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jueves, 11 marzo 2010
LSDLT-5: El grano de mostaza
Palabras de Benedicto XVI, de la audiencia de ayer sobre San Buenaventura:
San Buenaventura rechaza la idea del ritmo trinitario de la historia. Dios es uno para toda la historia y no se divide en tres divinidades. En consecuencia, la historia es una, aunque es un camino y – según san Buenaventura – un camino de progreso.
Del mismo -entonces no Benedicto XVI sino Ratzinger-,
en el muy jugoso reportaje
"La sal de la tierra" (1996).
Jesucristo es la última palabra de Dios – en él Dios lo ha dicho todo, donándose a sí mismo. Más que si mismo, Dios no puede decir, ni dar. El Espíritu Santo es Espíritu del Padre y del Hijo. Cristo mismo dice del Espíritu Santo: «...os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26), «tomará de lo mío y os lo comunicará» (Jn 16, 15). Por tanto no hay otro Evangelio más alto, no hay otra Iglesia que esperar. Por eso también la Orden de san Francisco debe insertarse en esta Iglesia, en su fe, en su ordenamiento jerárquico. Esto no significa que la Iglesia está inmóvil, fija en el pasado y no pueda haber novedades en ella. Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt: las obras de Cristo no van atrás, no disminuyen, sino que progresan, dice el Santo en la carta De tribus quaestionibus. Así san Buenaventura formula explícitamente la idea del progreso, y esta es una novedad respecto a los Padres de la Iglesia y a gran parte de sus contemporáneos. Para san Buenaventura Cristo ya no es, como lo era para los Padres de la Iglesia, el final, sino el centro de la historia; con Cristo la historia no termina, sino que comienza un nuevo periodo. Otra consecuencia es la siguiente: hasta aquel momento dominaba la idea de que los Padres de la Iglesia eran el culmen absoluto de la teología, todas las generaciones siguientes podían solo ser sus discípulas. También san Buenaventura reconoce a los Padres como maestros para siempre, pero el fenómeno de san Francisco le da la certeza de que la riqueza de la palabra de Dios es inagotable y que también en las nuevas generaciones pueden aparecer nuevas luces. La unicidad de Cristo garantiza también novedad y renovación en todos los periodos de la historia.
...
—¿Puede concebirse que después de una pérdida cuantitativa de creyentes, que ya no sienten interés por el cristianismo, pueda haber una cristiandad cualitativa que conserve y concentre el contenido de la fe? El Cardenal Lustiger dice que la cultura contemporánea no será el final de la religión ni, por tanto, del cristianismo. Sugiere otros planes y proyectos que llevan a pensar en nuevos comienzos. «La humanidad vivirá sólo si quiere» -según Lustiger- «pues se halla en todo momento ante el tribunal de los más jóvenes. Pero, la misma libertad que se tiene ahora y que permite incluso destruir el propio planeta, se tiene también para ser cristiano, si se quiere. Ahora, —dice el Cardenal— nos encontramos ante los comienzos de la era de los cristianos».¿Comparte esta opinión?
—Yo no me atrevería a decir que nos encontramos ante la era de los cristianos. Porque, ¿qué es, exactamente, la era de los cristianos? En lo que sí puedo estar conforme es en que el cristianismo siempre tiene la posibilidad de recomenzar. En alguna ocasión he escrito que el cristianismo es al mismo tiempo, como un grano de mostaza y árbol, es Viernes Santo y Domingo de Pascua al mismo tiempo. Nosotros nunca consideramos el Viernes Santo en pasado, porque lo tenemos siempre presente, y la Iglesia tampoco llega a ser un árbol completo, terminado, porque de ser así, en algún momento se secaría y habría que talarlo; pero no es así, siempre está en la situación del grano de mostaza. En ese sentido, estoy de acuerdo con él; siempre nos hallamos ante un nuevo comienzo, y eso mismo conlleva las esperanzas de todo comienzo. El cometido de creer desde y en la libertad y como manifestación de libertad, frente a un mundo deteriorado, también comporta una esperanza, la esperanza de poder seguir proclamando una expresión cristiana. Efectivamente, una era de cristianismo cuantitativamente reducido puede aportar mucha vitalidad a ese cristianismo más consciente. En ese sentido, podríamos estar ante una especie de era cristiana. Pero yo no me atrevería a hacer pronósticos sobre el tiempo que pueda tardar en llegar, ni si será un proceso lento o rápido. En cualquier caso, lo que sí quisiera destacar de todo esto es que: «en el cristianismo siempre hay un nuevo comienzo». Ahora, en nuestro tiempo, ya se están dando y los seguirá habiendo siempre. Y, además, generarán nuevas y sólidas estructuras para el cristianismo.
... Sería, sin duda alguna, crear falsas expectativas pensar que se va a dar un nuevo cambio en la historia y que la fe va a volver a ser un gran fenómeno de masas, un fenómeno que domine en la historia
Pero yo creo sinceramente que se están produciendo resurgimientos silenciosos de los paganos que convergen, hacia una —digamos— nueva Iglesia, y aquella experiencia que tuvo el Señor con sus discípulos vuelve a repetirse. Cuando les dijo «Nunca he visto fe como ésta en Israel», el Señor confiaba, por así decir, en la fe que brotaba de un mundo totalmente paganizado. También puede suceder esto con los cristianos de nuestros días que con frecuencia se cansan de su fe, y la ven como un pesado fardo que han de arrastrar y que no llevan con alegría. ... el cristianismo es siempre como el grano de mostaza, y, precisamente por eso, vuelve siempre a rejuvenecer. Aunque no podemos vaticinar que la fe vuelva a tener en la historia una estructura semejante a la de la Edad Media, cuando todo estaba marcado por el signo de la cruz. Pero estoy totalmente convencido de que la fe seguirá estando presente en la historia. Estará de algún modo rejuvenecida, con una energía nueva y sobreviviendo a la humanidad; estoy seguro de ello. De todas formas, esa experiencia negativa que ahora tenemos, el saber que cuando no hay fe todo se viene abajo y acaba en inmenso vacío, eso, no nos devuelve la fe. Eso acaba simplemente en una resignación fatal, o en el escepticismo, o en puro cinismo, o, peor aún, conduce al hombre a su propia destrucción.
... usted siempre confía en que Dios conducirá a la Iglesia por sendas misteriosas. Pero que el debate gire siempre alrededor de lo mismo y que el nivel de la polémica haya descendido tanto, ¿no resulta algo deprimente? Y, por otra parte, el contenido de la fe resulta cada vez más oscuro y la indiferencia ante estas cuestiones cada vez mayor
Y de la segunda parte del reportaje, ya citado:
Yo nunca me he imaginado dando un golpe de timón a la historia. Los caminos de Dios nunca conducen a resultados rápidamente mensurables, y eso puede comprobarse viendo cómo Jesucristo acabó en la Cruz. Esto, a mi me parece muy importante, porque hasta sus discípulos le hacían preguntas parecidas «¿qué pasa?», «¿por qué no nos siguen?», y entonces el Señor les respondía con las parábolas del grano de mostaza o de la levadura, para que comprendieran que la medida que utiliza Dios no es la de las estadísticas precisas. Sin embargo, lo que aconteció con el grano de mostaza y un poco de levadura fue algo enormemente importante y decisivo, aunque ellos entonces no lo podían ver. Para conocer los resultados en estas cuestiones, yo creo que hay que olvidarse totalmente de proporciones cuantitativas. No somos un negocio que se contabilice haciendo cálculos del tipo «estamos vendiendo mucho», «tenemos una buena política de ventas». Nosotros prestamos un servicio que después ponemos en manos del Señor. Y eso no quiere decir que lo que hagamos sea inútil. Actualmente, por ejemplo, la fe está resurgiendo con mucha fuerza entre los jóvenes de todos los continentes. Quizá haya llegado el momento de despedirnos de una Iglesia clerical. Posiblemente estemos ante una nueva época de la historia de la Iglesia muy diferente, en la que volvamos a ver una cristiandad semejante a aquel grano de mostaza, que ya está surgiendo en grupos pequeños, aparentemente poco significativos, pero que gastan su vida en luchar intensamente contra el Mal, y en tratar de devolver el Bien al mundo; están dando entrada a Dios en el mundo. He comprobado que, en Alemania también existen nuevos movimientos religiosos de este género, pero no quisiera citar nombres concretos. Probablemente no habrá conversiones en masa al cristianismo, no se darán cambios que pudieran ser considerados ejemplares para la historia, pero existe una presencia nueva y muy fuerte de la fe, que da aliento a los hombres. Ahora hay más dinamismo, más alegría. Hay una presencia nueva de la fe llena de significado para el mundo.
La Iglesia mayoritaria puede ser algo muy hermoso; pero no es necesario. La Iglesia de los tres primeros siglos era una comunidad pequeña, pero no sectaria. Al contrario, no estaba aislada, sino que se sentía responsable de los pobres, de los enfermos, de todos. En ella encontraron acomodo todos los que buscaban la fe en un Dios, todos los que buscaban una promesa. La sinagoga, el judaísmo en el Imperio romano, había formado ese entorno de devotos que la frecuentaban, propiciando una tremenda apertura. El catecumenado de la Iglesia antigua era algo muy similar. Las personas que no se sentían capaces de una identificación total podían sumarse a la Iglesia para comprobar si lograrían dar el paso de entrar en ella. Esta conciencia de no ser un club cerrado, sino mantenerse siempre abierta al conjunto, es un componente inseparable de la Iglesia. Y precisamente con la reducción que vivimos de las comunidades cristianas, tendremos que buscar esas formas de coordinar, de sumar, de ser accesibles.
Por eso en absoluto estoy en contra de que personas que no van a la iglesia durante todo el año, acudan a ella al menos en nochebuena, o en nochevieja, o en ocasiones especiales, porque ésta es todavía una forma de sumarse, en cierto modo, a la bendición del Santísimo, a la luz. Por tanto, ha de haber distintos tipos de adhesión y participación, tiene que existir una apertura interna de la Iglesia. viernes, 5 marzo 2010
LSDLT-4: Mera exégesis
Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?
[Lucas 18:8]
Estas palabras de Cristo se leen de dos maneras:A: Como un dato -un anuncio- más que una pregunta. B: Como una pregunta real - una interpelación, si me perdonan la palabra. No serán lecturas del todo excluyentes, pero de hecho corren por caminos separados, por lo que veo. Según la lectura A, la pregunta de Cristo es retórica, la respuesta va sobreentendida (y no hay pocas de estas: «Si la sal se desvirtúa ¿con qué se la sazonará?» o «Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis?»). Estaría prediciendo (y lamentando) que para los tiempos de su segunda venida habrá poca o ninguna fe en la tierra. Y así también lo leía yo, sin detenerme mucho en ello. ¿Por qué me detengo ahora? ¿A dónde vamos? Primero: creo (aunque mi juicio en cuestiones exegéticas tiene bajísima confiabilidad, incluso a mis ojos) que la lectura B es la preferible, o por lo menos la principal. Segundo: creo que ese es, hoy por hoy, también el juicio del magisterio de la Iglesia -dentro de lo que el magisterio puede decir al respecto, que nunca es definitivo ni vinculante. Tercero: creo que la lectura A (en sí no absurda ni herética ni nada) circula demasiado acrítica y exclusivamente dentro de esa «tribu» católica que decíamos; creo que esta lectura funciona, en ese ámbito, como una especie de dogma camouflado (lo que Chesterton llama un prejuicio), uno de los pilares que apuntalan el edificio de la secta. Cuarto: creo que ese pseudo-dogma, con otros, con el gráfico aquel de la fe que va disminuyendo fatalmente con el tiempo (una cristiandad en declive desde el medioevo, fatalmente derrotada por la hostil cultura moderna) forma parte de un pseudo-credo... y hasta un "para-magisterio", prácticamente divorciado del magisterio de la Iglesia. A lo primero: no me detendré mucho en la exégesis que creo preferible (¡cobarde!). Digamos nomás que la otra, la que supone un dato cuantitativo anunciado, pega menos con los usos de Jesús (que siempre rechaza ese tipo de especulación como impertinente), y, sobre todo, es más difícil de entender como conclusión de la parábola en curso, de la oración insistente, parece un non-sequitur (de hecho, el versículo prácticamente nunca es traída en su contexto). Dicho lo cual, me remito a los comentarios de Abel de ETF, que por ahí creo que va la cosa. A lo segundo... no sé si puedo citar al cardenal Martini (¡ups, perdón!)... saltemos pues a Ratzinger:
—¿Cuál es el futuro del cristianismo?
Es cierto que esto es una fuente no del todo confiable (entrevista?).
Pero hay otras referencias del mismo, ya como papa, sobre este pasaje; y, aunque no tan tajante, siempre leyendo en clave interrogativa, nunca como dato:
—¿Quién puede osar responder a esto? El Señor nos asegura que la Iglesia estará siempre viva hasta el fin del mundo, aunque con gran sufrimiento, y quizá muy reducida. El Evangelio se pregunta: «Cuando Cristo vuelva, ¿encontrará todavía fe sobre la Tierra?». Habrá muchas crisis: por otra parte sabemos que el hombre está siempre abierto a Dios y que Dios se hace presente. La Iglesia, como en el pasado, deberá sufrir muchas tentaciones, sufrimientos y persecuciones. Quedará sin embargo una fuente de vida, de alegría, una razón de esperanza. —Cuando Cristo llegue, ¿encontrará todavía fe sobre la tierra? —Aquí el Señor habla de forma interrogativa; otros textos de la Escritura, en cambio, nos dicen que Cristo encontrará la fe y encontrará a su Iglesia. La redimirá y redimirá al mundo.
La oración es la que mantiene encendida la llama de la fe. Como hemos escuchado, al final del evangelio, Jesús pregunta: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Es una pregunta que nos hace pensar. ¿Cuál será nuestra respuesta a este inquietante interrogante? Hoy queremos repetir juntos con humilde valentía: Señor, tu venida a nosotros en esta celebración dominical nos encuentra reunidos con la lámpara de la fe encendida. Creemos y confiamos en ti. Aumenta nuestra fe.
Y también Juan Pablo II es bastante terminante:
Benedicto XVI - Homilía en Nápoles, 2007 «Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?" (Lc 18, 8).»
En realidad, en el sitio del Vaticano no encontré casi nada en la clave de lectura A. Lo cual no querrá
decir mucho (búsqueda sumaria la mía, en un sitio que está lejos de ser una enciclopedia del magisterio;
y además se da el caso curioso de que el «casi» viene dado por una referencia -lateral, eso sí- en un documento
importante: el catecismo:
«Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12).» [675])
La pregunta, con la que Jesús concluye la parábola sobre la necesidad de orar «siempre sin desanimarse» (Lc 18, 1), sacude nuestra alma. Es una pregunta a la que no sigue una respuesta; en efecto, quiere interpelar a cada persona, a cada comunidad eclesial y a cada generación humana. La respuesta debe darla cada uno de nosotros. Cristo quiere recordarnos que la existencia del hombre está orientada al encuentro con Dios; pero, precisamente desde esta perspectiva, se pregunta si a su vuelta encontrará almas dispuestas a esperarlo, para entrar con él en la casa del Padre. Por eso dice a todos: "Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora" (Mt 25, 13). A lo tercero: que hay una alta correlación entre la lectura A -exclusiva- y la tendencia tradicionalista (o como quieran llamarla), no debería hacer falta relevarlo. Vaya una búsqueda rápida en un puñado de sitios del palo. Topamos acá de vuelta con nuestro amigo Williamson, que dice que tenemos certeza -nada menos:
...cuando Nuestro Señor pregunta si encontrará Fe cuando vuelva a la tierra (San Lucas, XVIII, 8), sabemos con certeza que por culpa de los hombres (no sólo de los eclesiásticos), la Iglesia Católica será muy pequeña en Su Segunda Venida.
Podemos acumular citas, pero para no aburrir, agarro a un comentarista cualquiera de un blog, pueden tomarlo como caricatura:
El Padre Béramo dice lo que algunos pocos sacerdotes y laicos decimos y pensamos, mientras otros pocos siguen concurriendo a los templos, pero sin formación Cristiana, por puro fetichismo o costumbre o porque son modernistas confesos, liberales de siempre, amigos de los Lugo o los Martini.
No me digan que no es típico.El 1er y 4to anónimos, deben ser judíos, por la falta de formación Cristiana que muestran y un orgullo satánico que destila sus escritos. "Cuando venga Cristo creereis que encontrará Fe sobre la tierra?" Son momentos terribles, hasta la Parusía debemos vivir,enseñar religión, confesarnos, morir y salvar nuestras almas y todas las que podamos. La Virgen María nos proteja en sus brazos,como hijos fieles y aflijidos. Un poco más atrás (¿de aquellos polvos estos lodos?) el cardenal Pie, en el lenguaje "católico oficial" del siglo XIX (que algunos añoran) también lo da por sobreentendido - y también vincula esa cuantificación de la fe al «ámbito público»
No se encontrará casi ya la fe sobre la tierra (San Lucas, XVIII, 8), es decir, casi habrá desaparecido completamente de todas las instituciones terrestres.
Incluso el bueno de Mons. Straubinger, en su versión de la Biblia, lee y enseña:
«Obliga a una detenida meditación este impresionante anuncio
que hace Cristo, no obstante haber prometido su asistencia a la Iglesia hasta
la consumación del siglo.»
Y debe haber mucho más. Naturalmente, también en el cristianismo protestante se dan estas lecturas.
Acá están las traducciones en inglés - parece que Wesley, el fundador del metodismo, también
tiraba por la lectura A. Circula incluso una traducción que fuerza -algo brutalmente- esa lectura:
"Will he find any faith left on earth?" - previsiblemente, en alta
correlación
con la mirada apocalíptica.
Mons. J. Straubinger - nota a Lc 18:8 Y basta con esto —y sobra. Lo cuarto, quedará para la próxima. miércoles, 3 marzo 2010
LSDLT-3: Intermezzo literario
Más allá del «Fin de Arda» el pensamiento de los Elfos no podía
penetrar, y no habían recibido ninguna instrucción específica.
Les parecía evidente que sus hröar*
debían de acabar entonces, y que por tanto cualquier tipo
de reencarnación sería imposible. Así pues,
todos los Elfos «morirían» con el Fin de Arda.
El sentido de esto lo ignoraban. Por esto decían
que, si los Hombres tenían una sombra detrás,
los Elfos la tenían delante.
Su dilema era el siguiente: la idea de existir sólo como fëar*les resultaba repulsiva, y les era difícil creer que fuera natural y se incluyera en los designios originales para ellos, puesto que eran esencialmente «moradores» de Arda y por naturaleza la amaban plenamente. La alternativa, que sus fëar también dejaran de existir en el Fin, les parecía aún más intolerable. Tanto la aniquilación absoluta como el cese de la identidad consciente repugnaban a su pensamiento y deseo. Algunos argüían que, aunque íntegro y único (como Eru, de quien provenía directamente), todo fëar, por ser creado, era finito y por lo tanto podía tener duración finita. No podía ser destruido dentro de su tiempo asignado, pero después dejaba de existir, o de adquirir experiencia, y «moraba sólo en el Pasado.» Pero nada de esto les bastaba. Porque, aunque un fëa, élfico pudiera vivir «conscientemente» o contemplar el Pasado, esta sería una condición completamente insatisfactoria para su deseo. Los Elfos tenían (según sus propias palabras) un «gran talento para la memoria», pero esta tendía más a la tristeza que a la alegría. Y además, por larga que fuera de la Historia de los Elfos antes del final, siempre sería demasiado poco. Estar perpetuamente «prisioneros en una historia» (como ellos decían), aunque fuera una gran historia de final victorioso, acabaría por convertirse en un tormento. Porque mayor que su talento de la memoria era su talento para crear y descubrir. Y el fëa élfico estaba diseñado especialmente para hacer cosas en colaboración con el hröa.
Por lo tanto, a los Elfos sólo les quedaba como último recurso
apoyarse en lo que ellos llamaban
la «estel desnuda»: la confianza en Eru, de que su propósito para
más allá del Fin sería (como mínimo) plenamente satisfactorio para todo
fëa, y probablemente contendría un gozo impredecible.
Pero ellos seguían creyendo que aquel propósito estaría en relación inteligible
con su naturaleza y deseos presentes, que procedería de ellos y los incluiría.
J. R. R. Tolkien - Notas a la Athrabeth (en El anillo de Morgoth) * hröar=cuerpos, fëar=espíritus, Eru=Dios, Arda=mundo, o Sistema Solar (todo aproximado)
Incierto es, en verdad, lo porvenir ¿Quién sabe lo que va a pasar? Pero incierto es también lo pretérito, ¿quién sabe lo que ha pasado? No dudo que haya en nuestra conciencia una pretensión a fijar el pasado, como si las cosas pudieran hacerse inmutables al pasar de nuestra percepción a nuestro recuerdo. Pero si lo miramos más de cerca, veremos que
el devenir es uno, y que es su totalidad (porvenir-presente-pasado) lo sometido a constante cambio. También es cierto que, como el punto de mira y los puntos de referencia varían de continuo —cuantitativa y cualitativamente— ningún acontecimiento de nuestro pasado ha de aparecernos dos veces como exactamente el mismo. De suerte que ni el porvenir está escrito en ninguna parte, ni el pasado tampoco. Y no digo esto para que os burléis de los historiadores, que siempre merecerán nuestro respeto, sino para que seáis más indulgentes con sus errores
Tampoco habéis de pitorrearos de los profetas; porque la pretensión de ver lo futuro no es mucho más usuraria que la jactancia de conocer lo pasado, en la cual todos hemos alguna vez incurrido. Me diréis que, de lo pasado, siempre podremos afirmar algo con relativa seguridad, y que el hecho de que Bruto matase a César parece cosa bastante más firme y averiguada que lo que sería el hecho contrario, a saber: que César hubiera podido matar a Bruto. En eso tenéis razón. Pero ¡qué poca cosa es saber que Bruto mató a César! Porque cuándo, cómo —exactamente— y aun las circunstancias más nimias que concurrieron en aquel magnicidio, son cosas que estaremos averiguando hasta la consumación de los siglos... Antonio Machado - Juan de Mairena
Jesús enseñó hasta la tarde. Habló de las misericordias de Dios
para con su pueblo, de la ingratitud y pecados del pueblo, de los
castigos sobre Jerusalén, de la destrucción del templo y de la última
hora de la gracia que no querían recibir, que después de esta gracia
despreciada no tendrían ya otra, como pueblo, hasta los postreros días,
y que sobre Jerusalén vendría una destrucción más grande que las anteriores.
Era una enseñananza de tono temible y aterradora.
Todos escuchaban silenciosos y espantados, pues Jesús dijo bastante
claro que era Él quien traía la salud, porque explicó las profecías,
aplicándolas a este tiempo y a su Persona.
Los fariseos de aquí, que no valían gran cosa, y que como los de Akrabis le habían recibido cortésmente sólo en lo exterior, estaban callados y admirados, pero irritados en su interior, mientras el pueblo estaba conmovido, y alababa a Jesús. Habló también de los escribas que desvirtuaban las Escrituras con sus interpretaciones falsas y sus añadiduras. Por la tarde hubo una comida en las chozas de arriba, pero Jesús bajó a las del pueblo, en la llanura, y allí consoló y exhortó. En este lugar, como los fariseos no estaban presentes para espiar, vinieron muchas gentes a Jesús, se echaron a sus pies, le honraban, exponían sus necesidades y confesaban sus culpas y pecados. Jesús consolaba a todos y daba consejos. Era un cuadro conmovedor ver todo esto, entre las lámparas que brillaban en la noche. Estas lámparas estaban cubiertas contra el viento, pero el resplandor amarillo de las luces se reflejaba tenuamente dentro y fuera de las chozas y sobre el verdor del suelo, los frutos y las personas. Era un espectáculo sumamente bello. Desde las alturas de Silo se podían ver los alrededores iluminados por las luces de las fiestas y se oían los cantos de las chozas más cercanas y de las más alejadas. Jesús no sanó aquí a los enfermos, porque los fariseos los alejaban, y el pueblo temía a los fariseos. Tanto en Akrabis como en Silola consigna de los fariseos era: «¿Qué quiere de nuevo este hombre aquí? ¿Qué novedad nos trae ahora? ¿Qué piensa hacer aquí?...» Ana Catalina Emmerick - Visiones (III, p. 30) martes, 2 marzo 2010
LSDLT-2: Las derrotas de los buenos
Cuenta Castellani en Los papeles de Benjamín Benavides una anécdota, pequeña pero significativa, y seguramente biográfica.
Era él un joven maestro de Historia —alumnado católico, es de suponer— y estaba enseñando la lucha de La Vendée
contra los revolucionarios franceses...
Me exaltaba y hacía elocuencia con la sublimidad de esa revuelta de honrados
campesinos que defendían su hogar, su fe y su rey, con la imagen
del Corazón de Cristo sobre el pecho y en sus banderas....
Y poco más adelante describe...
Fue una guera católica más pura que las Cruzadas, más necesaria que la empresa de Simón de Montfort, contra la sedición regicida y atea. Y fueron derrotados y aplastados como chinches por el genio militar de un teniente de artillería inmensamente ambicioso, un corso petizo y regordete llamado Buonaparte; el cual les aplicó tranquilamente la guerra de exterminio y los engañó como a chicos con un tratado maquiavélico... En la clase reinaba un silencio profundo, el corazón de los jóvenes sangraba, yo me sentía elocuente... por primera vez en la vida. De repente un cadete levantó la mano... y preguntó con esa terrible y directa ingenuidad de los niños: «¿Por qué fueron tan desdichados, si defendían la causa de Dios?» Yo balbuceé que Dios no ha prometido a los suyos el triunfo en esta vida; que recordasen la Armada Invencible. Pero el muchacho respondió con ira: «Tampoco les ha prometido la derrota. Y actualmente la causa católica es siempre derrotada...» Negué resueltamente ese adverbio siempre; pero salí preocupado y meditabundo...
... una idea insistente y amarga que surgía en mí de la consideración de la
historia moderna; a saber, que si la Iglesia Católica era verdadera,
el mundo moderno andaba muy mal. Me desazonaba en particular el ver
que la Antiglesia organizada triunfaba aparentemente en la vida
política universal, como si ya fuese el tiempo en que le será dado
poder para hacer guerra a los santos y vencerlos. (Ap 13.7) Triunfo militar de la Revolución francesa, aplastamiento de la Vendeé y del carlismo,
la brecha de Porta Pía, la "paz" masónica de Versalles, el triunfo de la Revolución Rusa,
el predominio de las naciones protestantes y avance del socialismo y la apostasía en las naciones
católicas...
En la (media) biografía de Castellani, su autor, tras citar estos textos, acota que se «puede agregarle
leña al fuego»... y lo hace de muy buena gana. Como en gran parte del libro (voluminoso
y -para mí- apasionante) el hombre no puede evitar
mentar a cada paso a multitud de personajes públicos y escritores de su biblioteca,
cada uno con su respectiva aprobación o condena «de cajón»,
y espetarnos sus juicios sobre cada cuestión debatible que se cruza en el camino -o que no se cruza. Una incontinencia que puede resultar tan entretenida como fastidiosa. En cualquier caso, aunque esas divagaciones a veces dicen poco del biografiado, dicen bastante del biógrafo y, lo que es más valioso, de la tribu. Como que quiso pintar el mundo, pero pintó su aldea.
... Pero siempre se puede agregarle leña al fuego.
Pensemos que dentro de dos años sucedería el desgraciado
episodio de la condena de la "Acción Francesa"1. Por no hablar
Resisto el impulso (más pereza que templanza) de acribillar el texto con notitas al pie (bueno, algunas se me escaparon), "sics" y "fisqueos" ( también lo del cura, no crean). Pero ahora no. Sí alguna salvedad. Lo traigo acá porque creo que expresa bien, en complemento a lo de Castellani, esa visión de la historia que decíamos, muy característica de la tribu. ¿Y a qué llamo la tribu? Bueno, digamos, los que comparten esa visión, a bulto... (cada vez que estampo la palabra "tradicionalista" o similar los lectores protestan - las etiquetas son para los enemigos, caramba). Es claro que cada cual tendrá sus peros, y que la tribu puede tomarse con diversos grados de amplitud, y esta caracterización no pega tanto con algunas variedades, sobre todo europeas. No importa. En este momento me importa menos la tribu que este rasgo suyo.
de lo ocurrido en los últimos ciencuenta años dentro de la Iglesia Católica:
la restauración de los estudios tomistas aplastada por la maraña de ideas
evolucionistas, hegelianas, telardiana o lo que fuere; la profundización
de los estudios litúrgicos y el cuidadoso empeño que se puso en mejorar
el culto, aplanado luego por la marea posconciliar con su horripilante
estética desacralizadora. Y luego, lo ocurrido con el Concilio Vaticano II:
más allá de la letra de sus documentos, no fue más que un enorme triunfo
de la estupidez, la ramplonería, y la modernidad, ahora sí, instalada
donde no debe estar. Y la derrota consiguiente de los estudios serios,
el culto en espíritu y verdad (sobre todo esto último que no se ve ni por
las tapas. Ni se veía antes del todo tampoco, digamos la verdad).
Es largo el inventario de «derrotas»: el racionalismo bíblico prácticamente canonizado en las facultades e institutos dedicados a estos trascendentales estudios; la desacralización sistemática que abarca la arquitectura, el arte, el culto, la homilética, la espiritualidad y todo lo que rodea a la Santa Misa; la canonización del «dernier cri» en materia moral (ayer Kuhn2, hoy Häring), en materia dogmática (Congar o Rahner, es igual) y la definitiva sepultura de la patrística, de Santo Tomás y San Agustín (de Aristóteles ni hablar, por supuesto) bajo infinidad de volúmenes, teorías y doctrinas heréticas, ramplonas o sencillamente imbéciles. ¿Derrotas? En el plano político, o morales, o religiosas, o bélicas, culturales, artísticas. Y se podría seguir con sus consecuencias en las costumbres, la masificación del pueblo, el olvido de las tradiciones locales, la tecnología estupidizante, la propaganda, el ruido, el tremendo ruido que todo lo invade, que nada respeta, que arrasa con toda reflexión, contemplación, poesía u oración... Sí, cualquier cristiano del s. XX —si lo es dendeveras3— no puede ser sino un perito, un especialista, un maestro en derrotas. Ese es su sino fatal, su cruz, su derrotero: incluso las poquísimas victorias de la Cristiandad terminan en este siglo con un gusto amargo, amarguísimo, como es el caso de la Guerra Civil Española, la revolución cristera en México, el gobierno de Salazar en Portugal o la intentona de García Moreno en Ecuador. ¿Siempre serán vencidos los cristianos? Este raro mundo progresivamente descristianizado por el que pasa el cristiano de nuestro tiempo, este soportar como puede los fracasos y frustraciones de cuanta aventura intenta, de toda empresa más o menos bien inspirada, termina por metérsele en el alma, en el corazón, en el centro de sus devociones... Sebastián Randle - Castellani - p. 190 (Y otra salvedad: el biógrafo, y este texto en particular, no es muy típico de la tribu en varios aspectos (y de Castellani ni hablar): prosa viva y no solemne, trabajo intelectual serio, y voluntad de ser "ortodoxo" sólo en el mejor sentido de la palabra (aunque en este tema particular se me antoja ortodoxo en todos los sentidos de la palabra). No se trata, pues, del columnista de Panorama Católico o Radio Cristiandad, ni del católico que pretende militar llenando un blog con estampitas sulpicianas y copy-pastes de encíclicas y noticias de Aciprensa. Si, como algunos parecen suponer, mi intención fuera pegarles a los tradicionalistas (¡pobrecitos, ellos sufren tanto, nadie los quiere, es como pegarle a un niño!) habría traído otro material más esperpéntico... algún rotundo lefevbrista de tomo y lomo, por ejemplo... a ver, acá está el famoso monseñor Williamson. Ups, se me escapó el link. Bueno, pueden leerlo, si tienen estómago robusto; yo acabo de hacerlo, pega bastante bien con el gráfico de la entrada anterior, y como caricatura no está mal - borren mentalmente los rasgos más gruesos y tendrán algo no muy distinto. Pero no es para nada necesario.) Continuará.
2. ¿Errata por Kung? 3. ¡Saltó la liebre! viernes, 26 febrero 2010
Los signos de los tiempos.xls
Leo por millonésima vez el lamento del católico tradicionalista ante estos tiempos impíos y autosuficientes que le ha tocado vivir; su amargura de ver a la Iglesia cada vez más relegada en la cultura moderna, su presunción de ser de «los pocos contracorriente» (la «gente como nosotros», «los que nos preocupamos y sufrimos por estos temas»... en contraposición a «la gente común y corriente» - mayoría de curas, obispos y católicos de misa dominical incluidos, claro está); y su devota esperanza (fundada en tales observaciones... en tales coordenadas) de integrar el «pequeño rebaño que Él encontrará cuando vuelva»...
Bueno, ya conocemos el combo... Toda una manera de ver el universo. Que pareciera sentirse apoyada en tres textos del evangelio, muy frecuentados por esta tribu:
Los cuales textos son leídos (exégesis incuestionada) más o menos así: (¿Caricatura? Vamos, no quisiera enlazar a blogs y foros... Y tampoco hay que leer demasiado sarcasmo agresivo en estas descripciones mías - yo también tengo mi lotecito ahí, y ni estoy seguro de hasta qué punto compartía o comparto esas maneras de ver las cosas, y de hasta qué punto las considero falsas. De aclarar(me) eso se trata. Calma, pues.) Sobre estos carriles corren las preocupaciones de esta tribu, y sus debates internos. Porque, en efecto, están muy preocupados por el estado de la Iglesia y del mundo. Y les importa mucho tener opiniones de calidad al respecto; y toman la temperatura del enfermo, y algunos dicen que algunas décimas más y algunos menos, y discuten síntomatologías, y cuándo comenzó el declinar, y las causas y los culpables. Necesidad imperiosa de saber, de estar al tanto de cómo marchan las cosas. Desde la más baja chismografía clerical hasta las grandes líneas de la historia de la salvación que atraviesan veinte siglos de cristianismo. Que esta necesidad pueda tener algo de pecaminoso, o siquiera de peligroso, no parece preocupar. Y para el caso tenemos otro versículo tranquilizador: se trata de «interpretar los signos de los tiempos» (Mt 16:3), nada menos1. Esfuerzo justo y necesario. Ahora bien. Los signos de los tiempos, en esta mirada, puede resumirse en «las cosas (nos) van de mal en peor». Y lo que indicarían esos signos es que los tiempos apocalípticos (empezando por el reinado del anticristo) están muy cerca, si es que no son iniciados ya. Tal vez la conclusión sea correcta - yo no sé. Pero hay demasiadas cosas que me huelen mal acá. Inconsistencias intelecuales y aun espirituales. Cristianamente hablando, por supuesto. Claro, uno no puede criticar a los apocalípticos: enseguida te tiran citas bíblicas por la cabeza -el sermón parousíaco, Maranatha, etc. Bien. Pero, para empezar, esa justificación para esperar (y aun prever) el finimondo próximo no pega muy bien con las premisas de aquel razonamiento. Estamos mezclando los tantos, me parece. Como si la espera a que se refiere el "Ven Señor Jesús" tuviera menos aplicación en los tiempos «buenos» que en los «malos», como si el cristiano del siglo XIII hubiera tenido menos obligación o justificación para esperar la vuelta inminente de Cristo que el de cristiano actual. Pero además ¿qué es eso de tiempos mejores y peores? (cristianamente hablando... repito) ¿Cómo es que las cosas cada vez van peor? Al que presume de saber juzgar tal cosa, yo (ingeniero al fin... cartesiano) siento ganas de pedirle que me grafique la evolución en el tiempo en papel cuadriculado; quizá cargar los datos en una planilla Excel, a ver si hacemos un gráfico de barras y unas líneas de tendencia... Por ejemplo, me da curiosidad por saber si existió una época en que las cosas anduvieran cada vez mejor. O si nuestra declinación es constante o con altibajos... No me burlo. ¿Es absurdo lo que pido? Pero, vean, al tenor de aquellas discusiones, no me parece absurdo. Todos estos opinadores eclesiales discurren en esos términos, como ejecutivos que miran la evolución de la empresa en un gráfico. Disentirán en la forma exacta de la curva, en los valores actuales y de la abcisa del extremo («la Iglesia empezó a decaer en el siglo ...») pero al disentir implícitamente están aceptando la existencia de esta curva.2 Aunque, curiosamente, casi nunca la he visto graficada.
Casi, digo, porque hace mucho tiempo (no importa dónde) he visto algo parecido a esto:
Por lo pronto no me interesa la escala de los ejes, ni los años precisos (pongan siglo XIII o XV si prefieren en el máximo; y claro está que la cristiandad no existía en el año cero!) ni la precisa magnitud graficada (¿cristiandad? ¿cristianismo? ¿cristianos? ¿en el mundo o en Europa o dónde?) ni las etiquetas. Lo que me importa por ahora es discernir si: 1) la actitud apocalíptica de la tribu supone (implícitamente) dar por bueno un gráfico similar; 2) en qué sentido puede ser este gráfico (correcciones de detalle aparte) verdadero; 3) hasta que punto puede justificar legítimamente aquella actitud apocalíptica; 4) qué puede tener de falso, irrelevante o nefasto. Cristianamente hablando, siempre. A lo primero yo respondería que sí. El resto, quedará para otro día.
2. Objeción: Bien se puede decir que «en la década del '60 el tango experimenta una decadencia» o que «mi amor por [tal persona o tal cosa] se ido enfriando en los últimos tiempos» y sin embargo esas cosas no pueden medirse y por lo tanto graficarse. Respondo: aunque no haya una medida numérica objetiva, si percibimos aumentos o disminuciones en el objeto (el tango o el amor) a lo largo del tiempo, siempre podemos asignarle valores (relativos, en escala arbitraria pero consistente) y por lo tanto sí que podemos graficarla, con todas las limitaciones de cada caso. No pedimos más. lunes, 15 febrero 2010
Sueltos de verano
Como para poder decirme que el fin de semana hice algo medianamente útil:
la Suma Teológica ahora enlaza a la versión original (en latín),
en el encabezado de cada artículo. Si a alguien no le funciona, avise.
Las dos caras
son de una beata - una es fotografía, la otra es la que se usa (se usaba, esperemos poder decir) en las estampitas - adivine ud. cuál es cual.
Se trata, por cierto, de Laura Vicuña.
A Dios gracias, y tocando madera, la FSSPX tiene mucho cuidado con los sacerdotes...
Lo leí no recuerdo en qué blog o foro. Quisiera creer que es humor intencionado,
pero lo dudo.
Un video delicioso de Jack Benny,
de cuya existencia yo ni estaba enterado (vía Podeti).
Parece que por fin alguien está subiendo el Pi-Pío completo.
Una fotografía de Simone Weil
(bajar a la mitad de la página), nueva para mí. Como curiosidad adicional,
proviene de una de las reuniones del famoso grupo matemático Bourbaki,
al que su hermano Andre (a la izquierda en la foto) pertenecía.
Un sitio de música litúrgica.
Fui conciente de una sensación cálida e imprecisa, como si yo fuera una gran cucharada de helado y alguien estuviera a punto de arrojar un chorro de mantequilla caliente sobre mí.
Debo estar equivocado, seguramente, mis ojos o mi memoria deben haberme engañado. Pero, les juro,
eso es lo que ví o creí ver al pispear un libro abierto que alguien leía en el colectivo...
Es una compulsión deplorable la mía, y acá tuve mi castigo. Ahora no podré sacarme esta monstruosa
metáfora de la cabeza, y la duda sobre su autenticidad. Si alguien leyó el libro (era este) tal vez pueda confirmar o (espero) corregir.
Siendo Sumo Pontífice Pelagio, y emperador Mauricio, el río Atesis, que passa por Verona, creció de suerte que cubrió la iglesia del mártir San Zenón hasta las más altas ventanas, y con estar abiertas, y la puerta principal también abierta, no entró agua en ella. Y lo que más fue de maravillar, que hallándose algunos hombres dentro de la iglesia, llegaron a la puerta donde estava la agua como por muro, y cogieron della en vasos que bevieron. Refiérelo Fulgoso, libro primero.
Del Flos Sanctorum. Uds. quizás sabrán que hacer con cosas como esta, yo no estoy muy seguro.
Nuevo episodio de Yotsuba.
domingo, 31 enero 2010
Heridas de Dios - 2
De la cita de Castellani de la entrada anterior, yo quería destacar
lo que destaqué tipográficamente, lo que va en negrita. Nótese que uno podría
suprimir todo el segundo párrafo, y sigue quedando
una reflexión coherente (más coherente, quizás) y digna de atención y comentario (de hecho la mayoría de los comentarios que me llegaron, me parece, se refieren más
bien a ese texto... mutilado). Pero a mí lo que más me interesa -en su contexto, eso sí-,
es aquel inciso... disonante: «Conviértete en un herido de Dios, deja atrás a los hombres.
Sé místicamente cruel contigo mismo.» Aunque no estoy seguro de entenderlo, para variar; y
de entender cómo pega con el resto.
Lo de «herido de Dios»... supongo que viene a decir lo mismo que «herido por Dios»1 Como el famoso versículo de Isaías 53. Y vendría a decir, parece, que las heridas y las injusticias que sufrimos ... se las endosemos al mismo Dios. ¿Tenés un enemigo que te hizo mal, sos víctima de una injusticia no reparada? No te la agarres con tus enemigos humanos, no gastes pólvora en chimangos, agarrátelas con Dios. «Sé místicamente cruel contigo mismo». Porque mirar así las cosas implica una crueldad, como renunciar a «los consuelos de la religión» justo en el momento en que más falta hacen. Cuando uno es víctima de injusticia la religiosidad natural pone a Dios como refugio y defensor: Los hombres estarán en contra mía, pero Dios está de mi lado. Los hombres me hacen injusticia, pero Dios es justo - y por lo tanto está contra la injusticia que me hacen. Si los hombres quieren hacerme mal, Dios quiere hacerme bien. (Es verdad que por ahora no parece hacer mucho por defenderme, y su mano es menos visible que la mano de los enemigos... pero razones habrá, él está de mi lado y tarde o temprano se me hará justicia.) No está mal. Pero puede ser más verdadero y más sano hacer lo otro que dice Castellani - en cierta manera, es lo que hizo Job. Dejar atrás a los hombres. Esto podría ponerse en relación (aunque indirecta) con el concepto del "Dios que castiga" - concepto espinoso y más bien repudiado hoy por la cristiandad - y no sin buenas razones. Como sea, importa no perder de vista que atrás de todo lo que nos pasa está la mano de Dios. Y yo también lo veo en relación con aquello que respondió santa Teresita a una novicia, cuando esta le confió su propósito de estar siempre alegre ante sus compañeras, y «sólo llorar sus tristezas ante Dios»:
¡Llorar delante de Dios! De ningún modo. No has de mostrarte triste, ante Dios mucho menos que ante las criaturas.
Porque aquello de imaginar a Dios de mi lado -en mi vereda, y enfrente de la de mis enemigos-
tiende al peligro de lo imaginario y del egoísmo: consuelos privados. Se trataría, en cierta manera, de resistir la tentación de hacer rancho aparte con Dios.
martes, 26 enero 2010
Heridas de Dios
... La represión del natural deseo de venganza, por razones intelectuales o por amor de Dios, produce en el alma esa «hambre y sed de justicia» a la cual se prometió la bienaventuranza. Ella es la sublimación del rencor y de la natural pasión por la vindicta; pasión por el restablecimiento del equilibrio moral. El odio a la injusticia padecida se convierte en horror de la injusticia sufrida por los otros. Los sentimientos heridos no se cicatrizan (como pasa por el olvido en las heridas pequeñas) sino que comienzan, como si dijéramos a «sangrar hacia arriba». Por eso nuestro Salvador lo comparó a una pasión tan pertinaz y luchadora como el hambre.
Es otro texto de «Los papeles de Benjamín Benavides», de Castellani - otro de aquellos que me impresionaron al releerlos hace poco... y que no me habían dicho gran cosa en el primer contacto, años ha (¿qué habrá cambiado de una lectura a otra? ¿experiencias, estados de ánimo, o simples fluctuaciones azarosas de atención o sintonía? vaya a saber...)«Esto que me ha pasado jamás cicatrizará», se oye decir a veces. «Sí que cicatrizará», es la respuesta vulgar, a veces falsa. Tiene razón el herido muchas veces. La respuesta exacta es: «Conviértete en un herido de Dios, deja atrás a los hombres. Sé místicamente cruel contigo mismo.» Esa herida siempre abierta nos hace solidarios del dolor del mundo; nos establece en comunidad con todos los que sufren; y hacerse solidario del dolor del mundo fruto de pecado, fue la razón de tomar cuerpo y naturaleza humana el Verbo de Dios...
lunes, 25 enero 2010
Ghibli - varia
Sólo para porteños: el ciclo BAFICITO proyecta durante el verano varias películas infantiles en el anfiteatro de Parque Centenario (Buenos Aires), al aire libre, gratis, a las 20:30. Se destacan El castillo de Howl (este sábado y el 13 de febrero) y Ponyo (domingo 14 de febrero). Yo vi la proyección anterior de Ponyo, y estuvo muy bien, buen sonido y video (doblaje español, eso sí). Recomendable, si el clima da.
Acá va un link para bajarse Totoro con doblaje mexicano (también incluye audio japonés). Una rareza, sólo trasmitida por TV (HBO, creo), me llevó mucho tiempo encontrarlo, y más tiempo remasterizarlo (con perdón!), procesamiento de señales, filtros, correcciones de delays, lecturas de papers incluidas... pero, bueno, cada cual se divierte a su manera. Y no quedó tan mal. Para bajarlo hace falta instalar el Pando -un programita de descargas, mayormente inofensivo.
Lindo el doblaje español de "Susurros del corazón" (Whisper of the heart -una de las mejores de Ghibli) que hicieron en España hace poco. Y tampoco están mal los de "Mis vecinos los Yamada" y "Puedo escuchar el mar". Bien por Aurum.
Un making of Omohide Poroporo, video de 45 minutos, documental de 1992 sobre la producción de "Only yesterday - Recuerdos del ayer" (en japonés, subtítulos en inglés), con un repaso de la carrera de Takahata y Miyazaki.
miércoles, 23 diciembre 2009
Este es el tiempo
Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea:
El llamado a la conversión, característico del Adviento. A la espera del que viene, necesitamos convertirnos —nos dicen, y nos decimos. «Convertíos, porque el Reino de los Cielos es llegado.» Pero ¿cómo habrá que entender eso? Por ejemplo ¿cómo lo entiende el converso? Pongamos que uno se convirtió (en algún sentido amplio, pero fuerte) tal día de tal año, uno tiene marcada esa fecha con una cruz grandota en la línea de su vida: «mi conversión». ¿Puede uno entonces responder a esta exhortación de Adviento: «Yo ya me convertí»? No, no, claro que no, nos atajamos rápido — todos necesitamos convertirnos, no somos santos, etc etc. Es la respuesta devotamente correcta, pero no aclara mucho. Para empezar, no aclara la relación de una conversión con otra. ¿Qué es, al fin y al cabo, eso que san Juan Bautista y la Iglesia nos piden? ¿Vendría a ser una segunda conversión? ¿Y después de esa, si se me da... tendré que seguir pidiendo otra más, o ya está? Hummmhh... ¿O será acaso que esa conversión no se refiere a un acontecimiento puntual y datable en mi biografía, sino de algo incremental, que ocurre sin solución de continuidad? ¿«Conviértete» vendría a ser como decir «Sé un poco mejor cada día»? Esa interpretación disolvería la dificultad... pero al precio de disolver la exhortación. Si de eso se tratara, no parece que hubiera que tomarlo tan a la tremenda; y, por cierto, «conversión» resultaría una palabra excesiva para algo tan poco radical. En fin, ninguna de las respuestas parece satisfactoria. ¿Y entonces? * * * Releí estos días el «Tratado sobre el infierno» de Urs von Balthasar — en realidad, son dos ensayos, el segundo como respuesta a la polvareda que levantó el primero. Sostiene allí UvB que el cristiano puede (y aun debe) «esperar por todos» : ansiar y pedir que todos los hombres se salven.A muchos teólogos esto les pareció absurdo o herético, puesto que uno no puede esperar ni pedir algo que tiene (en su saber o en su fe) por imposible: sería tan absurdo como rezar para que no haya sucedido algún suceso que, según sabemos, ya sucedió. Y, afirman estos teólogos, el cristiano sabe que no todos los hombres se salvarán: no sabe cuántos ni cuáles, pero sí que algunos se condenarán —y este saber forma parte de nuestra fe. No será un dogma explícito, pero sí un corolario que se sigue del dogma de la existencia del Infierno y la teología del pecado mortal, lo cual a su vez se fundamenta en la Escritura y la Tradición: en especial, varios dichos de Cristo en los evangelios. A mí me pareció respetable la objeción; pero me pareció más respetable la respuesta de von Balthasar (sin que ninguno de estos «me parece» implique un juicio mínimamente seguro). Los interesados en conocer su respuesta tendrán que leer el librito, me temo. Aunque tal vez resuma o cite algo otro día. Pero... El tema salió un poco al tapete estos días por la nueva traducción del misal argentino, que en la fórmula de la consagración, en lugar de «sangre derramada por todos» ahora dirá «por muchos». Acá pueden leer las consideraciones atinadas del cardenal Arinze al respecto. Y en muchos sitios católicos tradicionalistas pueden leer los festejos, menos atinados, al respecto —siempre muy preocupados ellos por las malas interpretaciones... de los otros. Y siempre muy satisfechos ellos con sus racionalizaciones librescas, dichosamente vacunados contra aporías y perplejidades. Estos defensores de la ortodoxia no tienen problema en conciliar justicia y misericordia divina, incluso desde acá abajo, y no ven nada escandaloso o intranquilizador en la noción de que la libertad del hombre pueda frustrar la plenitud de la redención. Se llenarán la boca, sí, con «misterio», con la «inmensa dignidad» y el «terrible poder de la libertad humana»... etc; pero, según se ve, el misterio y la terribilidad del asunto no les roza la piel: ellos se ven cómodos y con aire acondicionado. En sintonía con aquellos teólogos que se oponían a von Balthasar, estos saben. Saben más que la Iglesia, me temo. «Sea N el número total de condenados; no sabemos el valor preciso de N, dicen estos, pero sabemos que N es mayor que cero. Un teorema que te demuestro en un santiamén, por el absurdo, con cuatro versículos evangélicos, tres citas de los Padres y dos revelaciones privadas.» Ahora bien... Ponele que damos por válido y neto el distingo: «Cristo derramó su sangre por Fulano» puede significar que «Cristo quiso salvar a Fulano» (intención salvífica, digamos) o bien que «Cristo logró salvar a Fulano» (eficacia salvífica, digamos)... Con lo cual la traducción «por todos», si se leyera en sentido eficaz implicaría que todos están salvados (universalismo), lo que ciertamente la Iglesia no enseña; ponele que aceptamos que hay un riesgo de malinterpretación por ahí —aunque dudo que el católico más ignorante y más laxo lo haya leído así. Ahora, simétricamente, si interpretamos que «muchos» significa «muchos, pero no todos», tenemos no ya un riesgo sino dos. Además de poder malinterpretarlo por el lado intencional, como si Cristo no hubiera querido dar la vida por ciertos hombres (doble predestinación - aceptable para un calvinista, nunca para un católico), también hay peligros con el sentido eficaz (negativo, limitante) que se le puede dar a la expresión. ¿O no? Experimento pensado: hagamos una encuesta entre los que se alegraron de la nueva traducción, los que la tienen como "la teológicamente correcta", dos preguntas: ¿«muchos», en esa fórmula, equivale a «no todos»? ¿implica eso -dice eso- que no todos los hombres se salvarán? Mi apuesta es que la mayoría responderá SÍ a ambas. Y yo creo (al hilo de los que dice el cardenal Arinze) que esa lectura no es la que hace la Iglesia. Y si así fuera, mídanme uds. quiénes son los que necesitarían una catequesis.... Pero, bueno, dirá un impaciente, traducciones aparte, ¿qué estamos diciendo? ¿Estás diciendo que todos se salvarán? Yo no estoy diciendo nada. Lo que dice von Balthasar (y yo me inclino a acordar) es que no sabemos; y que debemos atenernos cuidadosamente a esta ignorancia. No saberlo, y resistir la tentación de hacer hipótesis, censos y cálculos de probabilidades es la actitud correcta del cristiano, la única que da aire a la virtud de la esperanza. Esperanza que no debe referirse exclusivamente —ni siquiera primordialmente— a la salvación propia sino a la de los hombres y la creación toda. Virtud que se funda, en cierta manera, en un no-saber; y que puede fallar por dos vicios contrarios (presunción y desesperación), que serían dos falsos -por prematuros- saberes. Pero, pero, pero... ¿por qué no puedo hacer un cálculo de probabilidades? Yo puedo aceptar que cualquier persona del mundo, aun la más malvada, tenga un probabilidad no nula de salvarse. Ahora bien, habiendo tantísima gente en el mundo —y tantísima malvada— la probabilidad de que todos se salven... es cero. Mirá: incluso si todas las personas del mundo tuvieran una probabilidad del 99% de salvarse (y es muchísimo decir), eso sólo significaría que se salvarían 99 de cada 100... no nos faltaría gente para ocupar el infierno, vamos. Estos razonamientos probabilísticos son ridículos, y si embargo, en sus formas menos explícitas, se nos imponen, cuesta resistirlos. Pero, por lo dicho, hay que resistirlos. La tentación es la misma: querer ver (incluso solo imaginar), en esquemas que quepan en nuestra razón, cosa que quedan fuera de nuestra razón y nuestra imaginación (y ni hablar si estas son matemáticas). Es fácil decir que las obras de Dios están más allá de lo que podemos concebir; pero decirlo es una cosa, y vivirlo es otra. Necesitamos fórmulas para sentir que pisamos firme, para dar cátedra de teología católica en nuestros blogs. Pecado de racionalismo, se me hace. (De paso, sospecho que la ciencia moderna, con su afán de medir y sus reclamos de claridad matemática, probablemente ha empeorado esto... aunque la más moderna, la cuántica sobre todo, pienso, podría habernos enseñado a acoger con más hospitalidad a las contradicciones aparentes y desconfiar de nuestra pobres y provisionales abstracciones que pretenden erigirse en principios absolutos: ¡o es una onda o es una partícula! ¡o está aquí o está allá! ¡el gato está muerto o vivo, independientemente de que yo abra la caja para mirar!. Pero es dudoso que algo tan abtruso pueda llegar formar parte del saber común, ni siquiera en formulaciones metafóricas -quizás dentro de algunos siglos-, y es dudoso que sirva de algo.) La cuestión, entonces, sería resistir esa tentación de contemplar, en nuestra imaginación, las cosas grandes, en las que nos va la vida, con una mirada panorámica, como desde afuera, como si fuera una foto o una película. O en todo caso (puesto que esa mirada puede tener alguna utilidad poética o mística en algunos casos) prohibirnos esas mirada cuando lo que está en juego es nuestro obrar, y nuestra libertad; estos se dan en el tiempo, cosa misteriosa y cauce de otros misterios, y aquella mirada es incompatible con estos. * * * Se me ocurren un par de ejemplos, a un nivel más modesto —quizás más bien analogías que ejemplos; o quizás malos ejemplos, nomás.Uno: la paternidad. De los misterios que se dan en este tiempo, la aparición de una nueva vida humana es uno de los más tremendos. Que uno pueda tener parte en él, lo acentúa. Demos por aceptado que es un misterio gozoso, que todo nacimiento es un hecho para festejar. ¿Cómo se concilia esto con la llamada paternidad responsable? Ronda por ahí un argumento implícito a favor de las familias numerosas1 que viene a decir: si la vida humana es un bien, mejor tener muchos hijos. El argumento toma más fuerza al contemplar ese hijo vivo, en la imaginación o en la realidad. Ahí tenemos al matrimonio García que está jugando con su séptima hija (Camila, cinco años) ; son felices por tener esa hija, y tienen razón en serlo. Hace seis años no estaban seguros sobre si tener otro hijo, tenían problemas económicos... Pero hoy piensan: haber decidido en aquel momento no tener otro hijo, habría sido lo mismo que decidir que Camila hoy no existiera. Por lo tanto, no hay dudas: elegimos bien. Y el razonamiento, con su conclusión, puede (quizá suele) trasladarse en el tiempo, para apuntar al futuro. Hoy, diciembre de 2009, mi esposa y yo nos preguntamos si tener otro hijo o no. Imaginemos por un momento que decidimos que sí; a continuación imaginémosnos en diciembre de 2015, en la situación de los García... y no queda más remedio que concluir que la decisión afirmativa es la correcta (y la negativa, poco menos que sacrílega).2 Esto es irrefutable, en sus términos - pero también es absurdo: nos llevaría a concluir que hay engendrar todos los hijos que uno pueda —incluso fuera del matrimonio, si a mano viene. Dos: la conversión. Que por allí empezó esta entrada, si alguno recuerda a estas alturas. Y, al correr de lo dicho, habría que concluir que las respuestas eran insuficientes porque el planteo era falso. La conversión es, en verdad, un acontecimiento radical, no es algo gradual que ocurre día a día. Pero en cuanto queremos salir con la imaginación de nuestro tiempo para verlo desde afuera, perdemos la única perspectiva verdadera, la que nos pide la conversión mañana -o ahora mismo. Tal vez nuestro ángel pueda, tal vez nostros podamos, en la otra vida, ver esta vida así, como una cinta de cine, y marcar con lápiz rojo nuestra conversión o nuestras conversiones, contar ocurrencias y medir intensidades relativas y coordenadas temporales. Pero ahora, en este tiempo, no podemos hacer eso. Podemos, sí, hacer algo más grande: convertirnos.
* * *
—En tus propios libros (habla C.S.Lewis, personaje, a George Mac Donald, el maestro que lo acompaña en su viaje imaginario al mundo de ultratumba) eras universalista. Hablabas como si todos los hombres fueran a salvarse. San Pablo también.
—No puedes saber nada del fin de todas las cosas, o nada expresable en esos términos. Puede ser que, como dijo el Señor a santa Juliana [de Norwich], «todo irá bien, todo estará bien y absolutamente todo estará bien». Pero no hay que hablar de estos asuntos. —¿Porque son terribles?
—No. Porque todas las respuestas engañan. Si planteas la pregunta desde dentro del tiempo y preguntas sobre posibilidades, la respuesta es clara. La elección de los caminos está ante ti. Ninguno está cerrado. Todo hombre puede escoger la muerte eterna. Y los que la escojan la tendrán. Pero si pretendes saltar a la eternidad, si intentas ver el final de todas las cosas tal como serán cuando ya no haya más posibilidad (por decirlo así) sino sólo realidad, entonces estás buscando respuestas que no son para oídos mortales. C. S. Lewis - El gran divorcio 1. Hay que decir que, afortunadamente, no es el único argumento, ni el mejor. 2. Este argumente puede degenerar en una forma particularmente repulsiva: cuando se usa contra el matrimonio que tiene un hijo que fue engendrado «sin querer», como echándoles en cara la culpa de «no haber querido» la existencia de ese hijo, amado hoy. Claro que estas heridas se infieren afectando caridad, al modo melifluo de esos bienintencionados defensores de la vida... 3. Un poco por esto, también, siempre encontré algo absurdo lo de algunos protestantes (Born again), de fechar el momento de su renacer... como dando por hecha la identificación de un momento particular de nuestro pasado con el nuevo nacimiento (la suprema conversión, digamos) que Jesús pide... Sospecho que también este es un error paralelo a los otros, pero sé muy poco del tema. domingo, 13 diciembre 2009
Aguante... para no dejarlo mal
A causa de la entrada anterior, caí a rehojear «Los papeles de Benjamín Benavides»,
una de las pocas novelas de Castellani. Bah, no sé si novela o ensayo novelado.
Tampoco sé si es buena novela —diría que no; o si es de lo mejor de Castellani
—diría que sí. En todo caso, de lo más representativo de Castellani: ahí está él, casi entero,
con sus más y sus menos.
Epa, entonces, juntando A con B (mejor obra : mala novela) ¿no hay que concluir que
el cura vale poco como escritor? No. No me parecerá buena novela pero sí
buen libro. Aunque, igual que con Bloy, no es algo que recomendaría fácilmente.
Cuestión de gustos, póngale. Y veo ahora que me sigue gustando
y generando tanta empatía como antaño. En rigor, bastante más.
Párrafos que antes pasaba medio por arriba, ahora los veo mucho más
sustanciosos (quizás más que la parte ensayística) y... sabios, si me permiten la palabra.
Iré citando algunas cositas. Como esta.
Tengo tristeza de la crueldad humana. La crueldad humana
anda suelta. Esta época es dura. Ha habido tantas injusticias
y brutalidades en esta guerra, que la gente se ha endurecido,
cada uno parece haber dicho: «¡Sálvese quien pueda, y el prójimo
contra una esquina!» Aquí en Roma hay muchísima liviandad,
las mujeres parecen haberse desequilibrado con el alboroto
de la guerra (y los hombres son de por sí desequilibrados)
y en las iglesias no hacen más que predicar contra la liviandad,
pero la crueldad es peor. Aunque creo que las dos cosas marchan
juntas. Quisiera estar escondido en un rincón de la Patagonia
cavando la tierra y enseñando a la gente a ser buenos unos
con otros, pero ni para eso sirvo. Por de pronto, ahora estoy
detenido, con prohibición de salir, y a disposición del sargento
sumariante. Y tengo miedo por don Benya y por mi niñita enferma.
El contexto no dice mucho, pero al menos deja claro (creo) que lo de «que Dios no haga un mal papel por culpa nuestra»
no se refiere a cosas como la conducta de los cristianos
en el mundo, etc. — no se trata de hacer quedar mal al cristianismo ante los incrédulos. Creo.
Es otra cosa, mucho más fundamental. Aunque uno fuera el último hombre en la isla
desierta, también tendría que aguantar (mantener el ánimo - no suicidarse - sursum corda) ... para
no dejar mal a Dios. Es un poco como lo de «dar gloria a Dios» («Laudem Gloriae»), expresado —en las letras y en la vida— de una manera algo tortuosa. Pero es que tal vez ya no nos quede otra manera.
Son las dos, y no tengo ni pizca de sueño, aunque me duelen los ojos y la cabeza. No dormiré en toda la noche, lo estoy viendo como si lo hubiese pasado. Mi madre y mis hermanos muertos sin haberlos vuelto a ver, mi familia no me quiere, no tengo nada que hacer en el mundo, estoy solo. A lo mejor se me muere la nena, y se muere la señora de la Embajada... ¿De dónde habrá sacado don Benya que no es cáncer? Pamplinas. El sí que tiene un buen cáncer encima ahora. Hay para suicidarse. Pero el viejo del camp no se ha suicidado, no, no se ha....
«No dejarlo mal a Dios —dice don Benya—. Aguantar
para no dejarlo mal a Dios. Que Dios, por lo menos por nosotros,
no haga un mal papel en este mundo.»
viernes, 11 diciembre 2009
Jueces y partes
... Yo no quise discutir con él.
Era demasiado discutidor. Como les enseñan la Teología disputando,
muchos teólogos parecen más abogados que hombres de ciencia;
es decir, ergotizadores aptos para buscar y hacer argumentos,
a veces sutilísimos, en pro de una tesis que les dan a defender
—o la contraria— más bien que pensadores sedientos
de la Verdad.
Lo decía el padre Castellani, por boca del personaje
relator de «Los papeles de Benjamín Benavides».
Y se me hace que lo último hay que leerlo
en clave irónica (si la teología debiera limitarse a ser una defensa del dogma, Castellani no hubiera escrito ese libro... para empezar) — pero no se trata ahora de eso.Pero quizás así tiene que ser. No de balde son los «defensores del dogma». Les dan un dogma a defender y el oficio de ellos es defenderlo de cualquier forma... Se trata de que yo suelo usar por aquí la palabra «abogado» en aquel sentido... peyorativo. Y un amigo que pertenece al gremio me lo ha reprochado amablemente. Primero: es claro que no me refiero la profesión en el sentido amplio, sino en el restrigido (pero típico), al rol de «abogado de parte»: el que actúa como defensor o fiscal en un juicio. «Abogado» de «abogar». Segundo: es claro también que ese rol de abogado defensor, que se dedica a forjar argumentos y rebuscar hechos para presentarlos de la manera más favorable a su causa, no tiene nada de condenable. Al contrario, es lícito, meritorio y necesario. (Casuísticas aparte, que no sé nada de esa ética particular - demos por supuesto que el ejercicio ordinario de ese rol se corresponde con el lícito). Yo, de hecho, un poco por temperamento contrera, me siento atraído por el papel del abogado del diablo; y siempre he pensado que debería fomentarse la práctica —deportiva, digamos; pero con fines formativos— de defender una causa en la cual uno no cree. Ahora bien, ese rol es justo y necesario en un marco: el de un juicio. Con un juez que dictamina después de escuchar a las dos partes... y que no es parte. Tiene sentido la existencia del abogado de parte si y solo si sirve para que el juez vea todos los aspectos de la cuestión y pueda juzgar más rectamente. Y a mí lo que me molesta es la confusión de los roles: que el abogado de parte olvide su lugar dentro del marco. Que confunda el alegato con la sentencia. Que pretenda ser juez y parte, en suma. A esto apuntan, quiero creer, mis usos peyorativos de la palabra... No sólo en referencia a los escritos panfletarios que abundan en el ambiente, a tantos alegatos presentados al público como si fueran los considerandos de la sentencia. Sino también, y sobre todo, a la instancia previa, la deliberación (¿le parece que escriba «ad intra», Jeeves? ¿no?) interna. También en nuestra inteligencia se da ese marco, y no por nada su acto primordial es el de juzgar. Ahora, cuando en nuestro interior dejamos que el abogado se atribuya el papel de juez... sonamos. Todo el trabajo de nuestra inteligencia queda viciado, desviado de su fin natural —de ahí lo de «prostitución de la inteligencia». Y perdemos el juicio. Por caso, todo lo que antecede no es más que el alegato de mi abogado defensor. |
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