esperando nacer
lunes, 30 enero 2012
Mil razones por lo menos

Unamuno y Chesterton son de los míos. Los conocí casi al mismo tiempo, alrededor de los veinte años, y me ayudaron, y me ayudan. Aunque no se parecen mucho. Por momentos más bien parecen contrarios. Por ejemplo:

Chesterton:

Supongamos que se produce en la calle una gran agitación por alguna cosa, digamos por un farol de gas que muchas personas de influencia desean hacer desaparecer. A un fraile franciscano, que es el espíritu de la Edad Media, se le pide opinión sobre el particular, y él empieza a decir en la forma árida de los escolásticos: «Consideremos ante todo, hermanos míos, el valor de la Luz. Si la Luz es buena en sí...» Al llegar a este punto, lo echan, algo disculpablemente, al suelo. Toda la gente quiere ganar el farol, el farol queda derribado en diez minutos, y todos se felicitan mutuamente por su practicidad nada medieval. Pero resulta que después las cosas no marchan tal fácilmente. Algunos habían derribado el farol porque querían la luz eléctrica; otros, porque necesitaban hierro viejo; otros, porque deseaban la obscuridad, porque sus actos eran malvados. Algunos no dieron suficiente importancia al farol, otros le dieron demasiada; unos actuaron sólo porque querían inutilizar un servicio municipal, los demás por destruir algo. Y se produjo la guerra en la noche, dándose palos de ciego. Así, gradualmente e inevitablemente, hoy, mañana o el día siguiente, vuelve la convicción de que el fraile franciscano estaba al fin y al cabo en lo cierto, y que todo depende de cuál es la filosofía de la Luz. Sólo que aquello que habríamos podido discutir a la luz del farol de gas, ahora vamos a tener que discutirlo en la oscuridad.

Unamuno:

Una vez, ¿te acuerdas?, vimos a ocho o diez mozos reunirse y seguir a uno que les decía: ¡Vamos a hacer una barbaridad! Y eso es lo que tú y yo anhelamos: que el pueblo se apiñe y gritando ¡vamos a hacer una barbaridad! se ponga en marcha. Y si algún bachiller, algún barbero, algún cura, algún canónigo o algún duque les detuviese para decirles: «¡hijos míos!, está bien, os veo henchidos de heroísmo, llenos de santa indignación; también yo voy con vosotros; pero antes de ir todos, y yo con vosotros, a hacer una barbaridad, ¿no os parece que debíamos ponernos de acuerdo respecto a la barbaridad que vamos a hacer? ¿Qué barbaridad va a ser ésa?»; si alguno de esos malandrines que he dicho les detuviese para decir tal cosa, deberían derribarle al punto y pasar todos sobre él, pisoteándole, y ya empezaba la heroica barbaridad.

¿Pueden gustarme los dos, puedo darles la razón -no sólo en general, sino en particular, en lo que abogan estos textos? De hecho es así - aunque de derecho no estoy seguro. No estoy seguro de si la contradicción es aparente o real. Pero no intentaré conciliaciones por la vía de razones superiores (no quisiera ponerme como por encima de Chesterton y de Unamuno), ni pretenderé "contener multitudes" como decía Walt Whitman, ni me conformaré con la décima de Almafuerte:

Yo proclamo lo que digo
sin meditar lo que dije:
ni me asombra ni me aflige
pensar que me contradigo.
Cualquier ideal persigo,
porque todos serán buenos:
los magines están llenos
de juicios que no se avienen
y las mismas cosas tienen
mil razones por lo menos.

Yo me quedo con los dos, con Unamuno y con Chesterton. Sospecho que, aquí al menos, se complementan - y que conviene no perder de vista los dos lados de la cuestión. Que hay un tiempo para escuchar las razones de fraile razonador, y hay un tiempo (días, siglos, climas y circunstancias) para pisotearlo y pasarlo, con furia o con entusiasmo, por encima.

Hace poco conocí otro ejemplo. Las Coplas del iconoclasta enamorado es una canción de y por Vainica Doble —pueden leer-escuchar y formarse juicio, antes de seguir, si gustan.

Lo que me hizo gracia fue leer que el dúo tenía ideas muy distintas sobre el sentido de la letra.

Carmen: «Esta canción es otra de las contradicciones entre Gloria y yo. La letra se me ocurrió saliendo de mi casa, yendo por la plaza de Colón, al ver que estaban tirando el palacio de Medinaceli... Está hecha en contra del iconoclasta: una canción absolutamente reaccionaria por mi parte».

Gloria: «Pero como ese personaje soy yo, porque yo soy totalmente iconoclasta, por eso la canto con tanto gusto y da la impresión contraria, que el texto está a favor del iconoclasta... A mí el que un señor destroce todo en nombre del amor me parece una canción de amor tan absolutamente maravillosa, que me emociono siempre que la canto»

Chesterton y Unamuno... armonizado a dos voces. Bien. Y yo aquí también me resisto a optar — en absoluto.

Lo de las Vainica, además, puede ilustrar un aspecto de otro tema —si es que realmente es otro: la intención del autor.

Y aquí podríamos traer a nuestro Charly García para acompañar a las españolas, con su canción Viernes 3 AM —de nuevo, los que no conozcan pueden escuchar o leer. Supongamos que viene uno a poner en duda que se trate de un suicidio porque —nos dice—« un "bang" también puede ser un despertar, una explosión, o una forma contemplativa de la angustia»... Probablemente protestamos: es un lectura rebuscada e infiel, es obvio que eso no es lo que Charly tenía en mente cuando escribió esa canción. Pero resulta que quien propuso esa lectura infiel a la intención del autor es... el propio autor. Quizás esto no nos baste, podemos insistir en que es lectura interesada, motivada por la noticia de que varios adolescentes argentinos se suicidaron con la canción de fondo, y que no representa la intención original de la composición... Quizás tengamos razón, pero en todo caso se ve que el criterio de "la intención del autor" es más espinoso y menos concluyente de lo que aparenta. Y lo mismo para las Vainica: ¿es infiel Gloria al texto, al cantarlo a favor del iconoclasta? Es claro que no, el texto admite esa lectura sin sufrir violencia.

Esto, desde ya, está lejos de resolver la cuestión, pero acaso pueda iluminar algún rinconcito. Y ya que empezamos nombrando a Unamuno, con una cita de su "Vida de Don Quijote y Sancho", recordemos que el mismo vasco no tenía problemas en encontrar en el texto cosas que a Cervantes no le había pasado por la cabeza; la intención de Cervantes -en lo general y en lo particular- le importaba muy poco.

Tampoco me importaría mucho a mí esta cuestión de la intención del autor, si no fuera por sus implicancias bíblicas.

hernan   ~   30/01/2012   ~  # comentar
martes, 24 enero 2012
Libros

Algunos de los libros que leí últimamente - en el sentido más amplio de las palabras ("leí" y "últimamente").

1. "Fortunata y Jacinta", de Benito Pérez Galdós. Casi primer contacto con el autor (si exceptúo Marianela, que leí demasiado joven). Buena novela, algo sobrecargada para mi gusto, pero tiene fuerza. Linda pintura de época, además. Meritorio lo de Galdós, y meritorio también lo mío, animarme a leer en transporte público una colección con tapas tan ostensiblemente (y absurdamente) femeninas - la verdad es que tiene una calidad tipográfica insólita dentro de estas colecciones que se encuentran en mesas de saldos porteñas. Recomendable, el libro y la colección (por la tipografía, no por las tapas).

2. "En el país de los eternos hielos" y "En las lomas del polo norte", del p. Segundo Llorente. Relatos (casi un diario) de un misionero español jesuita en Alaska, desde 1935. Lo disfruté mucho - casi tanto gracejo como aquel padre Huc en China; buen sentido y rudeza (para bien y para mal), humor sencillo y religiosidad idem. Mención aparte merecen (y tendrán acaso) sus rasgos preconciliares y sus entusiasmos franquistas... rasgos que aquí, creáse o no, no me han molestado ni un poquito.

3. "La visita de la vieja dama", de F. Durrenmatt. Otro primer contacto. Obrita de teatro, ácida, divertida. Aunque quizás algo esquemática y previsible, la moral del asunto es en verdad inquietante.

4. "Cuentos de soldados y civiles", de Ambrose Bierce; autor más conocido por su "Diccionario del diablo" (sobre-valorado, creo con BalF). Estos cuentos tampoco me impresionaron demasiado. Creo que sólo recordaré La ventana tapiada y El puente sobre el Río del Búho - y este último (me gusta imaginarlo como un corto de animación) ya lo conocía por una "Antología del cuento extraño" de Rodolfo Walsh (4 tomitos verdes, suele verse en mesas de saldo en Buenos Aires; recomendable).

5. Entré a un librería para retirar una compra por internet: uno de la saga infantil de Guillermo (Richmal Crompton). Rebusqué primero en los estantes, algo de filosofía, como para dejar a salvo mi honor de lector adulto ... pero, no, lo único que encontré fue otro más de Guillermo... ah, y uno de Wodehouse (con el muy poco serio título: "Joyas en el dormitorio"). Pero el librero acotó: "Ah, el querido viejo humor inglés..." Bien por el librero, y muy bien por los tres libros.

6. "Inspiración de la Sagrada Escritura", de Karl Rahner (1958). No es autor que me resulte fácil, pero este librito me pareció bien y de bastante provecho, sobre un tema que me importa. Me gustó también la -digamos- cabeza fría intelectual, lo de especificar en la primera página: «este estudio no es de teologia bíblica, sino dogmática», y atenerse a eso.

7. "Los siete locos - Los lanzallamas", de Roberto Arlt. En rigor, ya había leído estas novelas (o esta novela en dos partes), pero hacía tantísimo tiempo... Sí, tiene lo suyo Arlt, reviví en parte la impresión que me causara allá de joven; pero, hoy tengo menos paciencia, o más sentido del ridículo («A instantes rechinaba los dientes para amortiguar el crujir de los nervios enrigecidos dentro de su carne que se abandonaba, con flojedad de esponja, a las olas de tinieblas que deyectaban su cerebro.») No volveré a releerlo, eso es seguro.

8. "Las víctimas", de Georges Bernanos. El libro incluye otras dos novelas grandes ("Diario de un cura rural" y "Nueva historia de Mouchette"), con ilustraciones variopintas (lindas las de Mouchette). Esta es una novela policial, y el prólogo del volumen comete el imperdonable pecado de adelantar su clave; aun con eso, entendí muy poco. Bernanos en sus buenos momentos es grande pero arduo de leer; en los malos momentos -aquí- es casi ilegible. Encaré la cuarta novela ("Un mal sueño"), pero me impacienté rápido.

9. "Carnets", de Albert Camus. Creo que ya cité algo, y seguramente citaré más. Anotaciones de 1942-1951. Muy estimulante para micaso curioso, el de Camus, un humanista incrédulo que casi todos los católicos quieren - queremos. Uno de los pocos (con Peguy) cuya integridad no se discute.

10. "Confesiones de un espectador culpable", de Thomas Merton. Releí por arriba este y otros escritos de Merton, que había leído (algunos también por arriba) hace mucho tiempo. Veo ahora más claro sus limitaciones (no tiene genio de escritor, ni profundidad intelectual ni mística; escribió demasiado, su éxito inicial lo perjudicó) y a pesar de eso —o por eso — lo siento ahora mucho más cercano, más de confianza y más útil -para mí.

11. "La pregunta por la cosa", de Heiddeger. Son básicamente unas lecciones sobre la "Critica de la razón pura" de Kant. Tratándose de Heidegger y Kant, es una sorpresa para mí haber podido -al fin- entender algo. Muy sugerente cómo ve el asunto en relación con la matemática y la ciencia moderna. A releer.

12. "La vida intelectual en tiempos de Maurras", de Henri Massis. Otra relectura, muy fragmentaria. De nuevo, los años me dan un poco más de perspectiva sobre esta pintura de uno de la derecha francesa - y sus problemas con Maritain. Massis es fino, sin dudas, pero no me deja un buen regusto.

13. "Simone Weil", de Georges Hourdin. Una introducción a SW. No está mal, pero no me dejó mucho. El autor, en general simpatizante, algo demasiado... humanista para mi gusto, habla con Simone, a veces se vuelve contra ella (por ejemplo, cuando ella ataca el personalismo) pero con respeto y sencillez. Afirma que fue bautizada - y pretende aportar la identidad de la amiga bautizadora. Se pregunta también si el Concilio Vaticano II y lo que siguió ha eliminado las objeciones de Simone contra la iglesia católica; responde -atinadamente, creo- que sólo algunas.

14. "El tren llego puntual", "¿Dónde estabas, Adán?", "Y no dijo ni una palabra", "El pan de los años mozos", "El honor perdido de Katharina Blum", cinco novelas de Heinrich Böll -otro primer contacto. Todas de valor, creo, aunque debería haberlas leído antes; compruebo (¿signo de adultez, o de vejez?) que las novelas me absorben menos que antes. La última ("El honor...") es muy diferente del resto, quizás más memorable, pero un poco demasiado "de tesis" para mi temperamento. Recordaré mejor, creo, el clima de Y no dijo ni una palabra.

15. "Introducción a la cristología del Nuevo Testamento", de Raymond Brown (el mismo de las 101 preguntas sobre la Biblia). Reseña muy legible de las cristologías de Jesús (es decir, el testimonio que da Jesús de sí mismo, por sus actos y palabras en general, por sus proclamación sobre el Reino, y por sus afirmaciones explícitas sobre sí mismo) y las cristologías de los discípulos, específicamente los redactores del nuevo Testamento (a la luz de la resurrección, de la segunda venida, del ministerio público, de la vida oculta, de la encarnación, de la preexistencia), y cómo se integran en las fórmulas de Nicea y Calcedonia.

16. "Un judío marginal (tomo 1)", de John Meier. La obra fundamental, dicen (entre ellos B16) sobre el "Jesús histórico". Impresiona la erudición y cantidad de notas; pero recién el tomo 2 arranca con la vida pública de Jesús, así que me ha dejado gusto a poco. Veremos cómo sigue.

17. "Principios de filosofía", de Adolfo E. Carpio. Una obrita introductoria, para estudiantes, de un profesor de filosofía de la UBA (1974-1995). Muy legible y recomendable para autodidactas como uno - lamento no haberlo leído mucho antes. Trasmite el eros filosófico, sin dar impresión del facilismo vulgarizador. Sus preferencias van por Husserl y Heidegger, pero al que dedica más espacio es a Kant. Curiosamente, para mí, muestra bastante aprecio por la filosofía tomista (incluso la contemporánea) y poco aprecio por la filosofía analítica anglosajona (incluido Wittgenstein).

18. "La respuesta de los teólogos": Congar, Danielou, Schillebeeckx, Schoonenberg, Rahner y Metz responden sobre los temas más acuciantes para la iglesia del postconcilio (1970). Aquí Danielou suena relativamente conservador... e incluso Rahner, que dialoga con Metz (me disgusta las veleidades de este con la "violencia revolucionaria", de moda entonces). Pero lo que más me dejó pensando es lo de Danielou sobre la problematicidad de un cristianismo con arraigo en las masas en una cultura no cristiana; y, si hay que entender que subistirá un resto, cómo entender ese resto (¿una elite?). Ampliaremos.

19. "Los evangelios y la historia", de Pierre Grelot. Buen repaso sobre problemas básicos de exégesis bíblica, en relación con la historia de la iglesia, la evolución del magisterio durante el siglo XX. Sobre todo, el espinoso tema de la historicidad. Hay parte de tono algo polémico (contra los conservadores), pero se me hace justo y necesario.

20. "La palabra inspirada", de L. A. Schökel (1964). Lindo libro sobre la inspiración bíblica, por un biblista español (el mismo de la "Biblia del peregrino"). Más de una vez me ha ocurrido, leer alguna frase oscura y preguntarme, «¿Esto no estará mal traducido? Tal vez en realidad diga...» ... y entonces advierto que este es el original, que el autor escribe en castellano. Cuestión de reflejos, estoy tan poco acostumbrado...

21. "La presencia de Cristo en la Eucaristía", de E. Schillebeeckx. Teólogo progre, este libro causó escándalo en su momento, dicen. Lo estoy leyendo, no sé si está bien o mal, pero por ahora me resulta bien. Me extraña encontrarlo cercano a una teoría de Simone Weil (como ella misma reconocía, no tenía derecho a tener teorías sobre los sacramentos), de que la conversión eucaristica es sí una convención, pero una convención ratificada por Dios, y por lo tanto más real (y no menos) que la realidad. Pero es posible que la coincidencia esté sólo en mi imaginación - o que si la hay no signifique nada bueno.

22. "Rudolf Bultmann en el pensamiento católico", por varios autores. Bultmann, protestante desmitologizador, es uno de los demonios mayores para los católicos conservadores. Esta recopilación de ensayos, moderadamente críticos, arranca floja con un ladrillo de H Fries, pero más adelante mejora - con J. Blank, Geffre, y otros. En general, instructivo, sobre todo para uno que sólo conocía a Bultmann por (malas) mentas.

23. "El amor loco de Dios", de Paul Evdokimov. Ya citado aquí, este teólogo ortodoxo tiene un estilo muy particular, concentrado. Es de esos que en un párrafo me dicen más que otros en un libro. Me recuerda, en eso, a Simone Weil. Un hallazgo. Seguiremos citando.

24. "Yo y tú - Y otros ensayos", de Martin Buber. Otro descubrimiento, aunque este —el autor, el libro, el tema— es muy conocido. Es raro encontrar ensayos sobre temas tan fundamentales sin casi citas, sin referencias académicas - exceptuando al ignorante inculto que cree haber descubierto a pólvora; no es el caso. Fascinante. A releer y espigar más adelante. De paso, la edición (Ediciones Limod, Argentina, 2006) es otro raro placer, por el buen gusto en el diseño, impresión y encuadernación.

25. "La tradición bíblica", de Georges Auzou (1959). No lo terminé todavía, pero ya puedo recomendarlo. Un recorrido sobre toda la Biblia y las etapas de su formación, muy ameno y didáctico, ideal para los que andamos flojos en historia. (—Este no aparece en la foto. —Es que este fue quien sacó la foto. Ja ja. Ups. Perdón. No volverá a ocurrir).


PS: Resulta que dos tipos tan distintos como este p. Llorente y Thomas Merton se conocieron en 1968.

.... Quiso darme razones para probar su pacifismo, pero le rogué no detenerse en eso, porque precisamente yo era partidario de una victoria total contra el comunismo y gastaríamos el tiempo...

Mientras rodaba el coche le citaba yo versos del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, que él escuchaba con una sonrisa beatífica. «Pastores los que fuerdes...» ¿Sabía Merton lo que era fuerdes? Sí, claro, cómo no. Fuerdes era una variante de fuereis. ¡Bien por Merton! Me confesó que el Cántico no se podía apreciar en ninguna traducción. Por eso había aprendido él español, para entender a los místicos españoles...

hernan   ~   24/01/2012   ~  # comentar
jueves, 12 enero 2012
La magia del mai-mai

Impresionante y desconocida película de anime: "La magia del mai-mai" o "El mai-mai mágico" o "Mai Mai Miracle" o "Mai Mai Shinko to Sennen no Mahou", 2009, dirigida por Sunao Katabuchi.

Transcurre en un pueblo de sur de Japón, en 1955, mechado con trazos del Japón medieval. Lo que más me ha gustado fuera de Ghibli - lo único comparable, diría. De hecho el director ha trabajado con Miyazaki antes.

El guión, adaptación de una novela, debe ser menos bueno de lo que me pareció de entrada (ensalada de grandes y trillados temas: la amistad, la niña de la ciudad que debe adaptarse al pueblo rústico, la imaginación como virtud infantil, el paso a la adultez, la conexión con tiempos pasados...; quizás un poco recargado y algo fríamente calculado, acaso rozando la manipulación sentimental), pero no estoy seguro, y estoy bastante más seguro de que la dirección es excelente. Hay momentos dignos de Ghibli, especialmente la construcción de la represa en el huerto de moras. Y está la audacia de meter temas y situaciones adultas, comprometidas (los niños que van al bar a vengarse de una prostituta que ocasionó el suicido del padre...), nada comerciales y muy bien hechas. El personaje principal también es totalmente digno de Ghibli, la chica enérgica y convincente. Con todo esto sobra, y hay más.

Tanto me entusiasmó que gasté unas cuantas horas en armar los subtítulos en español, pueden bajarlos acá. El video se puede bajar por torrent de bakabt (en alta definición: 720p), buscando hay otras definiciones (incluso hay una con subtítulos en español, pero si bajan esa, reemplacen por mis subtítulos, que están mucho mejor, y en sincro). Hay también un doblaje latino, pero es un misterio, parece que sólo lo pasaron una vez por TV en México.

hernan   ~   12/01/2012   ~  # comentar
viernes, 30 diciembre 2011
Cultura moderna y afines
... La realidad es que la cultura no forma parte orgánica de la espiritualidad cristiana. Existe incluso cierto utilitarismo teocrático: la cultura usada mayormente con fines apologéticos, para conquistar almas. Pero cuando la cultura empieza a sentir que ella es meramente tolerada, que es un cuerpo extraño para ser usado de acuerdo a las necesidades, se aparta y en seguida se torna autónoma, securalizada, atea.

Hay también una dificultad de fondo, inherente a su propia dialéctica: la cultura se opone a la escatología, al apocalipsis; rechaza todo fin, su esperanza secreta es perdurar en la historia. Y, al mismo tiempo, la actividad histórica del hombre sólo puede estar justificada por el descubrimiento de su sentido que tiende a un fin: Porque la forma de este mundo pasa (I Cor 7:31). Debemos escuchar en estas palabras una advertencia para no crear ídolos, para no caer en la gran ilusión de paraísos terrestres, ni siquiera en la utopía de la Iglesia identificada con el Reino de Dios. Igual que el mundo, la forma de esta Iglesia visible pasa. Y del otro lado, el hiperescatologismo que salta por sobre la historia hacia el fin del mundo y desemboca en negación ascética, priva a la historia de todo valor, empobrece la Encarnación y desencarna la historia.

La actitud cristiana no reside en la negación ascética o escatológica; es una afirmación escatológica. La cultura no tiene un desarrollo indefinido, no es un fin en sí misma; objetivada, se convierte en un sistema de coacciones. Cuando una cultura es verdadera, es un ámbito en el que hombre y mujer expresan su verdad; pero esa verdad excede el presente, la forma de este mundo - y por eso la cultura, en su apogeo, se trasciende a sí misma y se convierte en un signo, un símbolo. En todo caso, tarde o temprano, la moral, el arte, los aspectos sociales de la cultura se detienen en sus propios límites. Y hay que elegir: instalarse en el infinito viciado y embriagarse de su vaciedad, o trascender nuestras limitaciones para reflejar lo invisible en la transparencia de nuestras aguas límpidas. El Reino de Dios es accesible sólo a través del caos de este mundo. No es un transplante extraño a su ser, sino la revelación de su profundidad escondida.

P. Evdokimov

Es verdad que «hombre moderno» es una cosa, y «mundo moderno» es otra — y «civilización moderna» y «cultura moderna» son otras. Aunque también es verdad que están relacionadas, y que, cuando se trata de tirar palos, suelen caer dentro de la misma bolsa: la «modernidad». Y vale considerarlos así, en bloque, como también vale distinguirlos.

Más que cultura, yo arrancaría con civilización, por lo que esta palabra tiene de más amplia, elemental y humilde. Cultura, con o sin derecho, tiene un uso más selecto -arte sobre todo; mientras que civilización no tiene remilgos para acoger a best-sellers, series de TV, heladeras, cloacas, bancos (plazas y finanzas), piercings, reglamentos de propiedad horizontal y la costumbre de desear felicidades cuando el calendario marca un año nuevo.

En el caso del texto citado —que encontré hace muy poco, y con sorpresa, al azar de mis lecturas—, no hace mucha diferencia que cambiemos "cultura" por "civilización", creo; pero eso no me importa mucho. Lo que me importa es el paralelo obvio que se puede hacer entre el apocalipsis, visto como fin de la cultura humana, y la muerte individual, fin de nuestra vida terrena. Se me ocurre que a más de un católico autodenominado provida y contracultural le vendría bien considerar cuánto y como debería proyectar los valores que sustentan su oposición a la eutanasia (y al suicidio y al aborto) sobre su actitud frente a su cultura. Dicho de otro modo: tómese el argumento «esta cultura no quiere morir, se opone a la parusía; ergo esta cultura es mala, colaborar con ella es resistirse a la parusía», traspóngase cultura por vida humana, parusía por muerte personal, y considérese lo que resulta. Y no intente escabullirse con aquello de que no está en contra de la cultura sino de esta cultura, que me va a hacer escribir más...

hernan   ~   30/12/2011   ~  # comentar
viernes, 23 diciembre 2011
El hombre moderno - 2

«El encargado de mi edificio, impulsado por su tendencia demiúrgica, está siempre abocado a hacer, fabricar, crear...»

«Marcela, la recepcionista, vive habitualmente en lo abstracto, en un estado de volatilización, que ya es ahora su habitat natural...»

«Mis alumnos de la Facultad de Ingeniería son unos hombres sin sustancia, sin contenido, entregados al dinero, al poder, al éxito, al gozo ilimitado y sin restricciones...»

«El chino de cabeza cuadrada del mercado de a la vuelta se siente dueño absoluto de la naturaleza, desvinculado de ella, y así no vacilará en violentarla para llevar a cabo sus proyectos urbanos y edilicios...»

Este efecto de comicidad y absurdo que obtenemos al aplicar las generalizaciones sobre el hombre moderno a hombres concretos... en sí no demuestra nada, y hasta puede usarse como golpe bajo. Es verdad. Pero, en ciertos casos, puede servir para llamar a la sensatez y a la caridad. Creo que es el caso.

Ya sé que esto apenas moverá un pelo a aquellos teorizadores que parodié en la entrada anterior (se muevan al nivel del p. Sáenz o en esferas intelectuales más elevadas — e.g. Wanderer, Tollers and friends). Replicarán con displicencia que ese «hombre moderno» es un tipo ideal; es una abstracción, en cuanto no hay que buscar una concreción plena en tal o cual individuo actual; pero también es una realidad puesto que constituye el fondo de la mayoría de los hombres actuales. No hay que confundir la validez de una generalización con la validez de su aplicación —dirán.

Y por lo que hace a la caridad, dirán lo de siempre: una cosa es odiar el pecado y otra al pecador. Que el hombre moderno, en su tipología, nos parezca deplorable y quizás aborrecible, no nos impide compadecer y amar al prójimo concreto, por más moderno que sea. Y porque lo amamos queremos su salud. Es fácil —dirán.

Sí. Demasiado fácil.

Miremos un momento otras generalizaciones. Afirmamos cosas sobre el hombre medieval; el burgués del siglo XIX; el romano del siglo I; el hombre de izquierda; el hombre autoritario; el hombre de clase media; el hombre tímido; el hombre divorciado; el japonés; el argentino; el nerd; el hippie; el católico; el cinéfilo; el hincha de futbol. Recortamos porciones de la humanidad y los caracterizamos: estos son así, aquellos era asá. Y, dejando aparte el acierto de la descripción, es tarea válida. Hasta cierto punto. ¿Hasta qué punto?

La precaución más evidente es por el lado de la caridad: hay ciertas generalizaciones negativas que incitan al odio, al menosprecio o al encorsetamiento. Por aquí apunta la prevención actual contra los estereotipos —con algo de exageración, y con algo de razón. Porque creer que es tarea sencilla fustigar al tipo abstracto dejando intocado al individuo concreto, confiar en que nuestra condena al pecado genérico no desteñirá sobre el individuo pecador... es peligroso. No hace falta dar ejemplos, creo.

Esta prevención no prohibe las generalizaciones negativas, pero las hace problemáticas; una problemática paralela a la que trae el mandato «no juzgar», y que no puede contradecir la veracidad ni la justicia. Tampoco hay que creer que podemos separar dos momentos: primero analizamos con fría objetividad y dictaminamos implacablemente en privado ("verdad"); y un segundo momento, el de la exteriorización, hacemos intervenir consideraciones políticas o pastorales ("caridad"). Triste caridad sería, la que asomara recién cuando empezamos a redactar el predicado de la frase («El argentino es...»), en lugar de estar presente desde el primer momento en que nos la vemos con el sujeto.

En segundo lugar: si la caridad es inseparable de la verdad y la justicia, también las malas generalizaciones deben pecar por este lado. No por un error en los resultados, sino por algo más originario, por una intención torcida: generalizaciones interesadas. Esquemas forzados, a veces hasta el delirio, para cargar el mal a la cuenta de los otros, para confirmarnos que estamos del lado de los buenos. De nuevo, no hace poner ejemplos.

Así, lo que dice GKC de confrontar las teorías con el individuo concreto, la comprobación de que nuestras generalizaciones le calzan tan mal, puede funcionar como un sano llamado de atención, a poner los pies sobre la tierra; por el lado de la caridad (¿no estoy faltando al mandato del amor al prójimo?) y por el lado de la sensatez (¿no me estoy fabricando una idealización cómoda sin sustento real?).

Este llamado de atención debe ser útil siempre, pero especialmente con este temita del hombre moderno. Muy especialmente, diría yo... si pensamos el calibre de esta generalización, la enormidad que pretende abarcar y las enormidades prácticas que implican en mi ser cristiano.

Pensar por ejemplo, al hilo de lo anterior y con ejemplares concretos a la vista, si este hombre moderno caerá o no dentro de mi campo de acción, en qué grado será mi prójimo, en qué medida estaré armando con él un esquema irreal para cargar el mal en su cuenta y quedarme yo con la razón —o mejor, con mis pobres razones. Pensar, en suma, cuán grave es mi obligación de ser caritativo y justo en este caso, y cuán caritativo y justo estoy siendo. Y, de yapa, recordar aquello de que «nadie peca solo».

Y bien. Podemos, si prefieren, seguir gastando horas en decidir quién de nosotros tiene la mejor descripción fenomenológica del hombre moderno, quién acierta mejor y a mayor profundidad con las raíces de sus taras, quién arma el esquema más satisfactorio —que cierre y nos deje bien parados a los católicos dendeveras.

Podemos seguir repasando y puliendo nuestras teorías mentalmente mientras viajamos en el subte, apretujados por multitudes de hombres modernos.

Podemos incluso repasarlas durante la misa, rodeados de presuntos católicos que no piensan mucho en estas cosas —también hombres modernos, probablemente. Quizás no llegamos a dar gracias a Dios por no ser nosotros hombres modernos... estamos lo bastante despiertos como para esquivar fariseísmos tan explícitos; no sé si no estamos tan despiertos como para preguntarnos si nosotros mismos seremos hombres modernos o qué.

Mientras tanto, mientras nos paseamos mentalmente por nuestras teorías, nuestros juicios y nuestras respuestas, ha llegado la Navidad. El cura de esta misa no es ni muy muy ni tan tan... nos irrita un poco con alguna liturgia levemente incorrecta, pero bueh, estamos acostumbrados, y ya se sabe, estos seminarios modernos... En la homilía dice lo de siempre: que Dios vino a los hombres, y que Dios viene a los hombres; que para salvar al hombre Dios se hace hombre. Y bueno, no está mal. Le damos un aprobado. Al menos no dijo (¿no?) que Dios se hace hombre moderno... je... ahí sí que nos indignaríamos... pero no... no nos indignamos... porque no lo dijo... no es que estemos muy alegres, tampoco... aunque sea Navidad... sí, uno quisiera alegrarse, pero, como están las cosas... no es fácil, vio... fíjese qué mal está todo (es decir, el mundo moderno) que si logramos pasar la misa de Navidad sin indignarnos, ya nos damos por satisfechos. Como decía uno de estos que saben, es de creer que los primeros cristianos nos envidiarían...

Yo sospecho (nada original lo mío) que el lamento por la corrupción y la decadencia nunca-antes-vista del mundo moderno es muy antiguo. Imagino yo que veinte siglos atrás escribas y fariseos de Jerusalén se juntarían a analizar la situación (momento oscuro de la verdadera religión; y ni un profeta en tantos años!), a deplorar la influencia corruptora del intelectualismo y el esteticismo helénico, y la brutalidad idólatra del poder romano. Ay, quién pudiera barrer con todos estos, los enemigos (no nuestros, sino del Señor). El celo por Su casa, el sufrimiento piadoso, los análisis sobre las causas de los males, los culpables de ayer y los de hoy, las perspectivas razonables, los apocalipsis imaginables...

... esos terroríficos "laberintos de espejos" que él ama construir, se derrumbarían si sonase adentro la risa de un niño.

Castellani, criticando a Borges. No estoy seguro del acierto de su crítica, ni en general ni en este particular. Pero sí que la risa de un niño alcanza para derrumbar muchas de esas impresionantes construcciones de los intelectuales. La risa de un niño, o también el llanto de un bebé.

«El Verbo de Dios puso su morada entre los hombres y se hizo Hijo del hombre, para acostumbrar al hombre a percibir a Dios y para acostumbrar a Dios a poner su morada en el hombre según la voluntad del Padre. Por esto, Dios nos dio como signo de nuestra salvación a Aquel que, nacido de la Virgen, es el Emmanuel» (San Ireneo, siglo II)

También aquí tenemos una idea central muy hermosa de san Ireneo: debemos acostumbrarnos a percibir a Dios. Dios normalmente está lejos de nuestra vida, de nuestras ideas, de nuestro actuar. Se ha acercado a nosotros y debemos acostumbrarnos a estar con Dios. San Ireneo con audacia se atreve a decir que también Dios debe acostumbrarse a estar con nosotros y en nosotros. Y que quizá Dios debería acompañarnos en Navidad; debemos acostumbrarnos a Dios, como Dios se debe acostumbrar a nosotros, a nuestra pobreza y fragilidad. Por eso, la venida del Señor no puede tener otro objetivo que el de enseñarnos a ver y a amar los acontecimientos, el mundo y todo lo que nos rodea, con los ojos mismos de Dios.

B16 (Navidad 2010)

Feliz Navidad para todos los que pasen por acá.


hernan   ~   23/12/2011   ~  # comentar
jueves, 15 diciembre 2011
El hombre moderno - 1

¿El hombre moderno? Ay, el hombre moderno... no es lo que era. ¿Qué, quiere ud. saber cuál es el problema con el hombre moderno? ¿Quiere un diagnóstico? Aaaahh, de eso sí que sabemos los católicos dendeveras; es nuestra especialidad. Somos poquitos, pero, en proporción, tenemos tantos analistas, polemistas y conferencistas, tantos eruditos comentadores de blogs, hay tanto sermón, ensayo y libro dedicado a eso... casi no hacemos otra cosa, vea. Atienda bien lo que le digo: el problema fundamental del hombre moderno es... uf, mire, no sé por dónde empezar... la esencia, la raíz del mal, si uno sabe mirar, está en... bueno... digamos... el ... el subjetivismo antropocéntrico... o sea, el idealismo de cuño cartesiano, que comporta un olvido del ser y de nuestra condición creatural, lo cual está estrechamente ligado al pesimismo protestante, el capitalismo y el comunismo, o sea, la Revolución contra la Tradición, la infiltración judeo-masónica, la conquista cultural al estilo gramsciano, y el non serviam luciferino que tan bien supo ver Dostoyevsky. Todo lo cual, bien mirado, hunde sus raíces en el nominalismo ockhamista, junto a la decadencia de la escolástica, y, a remolque, la Reforma y también la Contrarreforma, el anticlericalismo tanto como el clericalismo; sin olvidar el voluntarismo suareciano, el Barroco, el Iluminismo, y de postre el actual secularismo desacralizador; o sea: Lutero, Descartes, Rousseau, Kant, Marx, Freud, Maritain (el segundo), Rahner, y siguen las firmas. Que viene a ser como decir: pelagianismo. O sea: racionalismo. O también: irracionalismo —la otra cara de la misma moneda. Que es decir también: nihilismo; y ateísmo, y agnosticismo, gnosticismo, panteísmo, deísmo, paganismo post-cristiano, positivismo cientificista, naturalismo materialista, inmanentismo, historicismo, laicismo, liberalismo, igualitarismo, criticismo, relativismo, modernismo, neomodernismo, postmodernismo e via dicendismo. De aquí proviene este hombre light que conocemos, hedonista, progresista, optimista en la superficie y desesperado en el fondo, sin tradición ni pietas, refractario a la verdadera jerarquía pero dócil al adoctrinamiento mediático —un boludo, para decirlo en argentino. Todo lo cual enlaza i-ne-vi-ta-ble-men-te con el mundo feliz de Huxley, la manipulación pedagógica, el marketing y la psicología de masas, la trivialización del sexo, el Estado contra la familia, el nuevo orden mundial y el endiosamiento del hombre, meta indisimulable de este proyecto demiúrgico-fáustico-prometeico que ...

Eh, espere, no se vaya. Lo admito, quizás abundé demasiado en las causas profundas, ¿no? claro, usted seguramente quería algo más digerible, simplemente descriptivo: el hombre moderno es así y asá. Y, aparte, por ahí ud no confía mucho en mí, y quiere palabras de más autoridad, en letra de molde. Bueno, venga, acá le conseguí algo. Sepa ud., por si no lo sabía, que el hombre moderno es...

...un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito, al gozo ilimitado y sin restricciones...

... lo primero que advertimos en el hombre de nuestro tiempo es su escasa interioridad, una insuficiencia de vida interior que, paradójicamente, puede ir unida con un marcado subjetivismo...

...ha perdido la capacidad de recogimiento y de concentración...

.... Impulsado por su tendencia demiúrgica, está siempre abocado a hacer, fabricar, crear...

...una desmesurada actividad exterior, una lamentable pérdida de energía interior, una incapacidad de vivir en sí mismo, de habitarse, de ahondar en la propia interioridad, abocándose con la totalidad de su ser a las sucesivas y numerosas actividades por las que entra en comunicación con el mundo exterior

... el culto de la cantidad, de la extensión, la avidez de noticias, de novedades

...el hombre de hoy es un hombre que ha perdido sus arraigos

...el hombre quedó cada vez más solo e inerme ante un Estado cada vez más omnipotente, sin raíces en las familias, en las asociaciones intermedias, en la patria, en Dios.

... el hombre demiurgo se siente dueño absoluto de la naturaleza, desvinculado de ella, y así no vacilará en violentarla para llevar a cabo sus proyectos urbanos y edilicios.

... desarraigo de todo lo que es orgánico: familia, patria, profesión, Iglesia, que el hombre de nuestro tiempo considera no como un seno sino como una tumba para su búsqueda de plenitud humana, hace que viva habitualmente en lo abstracto, en un estado de volatilización, que ya es ahora su habitat natural...

...la impotencia en que se encuentra el hombre moderno de encarnar en su vida propia un ideal personal...

De un libro del padre A. Sáenz (argentino, del palo*) llamado justamente "El hombre moderno", 218 páginas, editorial Gladius (idem). Hay mucho más, y todo en el mismo registro, creo que esta breve selección azarosa es representativa. No sólo del libro, no sólo del autor, no sólo de la editorial, no sólo del lector.

El libro lleva como subtítulo: «Descripción fenomenológica». Yo no estoy seguro de entender el adjetivo, y tampoco estoy seguro de que el autor lo entienda. Pero suena grosso, no me diga que no.

Verdad es que, a golpe de vista, la tal descripción fenomenológica parece seguir una receta bastante simple:
Sujeto = «el hombre moderno»
Predicado = «es un tarado»
Repítase esta oración unas mil veces (a un promedio aproximado de cinco por página), variando el contenido material del predicado pero manteniendo constante la valoración —es decir: siempre denigrando; agréguense ornamentos sintácticos y lugares comunes retóricos tribales, a modo de excipiente. Y ya está.

Receta simple, pero eficaz —considerando que esta miseria, esta cucaracha llamada «hombre moderno», nos es ajena: no está con nosotros, sino con los otros. Es alentador.

Y, si se fija bien, está en línea con lo que traté de explicarle al principio.

Hace poco, a cuento del mal reaccionario, traje el reproche de Chesterton contra el pesimista: no ama lo que fustiga. Bueno... vuelvo a traerlo ahora.

Y, pensando en estos diagnósticos sobre «el hombre moderno», recordé algo más de Chesterton ... aunque me costó bastante (mi memoria no es lo que era) encontrar la fuente: aquella señora Buttons como piedra de toque de las generalizaciones...

Es un lugar común —y no deja por eso de ser verdad— que necesitamos tener un ideal en nuestra mente para contrastar nuestras realidades. Pero es igualmente verdad, aunque menos evidente, que necesitamos una realidad para constrastar nuestros ideales. Así, yo he adoptado a la señora Buttons, de Battersea, empleada doméstica, como piedra de toque de todas las teorías modernas sobre la mujer actual. Su verdadero nombre no es Buttons; de ninguna manera es una mujer despreciable, y tampoco es una figura enteramente cómica. Tiene una postura encorvada y poderosa, y una cara fea y a la vez atrayente; un poco como Huxley -sin las patillas, eso sí. El coraje con que soporta los infortunios más brutales tiene algo de estremecedor. Su ironía es incesante y de gran inventiva; su caridad práctica es enorme; y no sospecha en absoluto el uso filosófico que yo le estoy dando.

El caso es que cuando escucho la generalización moderna sobre su sexo, de cualquier lado, simplemente sustituyo su nombre y observo cómo suena. Cuando de un lado el sentimental dice «Dejemos a la mujer contentarse con su tarea de ser delicada y exquisita, una cuidada obra de arte social y ornato doméstico», entonces yo repito lo mismo en la otra versión: «Dejemos a la señora Buttons contentarse con su tarea de ser delicada y exquisita, una cuidada obra de arte social y ornato doméstico». Es extraordinario cómo cambia todo con esa sola sustitución. Cuando del otro lado los panfletos sufragistas dicen: «La mujer, llamada a la vida por las proclamas de Ibsen y Shaw, abandona ya su fastuosa vistosidad y exige tomar las riendas del imperio y la antorcha del pensamiento especulativo»... para tratar de entender semejante frase, hago el reemplazo y repito: «La señora Buttons, llamada a la vida por las proclamas de Ibsen y Shaw, abandona ya su fastuosa vistosidad y exige tomar las riendas del imperio y la antorcha del pensamiento especulativo»... Por algún motivo, suena muy diferente...

Hay algo más aquí (y el resto del ensayo tiene valor propio), que el mero efecto cómico de inadecuación, casi inevitable cuando se pasa de la generalidad al individuo. Pretender que eso automáticamente invalida la generalización, sería un sofisma. Pero si no la invalida, al menos la cuestiona. Eso, para empezar.

Y me temo que esto, aunque sea continuación, recién empieza.


* «Cuando era apenas poco más que un adolescente comencé a colocar en las hornacinas de mis devociones a los ídolos que, en aquella época, poseíamos todos los chicos del palo: el padre Sáenz y el padre Ezcurra, ambos en el mítico seminario de Paraná» - comentario de uno de estos, en uno de esos blogs.
hernan   ~   15/12/2011   ~  # comentar
sábado, 3 diciembre 2011
Dostoyevsky por A. Petrov

Aleksandr Petrov es un animador ruso que usa una técnica muy particular: óleo sobre vidrio, que retoca cuadro a cuadro.

El sueño de un hombre rídiculo es un corto suyo, sobre un relato del gran Dostoyevsky.

Parte 1

Parte 2
 
hernan   ~   03/12/2011   ~  # comentar
miércoles, 30 noviembre 2011
Sueltos

Un documental sobre Simone Weil, en francés, con subtítulos.

Parte 1

Parte 2

Parte 3

Parte 4

Parte 5

25 libros que todo cristiano debería leer. Altamente discutible, claro está -como la misma idea de hacer tal listado. Pero...

- Es el mundo el que debe seguir a la Iglesia, y no al revés.

A mí ambas posibilidades me parecen no católicas.
La dinámica de la encarnación es otra cosa.

De acuerdo con el cura de todoerabueno, que se pasó a blogspot.

Y Mark Shea se pasó a patheos.com.

De ese sitio, un ensayo sobre Miyazaki.

Un post sobre Flannery O'Connor de uno de los tantos blogs católicos en inglés interesantes - tantos que, por comparación, me deprime un poco.

Más anecdótico, algo menos interesante y no sé si menos deprimente: cada tanto miro los links que llevan a la Suma Teológica, en la esperanza de que esté sirviendo de algo (algo más que esos links de referencia genéricos, que pocos leen y nadie discute); material para pensar, digo. Bueno. Si les digo que esto, a propósito de no sé que serie de anime fantástico-lésbico es lo único que he visto últimamente... exagero - pero no demasiado.

Un muestrario de Ukiyo-e, un género pictórico -o algo así- de Japón

Audios de programas radiales viejos de Dolina aquí.

Asociación Soloviev española. Este es uno que quisiera conocer mejor.

Abel responde preguntas sobre la Biblia

Una religiosa argentina habla de La ascesis de la normalidad.

Descalzos - no carmelitas.

Experimentos caseros

Un vistazo a la España del siglo XIX

Material musical de folklore argentino: Samy Mielgo (guitarra), Ney Borba (piano), cancionero (acordes), Biblioteca de folklore argentino (de todo un poco).

hernan   ~   30/11/2011   ~  # comentar
jueves, 24 noviembre 2011
Mi campo de acción

El pecado específico del reaccionario sería, pues, contra la caridad: no amar el propio tiempo, que es una especie de prójimo. Concedido que este prójimo lo es en un sentido impropio. Concedido que este amor no debe ser acrítico ni servil; concedido que cierto odio a este prójimo puede ser válido y meritorio. Pero todas estas concesiones no anulan lo primero, ni lo postergan. Lo primero sigue siendo lo primero.

Si hay algo de verdad en esto, si ciertos temperamentos y ciertos grupos humanos son tentados preferentemente por este lado, y si uno se reconoce con esas tendencias, es de suponer que uno hará bien en pelear especialmente contra aquello. O sea: hacer fuerza para amar mejor a este tiempo - y odiarlo mejor, si acaso. En eso estamos.

Una amiga mía, un poco harta ella, me preguntaba por qué machaco tanto con esto... ¿qué ganamos al sopesar cuánta razón tienen reaccionarios contra progresistas en su juicio (en contra o a favor) del tiempo presente? ¿Importa? Al fin de cuentas ¿quién nos ha mandado a evaluar la calidad de nuestro tiempo, a compararlo con otros tiempos, a decidir si aprueba o desaprueba no sé qué examen? Hablando en cristiano, no parece ser esa nuestra tarea. Si se nos da este tiempo, no es para que lo juzguemos y le pongamos una nota, sino más bien para que lo trabajemos, como los talentos de la parábola. La cuestión es qué le devolveremos, al dueño del tiempo cuando vuelva a reclamárnoslo; y si resultaremos siervos fieles y diligentes, o infieles y perezosos.

Y yo no puedo estar más de acuerdo. A riesgo de machacar más: No estoy hablando de poner mejor o peor nota al siglo, o de recalibrar severidades e indulgencias. Eso juicios de valor me interesan poco; y las comparaciones, menos (querer decidir si el siglo XXI es mejor o peor que el siglo XI es para mí como preguntar si Juan adulto es mejor que Juan niño; todos los tiempos están a igual distancia de Dios, como todas las edades). El odio al siglo (y a cualquier cosa) sólo puede ser justificado en la medida que es una especie de tarea —y una tarea para mí; nunca si es una mera reprobación, un juicio de valor más o menos negativo que se hace como desde afuera. Y, simétricamente, lo mismo vale para el amor. De ahí el criterio de la realidad, como piedra de toque: lo real, al contrario de lo imaginario, es «lo que me da trabajo» : lo que me es trabajoso y lo que me es trabajable (con perdón). Esto, y sólo esto, es lo que estamos llamados a amar... y eventualmente —impropiamente— a odiar. El resto, es vanidad de vanidades; y, en la medida en que distrae de ese llamado (y que desoye el mandato de «no juzgar») es pecado.

La cita anterior de Kierkegaard llamaba a «encontrarnos y permanecer en el mundo de la realidad misma, que es el campo de acción que se nos ha encomendado». Ese es el asunto. Y vale para el amor como para el odio.

Verdad es que los ámbitos católicos de derechas están más interesados por lo segundo. Es notable cómo los fascina el mal (el mal moderno, sobre todo); los agobia y los abruma, pero no pueden dejar de mirarlo, analizarlo, exhibirlo y condenarlo —desde afuera; una especie de morbo. Como ya dije alguna vez, parecen medir la calidad de su religiosidad por cuánto mal contemporáneo perciben, y por cuánto les duele.

Contra esta frivolidad fúnebre y exasperante, lo de Kierkegaard viene a cuento, con solo trasponer bien por mal, amor por odio. Y tampoco está lejos Simone Weil, ya citada:

Dios permite que el mal exista. Nosotros debemos hacer lo mismo con el mal que no tenemos posibilidad de destruir. Debemos permitir que el mal exista fuera de nosotros. Pero solamente fuera de nosotros. Es decir, fuera de nuestro poder.

No sólo en cuestiones religiosas. El mal en general, el que llena los diarios y la televisión, la mala noticia —política, cultural o policial— la carnada para indignados y lamentadores. Mal que no estamos llamados a curar de ninguna manera, mal que no nos atañe, dolor malsano en la precisa medida en que es estéril.

También quiero recordar aquí a Péguy — aquello de no fijar demasiado la mirada en nuestros pecados pasados. Porque el mal pasado se parece al mal ajeno (el que cae fuera de «nuestro campo de acción») en que ambos, contra lo que pretenden, no constituyen nuestra tarea actual: hoy y aquí, no son cosa nuestra. Y centrar la atención en eso nos envenena y nos estorba. Nos estorba, por ejemplo, para la acción de gracias, como apunta allí Péguy. Y nos estorba para hacer el bien — la milicia verdadera.

«La bandera del mundo» es el título de un capítulo de Ortodoxia (1908), uno de los mejores libros de G. K. Chesterton. Pensaba yo que no pocos de sus lectores, los que lo ven exclusivamente como un hábil fustigador de las taras contemporáneas (lo es... en parte), deben hacer cierta torsión para sintonizar con él aquí. A todos nos suena bien eso, sí, pero.. ese mundo al cual debemos una especie de patriotismo cósmico, una firme lealtad y una ferviente gratitud... ¿es realmente nuestro mundo, el contemporáneo? Se me hace que para algunos aquel es un mundo más bien ideal ("católico", o "tradicional"), cada vez más más alejado del presente; como si, digamos, el mundo medieval estuviera más cerca que el contemporáneo de aquel mundo-al-que-debemos-lealtad. Lo cual, al hilo de lo dicho, vendría a ser una lealtad a un mundo menos real, un patriotismo imaginario —un patriotismo de renegados, si me apuran.

En ese capítulo Chesterton alude a dos tipos de actitudes opuestas, con etiquetas que estaban de moda entonces: optimistas vs pesimistas —con relación al mundo, se entiende. Y explica por qué ninguna de las dos actitudes tiene que ver con este patriotismo que él defiende. Me parece muy cercano a lo que acabo de decir, en cuanto que optimistas y pesimistas son los que creen que su tarea es hacer juicios de valor sobre el mundo que les ha tocado; comparar y calificar, criticar o aprobar: este mundo está más o menos bien, este mundo está más o menos mal. Pero ejercer la lealtad para con tu patria, tu familia, tu vecindario, tu cosmos, tiene poco que ver con poner calificaciones —y defenderlas en discusiones, y leer libros para fundamentarlas, y armar conferencias y blogs para propagarlas...

Esta alternativa entre el optimista y el pesimista constituye un profundo error. La presunción implícita es que un hombre puede criticar este mundo como si estuviese por comprarse una casa; como si le estuviesen mostrando un nuevo edificio de departamentos. La persona que llegase a este mundo proveniente de algún otro mundo, podría discutir si la ventaja de tener bosques en pleno verano compensa la existencia de perros rabiosos, así como un hombre buscando vivienda podría evaluar la existencia de teléfono contra la ausencia de una vista al mar. Pero ningún ser humano se halla en esa posición. Una persona pertenece a este mundo aún antes de poder empezar a preguntarse si es lindo pertenecer a él. Ya peleó por la bandera y con frecuencia hasta obtuvo resonantes victorias para la bandera, incluso antes de ser reclutado. Para ser breves y expresar lo esencial de la cuestión: tiene una lealtad antes de tener cualquier admiración.

... nuestra actitud hacia la vida se puede expresar mejor en términos de una especie de lealtad militar que en términos de crítica y aprobación. Mi aceptación del universo no es optimismo, es más parecido a patriotismo. Es una cuestión de lealtad elemental. El mundo no es un socucho alquilado en Brighton del que nos podemos mudar porque es miserable. Es la fortaleza de nuestra familia con la bandera flameando sobre la torreta, y mientras más miserable es, menos la abandonaríamos. La cuestión no es si este mundo es demasiado triste como para amarlo o bien demasiado alegre como para no amarlo; la cuestión es que cuando se ama una cosa, su alegría es una razón para amarla y su tristeza es una razón para amarla más todavía. Para el patriota inglés, todos los pensamientos optimistas sobre Inglaterra y todos los pensamientos pesimistas acerca de ella constituyen razones igualmente valederas. De modo similar, el optimismo y el pesimismo, son argumentos equivalentes para el patriota cósmico.

Lo malo del pesimista no es, pues, que fustiga a los dioses y a los hombres, sino que no ama lo que fustiga. No posee esa primigenia y sobrenatural lealtad para con las cosas. ¿Qué es lo que está mal con la persona comúnmente llamada optimista? Obviamente que el optimista, deseando defender el honor de este mundo, se pone a defender lo indefendible. Es el patriotero del universo.

Se me dirá que una persona racional aceptará al mundo como algo en el que se mezclan lo bueno y lo malo, y lo hará con una satisfacción y una entereza razonables. [...] Ya sé que esta sensación inunda nuestra época; pero pienso que es también lo que la congela. Porque para nuestros enormes proyectos de fe y de revolución, lo que necesitamos no es la fría aceptación del mundo como un compromiso, sino alguna forma en que podamos odiarlo y amarlo de todo corazón. No nos sirve que la alegría y la rabia se anulen mutuamente para producir un vulgar compromiso; lo que necesitamos es un entusiasmo más feroz y una insatisfacción más feroz todavía. Tenemos que sentir que el universo es el castillo del ogro a asaltar y, simultáneamente, que es nuestra propia choza a la que podemos regresar cuando cae el sol.

GKC

Concedo una objeción previsible, para terminar: es verdad que en esta cita estoy haciendo una lectura algo acomodaticia de Chesterton, es verdad que cuando él habla de «nuestro mundo» no está pensando específicamente en el mundo contemporáneo, y que el pesimista cósmico que él tiene en mente no es el que desprecia el mundo contemporáneo a expensas del mundo pasado, al modo reaccionario, sino al que desprecia el mundo a secas. Concedo que la lectura es acomodaticia; no creo que sea infiel.

hernan   ~   24/11/2011   ~  # comentar
domingo, 30 octubre 2011
Reaccionarios - 4 (como a ti mismo)

Efectivamente, como varios lectores (menos de tres) me apuntan, vale completar simétricamente la consigna: Odiarás a tu prójimo... como a ti mismo. Por ahí va Gregorio, y también Cirilo:

No debe aborrecerse la vida, que aun el mismo San Pablo conservó en su cuerpo con el fin de poder anunciar a Jesucristo. Pero cuando convenía despreciar la vida para dar término a su carrera, confiesa que no es de ningún precio para él (Hch 20,24).

Odiar «la vida» en sentido amplio, a la par del dicho «el que quiera salvar su vida la perderá». Desapego. Sólo en ese sentido es justo y necesario odiarse a uno mismo; como así también al prójimo. No sólo personas: también cosas, ámbitos, lugares, tiempos. Despreciar la vida y sus cosas, y no especialmente las despreciables:

Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, Fil 3.7

Todo es basura -o estiércol; pero solo en ese sentido. Y en ese sentido debe serlo todo: la televisión argentina del siglo XXI como el canto gregoriano del siglo XI, Zapatero como Carlos V. Que no son cosas despreciables, las que desprecia San Pablo: celo, linaje, Ley; la propia vida.

Tener presente que uno mismo está entre esas «cosas a odiar» —más aún, que este es el modelo— hace todo más claro; y más difícil. Impide olvidar que «odio» es palabra impropia; que se trata de una tarea, subordinada al amor, y que se rige por el critero de lo real.

Un cristiano, cuando se le dice que debe odiar su propia vida, difícilmente se confunde; lo entienda como lo entienda, ve claro que eso no puede anular ni menoscabar la natural obligación de amar la propia vida (como dice Gregorio), sabe que no se lo está empujando a ningún suicidio, literal o metafórico. Y lo mismo con lo de odiar a los padres y a los hijos; está claro, siempre (o casi) que el amor es lo incondicionado, lo absoluto; y que nunca puede uno apoyarse en aquellas de palabras de Jesús para odiar en el sentido propio de la palabra -el que excluye el amor, la crítica que acaba en puro repudio: «mejor sería que no existiera».

Acaso está menos claro con otros objetos; los que suele odiar, por ejemplo, el tradicionalismo católico. Digamos: el Mundo Moderno (mayúsculas caras a Meinvielle y afines), y sus acompañantes - hasta el Hombre Moderno. No me parece, en la mayoría de los casos, que este odio cumpla aquellos requisitos: no me parece que venga fundado en un amor real (no cuenta el amor imaginario: el mundo como me gustaría a mí que fuera, o como imagino que fue en otro tiempo), no veo ni un poco de simpatía, compasión y delicadeza (la que naturalmente uno exige para el que critica a su familia o a su patria). No me parece que el «despreciado se vuelva mejor». No me parece que ese odio se ejerza con cierta violencia sobre sí mismo, «contrariando los apetitos», y, a semejanza de los profetas, aportando solidaridad y consuelo junto con la severidad y el desinterés del médico; y, finalmente, cuidando de ver en qué medida ese odio debe recaer sobre mí —y sobre nosotros.

Desprecio sin caridad, puro asco; odio irreal y egoísta, sin propósito medicinal y sin eficacia curativa, sin solidaridad y sin costo: eso es ser reaccionario en el mal sentido de la palabra. Y por lo que veo, hoy, en la mayoría del catolicismo de tendencia conservadora, es esto lo que predomina.

Menté antes al cosmopolita, el ciudadano del mundo que no tiene raíces en ninguna parte y no se siente ligado a una comunidad humana particular, con sus cosas propias, sus miserias y sus grandezas, sus frustraciones y sus esperanzas; el que usa del mundo para su subsistencia y su disfrute, pero no se siente obligado a la gratitud ni al aporte; el que «vive en el mundo como en un hotel». Supongamos que un tipo tal quiera justificarse apelando a la frase de Santa Teresa, de que «la vida es una noche en una mala posada». La frase está muy bien. Pero que no mejora su caso; más bien lo empeora.

hernan   ~   30/10/2011   ~  # comentar
viernes, 28 octubre 2011
Para venir a lo que no sabes

Partir es morir un poco, decían.

Partir; irse uno, lejos. Irse yendo, igual que se va yendo lo que uno quiere. Irse al desierto, para morir al mundo, como aquellos monjes de antes (¿estás seguro de lo que hacés? -susurra el diablo a san Antonio - ¿no ves que el mundo y su historia sigue fluyendo, no ves cuánta cosa fuerte y bella mueve la civilización, no ves que hay tanta gente necesitada de luz, hay tanto que vivir, juzgar y enderezar, no ves que podrías participar de la empresa y dejar tu huella?). Concupiscencia de la vida. Desgajarse, relegarse. Perder contactos y perder contacto. Irse de la fiesta, temprano y solo (que la pasen bien; que el mundo siga andando). Salirse de foco. No leer los diarios, no opinar, no despotricar, no aplaudir. No entender qué piensan o de qué hablan. No adaptarse, no formar parte - tampoco (sobre todo!) de los inadaptados. Ir perdiendo la mano. Perderse el tren. No figurar. Jubilarse, entrar al geriátrico; sordera, ceguera, Alzheimer. Non plus ultra.

Todo es un poco como partir, que es un poco como morir. Bien mirado, no debe ser triste. Cuesta mirarlo bien, sin embargo -se ve demasiado duro cuando se trata de uno, demasiado fácil cuando se trata de los otros.

Por ejemplo: darse de baja en Facebook, hoy, puede ser como irse al desierto, como morir un poco. Y puede hacer bien, espero; aunque más no sea a modo de leve —levísimo— entrenamiento.

Aprender a ver la vida como un aprendizaje de renuncia progresiva, un perpetuo menguar de nuestras pretensiones, de nuestras esperanzas, nuestro poder y nuestra libertad. El círculo se estrecha cada vez más; en los comienzos estábamos ansiosos por saberlo todo, por ver todo, por dominar y conquistar todo; y en todas direcciones fuimos topando con nuestros límites: non plus ultra. Nos había parecido que todas las bendiciones que alcanzaron otros hombres -fortuna, gloria, amor, poder, salud, felicidad, larga vida- estaban en nuestro camino; después tuvimos que dejar sueños a un lado, resignar una ambición personal tras otra, hacernos pequeños y humildes, aceptar sentirnos limitados, torpes, dependientes, ignorantes y pobres; arrojarnos en brazos de Dios, reconociendo que no valemos nada, que no tenemos derecho a nada. Sólo en esta nada se reecuentra la vida - la chispa divina que brilla en su fondo. Nos llega la resignación y, en el amor que confía, recuperamos la grandeza verdadera.

H. F. Amiel - Diario - octubre 1856

hernan   ~   28/10/2011   ~  # comentar
jueves, 20 octubre 2011
Reaccionarios 3 (Odiarás a tu prójimo)

El deber, entonces, es amar lo cercano; lo real; la realidad mía. La trampa (la tentación) es la de amar lo lejano, lo imaginario. Pero, al hilo de lo dicho, parecería que también está mal odiar lo lejano —casi simétricamente. Podríamos pues concluir que el odio, como el amor, hay que ejercerlo especialmente sobre lo vecino: amarás a tu prójimo... y odiarás a tu prójimo. ¿Puede ser?

Para empezar: está claro que esto del odio sólo puede entenderse en un sentido impropio. Así como no decimos (a menos que seamos maniqueos) que bien y mal, el ser y la nada, sean términos simétricos, lo mismo hay que decir de amar y odiar: no son simétricos. El deber de amar es absoluto, el de odiar es relativo. Hablando con propiedad, no hay que odiar — a nadie, nada, niente. ¿Y entonces? ¿Usaremos mejor otra palabra?

Cristo la usó, sin embargo: «Quien no odia a su padre, a su madre[...] no puede ser mi discípulo». Palabras incómodas, si las hay, que los comentaristas tratan de suavizar. Y no sin justificación - si parece que el mismo Mateo lo hizo... Ríos de tinta han corrido sobre este versículo, como sobre todos. Recuerdo que Bloy lo conectaba con lo de Juan 8.44 («Vosotros sois de vuestro padre el diablo...»)... y que Unamuno se irritaba ante los suavizadores, y lo relacionaba con lo de «traer fuego a la tierra». Pero ni Bloy ni Unamuno son autoridades en exégesis, claro está. La interpretación común viene a coincidir básicamente con Mateo («Quien ama a su padre o a su madre más que a mí...»); y más o menos todos sentimos que por ahí viene la cosa, aunque no nos llene, y a veces, según el caso, nos suene a falso. En todo caso, parece que conviene resistir la tentación de deshacerse de la molesta palabrita —odiar— aunque no nos quede muy claro de por qué Jesús la usó (pero ¿la habrá usado? respuesta afirmativa y explicación posible acá).

Y no es necesario tener una explicación redonda del dicho de Jesús para intuir a lo que apunta, y en qué sentido conecta con lo anterior. Entiéndase como se quiera o se pueda este odiar, en algunos puntos podemos estar de acuerdo. Que se trata de un mandato, es decir una tarea —no es un indicio o un criterio. Que nunca puede ser un mandamiento opuesto al del amor, como si debiera aplicarse a quien ha llegado a amar demasiado al prójimo, y tuviera que recortar o buscar un justo medio. Que es una tarea a ejercer específicamente sobre lo más cercano. Que por lo mismo, por oponerse a cierta tendencia natural, es un sacrificio: hay que hacerse violencia.

La explicación de manual dice que hay que odiar al prójimo «sólo en cuanto (nos) aleja de Dios». O, parecidamente, que hay que odiar al hombre pecador «en cuanto pecador», no en cuanto hombre; o más brevemente, que hay que «odiar el pecado y no al pecador». Está bien. Pero... esos «en cuanto» pueden tranquilizarnos demasiado, y escamotearnos la esencia del asunto, con su dificultad y su gravedad; sobre todo, los dos últimos puntos antes mencionados.

Acaso nos creemos capaces de hacer la distinción; si aborrecemos a fulano (y lo hacemos nuestro enemigo, aunque no lo nombremos así) es porque lo percibimos como malo (porque promueve el aborto, por ejemplo)... ergo, lo odiamos «en cuanto pecador», «en cuanto aleja de Dios». Y terminamos haciendo igual que los paganos (amando a los amigos y odiando a los enemigos), en nombre de nuestro celo cristiano. Peor todavía es hacernos la ilusión de que lo odiamos, no porque nos ofende a nosotros sino porque «ofende a Dios». No es así la cosa.

Tampoco es cuestión de delimitar sectores de las personas «en cuanto pecadoras», para enfocar ahí nuestro rechazo. Tengo, pongamos, un amigo querido (quizá un padre o una madre) que quiere eliminar toda imagen religiosa del "espacio público" (nueva consigna del progresismo vernáculo) o que admira a Dawkins, o a Tinelli, o a Victoria Donda; esto me entristece... naturalmente. Puedo decirme que amo a este prójimo y al mismo tiempo odio «esa parte mala» suya. Y puedo llegar a creer que esto tiene que ver con aquel dicho de Jesús -y con lo del evangelio de hoy («...he venido a traer la división...el padre contra el hijo y el hijo contra el padre...»). ¿Será así? ¿tiene que ver? No mucho, me parece.

Yo diría que ese mandato del odio (palabra impropia, repito; y mandato cualificado: «no puede ser mi discípulo») va más bien dirigido contra la relación (filial, marital, civil), contra el lazo, el reclamo, contra la exigencia natural de las relaciones humanas, las que nos religan -al mundo. Cosas sin duda buenas y necesarias (la familia, los amigos, la patria), y que sin embargo hay que odiar, en lo que tienen de ídolos que exigen un servicio absorbente y una lealtad absoluta. Tendemos, naturalmente, a dar por legítima la exigencia (esa es "la Ley"), y el servicio no nos da poco a cambio, casi nos da el aire para respirar; y debemos hacernos violencia para cortar y endurecernos - como ante un hijo malcriado que ya no podemos dejar de consentir. Simone Weil decía algo similar a propósito de esos animales interiores, ricos en astucias y exigencias: «No escucharse. Hacer callar a esos animales que gritan en mí e impiden que Dios me escuche y me hable [...] lo que en mí, con diversos acentos de tristeza, exultación, triunfo, miedo, angustia, dolor, y cualquier otro matiz de emoción, grita sin descanso: Yo, yo, yo, yo, yo». Me parece que es lo mismo. De hecho, aquel dicho de Jesús incluye «la propia vida» entre las cosas odiables.

El Señor, para dar a conocer que este odio hacia los prójimos no debe nacer de la afección o de la pasión, sino de la caridad, añadió lo que sigue: «Y aun también su vida». Porque es evidente que amando debe aborrecer al prójimo el que lo aborrece como a sí mismo, puesto que aborrecemos con razón nuestra vida cuando no condescendemos con sus deseos carnales, cuando contrariamos sus apetitos y resistimos a sus pasiones. Ahora, puesto que despreciada se vuelve mejor, viene a ser amada por el odio.

San Gregorio - Catena Aurea

En este sentido hay que «odiar al yo», y en mismo sentido hay que «odiar» al prójimo. Por acá puede verse que la palabra es, en efecto, impropia... pero apta: a tareas duras, palabras duras. Y se ve también que es una tarea, no un sentimiento -ni un juicio. Sobre todo, y para lo que nos ocupa: tal odio nunca puede ser un sentimiento de partido (puesto que debe estar dirigido contra lo más cercano) y nunca puede venir mezclado de concupiscencia.

hernan   ~   20/10/2011   ~  # comentar
ene 2012
Archivo completo

Contacto: hgonzalez@gmail.com
Dejar comentario

suscribir (feed)