Las visiones de la tía

… Mi padre tenía un doble, un doble femenino, un doble muerto, un doble fantasma. Porque, además de ser una santa, mi tía era un doble de mi padre, a quien se parecía como una gemela. Doble omnipresente, como sólo puede serlo un fantasma que ya no tiene otra cosa que hacer.  Que ya no milita, ni da clases, ni va a hacer la guerra a España, ni tiene extraños encuentros con Cristo; y que, sin embargo, hace todo eso todo el tiempo, sin descanso, mucho mejor de como lo hacen los vivos.simone

Un doble aterrador para mí, por parecérseme tanto. Yo me parecía al doble de mi padre…

Ese doble femenino me hablaba a través de la voz de mi padre. André imitaba a veces a Simone. No necesitaba forzarse, le salía de manera natural esa sonrisita de través que yo veía en la Simone de las fotos. Esa sonrisa a la vez irónica y orgullosa que tiene en las fotos de España, por ejemplo…  André tenía la misma manera de hablar, algo lenta y monocorde pero insistente, tan a menudo evocada por quienes conocieron a Simone.

—¿Sabes qué te habría dicho mi hermana? —preguntaba— Te habría dicho…

Un día me sucedió que, tras haber leído ciertas páginas de los cuadernos de mi tía, le dije a mi padre que me daba la impresión de que había tenido grandes momentos de tristeza. Me respondió con aspereza:

—¿Qué dices? ¡Siempre fue muy alegre!

En una ocasión, una sola, hacia mis quince años, me rebelé. Estábamos comiendo. Ya no recuerdo de qué hablábamos. Firme, sin duda, en mis muy recientes convicciones volterianas, declaré perentoriamente que no entendía cómo Simone había consagrado tanta energía a pamplinas. La respuesta de André —yo hablaba por hablar, mientras que Simone…— me humilló. El caso es que grité a mi padre:

¡Tu hermana estaba loca! ¡Tenía visiones!

Al instante me sentí asustada de mis propias palabras. Pero André ya había abandonado la mesa sin pronunciar una palabra.

De “En casa de los Weil (Chez les Weil)” de Sylvie Weil.  Se trata de la sobrina de Simone, aquella que ella insistió en hacer bautizar… Esa pequeña escena  —ese exabrupto— es, para mí, lo único memorable del libro. ¿Es poco? Tal vez.

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