Este es el tiempo

Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea:«Convertíos, porque el Reino de los Cielos es llegado.»

Mt. 3-1

El llamado a la conversión, característico del Adviento. A la espera del que viene, necesitamos convertirnos —nos dicen, y nos decimos.

Pero ¿cómo habrá que entender eso? Por ejemplo ¿cómo lo entiende el converso? Pongamos que uno se convirtió (en algún sentido amplio, pero fuerte) tal día de tal año, uno tiene marcada esa fecha con una cruz grandota en la línea de su vida: «mi conversión». ¿Puede uno entonces responder a esta exhortación de Adviento: «Yo ya me convertí»? No, no, claro que no, nos atajamos rápido — todos necesitamos convertirnos, no somos santos, etc etc. Es la respuesta devotamente correcta, pero no aclara mucho.

Para empezar, no aclara la relación de una conversión con otra. ¿Qué es, al fin y al cabo, eso que san Juan Bautista y la Iglesia nos piden? ¿Vendría a ser una segunda conversión? ¿Y después de esa, si se me da… tendré que seguir pidiendo otra más, o ya está? Hummmhh… ¿O será acaso que esa conversión no se refiere a un acontecimiento puntual y datable en mi biografía, sino de algo incremental, que ocurre sin solución de continuidad? ¿«Conviértete» vendría a ser como decir «Sé un poco mejor cada día»? Esa interpretación disolvería la dificultad… pero al precio de disolver la exhortación. Si de eso se tratara, no parece que hubiera que tomarlo tan a la tremenda; y, por cierto, «conversión» resultaría una palabra excesiva para algo tan poco radical. En fin, ninguna de las respuestas parece satisfactoria. ¿Y entonces?

* * *

Releí estos días el «Tratado sobre el infierno» de Urs von Balthasar — en realidad, son dos ensayos, el segundo como respuesta a la polvareda que levantó el primero. Sostiene allí UvB que el cristiano puede (y aun debe) «esperar por todos» : ansiar y pedir que todos los hombres se salven.

A muchos teólogos esto les pareció absurdo o herético, puesto que uno no puede esperar ni pedir algo que tiene (en su saber o en su fe) por imposible: sería tan absurdo como rezar para que no haya sucedido algún suceso que, según sabemos, ya sucedió. Y, afirman estos teólogos, el cristiano sabe que no todos los hombres se salvarán: no sabe cuántos ni cuáles, pero sí que algunos se condenarán —y este saber forma parte de nuestra fe. No será un dogma explícito, pero sí un corolario que se sigue del dogma de la existencia del Infierno y la teología del pecado mortal, lo cual a su vez se fundamenta en la Escritura y la Tradición: en especial, varios dichos de Cristo en los evangelios.

A mí me pareció respetable la objeción; pero me pareció más respetable la respuesta de von Balthasar (sin que ninguno de estos «me parece» implique un juicio mínimamente seguro). Los interesados en conocer su respuesta tendrán que leer el librito, me temo. Aunque tal vez resuma o cite algo otro día. Pero…

El tema salió un poco al tapete estos días por la nueva traducción del misal argentino, que en la fórmula de la consagración, en lugar de «sangre derramada por todos» ahora dirá «por muchos». Aquí pueden leer las consideraciones atinadas del cardenal Arinze al respecto. Y en muchos sitios católicos tradicionalistas pueden leer los festejos, menos atinados, al respecto —siempre muy preocupados ellos por las malas interpretaciones… de los otros. Y siempre muy satisfechos ellos con sus racionalizaciones librescas, dichosamente vacunados contra aporías y perplejidades. Estos defensores de la ortodoxia no tienen problema en conciliar justicia y misericordia divina, incluso desde acá abajo, y no ven nada escandaloso o intranquilizador en la noción de que la libertad del hombre pueda frustrar la plenitud de la redención. Se llenarán la boca, sí, con «misterio», con la «inmensa dignidad» y el «terrible poder de la libertad humana»… etc; pero, según se ve, el misterio y la terribilidad del asunto no les roza la piel: ellos se ven cómodos y con aire acondicionado.

En sintonía con aquellos teólogos que se oponían a von Balthasar, estos saben. Saben más que la Iglesia, me temo.

«Sea N el número total de condenados; no sabemos el valor preciso de N, dicen estos, pero sabemos que N es mayor que cero. Un teorema que te demuestro en un santiamén, por el absurdo, con cuatro versículos evangélicos, tres citas de los Padres y dos revelaciones privadas.»

Ahora bien… Ponele que damos por válido y neto el distingo: «Cristo derramó su sangre por Fulano» puede significar que «Cristo quiso salvar a Fulano» (intención salvífica, digamos) o bien que «Cristo logró salvar a Fulano» (eficacia salvífica, digamos)… Con lo cual la traducción «por todos», si se leyera en sentido eficaz implicaría que todos están salvados (universalismo), lo que ciertamente la Iglesia no enseña; ponele que aceptamos que hay un riesgo de malinterpretación por ahí —aunque dudo que el católico más ignorante y más laxo lo haya leído así. Ahora, simétricamente, si interpretamos que «muchos» significa «muchos, pero no todos», tenemos no ya un riesgo sino dos. Además de poder malinterpretarlo por el lado intencional, como si Cristo no hubiera querido dar la vida por ciertos hombres (doble predestinación – aceptable para un calvinista, nunca para un católico), también hay peligros con el sentido eficaz (negativo, limitante) que se le puede dar a la expresión. ¿O no?

Experimento pensado: hagamos una encuesta entre los que se alegraron de la nueva traducción, los que la tienen como «la teológicamente correcta», dos preguntas: ¿«muchos», en esa fórmula, equivale a «no todos»? ¿implica eso -dice eso- que no todos los hombres se salvarán? Mi apuesta es que la mayoría responderá SÍ a ambas. Y yo creo (al hilo de los que dice el cardenal Arinze) que esa lectura no es la que hace la Iglesia. Y si así fuera, mídanme uds. quiénes son los que necesitarían una catequesis….

Pero, bueno, dirá un impaciente, traducciones aparte, ¿qué estamos diciendo? ¿Estás diciendo que todos se salvarán? Yo no estoy diciendo nada. Lo que dice von Balthasar (y yo me inclino a acordar) es que no sabemos; y que debemos atenernos cuidadosamente a esta ignorancia. No saberlo, y resistir la tentación de hacer hipótesis, censos y cálculos de probabilidades es la actitud correcta del cristiano, la única que da aire a la virtud de la esperanza. Esperanza que no debe referirse exclusivamente —ni siquiera primordialmente— a la salvación propia sino a la de los hombres y la creación toda. Virtud que se funda, en cierta manera, en un no-saber; y que puede fallar por dos vicios contrarios (presunción y desesperación), que serían dos falsos -por prematuros- saberes.

Pero, pero, pero… ¿por qué no puedo hacer un cálculo de probabilidades? Yo puedo aceptar que cualquier persona del mundo, aun la más malvada, tenga un probabilidad no nula de salvarse. Ahora bien, habiendo tantísima gente en el mundo —y tantísima malvada— la probabilidad de que todos se salven… es cero. Mirá: incluso si todas las personas del mundo tuvieran una probabilidad del 99% de salvarse (y es muchísimo decir), eso sólo significaría que se salvarían 99 de cada 100… no nos faltaría gente para ocupar el infierno, vamos.

Estos razonamientos probabilísticos son ridículos, y si embargo, en sus formas menos explícitas, se nos imponen, cuesta resistirlos. Pero, por lo dicho, hay que resistirlos.

La tentación es la misma: querer ver (incluso solo imaginar), en esquemas que quepan en nuestra razón, cosa que quedan fuera de nuestra razón y nuestra imaginación (y ni hablar si estas son matemáticas). Es fácil decir que las obras de Dios están más allá de lo que podemos concebir; pero decirlo es una cosa, y vivirlo es otra. Necesitamos fórmulas para sentir que pisamos firme, para dar cátedra de teología católica en nuestros blogs. Pecado de racionalismo, se me hace.

(De paso, sospecho que la ciencia moderna, con su afán de medir y sus reclamos de claridad matemática, probablemente ha empeorado esto… aunque la más moderna, la cuántica sobre todo, pienso, podría habernos enseñado a acoger con más hospitalidad a las contradicciones aparentes y desconfiar de nuestra pobres y provisionales abstracciones que pretenden erigirse en principios absolutos: ¡o es una onda o es una partícula! ¡o está aquí o está allá! ¡el gato está muerto o vivo, independientemente de que yo abra la caja para mirar!. Pero es dudoso que algo tan abtruso pueda llegar formar parte del saber común, ni siquiera en formulaciones metafóricas -quizás dentro de algunos siglos-, y es dudoso que sirva de algo.)

La cuestión, entonces, sería resistir esa tentación de contemplar, en nuestra imaginación, las cosas grandes, en las que nos va la vida, con una mirada panorámica, como desde afuera, como si fuera una foto o una película. O en todo caso (puesto que esa mirada puede tener alguna utilidad poética o mística en algunos casos) prohibirnos esas mirada cuando lo que está en juego es nuestro obrar, y nuestra libertad; estos se dan en el tiempo, cosa misteriosa y cauce de otros misterios, y aquella mirada es incompatible con estos.

* * *

Se me ocurren un par de ejemplos, a un nivel más modesto —quizás más bien analogías que ejemplos; o quizás malos ejemplos, nomás.

Uno: la paternidad. De los misterios que se dan en este tiempo, la aparición de una nueva vida humana es uno de los más tremendos. Que uno pueda tener parte en él, lo acentúa. Demos por aceptado que es un misterio gozoso, que todo nacimiento es un hecho para festejar. ¿Cómo se concilia esto con la llamada paternidad responsable? Ronda por ahí un argumento implícito a favor de las familias numerosas1que viene a decir: si la vida humana es un bien, mejor tener muchos hijos. El argumento toma más fuerza al contemplar ese hijo vivo, en la imaginación o en la realidad. Ahí tenemos al matrimonio García que está jugando con su séptima hija (Camila, cinco años) ; son felices por tener esa hija, y tienen razón en serlo. Hace seis años no estaban seguros sobre si tener otro hijo, tenían problemas económicos… Pero hoy piensan: haber decidido en aquel momento no tener otro hijo, habría sido lo mismo que decidir que Camila hoy no existiera. Por lo tanto, no hay dudas: elegimos bien.

Y el razonamiento, con su conclusión, puede (quizá suele) trasladarse en el tiempo, para apuntar al futuro. Hoy, diciembre de 2009, mi esposa y yo nos preguntamos si tener otro hijo o no. Imaginemos por un momento que decidimos que sí; a continuación imaginémosnos en diciembre de 2015, en la situación de los García… y no queda más remedio que concluir que la decisión afirmativa es la correcta (y la negativa, poco menos que sacrílega).2 Esto es irrefutable, en sus términos – pero también es absurdo: nos llevaría a concluir que hay engendrar todos los hijos que uno pueda —incluso fuera del matrimonio, si a mano viene.

Dos: la conversión. Que por allí empezó esta entrada, si alguno recuerda a estas alturas. Y, al correr de lo dicho, habría que concluir que las respuestas eran insuficientes porque el planteo era falso. La conversión es, en verdad, un acontecimiento radical, no es algo gradual que ocurre día a día. Pero en cuanto queremos salir con la imaginación de nuestro tiempo para verlo desde afuera, perdemos la única perspectiva verdadera, la que nos pide la conversión mañana -o ahora mismo. Tal vez nuestro ángel pueda, tal vez nostros podamos, en la otra vida, ver esta vida así, como una cinta de cine, y marcar con lápiz rojo nuestra conversión o nuestras conversiones, contar ocurrencias y medir intensidades relativas y coordenadas temporales. Pero ahora, en este tiempo, no podemos hacer eso. Podemos, sí, hacer algo más grande: convertirnos.

 

* * *

—En tus propios libros (habla C.S.Lewis, personaje, a George Mac Donald, el maestro que lo acompaña en su viaje imaginario al mundo de ultratumba)eras universalista. Hablabas como si todos los hombres fueran a salvarse. San Pablo también.

—No puedes saber nada del fin de todas las cosas, o nada expresable en esos términos. Puede ser que, como dijo el Señor a santa Juliana [de Norwich], «todo irá bien, todo estará bien y absolutamente todo estará bien». Pero no hay que hablar de estos asuntos.

—¿Porque son terribles?

—No. Porque todas las respuestas engañan. Si planteas la pregunta desde dentro del tiempo y preguntas sobre posibilidades, la respuesta es clara. La elección de los caminos está ante ti. Ninguno está cerrado. Todo hombre puede escoger la muerte eterna. Y los que la escojan la tendrán. Pero si pretendes saltar a la eternidad, si intentas ver el final de todas las cosas tal como serán cuando ya no haya más posibilidad (por decirlo así) sino sólo realidad, entonces estás buscando respuestas que no son para oídos mortales.
El tiempo es la lente a través de la cuales ves -pequeño y claro… pues los hombres miran por el lado equivocado del telescopio- algo que de otro modo sería demasiado grande para tu mirada. Ese algo es la Libertad: el don por el cual más te pareces a tu Hacedor y vienes a ser parte de la realidad eterna. Pero sólo puedes verla a través de la lente del tiempo, en un cuadro pequeño y claro, por el telescopio invertido. Es un cuadro de instantes que se suceden unos a otros, y tú mismo optando en cada momento de un modo que podría haber sido distinto. Pero ni esa sucesión temporal, ni la imagen fantasma de lo que habrías podido escoger y no escogiste, es en sí misma la libertad. Es una lente. El cuadro es un símbolo: pero es más verdadero que cualquier teorema filosófico (y quizás que cualquier visión mística) que pretenda penetrar más al fondo. Porque todo intento de ver la forma de la eternidad que pretenda prescindir de la lente del Tiempo destruye tu conocimiento de la Libertad.
Fíjate en la doctrina de la predestinación, que muestra (y es verdad) que la realidad eterna no está a la espera de un futuro para ser real; pero lo muestra al precio de suprimir la libertad, que es la verdad más profunda de las dos. ¿Y acaso el universalismo no hará lo mismo? No podemos conocer las realidades eternas por una definición. El tiempo, y los actos y acontecimientos que llenan el tiempo, son lo definido, y eso es lo que hay que vivir.

C. S. Lewis – El gran divorcio

1. Hay que decir que, afortunadamente, no es el único argumento, ni el mejor.

2. Este argumente puede degenerar en una forma particularmente repulsiva: cuando se usa contra el matrimonio que tiene un hijo que fue engendrado «sin querer», como echándoles en cara la culpa de «no haber querido» la existencia de ese hijo, amado hoy. Claro que estas heridas se infieren afectando caridad, al modo melifluo de esos bienintencionados defensores de la vida…

3. Un poco por esto, también, siempre encontré algo absurdo lo de algunos protestantes (Born again), de fechar el momento de su renacer… como dando por hecha la identificación de un momento particular de nuestro pasado con el nuevo nacimiento (la suprema conversión, digamos) que Jesús pide… Sospecho que también este es un error paralelo a los otros, pero sé muy poco del tema.

# | hernan | 23-diciembre-2009