No place like home

He recibido alguna que otra leve crítica del lado católico por ser demasiado crítico con los católicos, y la Iglesia en general. Y -sin ironía- puedo encontrar la crítica digna de consideración, por lo menos.
Por un lado, por la propia salud: la propia tendencia a llevar la contra, a hacer de abogado del diablo, puede llevar para el lado de los tomates; y si está bien resistir a los sectarismos (católicos incluidos), tampoco es cuestión de hacer de eso una militancia jactanciosa. Está claro, al menos en teoría.
Por otro lado, está la relación con el objeto, en este caso la Iglesia. El lector de afuera, antes que sentirse edificado por la (pretendida) honestidad autocrítica puede ver en esa actitud un signo de falta de amor, de entusiamo y de confianza; y eso no es dar testimonio de fe, es más bien escandalizar que evangelizar.
Y aun olvidándonos del efecto producido en el prójimo (de adentro y de afuera) podemos preguntarnos si ese signo no tiene algo de verdad. Y esto es lo más preocupante, a mi ver. Es decir: uno critica y critica, y se dice que eso no significa mengua en la fe y en el amor; pero ¿podemos estar seguros? ¿Acaso todo apóstata no empezó así? ¿No será que íntimamente estamos dejando de creer y de amar, que en el fondo hemos renegado? ¿Podemos ver claro en nosotros mismos, para discernir si esa voz crítica no expresa un núcleo de creencia -o des-creencia- más auténtico que la otra voz, la de las creencias insinceras y resecas, destinadas a morir? Con demasiada grandilocuencia lo digo; no es que la pregunte se me plantee con colores así de fuertes. Pero un lugarcito debe asignársele a la cuestión, y a la inquietud consiguiente.

Hablando por mí (como siempre), diría que una de las respuestas más patentes a la cuestión es el sentimiento experimentado al tener noticia de una conversión (o regreso o como quiera llamárselo) a la Iglesia de un prójimo. Me digo que no podría sentir una alegría así de intensa, pura y simple al saber que alguien vuelve a casa, si no creyera íntimamente que es una dicha habitar esa casa.
Y por lo mismo, me alegro de alegrarme.

Por cierto, pueden imaginarse casos análogos, fuera de lo religioso. Puede uno posar de cínico o nihilista, incluso ante sus propios ojos, y proclamar que la vida es puro dolor, o que el amor entre hombre y mujer no es más que un comercio de placeres egoístas y malentendidos mutuos… hasta que al descubrir una alegría pura en su interior al saber de un nacimiento, o al ver a dos enamorados abrazados, comprueba que su cinismo -por suerte- no ha calado hasta el fondo. Lo mismo con algunos (incluso casados… sobre todo casados) que hablan pestes del matrimonio («¡no te cases!»), parte en serio, parte en broma; o algunos (incluso católicos «practicantes»… sobre todo católicos «practicantes») que despotrican de los curas y de las monjas («al clero mejor tenerlo bien lejos»)…
Y acaso, contra todo pesimismo que dice que la vida es demasiado penosa (y quién no lo ha dicho o pensado alguna vez), para demostrarnos que -afortunadamente- en el fondo eso no lo creemos, tenemos (sin necesidad de hacer el experimento del personaje de Chesterton**) la evidencia análoga… invertida: la tristeza pura, negra y maciza al saber del suicidio de un prójimo.


*No estoy pensando en conversiones de personajes públicos; esas también pueden alegrar, pero son otra cosa, y para el caso no cuentan. Tampoco al ese escritor de ciencia ficción que comenta Mark Shea; aunque este caso tiene más tela para cortar.

** El personaje de Chesterton simplemente amaga con pegarle un tiro al pesimista. En su momento, no me resultó convincente: me dije que la reacción instintiva de uno -la de no querer morir- no podía llegar nunca a refutar de por sí una convicción intelectual -la de que vivir no vale la pena-. A la luz de esto que estoy considerando (y viendo que al parecer en aquel tiempo yo era algo más intelectualista que hoy) debería repensarlo, supongo.
# | hernan | 27-marzo-2008