Apenas ya respira en mí el aliento,
mis días acortó mi desventura,
la huesa sola es ya mi bien y asiento.
Y fuera menos grave esto que dura,
si de estos palabreros la torpeza
no me bañara l’alma de amargura…
(Job – Cap. 17 – Versión libre de Fray Luis de León)
Si de sufrimiento hablamos,
Job siempre tendrá algo que decir, cómo no.
Se sabe que el libro de Job no es de los más sencillos de la Biblia. Los resúmenes o versiones
condensadas cuentan que trata de un hombre bueno que fue probado por Dios con un montón de desgracias, y tentado así a renegar de El (si no de su existencia, al menos de su justicia y su bondad). Pero -dicen- Job aguantó sin murmurar, y (perdón si revelo el final feliz) Dios al final le dio por aprobada la prueba, le restituyó los bienes perdidos, y lo puso así como ejemplo a la posteridad de paciencia, mansedumbre y fe.
Si condensamos un poco menos, la historia empieza a complicarse: resulta, primero, que la prueba no fue iniciativa de Dios sino sugerencia de Satanás; y aparecen también tres amigos que se acercan a consolar a Job, sin mucho éxito… no queda muy claro por qué.
Y cuando vamos al texto, encontramos que el grueso está dedicado a estas discusiones de Job con sus amigos (la historia que nos resume la edición condensada es sólo la cáscara, una página del comienzo y otra del final), discusiones abigarradas y algo fatigosas y confusas, no nos queda muy claro para qué lado tira cada cuál, y si Job tiene o no razón, y por qué; encontramos además que, contrariamente a la imagen mansa y paciente de esos resúmenes dudosos, Job se queja, y mucho. Y tampoco al final, cuando Dios mismo mete baza, queda muy clara la moraleja… si la hay. A pesar de esta oscuridad -quizás tan aparente como la claridad de la versión condensada-, y por misteriosos modos, el libro de Job habla, abona y consuela. Hoy como ayer. Tipos tan variados como Kierkegaard, Simone Weil (notoria antipatizante del Antiguo Testamento) se encuentran entre sus devotos; Chesterton escribió un lindo y tal vez iluminador prólogo; Tolkien participó en su traducción. Y, entre nosotros, Fray Luis de León, intentó una traducción con explicación detallada, y hasta una versión libre, en verso español del siglo de oro.
De esa versión (que no encuentro online), provienen los versos copiados arriba, y los que abajo siguen.
Se ven en ellos demarcados (según la interpretación de Fray Luis, al menos) los bandos: de un lado Job, que se queja y reclama a gritos hablar con Dios, casi como el cliente disconforme de un negocio que pide hablar con el gerente; del otro lado, los amigos que intentan calmarlo recordando que Dios es justo, que “algo habrá hecho” Job para merecer eso. Job no blasfema, no deja de reconocer la justicia de Dios, pero igual se queja, igual reclama hablar con Dios, mientras grita su desprecio por estos malos amigos que no saben consolar: los abogados defensores de Dios.
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