A continuación, un pequeño recuerdo de infancia,
sumamente insulso y trivial; empeorado al final por
una especie de moraleja o reflexión
traída de los pelos.
Queda el lector advertido.
Yo tendría diez u once años.
Habíamos salido con unos compañeros del colegio
«al centro» de la ciudad
a comprar un regalo a la maestra.
Entre otras baratijas, topamos con
un juego de mini cubiertos, como para
copetín. Todavía los estoy viendo… mangos de plástico, cada uno de un color diferente (parecidos
a los de la figura, aunque no iguales).
Por algún motivo, me habían gustado. Y ahí
estaba yo, convencido de que esa era la elección
justa, y dispuesto a defenderla a muerte
(apelo, como siempre a la indulgencia
del lector… y creo recordar -a la defensiva, sí-
que todos los varones compartíamos esa
preferencia;
tal vez entonces mi convicción
tenía algo de espíritu de cuerpo… o tal vez algo de
la ancestral fascinación que los hombres sentimos por
todo lo que evoque
herramientas o instrumentos…).
Bueno. La cuestión es que
las chicas prefirieron un bolso, de mimbre o algo
parecido. Y las chicas (eran mayoría … no lo recuerdo,
pero quiero suponerlo) se salieron con la suya.
Quedamos los varones masticando nuestra bronca.
Yo sentía que se había cometido una especie de injusticia contra los cubiertos de copetín que clamaba al cielo.
Bueno, tal vez hay algo de exageración literaria en eso último… pero es verdad que estaba indignado.
Y fue con voz indignada que, al llegar a casa,
le conté a mi madre… «… y … y en lugar
de esos cubiertitos que estaban bárbaros, las tontas de las chicas
compraron una porquería de bolso, de mimbre o no sé qué … !».
Y hete aquí que mi madre viene a dar la razón a las chicas
(«Pero bueno, está bien, un bolso es más lindo… «)…
y se va con toda tranquilidad a hacer la comida.
Esto me descolocó, naturalmente.
Pero -y esto es lo notable-
en lugar de enojarme más, sentí
-supe, intuí, vi- que mi madre tenía razón.
Que toda mi indignación era injustificada. Una estupidez,
una puerilidad y una vergüenza.
¿Y?
Y nada. Ahí quedó todo, y la historia quedó olvidada
(esta es la primera vez que la cuento; incluso, a mí mismo).
Pero, bah, en realidad, no quedó olvidada del todo.
Porque quedó como una referencia, escondida pero importante.
Exagerando un poco:
cada vez que veía -y que veo- a los muchachos
que se indignan en grupo, (y cada vez que yo sentía
la tentación de unirme a ese fervor) … me acordaba
-apenas concientemente- de
aquellos cubiertos de copetín y de mi indignación
infantil.
Lo cual, no crean, me ha sido de utilidad para
resistir algunas de esas
tentaciones (no todas, lamentablemente).
Resisto, ya que estamos, la tentación de responder
a algunas objeciones previsibles (¿es en realidad
una virtud resistir a esas tentaciones ? ¿no hace
falta muchas veces solidarizarse en la indignación?
¿no es mal motivo ese de la vergüenza, o el reconocimiento
de haberse indignado de más alguna vez ?).
Prefiero dejar eso y quedarme con el hecho en su generalidad:
la idea de que nuestras opiniones,
nuestros «puntos de vista»,
nuestras simpatías y antipatías ideológicas,
no han nacido (como pretendemos) de
razonamientos, conocimientos, lecturas…
sino más bien de minúsculas
revelaciones personales, hechos triviales e
intuiciones cuya
verdad y cuya relevancia nos
costaría justificar.
Y que tal vez nos haría algún
bien sacarnos el maquillaje, de vez en cuando;
aunque más no sea para mirarnos al espejo…