Talentos

Hay un violinista en el subte que toca un poco… cómo decirlo… digamos que me hace acordar de este dibujo. Hay otros músicos callejeros, en cambio, que es un gusto escucharlos, y uno les dedica con gusto el homenaje de un aplauso o una moneda.

Un poco injusto el asunto, he pensado más de una vez… ¿Por qué aplaudir más al que toca mejor? Es el tronco, el menos agraciado, quien está más necesitado de compensaciones… (dinero, a falta de corcheas). El otro, ya tiene su recompensa en su mismo talento.

Y sin embargo, presentimos que en el fondo no es injusto, que ese tipo de riqueza merece el homenaje (“al que tiene se le dará más…”) Y tampoco es que estemos recompensando un trabajo previo, el fruto de un largo entrenamiento. No se trata de eso, no al menos en primer lugar. Porque el talento nato, el del artista (no sólo en el sentido restringido de la palabra) que tiene el arte fácil, a quien las cosas le salen (o así nos lo hace creer) sin esfuerzo… a ese no lo consideramos menos digno de aplauso. Al contrario.

¿Y de qué se trata, entonces? Ah, no sé, no sé muy bien.

Lo que sé es que ayer murió Caloi, uno que tenía sus talentos.

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Como los sencillos

«Hijo: el que procura sustraerse de la obediencia, él mismo se aparta de la gracia; y el quiera tener cosas propias pierda las comunes» (Imitación de Cristo)

¿Qué es eso de querer un catolicismo tuyo, para ti, más exquisito y hondo que el el pueblo de Dios? ¿Qué es eso de querer refugiarte en la más recóndita mística dejando la que crees rutinaria devoción y los ejercicios ordinarios para los demás? Mira no te lleve un pecaminosa curiosidad, una lujuria espiritual de nuevas emociones.

¡Sencillez, Dios mío, sencillez! Y para lograrla sentir como los sencillos, orar como ellos y con ellos, creer con ellos. Todo lo recibirás en tu y según eres.

El religiosismo puede conducir por la religiosidad a la religión, pero puede ser un narcótico sentimental que adormezca al hombre en la propia voluptuosidad y en la lujuria espiritual.

¿Se adivina el autor? (Es de un diario íntimo, la exhortación es para el mismo que escribe).

Respuesta :

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A la vista de la muerte

“Sólo cuando captamos la muerte en su carácter ontológico está justificado que preguntemos qué hay detrás de la muerte.” (Heidegger)

La captación “ontológica” de la muerte está implícita en la doctrina cristiana del pecado original. Es característico de una existencia “caída” llevar la muerte dentro de sí. Existir como “caído” o como “perdido” es existir con una existencia que uno no ha elegido, que puede resultar sin sentido, destinada a una muerte de la que uno no puede evadirse. Pero otra característica de la existencia caída es que trata de olvidar la muerte sumergiéndose en “el mundo”. El hombre, como dice Heidegger, huye de sí mismo y “desea caer en el mundo”. Es decir, trata de olvidar su temor interior a la muerte tomándose interés por objetos, sumergiéndose sin finalidad en la opinión pública y la acción. Tal tentación no podría ser seria si no fuera capaz de convencerse a sí misma de la gran importancia de sus intereses, sus opiniones y sus actos.

Pero ciertas formas de la vida social —en especial las rutinas de la sociedad masiva— son tan patentemente artificiales que es difícil que incluso los que no son muy inteligentes se dejen capturar completamente por ellas. De ahí una sensación general de incomodidad, la sensación de que a uno “le han engañado”, y un resurgimiento subsiguiente de la angustia y el terror. Pero el hombre trata de justificar su existencia inauténtica con la ilusión de que sigue siendo dueño de su destino y del mundo, y con la ilusión sucesiva de que casi ha alcanzado el punto en que habrá dominado la enfermedad, la desesperación y aun quizá la misma muerte. Así sigue adelante de modo frívolo y deshonesto, sin pensar en la muerte y sin tomar ninguna decisión que oriente su vida a la vista de la muerte.

Vivir inauténticamente en el mundo, pasar la vida entera evadiéndose de la realidad de la muerte, y luego, encima de todo, decirse a sí mismo que se tiene la respuesta a la pregunta de lo que pasa después de la muerte: ese puede ser un nivel más profundo aún de auto-engaño. Uno quizá puede lograrlo por un empeño terco e ingenuo en creer que después de la muerte todo seguirá como ahora, salvo que el dolor y la preocupación ya no serán problema. Tal actitud no es cristiana: es sencillamente una regresión a una forma grosera de paganismo. La fe cristiana no nos da respuestas detalladas y exactas en cuanto a lo que ocurre después de la muerte: en cambio, nos apremia a hacer frente a la muerte, a tomarla en cuenta, a superar nuestro miedo a ella y a vencerla en Cristo. Eso es otro asunto muy diverso.

Debería haber más cristianos que se dieran cuenta de esto, en vez de hacer sus piadosas consideraciones sobre cielo e infierno (si las hacen) sencillamente como modo de eludir la necesidad de enfrentarse a la muerte en su realidad. Pero, una vez más, la fe cristiana no pretende responder a la pregunta “¿Qué pasa después de la muerte?” Más bien contesta a la pregunta: ¿qué es la muerte? ¿Qué significa la muerte, en mi existencia, ahora? Pues la muerte no es meramente el inevitable fin de la vida, un fin que ha de llegar, nos guste o no. No es meramente una necesidad penosa, como pagar los impuestos. El hecho de la muerte no es meramente el cierre de todas las posibilidades, la negación de elección y esperanza. No soy libre de no morir, pero sigo siendo libre de hacer lo que quiera de una vida que debe acabar en muerte. Pero un auténtico uso de esa libertad exige que tome en cuenta la muerte. Fingir vivir como si no me pudiera tocar la muerte no es un uso racional y humano de la libertad. Tal “libertad” no tiene de hecho ningún sentido. Es un engaño.

En el corazón de la fe cristiana está la convicción de que, cuando se acepta la muerte en un espíritu de fe, y cuando la vida entera está orientada a la entrega de sí misma, de modo que al final uno la devuelva alegre y libremente en manos de Dios el Creador y Redentor, entonces la muerte se transforma en un logro. Uno vence a la muerte con el amor; no con la propia virtud heroica de uno mismo, sino tomando parte en ese amor con que Cristo aceptó la muerte en la Cruz. Eso no resulta visible a la razón: es, precisamente, materia de fe. Pero el cristiano es una persona que cree que cuando ha unido su vida y su muerte con el don que Cristo hizo de sí mismo en la Cruz, no ha encontrado solamente una respuesta dogmática a un problema humano y un surtido de gestos rituales que consuelen y alivien la ansiedad: ha obtenido acceso a la gracia del Espíritu Santo. Por eso, ya no vive por su propia existencia caída y confiscada, sino por la vida eterna e inmortal que se le da, en el Espíritu, por Cristo. Vive “en Cristo”.

Entonces lo que “viene después de la muerte” todavía sigue sin ponerse en claro en términos de un “lugar de descanso” (¿un cementerio celeste?) o un paraíso de recompensa. Al cristiano no le interesa realmente una vida dividida entre este mundo y el otro. Le interesa una sola vida, la nueva vida del hombre (Adán —todos los hombres— en Cristo y en el Espíritu), ahora y después de la muerte. No pide un plano de su mansión celeste. Busca el rostro de Dios, y la visión de quien es vida eterna (Juan 17, 3).

(Thomas Merton – Conjeturas de un espectador culpable)

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Ojos

A los católicos de este mundo moderno (¡ay, cómo sufrimos los católicos, en este mundo moderno!) nos duele que los otros no vean. Que no vean tan claro como nosotros. En temas morales, sobre todo (ya se sabe: aborto, cercanías… y no mucho más). Y continuamente nos preguntamos -entre nosotros- qué podemos hacer para abrirles los ojos -a esos otros. Nos duele que no vean, y nos duele no saber muy bien qué hacer para que vean. Esperamos que, al menos, nuestro dolor (ay, cuánto dolor) y nuestro ardiente anhelo de abrirles los ojos nos valga…

Lo de “abrir los ojos” es una metáfora, claro. Eso cualquiera lo entiende. Es una metáfora parecida a la de “sacar la paja del ojo”. Muy parecida. Pero cuando de ver ese parecido se trata, preferimos no abrir mucho los ojos.

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Oasis

Y acá estamos, a pedido de una masa apreciable de mis lectores (uno o dos), volviendo a una estética parecida a la anterior -ya queda dicho que ese no era el tema; el cambio era por cuestiones técnicas. De vuelta a la Verdana, de vuelta el encabezado Ghibli (vegetación del jardín de Gina en “Porco Rosso”), y ahora, encima, con unos simpáticos Kodamas de Mononoke a la derecha… Pero ahora sin tablas html y con columna de ancho variable – y más mobile-friendly, quiero suponer. Esto no ha terminado (esto nunca termina) pero no creo que cambie mucho. Se escuchan quejas.

Y me falta probar la inserción de imágenes. A ver, ahí va una, alineada a izquierda…

Este viene a ser Jong-Du, personaje de una película coreana de Lee Chang-Dong * (Oasis – 2003. Del mismo director he visto “Poetry”, “Secret Sunshine” y “Peppermint Candy”, y todas me parecen valiosas, sobre todo Poetry). Pero lo que más me interesó de la película fueron los personajes – lo mismo que suele pasarme con las novelas..

 Ella es una cuadripléjica espástica (parálisis cerebral), mentalmente sana – aunque esto último casi nadie de su entorno parece notarlo. Impresiona el trabajo de la actriz, sí. Pero a mí me interesó más él.

Él (probamos ahora imagen a alineada a derecha) es de esos hombres que -en privado- describiríamos como “medio tonto”… sin llegar ser un deficiente mental; problemas de conducta, sin ser malo ni agresivo; de esos que impacientan e irritan… Irresponsable, inmaduro, su familia no sabe qué hacer con él.  Vive tragándose reproches (merecidos en buena parte), absorbiendo golpes con esa sonrisa de perro apaleado, sorbiéndose los mocos… Incorregible, para bien y para mal, casi impermeable a la humillación; socialmente inviable… pero al mismo tiempo muy abierto al otro.

Justamente, esa apertura es lo que lo acercará a la cuadripléjica; y ya se ven venir la historia de amor de los dos parias. Sí, pero no es nada hollywoodense el asunto… empezando por cómo empieza el acercamiento: por un intento de violación. Intento frustrado porque ella se desmaya; y él se asusta y se maldice a sí mismo: “Maldito retrasado!” – queda ambiguo (quizás por la traducción) si lo dice en un sentido literal o es mera exclamación. En todo caso, por poca autoestima que él tenga, no parece necesitar más que ese poco.

Una escena: de noche en una autopista, en la moto de la empresa donde trabaja haciendo repartos, él se cruza con un auto (montado sobre un otro vehículo) en el que están filmando una película, presumiblemente frívola-romántica. El da media vuelta, y se pone a seguirlos (para fastidio del equipo de filmación), zigzagueando, gritando su curiosidad y su entusiasmo infantil. De tan excitado, termina cayéndose… y allí queda, la moto rota, y él, en la oscuridad, entre los faros y los bocinazos de los autos que pasan, absorbiendo el golpe, una vez más…

No estoy seguro de por qué este Jong-Du me ha resultado memorable y conmovedor. Creo que, oscuramente, le envidio algo, algo que nunca tendré. Y hasta me pregunto (¿temo?) si no tendrá algo que ver con aquella bienaventuranza dedicada a los pobres de espíritu.

* Me hago un lío con los nombres coreanos… el primero (Lee) vendría a ser el apellido, el segundo el nombre; y este normalmente es doble (Chang-Dong): uno compartido con los hermanos y otro propio.
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Abuso de citas

Creo que hay un uso ilícito de la cita, en contexto polémicos – panfletos, libros, blogs – este, sin ir más lejos. Resulta que uno, para apoyar la posición propia, copia unas líneas o un párrafo de un personaje de prestigio, que parece estar del lado propio; y se anota un punto*.

Esto, se me ocurre, tiene dos motivos distintos – legítimos, mientras no pretendamos confundirlos: lo que el texto dice y quién lo dice.

En el primer tipo de cita, lo relevante es el contenido: lo que dice el texto (fondo y forma; incluye también el cómo lo dice). Se justifica este tipo de cita en la medida en que expresa con justeza y felicidad mi posición: hubiera querido escribir eso mismo, yo, pero… no me habría quedado tan bien, o me habría costado demasiado trabajo. No está mal copiarlo; adjunto el nombre del autor, claro, porque no quiero atribuirme la autoría. Perfecto.

En el segundo caso, es esencial quién lo dice. Porque el autor de la cita tiene cierta autoridad (para el que cita, y presumiblemente también para los lectores), y si los argumentos de autoridad no son los más fuertes, tampoco son irrelevantes. Acá no es tan importante que tengamos una completa sintonía con el texto, basta que en lo esencial apoya nuestra tesis.

No es imposible, claro, que una cita sea una cosa y la otra: contenido y autoridad. Miel sobre hojuelas. Pero suele pasar que no se llega a ser ni una cosa ni la otra.

El criterio para detectar el abuso es bastante sencillo. Estoy por citar en la solapa de un libro un texto de —digamos— Ratzinger a favor de —digamos— cierta práctica litúrgica. Pregúntome: ¿es acaso una cita del primer tipo? En tal caso, el nombre del autor no sería esencial; ahora bien ¿me es irrelevante aquí el autor? ¿citaría yo igualmente este texto si lo firmara Juan de los Palotes? Si la respuesta honesta es no, pues entonces es una cita de autoridad: lo que estoy trayendo como apoyo de mi posición no es tanto un texto como un personaje. Y entonces debo preguntarme si el personaje de verdad apoya mi posición; o sea, si este texto expresa con fidelidad e integridad su pensamiento al respecto. Una pregunta, a modo de test, puede bastar: ¿apoyaría Ratzinger el uso que estoy dando a su texto en este contexto, se sentiría satisfecho? Si no puedo responder honestamente con un , entonces es ilícito apelar a esa autoridad, y quizás lo más sano sea abstenerse de citas por un tiempo.

* Me limito aquí a este tipo de cita, a favor de nuestra tesis y con autor reconocido; es el más usual, pero hay otros: la cita de uno del bando contrario -”confesión de parte”-; el que aporta un dato neutral; el que trae un punto de vista “interesante”; el epígrafe que sirve de ilustración o marco, etc.
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La pinta es lo de menos…

… pero igual, todavía dudo. Vaya un texto arbitrario de prueba, a ver con qué tipografía se ve mejor.

 

Con Georgia:

Leo el reportaje a Videla, nuestro chivo emisario, y debo reconocer que me inspira más simpatía y respeto que la inmensa mayoria de nuestros políticos y periodistas – sobre todo los indignados. Y no es que me resulte menos despreciable que otros presuntamente más despreciables; no, es más que eso. Ponele: no me molestaría nada tener que sentarme a comer con Videla, por ejemplo, estrecharle la mano y conversar con él – y sí con aquellos otros – y tantísimos otros. Esto de ninguna manera es un juicio mío, es nada más que un sentimiento; pero tampoco es nada menos.

Con Arial:

Leo el reportaje a Videla, nuestro chivo emisario, y debo reconocer que me inspira más simpatía y respeto que la inmensa mayoria de nuestros políticos y periodistas – sobre todo los indignados. Y no es que me resulte menos despreciable que otros presuntamente más despreciables; no, es más que eso. Ponele: no me molestaría nada tener que sentarme a comer con Videla, por ejemplo, estrecharle la mano y conversar con él – y sí con aquellos otros – y tantísimos otros. Esto de ninguna manera es un juicio mío, es nada más que un sentimiento; pero tampoco es nada menos.

Mmmm … no se ve muy lindo con ninguna tipografía, ¿no? ¿Quizás una Verdana? Veremos, veremos.

De paso: ayer hackearon este sitio web – pero sin consecuencias, creo.

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Citas bíblicas

To serif or not to serif, that’s the question… No sé, pasarme a la tipografía Georgia es casi como una apostasía… pero no sé.

Y disculpen los que actualizaron a la nueva dirección (/blog3/), al final decidí reciclar la vieja. Todavía no estoy seguro de lo que haré con los post viejos – por ahora están tanto acá como en la versión anterior (paginas estáticas), supongo que después sobrevivirá una sola versión —si no menos.

De paso: redactando la entrada pasada, me harté de escribir el link al versículo bíblico, y entonces me acordé que para el vocabulario bíblico ya había implementado la inteligencia (bueh!) necesaria, entonces emprolijé y abrí el juego. Cualquiera puede usarlo ahora, como yo lo usé en este par de citas. Si ud. tiene un blog o página web y acaba de escribir una referencia a un versículo de la Biblia, (digamos “Lc 12:22″), si quiere tener el link le basta con rodear el texto con un código HTML genérico – e incluir previamente una pequeña librería Javascript – explicación aquí.

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