Imaginación y humanismo (2)

Lo que Unamuno echa en falta en los tales “sectarios y dogmáticos” es imaginación y sentido humano. Quizás resulte menos comprensible lo segundo que lo primero. En tal caso, también habrá quedado oscura mi referencia al “humanismo” en el título. Amplío.

Uso la palabra humanismo en su sentido clásico, el que se suele asociar especialmente con el Renacimiento. La actitud de aprecio y admiración por las capacidades humanas, y de entusiasmo por la tarea humana, concebida esta al modo comunitario, como algo que vive -y resplancede- en la historia del mundo – y a pesar de todas las oscuridades y tropiezos.

…el poder del hombre se asemeja de veras a la naturaleza creadora divina, puesto que de cualquier materia crea formas y figuras… domina los elementos… crea instituciones sociales y leyes… sabe unificar pasado y porvenir, recogiendo en un instante eterno los intervalos fugaces del tiempo. Mediante el uso del lenguaje y la escritura muestra la divinidad de su mente…

Las cosas que por sí mismas son mortales reciben de la historia humana la inmortalidad; las remotas se tornan presentes, y las viejas rejuvenecen. Así el joven iguala en seguida la madurez de un anciano. Y si se considera prudente a un anciano de setenta años por su experiencia de las cosas ¡cuánto más prudente será quien cumple la edad de tres mil años! Y bien, tantos son los años que ha vivido el hombre, cuantos son los años cuyos acontecimientos aprendió por la historia.

Marsilio Ficino  (Florencia, 1433-1499)

La cita la saqué de “Figuras e ideas de la filosofía del Renacimiento”, de Rodolfo Mondolfo; quien acota:

Encontramos aquí la idea que más tarde será desarrollada por Pascal, vale decir la concepción de toda la humanidad, en su continuidad de vida, personificada en la de un hombre que vive infinitamente y aprende sin cesar. Pero el aprender no puede ser considerado como un recibir pasivamente los conocimientos del pasado. Debe ser una conquista activa y constante. Hay que crear y revivir lo que nos han trasmitidos nuestros antecesores; si no, sus adquisiones se pierden para nosotros.

Resisto la tentación de copiar más citas del libro (Giordano Bruno, Alberti … Tomás de Aquino). Se entiende la idea, creo; y el “pathos” al que apunto. Es claro que lo dicho no alcanza a definir ninguna tesis a aprobar o rechazar. Pero también es obvio la distancia entre este talante y el de este catolicismo contra cultural que sabemos (el que prácticamente excomulgó a Unamuno, y el de “Infocatólica” y afines). Faltos de imaginación y de sentido humano. Y, agrego yo, parásitos – puesto que comen de esos bienes a cuya adquisición no cooperaron (más bien sabotearon).

En esta vereda, en las antípodas de aquel humanismo, se profesa un conjunto de ideas y actitudes estándares, de partido, más o menos explícitas: pesimismo antropológico, inmovilismo, autoritarismo, legalismo, pereza, impaciencia, acritud, sarcasmo. Acusaciones de “antropolatría” y “orgullo prometeico”; presunción de que profesar y fomentar el entusiasmo por las capacidades del hombre implica rebajar a Dios (la apologética de no hace mucho -y alguna actual trasnochada- desdeñaba la bandera de “los derechos del hombre”, y pretendía ponerlos en oposición a los “derechos de Dios”) . Por ejemplo, la afirmación lefebvrista “La libertad de cultos fatalmente produce la indiferencia religiosa”. O los ataques de Castellani a la libertad de prensa y su desdén ante el alunizaje, también (y, del lado contrario, las palabras de Pablo VI). Las burlas agresivas de la antigua apologética de un Balmes frente a las dificultades de delimitar el moderno concepto de “igualdad” humana. Y la acogida que infocatólicos de trinchera han brindado a novedades como el reciente sínodo de las familias, o el anuncio de una encíclica papal que enarbolaría la bandera del ecologismo…

Esta falta de sentido humano, entonces, es afin a falta de imaginación, en tanto cierra los ojos a la asombrosa capacidad y plasticidad humana, a su libertad, su creatividad y su “resiliencia”. Otro ejemplo, levemente imaginario:

No hace muchos años atrás, era cosa común y aceptada el castigo corporal a los niños en la escuela, por faltas de conducta o de aprendizaje (“la letra con sangre entra”). Cosa aceptada por la mayoría, y, es de suponer, rechazada por una minoría. Esquematizando (la realidad es más compleja), pongamos que esta minoría objetora era mayormente liberal-progresista; y no cuesta imaginar que,  cuando el rechazo empezó a ganar espacio, el lado conservador se opuso a innovar… con argumentos parecidos a los que esgrime hoy en causas análogas:

—Usted es un tierno sentimental atiborrado de ideas librescas que se horroriza por unos azotes inofensivos, sin entender que con ellos se busca —y se obtiene— el bien del niño. Usted, señor bienpensante , es un necio presuntuoso que, solo por ser moderno, pretende saber más que los que nos precedieron; la sabiduría popular es sabia: la letra, con sangre entra. Ud idealiza doblemente —y peligrosamente— exagerando la importancia del sufrimiento físico (típica blandura de los modernos), y cerrando los ojos a los defectos morales de la naturaleza humana caída (típica ignorancia moderna del pecado original). No somos ángeles, la voluntad del hombre tiende al mal y para domeñarla no bastan las buenas palabras; la educación del niño es “una lucha contra todos estos gérmenes de error y de mal innatos en él, que con la edad van desenvolviéndose y que al llegar a su plenitud acabarían por dominarle; educar es combatir los perversos sentimientos, como instruir es combatir las falsas ideas” [1]. En la escuela hace falta disciplina, y cualquier hombre sensato sabe que, mal que nos pese, la única manera de obtenerla es mediante la amenaza (y, claro, a veces la ejecución) del castigo físico. Si ud, por revelación divina o por sus lecturas de Rousseau, ha llegado a descubrir lo que ninguno de los sabios antiguos soñó, la receta mágica para conseguir disciplina escolar sin azotes, me encantaría que nos la explique y nos ilumine. O que haga la experiencia y nos cuente cómo le fue. Podría contarle el caso del maestro X que pretendió algo por el estilo, y (etc, etc). Y, además, si los padres están de acuerdo, el Estado no tiene por qué meterse…

¿Caricatura? sí, pero creo que, en cuanto al tipo, es realista. E imagino también a un nieto de este conservador, que tras haberse beneficiado silenciosamente de este progreso de la humanidad, apenas entrada la adolescencia, empieza a disparar sus acres dardos de partido en contra de las nuevas banderas de la progresía contemporánea. Con pareja falta de imaginación y de sentido humano. Si no le convence el ejemplo, cámbielo por otros análogos: la pena de muerte (“necesaria a la sociedad”, según Castellani)… O lo que dice Unamuno, sobre las penas del infierno como sostén de la moralidad – no es un ejemplo menor.

Adviértase también que no se trata de anacronismos, ni de denostar a defensores de causas que hoy tenemos por falsas. Por caso, tómense ejemplos actuales, de causas en discusión y futuro incierto: la movida contra los castigos físicos de los niños en el hogar, derechos de los animales, garantismo, pacifismo, nuevos modelos de familia, etc

No hay por qué pretender respuesta sobre todos estos temas, ni decidirse por un lado bueno, si lo hay. Lo que yo rechazo, en línea -creo- con Unamuno, es aquel sarcasmo tan autosuficiente como insolvente. Claro que es fácil señalar aporías; toda empresa humana que pretende un progreso social se expone a ellas, a que los conservadores escépticos (frecuentemente anti-intelectuales y sin embargo intelectualistas, de los que prefieren lo abstracto a lo concreto) denuncien las dificultades de conciliar esto con aquello, esas disyuntivas presuntamente inescapables y matemáticamente concluyentes – pero que en verdad desconocen la complejidad y la “impureza” del ámbito moral real, con su multiplicidad de planos y sus tensiones que deben resolverse “hacia arriba”  (¿Cómo convencer a la gente de que debe portarse bien si pierden el temor al infierno? ¿Con qué criterio prohibir matar a un perro, si está permitido matar a un mosquito? ¿Cómo sobrevivir como país independiente si vedamos a nuestras fuerzas de seguridad el recurso a la mentira, el crimen o la tortura? ¿Cómo abrir las fronteras a la inmigración y preservar nuestra cultura y nuestra economía? ¿Cómo negarse a lapidar a la adúltera sin faltar al mandato de Moisés? ¿Hay que pagar el impuesto al César o no?). Y es cierto que todo emprendimiento humano se arriesga al fracaso, a dar en callejones sin salida, o que al menos el éxito final no se corresponda (ni en tamaño ni en forma) con el imaginado. Nada de esto justifica menospreciar el esfuerzo, ni retrospectivamente ni proyectivamente; al contrario, la dificultad de la asunto y lo incierto del resultado es lo que lo engrandece. (Pienso ahora en lo que dije sobre la necesidad de comulgar en las humanas promesas … precisamente a causa de su precariedad; y, cómo no, en las tristes burlas de los tradis contra los presuntos pobres frutos de la “primavera del concilio”). Y menos justifica la deserción y el sabotaje del esfuerzo común.

Yo (retrotrayéndome un par de siglos atrás, para contestar al burlador imaginario antedicho) le diría que, efectivamente, no tengo la receta mágica para conseguir disciplina escolar sin castigo físico, no sé cómo lograrlo, ni siquiera estoy seguro de si es posible. Pero creo que la dificultad de concebir una solución no debe paralizarnos, mientras los ojos nos hagan ver una miseria humana cualquiera. Creo que el progreso humano (sin ser ni lineal ni fatal ni sin ambigüedades) es una realidad y el esfuerzo civilizador una obligación para todos – y no menos para un cristiano. Creo que ese esfuerzo es también esfuerzo de imaginación y de confianza y hasta -si me permite la palabra- optimismo. Y si no tenemos recetas, pues ayudémonos a aprenderlas, aunque sea a riesgo de fracasos y contramarchas. Como mínimo, algo aprenderemos – y eso también es un progreso.

 

[1] – Félix Sardá – La escuela sin Dios – Barcelona, 1883

2 comentarios sobre “Imaginación y humanismo (2)

  1. Ludovicus

    albricias, Hernán, te costó mas de una década, pero descubriste el progresismo! Jugá un poquito antes de desilusionarte de él.

  2. j_cc

    Es raro, porque la última vez (creo) que pasé por acá estabas despotricando contra El Hombre Moderno, de Saenz, justamente por hacer lo mismo que parece que hacías y seguis haciendo: etiquetar gente y a darle con el palo.

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