Logos universal

Logos” quiere decir “palabra”; pero también el significado de la palabra, la estructura de la razón que indica una palabra determinada. Por lo tanto, Logos también puede significar la ley universal de la realidad. Ese fue el sentido que le dio Heráclito, quien, por otra parte, fue el primero en emplear el término en un sentido filosófico. Para él, el Logos era la ley que determina los movimientos de toda realidad.

Para los estoicos, el Logos era el poder divino que está presente en todo lo que es. Tiene tres aspectos, cada uno de importancia fundamental en el desarrollo posterior.

El primero es la ley de la naturaleza. El Logos es el principio conforme al cual se mueven todas las cosas naturales. Es la semilla divina, el poder creador divino que hace que cada cosa sea lo que es. Y es el poder creador del movimiento de todas las cosas.

En segundo lugar, Logos significa ley moral. Podríamos llamarlo “razón práctica” como hizo Kant. Es la ley innata a todo ser humano cuando se acepta a sí mismo como una personalidad con la dignidad y la grandeza de una persona. Cuando vemos la expresión “ley natural” en los libros clásicos no debemos pensar en leyes físicas sino morales. Cuando hablamos de los “derechos del hombre”, por ejemplo, nos referimos a esa ley natural.

En tercer lugar, Logos también significa la capacidad del hombre para reconocer la realidad. Podríamos llamarlo “razón teorética”. Es la capacidad que tiene el hombre de razonar. Dado que el hombre posee el Logos en sí mismo, puede descubrirlo en la naturaleza y la historia. Para los estoicos, la consecuencia que se sigue de esto es que el hombre que está determinado por la ley natural, el Logos, es el “logikos“, el hombre sabio. No obstante, los estoicos no eran optimistas. No creían que todos eran hombres sabios. Quizá muy pocos alcanzaban esta meta ideal. Todos los demás, o eran tontos, o se ubicaban en algún punto intermedio entre los sabios y los tontos. De manera que los estoicos sostenían un pesimismo fundamental acerca de la mayoría de los seres humanos.

En sus orígenes, los estoicos eran griegos, luego fueron romanos. Algunos de los más famosos fueron emperadores romanos, como Marco Aurelio. Aplicaban el concepto del Logos a la situación política de la cual eran responsables. El significado de la ley natural era que todos los hombres participan de la razón, en virtud del hecho de que son seres humanos. A partir de esa idea fundamental, elaboraron leyes muy superiors a muchas de las que hallamos en la Edad Media cristiana. Otorgaron la ciudadanía universal a todo ser humano porque, en potencia, todos los hombres participan del Logos. Demás está decir que no creían que la gente empleaba la razón correctamente, pero consideraban que podrían llegar a hacerlo mediante una buena educación. El hecho de otorgar la ciudadanía romana a todos los ciudadanos de los países conquistados fue un paso enorme hacia la igualdad. Las mujeres, los esclavos y los niños, considerados seres inferiores por la antigua ley romana, quedaron en pie de igualdad gracias a las leyes de estos emperadores romanos. Esto no fue obra del cristianismo sino de los estoicos, quienes derivaron esta idea de su creencia en el Logos universal del cual participan todos los seres humanos. (Por supuesto que el cristianismo también sostiene esa creencia a partir de otro fundamento: que todo los hombres son hijos de Dios Padre). De ese modo, los estoicos concibieron la idea de un Estado que abarcara al mundo entero, basado sobre la racionalidad de todos sus habitantes. Esto era algo que el cristianismo podía tomar y desarrollar. La diferencia radicaba en que los estoicos no concibieron la idea del pecado. Tuvieron el concepto de la necedad, pero no del pecado. Por lo tanto, la salvación estoica consiste en alcanzar la sabiduría. Mientras que en el cristianismo la salvación llega por la gracia de Dios. Hasta el día de hoy ambos conceptos están en conflicto.

P. Tillich – A history of Christian Thought (1962)

Hay dos cosas que, en mi opinión, debemos defender como gran herencia europea. La primera es la racionalidad, que es un don de Europa al mundo, también querida por el cristianismo. Los Padres de la Iglesia han visto la prehistoria de la Iglesia no en las religiones sino en la filosofía. Estaban convencidos de que “semina verbi” no eran las religiones sino el movimiento de la razón comenzado con Sócrates, que no se conformaba con la tradición.

Esa necesidad de salir de la cárcel de una tradición que ya no es válida abrió las puertas al cristianismo. Tenemos algo que es comunicable y ante lo cual la razón, que lo estaba esperando, sale al encuentro. Es comunicable porque pertenece a nuestra naturaleza humana común. La racionalidad era, por tanto, postulado y condición del cristianismo y permanece como una herencia europea para confrontarnos, de modo pacífico y positivo, con el islam y con las grandes religiones asiáticas.

El segundo punto de la herencia europea es que esta racionalidad se convierte en peligrosa y destructiva para la criatura humana si se transforma en positivista, si reduce los grandes valores de nuestro ser a la subjetividad. No queremos imponer a nadie una fe que solo se puede aceptar libremente, pero –como fuerza vivificadora de la racionalidad de Europa– la fe pertenece a nuestra identidad. Se ha dicho que no debemos hablar de Dios en la Constitución europea para no ofender a los musulmanes y a los fieles de otras religiones. La verdad es exactamente la contraria: lo que ofende a los musulmanes y a los fieles de otras religiones no es hablar de Dios y de nuestras raíces cristianas, sino más bien el desprecio de Dios o de lo sagrado. Esa actitud nos separa de las demás culturas, impide una posibilidad de encuentro: expresa la arrogancia de una razón disminuida, que provoca reacciones fundamentalistas. Europa debe defender la racionalidad, y en este punto también los creyentes debemos agradecer la aportación de los laicos, de la Ilustración, que ha de permanecer como una espina en nuestra carne. Pero también los laicos deben aceptar la espina en su carne: la fuerza fundante de la religión cristiana en Europa.

J. Ratzinger (25/oct/2004) – véase también el discurso de Ratisbona (2006)

El evangelio de este miércoles nos habla de los discípulos de Jesús que impiden a una persona externa de su grupo a hacer el bien. Se quejan, porque, dicen: “Si no es uno de nosotros, no puede hacer el bien. Si no es de nuestro partido, no puede hacer el bien” [...] esta cerrazón de no pensar que se puede hacer el bien desde fuera, todos, es un muro que nos conduce a la guerra [...] Hacer el bien no es una cuestión de fe, es un deber, es una tarjeta de identidad que el Padre nos ha dado a todos, porque nos hizo a su imagen y semejanza. Y él hace el bien, siempre.

Hoy es santa Rita, patrona de las cosas imposibles, aunque esto parece imposible: pidámosle esta gracia, esta gracia de que todos, todos, todas las personas hagan el bien, y que nos encontremos en esta obra, que es una obra de la creación, que se asemeja a la creación del Padre. Una empresa familiar, porque todos somos hijos de Dios.

Papa Francisco (ayer)

Discutir (es un decir).

El bien desdeñable

Cerca del final de Pabellón de cáncer —creo que es un fragmento bastante conocido— Solzhenitsyn pinta la conmoción del personaje que en el zoológico, frente a la jaula del mono, se topa con la pura evidencia moral, la simple calificación (“un hombre malo”) ayuna de ideología.

La jaula estaba vacía; conservaba el cartel “Macacus rhesus“, pero tenía adosado un aviso, escrito a prisa: «El mono que vivía aquí quedó ciego por la crueldad de un visitante. Un hombre malo echó tabaco a los ojos del Macacus rhesus» [...] Daban ganas de gritar, de aullar, de alborotar al parque entero… ¿Por qué?… Lo que conmovía el corazón, más que cualquier otra cosa, era la simplicidad infantil de la redacción. De aquel desconocido, que se había marchado impune, no se decía que era “anti-humanista”, no se lo acusaba de “agente del imperialismo yanqui”. Sólo se decía que era malo. ¡Era impresionante! ¿Cómo, por qué se podía ser malo, así sin más?…
Era la Rusia soviética de los ’60.

Por aquí y en estos días dicen que «Lo importante es el modelo, no dos o tres casos de corrupción», «La corrupción me importa mucho menos que la ideología» y variaciones. Política… Yo, de política, sólo sé que no sé nada. Y aunque, como adivinarán, no tengo mucha sintonía con estos que abominan de la «santurronería» y la «moralina burguesa» (o, en argentino: de «medio pelo»), no me costaría creer que tienen su cuota de razón; razón en general y hasta en particular. Ya sé que, en general, la indignación ética suele ser hipócrita y ocultar otros motivos – aunque, una vez más, quién desenmascarará a los desenmascaradores… En fin, con su pan se lo coman, los unos y los otros, los campeones de la ética y los de la ideología.

Pero el caso más me interesa por algunas analogías que se me van ocurriendo últimamente. Pienso, como primer ejemplo, en católicos que, en comparación a lo presente, añoran a ciertos papas renacentistas de moral muy dudosa, pero —dicen— de impecable ortodoxia. Y quien dice papa, dice clero; y dice Iglesia, y dice cristiandad.

¿Se trata de una cuestión de ortodoxia? Puede ser… pero, ortodoxia entendida al modo ideológico. ¿Ortodoxia vs ortopraxis? Dudo que aquí corresponda oponer «creer lo correcto» a «hacer lo correcto». Porque lo que tales militantes privilegian y aprueban en tales gobernantes (papas o presidentes) éticamente imperfectos… no es solamente una teoría, un credo o un discurso; es también un hacer —sea una excomunión o una expropiación1. Tendrán sus faltas morales, dicen (que, desde ya, reconocemos y deploramos), pero eso es… moral privada, asunto comparativamente irrelevante para lo que importa; si en su rol son ortodoxos (no sólo en lo que dicen y piensan, sino en lo que obran)… hacen bien.

No es, entonces, que estos altivos desdeñadores de la moral (burguesa o humanista) se desinteresen del bien, a expensas de una verdad teórica. Sí que les importa (mucho) hacer la buena obra2; y sí que les importa (muchísimo) exponer la maldad de los malos (cuando hablamos de un Videla, ahí nos ponemos muy moralistas). Pero, claro, no es un bien sin más; es un bien que está ligado (es funcional, como se dice ahora) a un credo. No es esa bondad ramplona, que cualquiera sabe reconocer, así sin más; es el bien de los iniciados. Lo otro, también existe, y es válido – pero eso no es lo que importa. Y si le das importancia, entonces es que no entendés nada – o, peor, te hacés el que no entendés3.

Moral sectaria, en última instancia: incluso en contradición con el credo profesado (fraternidad, democracia, ley natural… catolicismo). Apelación a un presunto bien superior que cimenta la militancia – y el fanatismo. Negación de la solidaridad, la universalidad y de la posibilidad real de que los hombres podamos convencernos y entendernos.

La fe en la universalidad de determinadas pautas culturales (incluidas las pautas de pensamiento) colisiona con la necesidad de un «compromiso total» a una cultura o subcultura concreta o a un grupo militante (en la medida en que también los grupos con determinados intereses particulares representan ideologías de relevancia humana universal). Resulta difícil un tal compromiso cuando somos concientes de compartir algunos valores fundamentales -incluso intelectuales- con nuestros enemigos. El sentimiento que acompaña el compromiso incondicional da pie a esperar que aquello que aparenta ser falso, a la luz de dichos criterios universalmente válidos, sea verdadero de todos modos; o al menos pueda identificarse como una verdad de orden superior, en relación a valores superiores. Los grupos fuertemente militantes (sean religiosos o políticos, y tanto si se trata de un establishment amenazado o de un movimiento revolucionario) manifiestan a menudo esta tendencia de negar cualquier tipo de universalidad.
Leslek Kolakowsky – Intelectuales contra el intelecto

La separación de los bienes en estos planos, el superior sectario y el inferior universal, va de la mano con el planteo falsamente realista: «Si tuviéramos políticos/clérigos a la vez ortodoxos y éticos, sería ideal. Mientras tanto, mientra no tengamos aquello, yo me decanto por la ortodoxia». Falso, porque es falsa la independencia que supone entre el hecho y la alternativa. Si nos instalamos en este “mientras tanto”, nunca tendremos aquello.

Pero, repito, no se trata de política – ni siquiera de política eclesial.

Continuará

 

1. Sin olvidar que el discurso es también un acto, sobre todo para un gobernante.
2. “Contra malicia, milicia” o “No se trata de interpretar el mundo sino de transformarlo”, a elección.
3. Como Kolakowsky, cuando pretendía averiguar si algún catecismo de la izquierda ponía a la tortura como pecado capital.

Jacobinos

La obra de arte, por el solo hecho de existir, niega las conquistas de la ideología. Uno de los sentidos de la historia de mañana es la lucha, ya iniciada, entre los conquistadores y los artistas. Ambos se proponen, sin embargo, el mismo fin. La acción política y la creación son las dos caras de una misma rebelión contra los desórdenes del mundo. En los dos casos se quiere dar al mundo su unidad. Y durante mucho tiempo la causa del artista y la del innovador político se confundieron. La ambición de Bonaparte es la misma que la de Goethe; aunque Bonaparte nos dejó el tambor en los liceos y Goethe las Elegías Romanas. Pero, a partir del punto en que las ideologías de la eficacia, apoyadas en la técnica, intervinieron, cuando por un sutil movimiento el revolucionario se tornó conquistador las dos corrientes de pensamiento se separaron. Lo que el conquistador -de Derecha o de Izquierda- busca no es la unidad, que es ante todo la armonía de los contrarios, sino la totalidad, que consiste en aplastar las diferencias.

El artista distingue allí donde el conquistador nivela. El artista que vive y crea al nivel de la carne y de la pasión sabe que nada es simple, y que el otro existe. El conquistador quiere que el otro no exista; su mundo es un mundo de señores y de esclavos, este mismo mundo en que vivimos. El mundo del artista es el mundo de la discusión viva y de la comprensión. No conozco una sola gran obra que se haya construido sólo sobre el odio, en cambio conocemos los imperios del odio. En una época en que el conquistador, por la lógica misma de su actitud, se hace verdugo y policía, el artista está obligado a ser refractario. Frente a la sociedad política contemporánea, la única actitud coherente del artista -si no debe renunciar al arte- es el rechazo sin concesiones. No puede ser, aunque lo quisiera, cómplice de los que emplean el lenguaje o los medios de las ideologías contemporáneas.

Es por esto que es inútil y ridículo pedir al artista justificación y compromiso. Comprometidos, lo estamos; aunque involuntariamente. No es que la militancia haga de nosotros artistas, sino que el arte nos obliga a ser militantes. Por su función misma, el artista es el testigo de la libertad y es esta una justificación que suele costar cara. Por su función misma el artista está metido en la espesura más inextricable de la historia, allí donde se sofoca la propia carne del hombre. Siendo el mundo lo que es, estamos comprometidos con él, mal que nos pese, y somos por naturaleza enemigos de los ídolos abstractos que en él hoy triunfan, sean nacionales o partidarios. No en nombre de la moral y de la virtud, como se intenta hacer creer por un engaño suplementario. No somos virtuosos. Y viendo el aspecto antropométrico que toma la virtud en nuestros reformadores, no hay por qué lamentarlo. Es en nombre de la pasión del hombre, por lo que hay de único en él que rechazamos siempre esas empresas que se cubren con lo que hay de más miserable en la razón.

Pero esto determina, al mismo tiempo, nuestra solidaridad para con todos. Es porque tenemos que defender el derecho de cada uno a la soledad que jamás seremos solitarios. [...]

Los verdaderos artistas no son buenos vencedores políticos, pues son incapaces de aceptar – ay, yo lo sé bien- la muerte del adversario. Están de parte de la vida, no de la muerte. Son los testigos de la carne, no de la ley. Por su vocación, están condenados a la comprensión de lo que les es enemigo. Esto no significa, por el contrario, que sean incapaces de juzgar el bien y el mal. Pero, ante el peor criminal, su aptitud para vivir la vida de otros les permite reconocer la constante justificación de los hombres: el dolor. Es esto lo que siempre nos impedirá pronunciar el veredicto absoluto y, en consecuencia, ratificar el castigo absoluto. En este mundo nuestro de la condena a muerte, los artistas testimonian a favor de lo que en el hombre rehúsa morir. ¡Enemigos de nadie, excepto de los verdugos! Y es esto lo que los señalará siempre, eternos girondinos, a las amenazas y a los golpes de nuestros jacobinos de mangas de lustrina. Después de todo, esta ingrata posición, por su misma incomodidad, constituye su grandeza.

Albert Camus, 1948.

En otro tiempo

… Es de noche. Se platica al fondo de una botica. —Yo no sé, Don José, cómo son los liberales tan perros, tan inmorales. —¡Oh, tranquilícese usté! Pasados los carnavales, vendrán los conservadores, buenos administradores de su casa. Todo llega y todo pasa. Nada eterno: ni gobierno que perdure, ni mal que cien años dure. Tras estos tiempos, vendrán otros tiempos y otros y otros, y lo mismo que nosotros otros se jorobarán. Así es la vida, Don Juan. —Es verdad, así es la vida. —La cebada está crecida. —Con estas lluvias… —Y van las habas que es un primor. —Cierto; para marzo, en flor. Pero la escarcha, los hielos… —Y además, los olivares están pidiendo a los cielos agua a torrentes. —A mares. ¡Las fatigas, los sudores que pasan los labradores! En otro tiempo… —Llovía también cuando Dios quería. —Hasta mañana, señores. …
Antonio Machado – De “Campos de Castilla” – Baeza, 1913.
Los abajo firmantes, en nuestro nombre, en el de miles de católicos que nos han expresado su sentimiento concorde, y en el del pueblo argentino, solicitamos la firme intervención de las más altas autoridades Civiles, Eclesiásticas y Militares -señalándoseles la gravísima responsabilidad que contraen ante Dios- a fin de impedir que se concrete la representación teatral de la obra blasfema Jesucristo Superstar. Esta obra falsea y profana la imagen y por lo tanto la Persona divina y humana de Jesucristo Nuestro Señor y ya su solo título representa una grosera blasfemia a Dios. Estas notas comportan un agravio tal a la Majestad Divina que hacen inaceptable toda modificación de lo que debe ser firmemente rechazado, ya que, independientemente del libreto, su puesta en escena estática y dinámicamente -música, coreografía, vestuario, etc.- constituye un contexto de suyo extremadamente sensual, incompatible, en todo caso, con un texto al que se pretende dar un contenido religioso. El General San Martín manda cortar la lengua a los blasfemos. Que el sable de San Martín no sirva hoy para amparar la blasfemia.
Solicitada en el diario La Nación, Buenos Aires, 26 de abril de 1973. El teatro en cuestión (El Argentino) fue incendiado la semana siguiente por militantes católicos (sabían de un agravante, que la solicitada pudorosamente omite: el dueño del teatro era judío.) A fines de ese año estallaron bombas en cines que estrenaban la película.

El año 1825 fue el famoso año de las misiones. Fue seguido de un jubileo general. Yo tenía entonces dieciséis años. Toda Francia, empujada por los misioneros, confesó y comulgó (exceptuando a este servidor), se tornó santurrona, jesuítica, sacristana; hizo, en una palabra, acto de contrarrevolución. En aquellos años, Rousseau y Voltaire eran malditos, los jóvenes llevaban escapularios y las muchachas formaban bajo las banderas de la Virgen; el testamento de Luis XVI estaba colgado en todos los hogares; era una devoción universal a Dios, a los curas, al rey y a los príncipes; los liberales estaban en el error.

Este recrudecimiento piadoso y monárquico duró hasta 1829. Yo, que había sido testigo del fervor, lo fui del relajamiento. El espectáculo no fue menos curioso. Los jóvenes dejaron de ir a vísperas y se pusieron a cantar a Beranger. Las muchachas desertaron del coro de la iglesia y se aficionaron a la ópera; los padres y las madres se volvieron impíos de bastante mala gana. En fin, he visto en 1830 a nuestros honrados burgueses que habían llevado sobre sus cristianas espaldas la cruz de la misión, ir disfrazados de guardias nacionales a derribar esa cruz, cantando La Marsellesa.

P.J. Proudhon

Bloy y el papa

Me he enterado esta tarde de la elección del Patriarca de Venecia, que ha tomado el nombre de Pío X. Esta noticia me entristece, lejos de alegrarme, y me hundo en un pozo de negrura. ¡Tanto había deseado yo un acontecimiento extraordinario! Siempre lo mismo: ¡un italiano, y un viejo!
Del Diario de Léon Bloy, 4 de agosto de 1903.

Las razones de la fiesta

Leí hace un tiempo, por mis pecados, una de esas entrevistas (o interviús) que suelen hacerse entre sí nuestros católicos dendeveras — los que saben de qué va el asunto, no va ud. a comparar con el 99% de los clérigos y los parroquianos que uno se cruza cualquier domingo en un misa ordinaria (novus ordo). Lo de siempre: el diagnóstico de la situación, el cóctel de irritación y desaliento con unas gotas de pose de mártir… Cómo sufrimos, los católicos dendeveras;  la clarividencia es una carga muy pesada; quien ve, ve cosas feas: las lacras de nuestro mundo moderno, la apostasía, la desacralización, el plebeyismo, los télefonos celulares… «La lista sería interminable». (Si se escribieran uno por uno, el mundo no bastaría para contener tantos libros…)

Pero ¿a qué voy? A que en su listado el tipo incluyó a «las monjitas de caras seráficas». El entrevistador (lo imagino divertido ante la salida, y dispuesto a esa complicidad de los iniciados) le preguntó qué tenía en contra de las monjitas de caras seráficas. Respuesta:

Eso. Recuerdo que cuando hubo “fumata” en el 2005 vi en la tele a dos monjitas correr por la plaza de San Pedro de un lado por el otro festejando que teníamos Papa. “¡Tenemos Papa!, ¡tenemos Papa!”. Y todavía no habían dicho quién era. Odio eso. Esa estulticia católica.

Yo lo primero que recordé fue el domingo de Ramos, con los festejantes y los escribas… pero, bueno, digamos que eso es cosa mía. Recordé también otra cosa, no mía sino de aquel blog de Amy Welborn, que, ocho años después, vuelvo a copiar:

Habemus Papa… Alegría visible en todos los rostros. ¿Por qué? Ya se sabía que íbamos a tener algún Papa. ¿Por qué alegrarse tanto, cuando todavía no sabíamos quién era?… Y sin embargo, estábamos contentos. Hasta los escépticos lo sentían. ¿Por qué? [...] Aquella [Iglesia] que fue plantada firmemente, por la palabra y la obra y la promesa de Aquel que caminó y amó hace siglos; la que ha tratado de preservar esa palabra y obra con fidelidad, de continuar evangelizando en su nombre, y la que nos habla a través de ceremoniales antiguos, del arte y de las mismas palabras … y que nos asegura que toda la belleza, solidez y fidelidad que vemos son sólo débiles ecos de lo que nos espera [...] la presencia viva de Jesús, no en un determinado individuo, no en la esperanza de un determinado “rumbo” futuro, sino en el evento total, que es más que un evento, que se extiende hacia el pasado y hacia el futuro, y nos contiene a todos, con los ojos fijos en lo que Benedicto XVI dijo —a Dios le place usar a sus siervos más humildes para que su voluntad se cumpla—, el cuidado de la vida humana, la caridad con el pobre, el perdón y la misericordia; una llamada que viene de milenios, y a través de los milenios es respondida.

Elemental, querido Watson. Cualquiera puede entenderlo, cualquiera puede ver que la fórmula no es mera fórmula, y que el solo hecho «Tenemos papa» debe ser motivo de gozo para los católicos. Lo pueden ver los católicos y también los no católicos; hace falta ser un supercatólico para no verlo. Claro, por qué vamos a alegrarnos, así, a secas. No. Hay que saber primero el nombre del elegido, tenemos que examinar su curriculum, a ver qué puntaje nos merece, a ver si es “ortodoxo” (¿es “de buena línea”? ¿cuánto acusa en el derechómetro? ¿no irá a venir con novedades? ¿cuál será “su rumbo”?); lo primordial no es festejar, sino juzgar; forjarnos opiniones de alta calidad («…podría haber sido peor, pero tampoco..») Después, veremos: si las cosas —los hombres, la civilización, la Iglesia— no caen muy por debajo de nuestras expectativas, veremos si el cosmos merece que le concedamos el honor de nuestro aplauso.

Mientras tanto, la inmensa mayoría de católicos, monjitas incluidas, están contentos. Esa alegría de los simples que para tantos escribas (católicos, judíos, cientificistas o trotskistas) siempre será signo de estulticia.

Chesterton no les ha servido de nada.

Meto la cabeza bajo la canilla de agua fría, y sigo. Concedamos. Concedo que ciertos entusiasmos pueden causarme irritación, que ciertas alegrías (católicas entre otras) puedan resultarme impostadas, inmoderadas o huecas. Concedo incluso que el caso en cuestión (risitas monjiles en la plaza del Vaticano) puede, eventualmente, inspirarme lo mismo. Entiendo también que a uno puede resultarle mejor o peor la elección de determinado papa. Entiendo todo eso. Hasta ahí. Pero, aún con todo eso, estoy lejos. Estuve cerca; y quiero estar más lejos; a ver si aprendo a festejar.

Cuando Cristo puso el ejemplo de los dolores de parto, parece haber dado por sentado un rasgo humano universal: que una madre se olvida de su angustia y su dolor ante el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. Se ha notado el detalle de que no diga «le ha nacido un hijo», sino «ha nacido un hombre en el mundo», como si eso solo fuera suficiente y principal motivo de gozo. Y, en efecto, el hombre naturalmente se alegra; y la humanidad  cultiva esa alegría, hace de ella una obligación casi sagrada. Incluso en circunstancias poco auspiciosas, algo nos empuja a tratar un nacimiento como una buena noticia, a felicitar y a felicitarnos. Un racionalista podría acusar a esta vieja humanidad de inconsistencia o de hipocresía, y levantar objeciones. ¿Por qué alegrarse por un mero nacimiento? ¿de veras es un bien? ¿por qué? ¿para quién? Un ateo nihilista (y quizás un católico apocalíptico) podría decir que nacer en este mundo es más bien una desgracia; un economista podría objetar que, antes de decidir si es una buena noticia, habría que evaluar sus efectos sobre la economía mundial; un cientificista podría reducir esa convención a motivaciones evolucionistas; un marxista podría preguntar por la clase social, y ver si ese nacimiento tiene visos de cooperar a la revolución. Y, en general, cualquier ideólogo, cualquiera que tenga una noción determinada de «qué es lo que necesita el mundo» juzgará que ese nacimiento es causa legítima de alegría sólo si coopera para ello. Todos estas especies de enfermos coinciden, no sólo en rechazar la incondicionalidad de tales alegrías comunitarias, sino en considerarlas como meros sentimientos, que deben justificarse ante el tribunal de la razón: el festejo es legítimo si consagra un resultado positivo – siempre según nuestros esquemas de cómo deben ser las cosas.

Pero no se trata de eso, en absoluto. Los hombres no celebramos en primer lugar los resultados, celebramos las promesas. Puntos de partida, más que de llegada. Son los principales motivos de fiesta: un nacimiento; una boda; la fundación de una ciudad… Si celebramos una boda, y nos alegramos con los novios, no lo hacemos en función de un juicio; no es que la pareja nos parezca especialmente adecuada, que el novio o la novia haya acertado en su elección, no es que este matrimonio en particular “prometa”. Lo que promete es el matrimonio de por sí; una promesa de felicidad, que abarca a la comunidad (“un evento total, que es más que un evento, que se extiende hacia el pasado y hacia el futuro, y nos contiene a todos”). Fidelidad y esperanza. Si este matrimonio resultará bien o no, no lo sabemos, y sería impertinente hacer cálculos de probabilidades. Tampoco sabemos si el recién nacido irá a resultar un buen hombre. Pero… es una promesa; y la celebramos, la damos por buena; y al alegrarnos (al hacer «votos de felicidad») en cierta manera nos hacemos solidarios, alentamos y nos comprometemos a ayudar a que resulte bien.

En este sentido, comulgar con las alegrías de los hombres es, además de un signo de salud, una obligación, una tarea común que se nos ha encomendado. Claro que para ver  así las cosas es necesario hacerse cargo de que tenemos una tarea común, de que estamos remando en el mismo barco. Cuando uno se habitúa a mirar al mundo (a nuestro mundo) como un juez o como un crítico de cine, desde afuera y desde arriba, alternando sonrisas de suficiencia con muecas de asco, aquello se hace difícil. Y tampoco predispone a la celebración de un nacimiento y una promesa —punto de partida, comienzo de un viaje—  aquella desesperación resentida (adornada con todas las filacterias o  Maranathas que quieran), que empuja a desear «que todo termine de una buena vez»… Seguramente no era en estos supercatólicos en quienes pensaba  von Balthasar cuando afirmaba que «sólo los cristianos pueden tener motivo y ánimos suficientes para seguir recorriendo el camino de la historia»;  quizás sí en aquellas monjitas que festejaban en la plaza de San Pedro.

Cuando la verdad desmoviliza

Lea esto, amigo católico, lea si es que aún no lo ha leido en otro blog católico, e indígnese como Dios manda: Cuarenta años de “Roe vs Wade”: más transparencia, menos prejuicios:

… “Jean Roe” salió a la luz pública, se llama Norma McCorvey, y ha declarado públicamente que mintió en el proceso, pues no había sido violada. Su arrepentimiento le llevó a la fe católica y a la militancia “pro life”. Una de las abogadas del caso, Sarah Weddington, también admitió que su conducta “pudo no haber sido totalmente ética. Pero lo hice por lo que pensé fueron buenas razones”.

Siempre me ha llamado la atención el uso de la media verdad, del eufemismo, de la poca trasparencia, etc. que suele acompañar la promoción del aborto (como demuestra el mismo caso de Jean Roe). Esta crítica ya la hizo hace años Naomi Wolf, la conocida feminista que se refería a este tema en un artículo muy duro contra la retórica “pro choice”, en cuyas filas ella misma militaba, publicado en The New Republic (disponible aquí en su original inglés). Una de sus observaciones es que los promotores del aborto recurren con demasiada frecuencia a la censura, la falsedad, el tabú… ¿Qué tratan de esconder?, se preguntaba.

Qué cosa, qué manera de mentir, de pecar contra la verdad, estos pro-choice ¿no? ¿Por qué será?… A ver, lo pienso un poco… ya sé, ya sé por qué debe ser. Debe ser porque ellos están de lado equivocado, y nosotros —los católicos provida— nosotros estamos del lado bueno. Nosotros decimos la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Seguro que es por eso.

No deja de ser un consuelo ¿no? Ellos tienen sus victorias, pero son victorias de mala ley. Si ganan, no merecen ganar.

Pero igual nos llena de indignación. Justa indignación, cómo no. Lograron que la corte de EEUU legalizara el aborto, sirviéndose de una mentira (una violación que nunca existió), y la abogada lo reconoce con cinismo. Claro, los principios son lo de menos, lo que importa es ganar territorios para la causa. Hace hervir la sangre – católica. A mí me la hizo hervir, le garanto.

Pero al bajar la temperatura, me puse a leer un poquito. ¿Me acompaña? Cuando le baje la temperatura, eso sí.

Veamos, para empezar, la Wikipedia. En español el asunto se ve bastante distinto que en inglés. En español figura en lugar destacado este párrafo, que incluye esa cita infamante de la abogada:

En 1987, McCorvey admitió que en realidad no había sido violada por pandilleros, tal como sostuvo durante la substanciación del caso. Sarah Weddington, la abogada que litigó el caso Roe vs. Wade en el Tribunal Supremo, explicó en un discurso en el Instituto de Ética de la Educación, en Oklahoma, por qué utilizó los falsos cargos de violación, hasta llegar al Tribunal Supremo: “Mi conducta pudo no haber sido totalmente ética. Pero lo hice por lo que pensé fueron buenas razones.”

… mientras que en el artículo en inglés esa cita no figura. En cambio, afirma allí que el argumento de la violación no formó parte del juicio, al menos no en las instancias decisivas:

In 1970, Coffee and Weddington filed suit in a U.S. District Court in Texas on behalf of McCorvey (under the alias Jane Roe). The defendant in the case was Dallas County District Attorney Henry Wade, representing the State of Texas. McCorvey was no longer claiming her pregnancy was the result of rape, and later acknowledged that she had lied about having been raped. “Rape” is not mentioned in the judicial opinions in this case.

Y más: parece claro (abogados podrán confirmar o corregir) que el caso judicial sobre el cual la Corte dicta sentencia no trata sobre hechos sino sobre derechos: se trata de dictaminar si determinadas leyes antiabortistas son o no incompatibles con los derechos constitucionales. La Corte decidió que sí. Ni el fallo ni los argumentos hablan de violación (todo se puede leer y oir completo aquí).

También googleando un poco se encuentra esta afirmación de la abogada:

“I never touched the issue of rape and only emphasized the question of whether the Constitution gives to the state or leaves to a woman the questions of what she can or must do with her body.”

¿Cómo se concilia esto con la otra cita? ¿De dónde salió esa cita? La Wikipedia trae una referencia un poco críptica: “Tulsa World 24-V-93″. Googleando la frase, aparecen más de mil páginas. La mayor parte (si no todas), son de blogs y sitios pro-vida. Todas la copian así, tal cual, sin más contexto ni referencias. A nadie le interesa buscar su fuente y su contexto.

Pero la fuente, sin ser muy relumbrante, no es muy difícil de ubicar. Aquí está. Como pueden ver, es una reseña breve, en un periódico local, de una confencia sobre ética que dio Sarah Weddington en Tulsa, Oklahoma, 1993; no sabemos si la periodista (desconocida, por otra parte, e imposible de ubicar) se basó en alguna transcripción propia, no sabemos nada. Ud., mi amigo católico, puede tener una confianza completa en la meticulosidad incorruptible de los periodistas cuando reseñan discursos y conferencias, especialmente sobre temas polémicos. Y quizás puede deducir de esa cita aislada su contexto, y concluir que no hay nada injusto ni deshonesto en el uso que la militancia católica le está dando. Y hasta quizás también pueda encontrar alguna explicación satisfactoria y honrosa del hecho de que esa cita tenga, en su idioma original, 6 citas, cuando en español tiene más de mil. Yo, no.

Yo, lo que por ahora y hasta nuevo aviso concluyo es que, si de “medias verdades” y eufemismos hablamos, los católicos no podemos tirar piedras.

Y les ahorro, por ahora, conclusiones más negras. Mejor espero a que la sangre deje de hervir.

Desde fuera

“Conocer a los modernos para responder a sus dificultades y a sus expectativas.” Intención conmovedora. Pero este modo de proyectar y objetivar a “los modernos”, de distinguirse de ellos para considerarlos desde fuera, inutiliza toda buena voluntad.

H. de Lubac – Paradoxes