esperando nacer
miércoles, 23 diciembre 2009
Este es el tiempo
Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea:
«Convertíos, porque el Reino de los Cielos es llegado.»

Mt. 3-1

El llamado a la conversión, característico del Adviento. A la espera del que viene, necesitamos convertirnos —nos dicen, y nos decimos.

Pero ¿cómo habrá que entender eso? Por ejemplo ¿cómo lo entiende el converso? Pongamos que uno se convirtió (en algún sentido amplio, pero fuerte) tal día de tal año, uno tiene marcada esa fecha con una cruz grandota en la línea de su vida: «mi conversión». ¿Puede uno entonces responder a esta exhortación de Adviento: «Yo ya me convertí»? No, no, claro que no, nos atajamos rápido — todos necesitamos convertirnos, no somos santos, etc etc. Es la respuesta devotamente correcta, pero no aclara mucho.

Para empezar, no aclara la relación de una conversión con otra. ¿Qué es, al fin y al cabo, eso que san Juan Bautista y la Iglesia nos piden? ¿Vendría a ser una segunda conversión? ¿Y después de esa, si se me da... tendré que seguir pidiendo otra más, o ya está? Hummmhh... ¿O será acaso que esa conversión no se refiere a un acontecimiento puntual y datable en mi biografía, sino de algo incremental, que ocurre sin solución de continuidad? ¿«Conviértete» vendría a ser como decir «Sé un poco mejor cada día»? Esa interpretación disolvería la dificultad... pero al precio de disolver la exhortación. Si de eso se tratara, no parece que hubiera que tomarlo tan a la tremenda; y, por cierto, «conversión» resultaría una palabra excesiva para algo tan poco radical. En fin, ninguna de las respuestas parece satisfactoria. ¿Y entonces?

* * *

Releí estos días el «Tratado sobre el infierno» de Urs von Balthasar — en realidad, son dos ensayos, el segundo como respuesta a la polvareda que levantó el primero. Sostiene allí UvB que el cristiano puede (y aun debe) «esperar por todos» : ansiar y pedir que todos los hombres se salven.

A muchos teólogos esto les pareció absurdo o herético, puesto que uno no puede esperar ni pedir algo que tiene (en su saber o en su fe) por imposible: sería tan absurdo como rezar para que no haya sucedido algún suceso que, según sabemos, ya sucedió. Y, afirman estos teólogos, el cristiano sabe que no todos los hombres se salvarán: no sabe cuántos ni cuáles, pero sí que algunos se condenarán —y este saber forma parte de nuestra fe. No será un dogma explícito, pero sí un corolario que se sigue del dogma de la existencia del Infierno y la teología del pecado mortal, lo cual a su vez se fundamenta en la Escritura y la Tradición: en especial, varios dichos de Cristo en los evangelios.

A mí me pareció respetable la objeción; pero me pareció más respetable la respuesta de von Balthasar (sin que ninguno de estos «me parece» implique un juicio mínimamente seguro). Los interesados en conocer su respuesta tendrán que leer el librito, me temo. Aunque tal vez resuma o cite algo otro día. Pero...

El tema salió un poco al tapete estos días por la nueva traducción del misal argentino, que en la fórmula de la consagración, en lugar de «sangre derramada por todos» ahora dirá «por muchos». Acá pueden leer las consideraciones atinadas del cardenal Arinze al respecto. Y en muchos sitios católicos tradicionalistas pueden leer los festejos, menos atinados, al respecto —siempre muy preocupados ellos por las malas interpretaciones... de los otros. Y siempre muy satisfechos ellos con sus racionalizaciones librescas, dichosamente vacunados contra aporías y perplejidades. Estos defensores de la ortodoxia no tienen problema en conciliar justicia y misericordia divina, incluso desde acá abajo, y no ven nada escandaloso o intranquilizador en la noción de que la libertad del hombre pueda frustrar la plenitud de la redención. Se llenarán la boca, sí, con «misterio», con la «inmensa dignidad» y el «terrible poder de la libertad humana»... etc; pero, según se ve, el misterio y la terribilidad del asunto no les roza la piel: ellos se ven cómodos y con aire acondicionado.

En sintonía con aquellos teólogos que se oponían a von Balthasar, estos saben. Saben más que la Iglesia, me temo.

«Sea N el número total de condenados; no sabemos el valor preciso de N, dicen estos, pero sabemos que N es mayor que cero. Un teorema que te demuestro en un santiamén, por el absurdo, con cuatro versículos evangélicos, tres citas de los Padres y dos revelaciones privadas.»

Ahora bien... Ponele que damos por válido y neto el distingo: «Cristo derramó su sangre por Fulano» puede significar que «Cristo quiso salvar a Fulano» (intención salvífica, digamos) o bien que «Cristo logró salvar a Fulano» (eficacia salvífica, digamos)... Con lo cual la traducción «por todos», si se leyera en sentido eficaz implicaría que todos están salvados (universalismo), lo que ciertamente la Iglesia no enseña; ponele que aceptamos que hay un riesgo de malinterpretación por ahí —aunque dudo que el católico más ignorante y más laxo lo haya leído así. Ahora, simétricamente, si interpretamos que «muchos» significa «muchos, pero no todos», tenemos no ya un riesgo sino dos. Además de poder malinterpretarlo por el lado intencional, como si Cristo no hubiera querido dar la vida por ciertos hombres (doble predestinación - aceptable para un calvinista, nunca para un católico), también hay peligros con el sentido eficaz (negativo, limitante) que se le puede dar a la expresión. ¿O no?

Experimento pensado: hagamos una encuesta entre los que se alegraron de la nueva traducción, los que la tienen como "la teológicamente correcta", dos preguntas: ¿«muchos», en esa fórmula, equivale a «no todos»? ¿implica eso -dice eso- que no todos los hombres se salvarán? Mi apuesta es que la mayoría responderá SÍ a ambas. Y yo creo (al hilo de los que dice el cardenal Arinze) que esa lectura no es la que hace la Iglesia. Y si así fuera, mídanme uds. quiénes son los que necesitarían una catequesis....

Pero, bueno, dirá un impaciente, traducciones aparte, ¿qué estamos diciendo? ¿Estás diciendo que todos se salvarán? Yo no estoy diciendo nada. Lo que dice von Balthasar (y yo me inclino a acordar) es que no sabemos; y que debemos atenernos cuidadosamente a esta ignorancia. No saberlo, y resistir la tentación de hacer hipótesis, censos y cálculos de probabilidades es la actitud correcta del cristiano, la única que da aire a la virtud de la esperanza. Esperanza que no debe referirse exclusivamente —ni siquiera primordialmente— a la salvación propia sino a la de los hombres y la creación toda. Virtud que se funda, en cierta manera, en un no-saber; y que puede fallar por dos vicios contrarios (presunción y desesperación), que serían dos falsos -por prematuros- saberes.

Pero, pero, pero... ¿por qué no puedo hacer un cálculo de probabilidades? Yo puedo aceptar que cualquier persona del mundo, aun la más malvada, tenga un probabilidad no nula de salvarse. Ahora bien, habiendo tantísima gente en el mundo —y tantísima malvada— la probabilidad de que todos se salven... es cero. Mirá: incluso si todas las personas del mundo tuvieran una probabilidad del 99% de salvarse (y es muchísimo decir), eso sólo significaría que se salvarían 99 de cada 100... no nos faltaría gente para ocupar el infierno, vamos.

Estos razonamientos probabilísticos son ridículos, y si embargo, en sus formas menos explícitas, se nos imponen, cuesta resistirlos. Pero, por lo dicho, hay que resistirlos.

La tentación es la misma: querer ver (incluso solo imaginar), en esquemas que quepan en nuestra razón, cosa que quedan fuera de nuestra razón y nuestra imaginación (y ni hablar si estas son matemáticas). Es fácil decir que las obras de Dios están más allá de lo que podemos concebir; pero decirlo es una cosa, y vivirlo es otra. Necesitamos fórmulas para sentir que pisamos firme, para dar cátedra de teología católica en nuestros blogs. Pecado de racionalismo, se me hace.

(De paso, sospecho que la ciencia moderna, con su afán de medir y sus reclamos de claridad matemática, probablemente ha empeorado esto... aunque la más moderna, la cuántica sobre todo, pienso, podría habernos enseñado a acoger con más hospitalidad a las contradicciones aparentes y desconfiar de nuestra pobres y provisionales abstracciones que pretenden erigirse en principios absolutos: ¡o es una onda o es una partícula! ¡o está aquí o está allá! ¡el gato está muerto o vivo, independientemente de que yo abra la caja para mirar!. Pero es dudoso que algo tan abtruso pueda llegar formar parte del saber común, ni siquiera en formulaciones metafóricas -quizás dentro de algunos siglos-, y es dudoso que sirva de algo.)

La cuestión, entonces, sería resistir esa tentación de contemplar, en nuestra imaginación, las cosas grandes, en las que nos va la vida, con una mirada panorámica, como desde afuera, como si fuera una foto o una película. O en todo caso (puesto que esa mirada puede tener alguna utilidad poética o mística en algunos casos) prohibirnos esas mirada cuando lo que está en juego es nuestro obrar, y nuestra libertad; estos se dan en el tiempo, cosa misteriosa y cauce de otros misterios, y aquella mirada es incompatible con estos.

* * *

Se me ocurren un par de ejemplos, a un nivel más modesto —quizás más bien analogías que ejemplos; o quizás malos ejemplos, nomás.

Uno: la paternidad. De los misterios que se dan en este tiempo, la aparición de una nueva vida humana es uno de los más tremendos. Que uno pueda tener parte en él, lo acentúa. Demos por aceptado que es un misterio gozoso, que todo nacimiento es un hecho para festejar. ¿Cómo se concilia esto con la llamada paternidad responsable? Ronda por ahí un argumento implícito a favor de las familias numerosas1 que viene a decir: si la vida humana es un bien, mejor tener muchos hijos. El argumento toma más fuerza al contemplar ese hijo vivo, en la imaginación o en la realidad. Ahí tenemos al matrimonio García que está jugando con su séptima hija (Camila, cinco años) ; son felices por tener esa hija, y tienen razón en serlo. Hace seis años no estaban seguros sobre si tener otro hijo, tenían problemas económicos... Pero hoy piensan: haber decidido en aquel momento no tener otro hijo, habría sido lo mismo que decidir que Camila hoy no existiera. Por lo tanto, no hay dudas: elegimos bien.

Y el razonamiento, con su conclusión, puede (quizá suele) trasladarse en el tiempo, para apuntar al futuro. Hoy, diciembre de 2009, mi esposa y yo nos preguntamos si tener otro hijo o no. Imaginemos por un momento que decidimos que sí; a continuación imaginémosnos en diciembre de 2015, en la situación de los García... y no queda más remedio que concluir que la decisión afirmativa es la correcta (y la negativa, poco menos que sacrílega).2 Esto es irrefutable, en sus términos - pero también es absurdo: nos llevaría a concluir que hay engendrar todos los hijos que uno pueda —incluso fuera del matrimonio, si a mano viene.

Dos: la conversión. Que por allí empezó esta entrada, si alguno recuerda a estas alturas. Y, al correr de lo dicho, habría que concluir que las respuestas eran insuficientes porque el planteo era falso. La conversión es, en verdad, un acontecimiento radical, no es algo gradual que ocurre día a día. Pero en cuanto queremos salir con la imaginación de nuestro tiempo para verlo desde afuera, perdemos la única perspectiva verdadera, la que nos pide la conversión mañana -o ahora mismo. Tal vez nuestro ángel pueda, tal vez nostros podamos, en la otra vida, ver esta vida así, como una cinta de cine, y marcar con lápiz rojo nuestra conversión o nuestras conversiones, contar ocurrencias y medir intensidades relativas y coordenadas temporales. Pero ahora, en este tiempo, no podemos hacer eso. Podemos, sí, hacer algo más grande: convertirnos.

* * *

—En tus propios libros (habla C.S.Lewis, personaje, a George Mac Donald, el maestro que lo acompaña en su viaje imaginario al mundo de ultratumba) eras universalista. Hablabas como si todos los hombres fueran a salvarse. San Pablo también.

—No puedes saber nada del fin de todas las cosas, o nada expresable en esos términos. Puede ser que, como dijo el Señor a santa Juliana [de Norwich], «todo irá bien, todo estará bien y absolutamente todo estará bien». Pero no hay que hablar de estos asuntos.

—¿Porque son terribles?

—No. Porque todas las respuestas engañan. Si planteas la pregunta desde dentro del tiempo y preguntas sobre posibilidades, la respuesta es clara. La elección de los caminos está ante ti. Ninguno está cerrado. Todo hombre puede escoger la muerte eterna. Y los que la escojan la tendrán. Pero si pretendes saltar a la eternidad, si intentas ver el final de todas las cosas tal como serán cuando ya no haya más posibilidad (por decirlo así) sino sólo realidad, entonces estás buscando respuestas que no son para oídos mortales.
El tiempo es la lente a través de la cuales ves -pequeño y claro... pues los hombres miran por el lado equivocado del telescopio- algo que de otro modo sería demasiado grande para tu mirada. Ese algo es la Libertad: el don por el cual más te pareces a tu Hacedor y vienes a ser parte de la realidad eterna. Pero sólo puedes verla a través de la lente del tiempo, en un cuadro pequeño y claro, por el telescopio invertido. Es un cuadro de instantes que se suceden unos a otros, y tú mismo optando en cada momento de un modo que podría haber sido distinto. Pero ni esa sucesión temporal, ni la imagen fantasma de lo que habrías podido escoger y no escogiste, es en sí misma la libertad. Es una lente. El cuadro es un símbolo: pero es más verdadero que cualquier teorema filosófico (y quizás que cualquier visión mística) que pretenda penetrar más al fondo. Porque todo intento de ver la forma de la eternidad que pretenda prescindir de la lente del Tiempo destruye tu conocimiento de la Libertad.
Fíjate en la doctrina de la predestinación, que muestra (y es verdad) que la realidad eterna no está a la espera de un futuro para ser real; pero lo muestra al precio de suprimir la libertad, que es la verdad más profunda de las dos. ¿Y acaso el universalismo no hará lo mismo? No podemos conocer las realidades eternas por una definición. El tiempo, y los actos y acontecimientos que llenan el tiempo, son lo definido, y eso es lo que hay que vivir.

C. S. Lewis - El gran divorcio

1. Hay que decir que, afortunadamente, no es el único argumento, ni el mejor.

2. Este argumente puede degenerar en una forma particularmente repulsiva: cuando se usa contra el matrimonio que tiene un hijo que fue engendrado «sin querer», como echándoles en cara la culpa de «no haber querido» la existencia de ese hijo, amado hoy. Claro que estas heridas se infieren afectando caridad, al modo melifluo de esos bienintencionados defensores de la vida...

3. Un poco por esto, también, siempre encontré algo absurdo lo de algunos protestantes (Born again), de fechar el momento de su renacer... como dando por hecha la identificación de un momento particular de nuestro pasado con el nuevo nacimiento (la suprema conversión, digamos) que Jesús pide... Sospecho que también este es un error paralelo a los otros, pero sé muy poco del tema.

hernan   ~   23/12/2009   ~  # comentar
domingo, 13 diciembre 2009
Aguante... para no dejarlo mal
A causa de la entrada anterior, caí a rehojear «Los papeles de Benjamín Benavides», una de las pocas novelas de Castellani. Bah, no sé si novela o ensayo novelado. Tampoco sé si es buena novela —diría que no; o si es de lo mejor de Castellani —diría que sí. En todo caso, de lo más representativo de Castellani: ahí está él, casi entero, con sus más y sus menos. Epa, entonces, juntando A con B (mejor obra : mala novela) ¿no hay que concluir que el cura vale poco como escritor? No. No me parecerá buena novela pero sí buen libro. Aunque, igual que con Bloy, no es algo que recomendaría fácilmente. Cuestión de gustos, póngale. Y veo ahora que me sigue gustando y generando tanta empatía como antaño. En rigor, bastante más. Párrafos que antes pasaba medio por arriba, ahora los veo mucho más sustanciosos (quizás más que la parte ensayística) y... sabios, si me permiten la palabra. Iré citando algunas cositas. Como esta.
Tengo tristeza de la crueldad humana. La crueldad humana anda suelta. Esta época es dura. Ha habido tantas injusticias y brutalidades en esta guerra, que la gente se ha endurecido, cada uno parece haber dicho: «¡Sálvese quien pueda, y el prójimo contra una esquina!» Aquí en Roma hay muchísima liviandad, las mujeres parecen haberse desequilibrado con el alboroto de la guerra (y los hombres son de por sí desequilibrados) y en las iglesias no hacen más que predicar contra la liviandad, pero la crueldad es peor. Aunque creo que las dos cosas marchan juntas. Quisiera estar escondido en un rincón de la Patagonia cavando la tierra y enseñando a la gente a ser buenos unos con otros, pero ni para eso sirvo. Por de pronto, ahora estoy detenido, con prohibición de salir, y a disposición del sargento sumariante. Y tengo miedo por don Benya y por mi niñita enferma.

Son las dos, y no tengo ni pizca de sueño, aunque me duelen los ojos y la cabeza. No dormiré en toda la noche, lo estoy viendo como si lo hubiese pasado. Mi madre y mis hermanos muertos sin haberlos vuelto a ver, mi familia no me quiere, no tengo nada que hacer en el mundo, estoy solo. A lo mejor se me muere la nena, y se muere la señora de la Embajada... ¿De dónde habrá sacado don Benya que no es cáncer? Pamplinas. El sí que tiene un buen cáncer encima ahora.

Hay para suicidarse. Pero el viejo del camp no se ha suicidado, no, no se ha....

«No dejarlo mal a Dios —dice don Benya—. Aguantar para no dejarlo mal a Dios. Que Dios, por lo menos por nosotros, no haga un mal papel en este mundo

Leonardo Castellani - Los papeles de Benjamín Benavides - (fin del cuaderno 3)

El contexto no dice mucho, pero al menos deja claro (creo) que lo de «que Dios no haga un mal papel por culpa nuestra» no se refiere a cosas como la conducta de los cristianos en el mundo, etc. — no se trata de hacer quedar mal al cristianismo ante los incrédulos. Creo. Es otra cosa, mucho más fundamental. Aunque uno fuera el último hombre en la isla desierta, también tendría que aguantar (mantener el ánimo - no suicidarse - sursum corda) ... para no dejar mal a Dios. Es un poco como lo de «dar gloria a Dios» («Laudem Gloriae»), expresado —en las letras y en la vida— de una manera algo tortuosa. Pero es que tal vez ya no nos quede otra manera.
hernan   ~   13/12/2009   ~  # comentar
viernes, 11 diciembre 2009
Jueces y partes
... Yo no quise discutir con él. Era demasiado discutidor. Como les enseñan la Teología disputando, muchos teólogos parecen más abogados que hombres de ciencia; es decir, ergotizadores aptos para buscar y hacer argumentos, a veces sutilísimos, en pro de una tesis que les dan a defender —o la contraria— más bien que pensadores sedientos de la Verdad.

Pero quizás así tiene que ser. No de balde son los «defensores del dogma». Les dan un dogma a defender y el oficio de ellos es defenderlo de cualquier forma...

Lo decía el padre Castellani, por boca del personaje relator de «Los papeles de Benjamín Benavides». Y se me hace que lo último hay que leerlo en clave irónica (si la teología debiera limitarse a ser una defensa del dogma, Castellani no hubiera escrito ese libro... para empezar) — pero no se trata ahora de eso.

Se trata de que yo suelo usar por aquí la palabra «abogado» en aquel sentido... peyorativo. Y un amigo que pertenece al gremio me lo ha reprochado amablemente.

Primero: es claro que no me refiero la profesión en el sentido amplio, sino en el restrigido (pero típico), al rol de «abogado de parte»: el que actúa como defensor o fiscal en un juicio. «Abogado» de «abogar».

Segundo: es claro también que ese rol de abogado defensor, que se dedica a forjar argumentos y rebuscar hechos para presentarlos de la manera más favorable a su causa, no tiene nada de condenable. Al contrario, es lícito, meritorio y necesario. (Casuísticas aparte, que no sé nada de esa ética particular - demos por supuesto que el ejercicio ordinario de ese rol se corresponde con el lícito). Yo, de hecho, un poco por temperamento contrera, me siento atraído por el papel del abogado del diablo; y siempre he pensado que debería fomentarse la práctica —deportiva, digamos; pero con fines formativos— de defender una causa en la cual uno no cree.

Ahora bien, ese rol es justo y necesario en un marco: el de un juicio. Con un juez que dictamina después de escuchar a las dos partes... y que no es parte. Tiene sentido la existencia del abogado de parte si y solo si sirve para que el juez vea todos los aspectos de la cuestión y pueda juzgar más rectamente.

Y a mí lo que me molesta es la confusión de los roles: que el abogado de parte olvide su lugar dentro del marco. Que confunda el alegato con la sentencia. Que pretenda ser juez y parte, en suma.

A esto apuntan, quiero creer, mis usos peyorativos de la palabra... No sólo en referencia a los escritos panfletarios que abundan en el ambiente, a tantos alegatos presentados al público como si fueran los considerandos de la sentencia. Sino también, y sobre todo, a la instancia previa, la deliberación (¿le parece que escriba «ad intra», Jeeves? ¿no?) interna.

También en nuestra inteligencia se da ese marco, y no por nada su acto primordial es el de juzgar. Ahora, cuando en nuestro interior dejamos que el abogado se atribuya el papel de juez... sonamos. Todo el trabajo de nuestra inteligencia queda viciado, desviado de su fin natural —de ahí lo de «prostitución de la inteligencia». Y perdemos el juicio.

Por caso, todo lo que antecede no es más que el alegato de mi abogado defensor.

hernan   ~   11/12/2009   ~  # comentar
viernes, 4 diciembre 2009
Breves
Me gusta el discurso del Papa a los artistas. Y no porque cite a Simone Weil y Dostoyevsky - bueno, también por eso.
Combinar a Totoro con Chesterton es una de esas cosas que nunca se me hubieran ocurrido - y que, por lo mismo, me convencen de mi falta de imaginación.
Los que gustan de pegar en sus blogs o autos esas cintitas de colores concientizadoras (awareness ribbons) ¿llegará a tomar conciencia un día de que nos tienen podridos?
La voz de C. S. Lewis, en Youtube (sólo la voz).
Me hace gracia descubrir que la frase de Unamuno "¡Que inventen ellos!" tiene una entrada individual en la Wikipedia. No sabía que era tan famosa, al punto de ser considerado un tópico (¿realmente lo será?).
Mariluz Hurtado es una peruana residente en Miami, integrante de un grupo de música andina Kuyayky, que tuvo la amable ocurrencia de grabar voz y bombo sobre la guitarra de un servidor - una versión de "Agitando pañuelos" que había subido a Youtube. (De paso: estoy probando este soporte para guitarras y me parece recomendable.)
Quedó lindo, creo yo.
hernan   ~   04/12/2009   ~  # comentar
miércoles, 2 diciembre 2009
Variaciones sobre el tema del mandarín
Descubro que el «dilema del mandarín», ya mentado por aquí, aparece en Papá Goriot (mejor traducción sería "El tío Goriot", o "El viejo Goriot"), una novela de Balzac que yo había leído hace tiempo:
—Estoy atormentado por malas ideas.
—¿De qué clase? Las ideas se curan.
—¿Cómo?
—Sucumbiendo a ellas.
—Te ríes sin saber de qué se trata. ¿Has leído a Rousseau?
—Sí.
—¿Te acuerdas de aquel pasaje en el que pregunta a su lector lo que haría, en el caso en que él pudiera enriquecerse, matando en la China a un viejo mandarín, sólo con su voluntad, sin moverse de Paris?
—Sí.
—¿Y bien?
—¡Bah! Yo voy por mi mandarín número treinta y tres.
—No bromees. Vamos, ¿si estuviera probado para ti, que tal cosa es posible y que te bastaría un gesto de la cabeza, lo harías?
—¿El mandarín es viejo? Pero, ¡bah!... Joven o viejo, paralítico o sano, a fe mía... ¡Diablos! pues, no.
Seguramente por este medio lo había conocido, pienso, y por eso lo asociaba a Rousseau. Pero dicen que Balzac se equivoca en ese detalle: Rousseau no planteaba esa pregunta, sino Chautebriand, quien a su vez habría tomado el caso de Diderot o de Adam Smith -o de ambos.

Procedencias aparte, estaba yo pensando algunas variaciones.

Primero, pongamos que en lugar de quitar la vida se trata de dinero. Y multipliquemos los chinos. Se da el caso que mis habilidades de hacker, o mi suerte, me dan la posibilidad de transferir unos pocos centavos de todas las cuentas bancarias de China y pasarlas a la mía, sin que nadie pueda advertirlo. Estaría mal, ya lo sé. Pero... ¿de veras lo sé? ¿Estoy convencido de que "está mal"? ¿Por qué? ¿Realmente hago mal a alguien? Si el mal causado, al fraccionarse en partes infinitesimales, resulta imperceptible ¿sigue siendo mal? ¿Cómo se comparan la culpa y el daño de robar cincuenta mil de pesos a una persona con el de robar cinco centavos a diez mil personas?

De acá uno puede pasar a imaginar que el dinero no va a parar a mis manos sino a los pobres, a lo Robin Hood — pero no quiero ir por ese camino. Lo que aquí me interesa no es tanto el aspecto moral de la cuestión, o el económico —salvo que tomemos esta palabra en un sentido muy amplio... Digamos que se trata menos de casuística que de mística.

Y vaya una segunda variación sobre la anterior. Puesto que, según dicen, el dinero no hace la felicidad... supongamos que en lugar de dinero podemos transferir a nuestras arcas felicidad, contante y sonante. El genio de la lámpara me concede una provisión abundante de alegría, placer y paz: pare de sufrir, de aburrirse y angustiarse. Para darme lo cual sólo debe extraer pequeñas dosis de felicidad de otros seres humanos, y transferirles unos centavos de sufrimiento. Puede hacerlo a escala mundial. La humanidad (los chinos, si prefieren) experimentarán así un decremento minúsculo y fugaz de su felicidad global (unos instantes de alegría menos, unos segundos de tristeza de más que se irán como vinieron), a cambio de lo cual yo seré feliz. ¿Haría mal en aceptar la propuesta? ¿La aceptaría?

Tal vez estoy rezando para que me hagan la propuesta- un poco como el personaje de Baudelaire. Que sería como aceptarla por adelantado.

O quizás, de alguna manera, ya la he aceptado.

Otras variaciones se obtienen poniendo la sabiduría en lugar de la felicidad; o la devoción religiosa... o la probabilidad de salvarse.

También podemos invertir el sentido de las anteriores:

Pedro y Juan, cada cual por su lado, deciden dar todo su dinero a los pobres. Pedro reparte todo entre cinco familias pobres. Juan, en cambio, lo reparte entre un millón de pobres, transfiere unos centavos para cada uno. Ambos quedan en la miseria, y ambas donaciones son anónimas. La de Juan, además, es imperceptible: nadie se entera.

Y, análogamente: un hombre sacrifica su vida y su felicidad por la de su prójimo. Pero su prójimo es tan extenso, y la felicidad que les da viene en dosis tan graduales que, aunque él queda exprimido como un limón, los beneficiados no llegan a tomar conciencia del regalo...

Leon Bloy decía que «es una ley espiritual: cada vez que un hombre goza en su cuerpo o en su alma, hay alguien que paga.»

Tan destinada está la especie humana al dolor que el grito de agonía de un mundo no paga con exceso el permiso que se da a una sola pareja para ser feliz una hora.
...

Cada ser formado a semejanza del Dios viviente tiene una clientela desconocida, de la cual es al mismo tiempo acreedor y deudor. Cuando ese ser sufre, paga la dicha de muchos otros; pero cuando goza en su carne culpable, otros deben asumir necesariamente su pena.

(La mujer pobre)

Pero ¿de dónde habrá sacado eso Bloy? Debe ser literatura, nomás («Cuando la música no es bendecida por la Iglesia, es como el agua muy mala, y está poblada por los demonios», dice un personaje en la misma novela... ¿pero esas frases no serán también música —y sin bendecir?). El teólogo, supongo, nos remitirá al capítulo de la comunión de los santos, en el mejor de los casos y con reparos. Y el economista o matemático abrirá su maletín y nos ofrecerá con suficiencia la herramienta que, a su entender, estábamos necesitando: la teoría de los juegos de suma cero.

Y bien, podríamos contestarle a Bloy que la felicidad humana no es, según las evidencias, un juego de suma cero. No se ve que exista tal balanza (que Bloy, para peor, pretende tan asimétrica), no se ve que un incremento de mi felicidad implique una disminución para el resto de la humanidad. Hasta podría decirse que es al contrario, que la felicidad propia auténtica realimenta la del prójimo. Que acá rigen muy distintas leyes económicas («Moneda que está en la mano / tal vez se deba guardar. / La monedita del alma / se pierde si no se da.»)

Con esto y con todo, no terminan de parecerme huecos los dichos de Bloy, ni las aporías del mandarín con sus variaciones.

Y no deja de ser cierto que muchos de los bienes que perseguimos se miden en términos relativos, en comparación con la media de los hombres. Desear que me aumenten el sueldo ¿no es casi lo mismo que desear que baje el sueldo de todos los demás? Si es justo alegrarse y agradecer por los bienes que nos caen encima, ¿no sería justo, con el mismo motivo, entristecerse por los bienes que recaen sobre el prójimo (=envidia)?

Pero, se me dirá, ya quedamos en que con las cosas que importan —la felicidad, en particular— no es así, el incremento de uno no implica disminución del otro. Yo no estoy tan seguro. Hay cierta manera de ver la felicidad (por no hablar de la fe y la caridad) que no puede menos que hacer comparaciones con el promedio. Y en ese caso la felicidad ajena bien puede ser motivo de infelicidad —como sentía aquel espectador de Whisper of the heart. La incapacidad de alegrarse por la felicidad de Dios —y en general, la de resentirse contra Dios— no debe andar muy lejos de todo esto.

Aporías como estas del mandarín podrían ayudan a ver, acaso, que los bienes materiales -el dinero especialmente- son relativos, en más de un sentido; que al fin de cuentas son inconsistentes, y que las alegrías que procuran pueden ser lícitas y justas, pero un plano provisional; de última «no cierran», no pueden traer ninguna armonía universal y sí la ruina. Y que lo mismo vale, con igual motivo y mayor gravedad, cuando mi felicidad (y cualquer forma de plenitud humana, religiosidad incluida) la concibo a imagen y semejanza de aquellos otros bienes.

Aunque tampoco creo que esta consideración final (algo demasiado sentenciosa, y más vecina de la moral que de la mística, al fin de cuentas) ilumine el fondo de la cuestión. Yo seguiré rumiando a Bloy, para variar.

hernan   ~   02/12/2009   ~  # comentar



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Hernán J. González
hgonzalez@gmail.com
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