Los buenos de la película

A propósito de una de las varias películas recomendables que vi estos días: Tokyo Story (Tokyo monogatari – «Cuento(s) de Tokio» – creo que el plural es injustificado), Japón, 1953. tokyostory Todo un clásico, de un director muy respetado y querido, y que yo acabo de conocer: Yasujiro Ozu. Un par de críticas: en inglés y español[para bajar: hash]

Resumo: un matrimonio de edad, del interior de Japón, visita (por primera y última vez) a sus hijos que viven en la moderna y agitada Tokio de 1950. El viaje no es un éxito: los hijos están ocupados, viven con sus propias familias y sus problemas, en un mundo distinto, apenas atienden a sus padres y no saben bien qué hacer con ellos. Sólo la nuera, Noriko, viuda de un hijo de ellos, muerto en la guerra, los trata con amabilidad. Ella sacrifica un día de su trabajo (miente que tenia el día libre) para sacarlos a pasear y les brinda hospitalidad en su minúsculo departamento de viuda joven, sola y pobre… Durante el viaje de regreso, la madre se siente mal, y a poco de llegar a su casa, muere. Los hijos (los dos de Tokio, más otro que vive en una ciudad de paso, más la hija menor que aún vive en la casa paterna) junto con el padre y la nuera asisten a la agonía y al funeral, y después todos vuelven a lo suyo. La última en irse es  la nuera, siempre amable y sonriente ella (cierto es que los japoneses sonríen mucho…)

El caso es que me ha dejado cierta impresión profunda, esta Noriko. A algún espectador le ha resultado un personaje demasido bondadoso, irreal, como una caricatura que contrasta con las de los hijos desamorados. Pero, de uno y otro lado, eso es injusto; nada de caricaturas. Sí puede decirse que ella es la buena de la película; pero es un personaje real y complejo. Y su bondad es tan patente… como ambigua. Antes de irse, cerca del final, mantiene dos diálogos significativos; primero con la cuñada menor, casi adolescente, ingenua…

—Me alegra que te hayas quedado unos días. No como mis hermanos… Deberían haberse quedado más tiempo.
—Tienen trabajo.
—Son unos egoístas. Sólo saben pedir, y luego escapan.
—Tienen asuntos que atender, como tú tienes los tuyos.
—¿Cómo pudo Shije pedirme así aquel vestido de mamá? Es una insensible.
—No te enfades con ella.
—Me da pena por mi madre. No se lo merecía. Un desconocido le habría mostrado más respeto. Sólo piensan en ellos mismos. No les importa nada más.
—Kyoko, yo a tu edad sentía como tú. Pero es algo natural. Con el tiempo, los hijos y los padres se alejan. A la edad de Shije, una mujer tiene su propia vida, y su familia tiene prioridad. Tu hermana no actúa con mala intención. Es normal que ponga por delante su propia felicidad.
—¿Tú crees? Yo no quiero ser así, egoísta y fría. Es horrible.
—Lo es. Pero todos los hijos terminan comportándose así. Es cuestión de tiempo.
—¿Tú también serás así?
—Sí, imagino que sí, aunque sea a mi pesar.
—La vida es decepcionante ¿no?
—Sí, puede ser.

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… y luego con el suegro viudo:

—Muchas gracias por todo.
—Pero si no he hecho nada.
—Sí, nos has ayudado muchísimo. Mi difunta esposa me contó lo buena que fuiste con ella la noche que se quedó a dormir en tu casa. Estaba muy feliz. Dijo que aquella fue la mejor noche de todas las que pasó en Tokio. Te lo agradezco.
—No fue nada.
—A ella le preocupaba tu futuro. No puedes seguir sola toda la vida. Aprovecha tu juventud. Debes casarte, y cuanto antes, mejor para ti. Olvídate de Soji, ya hace tiempo que murió. Me apena verte tan sola. Debes intentar reconstruir tu vida, ser feliz.
—No me diga esas cosas.
—Es la verdad. Eres una jovencita maravillosa. Mi esposa siempre lo decía.
—Creo que ella me sobrevaloraba.
—Te equivocas.
—En el fondo, no soy tan buena. No tan buena como ella pensaba. Y si continúa me sonrojaré, se lo digo en serio. Me hace avergonzar.
—Eres muy buena.
—No, soy muy egoísta, y no siempre pienso en su hijo, aunque les haya dado otra impresión.
—Deberías olvidarlo del todo.
—A veces, paso días enteros sin pensar en él. Cada vez lo recuerdo menos… A veces me digo que no puedo seguir sola eternamente. Hay noches que paso en vela, pensando en qué será de mí, si sigo así…. Cada noche que pasa siento crecer la impaciencia… Mi corazón parece estar esperando algo… Puro egoísmo.
—No es así.
—Sí, es así. Pero esto no pude decírselo a su esposa.
—No te preocupes. Eres una mujer excelente y generosa.
—(al borde del llanto) ¡No, no lo soy!

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Los que sólo ven la caricatura, verán aquí un exceso de humildad de parte de Noriko: no admite los elogios y se confiesa egoísta porque tiene autoexigencias muy altas (en suma, negar su propia bondad sería un signo extra de su bondad). Como el santo que se acusa por faltas nimias. Yo no lo creo. Lo que creo… difícil que pueda explicarlo. Pero lo intento, porque me importa – y no se trata de crítica de cine.

Primero, creo que Noriko es sincera, y es lúcida. Como lo es cuando disculpa a sus cuñados. No es que esté siendo indulgente con los otros y severa consigo misma. Admite que ellos son egoístas y ella no… todavía. Pero este “todavía” viene a decir que la diferencia no es determinante, que depende de circunstancias externas. Si ella no es egoísta, si le resulta fácil y natural ser amable con sus suegros, eso es un mérito muy problemático; la vida que lleva, tokyo-storysolitaria y despojada, no la ha endurecido (todavía), y acaso en ese aferrarse a esa vida suya de viuda joven (vida apocada y chata, y, por lo mismo, más propicia para brindar hospitalidad y afecto; incluso por necesidad de sentirse útil) haya algo de comodidad y hasta de egoísmo. Aquel dicho “En un tiempo yo creí estar cerca de la santidad; años después comprendí que sólo era que tenía buena salud”, puede aquí venir a cuento… quizás.

Pero hay algo más, y que me importa más. Lo que tortura a Noriko, creo, lo que se trasluce en el diálogo con el suegro, y que termina quebrándola, es la conciencia de que le ha tocado llenar ese rol: el de la buena de la pelicula. Es un rol arduo, un yugo incómodo de cargar. Tensión difícil de soportar: De un lado, aquella lucidez que le impide verse a sí misma como buena (al menos no con aquella bondad merecedora de encomio o recompensa), y que la acusa a sus propios ojos de hipocresía e impostura. Y del otro lado (sin esto, no habría tal tensión) la conciencia de que es necesario llenar ese rol, que alguien tiene que ser el bueno de la película, y que le ha tocado a ella.

Es necesario el rol, porque hace bien. El bien que ella ha hecho a su suegros no es solamente el de sus actos benéficos —por sí solos, aislados de la persona del benefactor—, sino también, y sobre todo, darles ocasión de que ellos puedan evocarla como buena persona, y holgarse en esa certeza. Que puedan decirse (y decirle), con alegría y gratitud: “¡Qué buena es Noriko!”.

Y es vital que los hombres podamos decir eso, con convicción y fundamento, de vez en cuando. Sin eso, se nos hace difícil respirar. Incluso los malos de la película, los hijos fríos y egoístas (o simplemente vulgares, comunes)… acaso ellos también, a su modo, con dosis variables de simpatía y de desprecio, necesitan decirlo. Un punto de referencia, un faro. O una especie de chivo expiatorio… al revés. Pero, claro, el que tiene que ocupar el rol, no tiene punto de referencia; está solo y a oscuras.

 

—Es la fuerza de los Karamazov, como dijo el padre Paisy el otro día; esta fuerza primitiva, salvaje, terrena… ¿El Espíritu de Dios puede más que ella, en mí? No lo sé. Sólo sé que soy, también yo, un Karamazov…. Yo, un religioso… Pero, ¿soy yo un religioso, Lisa? Usted lo afirmó hace poco.
—Sí, claro.
—Y, sin embargo, yo … acaso ni siquiera creo en Dios.
—¿Que usted no cree? ¿Qué le pasa? – articuló Lisa en voz baja y contenida.
Pero Aliosha no contestó. En estas palabras suyas había algo demasiado misterioso e íntimo, algo que para ni él mismo resultaba claro, pero que lo torturaba…

Los hermanos Karamazov (F. Dostoyevsky)

 

—Yo también soy mitad oscuridad…
Nausicaä (Miyazaki)

nausicaa

 

A menudo me pregunto qué es lo que Dios saca de mí realmente en esta situación — ni fe, ni amor — ni siquiera sentimientos. No puedo explicarle lo mal que me sentí el otro día — hubo un momento en el que casi me rehusé a aceptar — Tomé el Rosario con determinación y muy despacio, sin meditar ni pensar — lo dije lenta y calmadamente. El momento pasó — pero la oscuridad es tan oscura y el dolor tan doloroso — Acepto sin embargo todo lo que Él me dé y le doy todo lo que Él tome. Personas me dicen que se sienten más cerca de Dios — al ver mi gran fe — ¿No es esto engañar a la gente? Cada vez que he querido decir la verdad –‘que no tengo fe’- las palabras simplemente no me vienen — mi boca permanece cerrada — y sin embargo, continúo sonriendo siempre a Dios y a todos.

Madre Teresa de Calcutacarta

# | hernan | 30-julio-2015

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