrollar -pronto:
Notoria falta de sintonía con la exégesis católica seria - y con el magisterio actual. Falta de comunión con el pensamiento de este papa, por el ejemplo. Y con el evangelio. Paralelos con la espera mesiánica al modo judío -y aun marxista.
(¿Fue culpable o no la ceguera mesiánica de los judíos piadosos?)
Ilusión de medir planes de Dios según
criterios del mundo (como Pedro) - las profecías solo se pueden entender así, abarcativamente, desde afuera, no desde la historia. Conocimiento vedado. Pecado contra la mística. -continuará- |
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