Del lado de Dios

… desviarse de la verdad pero no de la fe …

La frase (en su contexto, siempre en su contexto — el escrito, su escritor… y sus lectores) supone que la fe está por encima de la verdad. Y visto que el contexto incluye referencias magisteriales condenatorias del fideísmo… tiene su gracia. (“¿Qué es el fideísmo?” “Poner que la fe está por encima de la verdad” “¿Es un error?” “Es un error; menos grave que el error contrario, eso sí”; “¿Por qué menos grave?” “Porque el que yerra por ese lado se desvía de la verdad, pero no de la fe” “¿Y la fe está por encima de la verdad?”. “Por supuesto!” “…” ).

No importa. Lo que importa es: ¿cómo puede un católico …digamos… formado llegar a escribir eso, y cómo pueden tantos lectores católicos asentir a ella —o por lo menos dejarla pasar, sin que les mueva un pelo?

Creo adivinarlo, y creo adivinar la reacción automática de defensa, la respuesta de manual: “Tu interpretación es torcida y malévola, la frase quizás no sea muy precisa pero no es fideísta y es defendible. Distingamos, distingamos. Además de confundir verdad y razón, estás tomando la palabra verdad en un sentido absoluto; pero ahí no se está hablando de la Verdad, con mayúscula, sino de unas verdades con minúscula, parciales; y el mismo evangelio dice que la salvación no es una cuestión de saber (sabiduría mundana=verdades con minúscula) sino de creer (fe). Así que no hay por qué escandalizarse. Si hay que elegir entre equivocarse en saberes particulares (cuestiones de hecho o de razones, por importantes que sean) y poner en peligro la integridad de su fe, un cristiano no puede dudar.”

Sí, claro que conozco estas respuestas, rebosantes de suficiencia y seguridad (las cosas siempre cierran). No escasean — casi diría que es lo único que no escasea. Y esas mayúsculas. Ah, esas mayúsculas…

Pero, ¿qué pasa con las mayúsculas? ¿está mal distinguir? ¿acaso no hay una jerarquía de verdades? Hayla, hayla. Sí, está bien, distingamos, cómo no: Verdad/verdad. Pero entonces, también veamos el otro término; ¿no habrá que distinguir, análogamente: Fe/fe?

A mí me parece que sí; sí en general y en particular. Yo creo que ese espíritu de celo religioso en que se inscribe la tal frase (pongamos que defendible), y el texto que la trae, y tantísimos otros textos y alegatos —públicos y privados— panfletos y libros, discusiones en redes sociales —virtuales o no—, comentarios en blogs… y toooodos esos millones de kilowatts generados por la combustión de tantos católicos fieles indignados por lo mal que anda el mundo y por lo mal que tratan a la Iglesia… no se relacionan mayormente con la Fe sino con una fe con minúscula, una adhesión (en este caso, a la Iglesia católica – o mejor dicho, a una cierta idea de lo que es el catolicismo). Una adhesión que no se diferencia (ni en su raíz ni en sus frutos) de la adhesión de un ferviente luterano, judío, musulmán … o comunista o monárquico o… (llenar con la ideología política o religiosa que quede a mano).

De ninguna manera estoy diciendo que estos católicos carezcan de Fe — tampoco me estoy situando fuera del colectivo. Critico ese espíritu, pero (porque) es mi ambiente, por allí vivo. Reconozco también que estas fes con minúsculas también tienen sus jerarquías, y que no es cuestión de desdeñarlas en bloque. Y admito que la jerarquía conlleva una graduación —y aun que las jerarquías inferiores (las minúsculas) pueden llegar a ser las que nos toquen, en primer lugar; aunque sin olvidar que lo mismo corre para el par Verdad/verdad. Que, en fin, en ambos casos vale hacer la analogía con lo de “el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” Por las minúsculas cabe, acaso, empezar —y aun, acaso, terminar. No es cuestión de desdeñar las minúsculas, la cuestión es no confundir.

El tema me interesa en general, pero sobre todo en relación a la religión católica. Lo que me importa es aclarar(me) lo que tiene de precioso y necesario, pero también de limitado y peligroso, esta fe con minúscula — esa fervorosa adhesión intelectual (fervorosa pero intelectual) a un credo, más el apego a determinada historia, determinadas convicciones y bienes culturales. No es que esto sea poca cosa. Yo no me creo más allá de eso; y ya quisiera tener mejor cultivado ese jardín… Pero… esa fe, ese celo religioso, no es Fe. Puede estar en la misma línea, puede ser un cauce de santidad; y no faltan ejemplos. Pero también, cuando se confunden las jerarquías, puede ser el desvío. Tampoco faltan ejemplos, empezando por el evangelio.

El sentimiento que reflejan las líneas citadas en el post pasado (coronadas en la dichosa frase), el espíritu que suponen —versión católica en este caso— lo conozco de cerca. No hay mucha diferencia con líneas que yo mismo escribí o al menos sentí — y en parte hoy siento.

Intento describirlo, pues, por experiencia propia.

Uno tiende a imaginar que ya ha entendido, en lo fundamental, de qué va la cosa. “Yo soy católico” significa que “yo ya sé dónde está la verdad: está ahí”. Uno sabe que uno no es un santo, lejos de eso, quizás ni siquiera tiene una vida de oración intensa, pero… pero al menos sabe qué es ser santo, y sabe que quisiera serlo (“y en estos tiempos, eso no es poco”, te susurra una vocecita). Uno reconoce que no es un sabio, que no anda muy fuerte en saberes místicos ni humanos, pero… pero uno sabe lo principal (¿“sabe” o “cree” ? Sabe. Por caso, “creer en Dios”, se identifica prácticamente con “saber que Dios existe”). Uno no pretende comprender a Dios (herejía!), pero lo poco que uno sabe… vamos, no es poco — sobre todo considerando que casi todo el mundo lo ignora, lamentablemente. Uno no se cree mejor que los demás, no. Pero tampoco es cuestión de que, por falsa humildad, uno —católico, por gracia de Dios— desconozca tener lo que tiene. Uno sería un hipócrita, un renegado, un ingrato, si no admitiera saber lo que sabe. Este stock de cosas que uno conoce, aprueba o rechaza —dogma y moral: intelecto y voluntad en sintonía con Dios— puede tener contornos más o menos difusos o amplios; a menudo uno disiente en tal o cual punto con tal correligionario… pero, en lo fundamental estamos en la misma.

Y lo fundamental, lo que más importa, lo mejor de lo mejor es esto: el saber estas cosas (saber, por ejemplo… que Dios desaprueba el aborto), el conocer por dónde va la voluntad de Dios y el desear fuertemente que todos conozcan y cumplan esa voluntad… nos sitúa del lado de Dios. Saber qué significa estar de su lado, y querer decididamente estar de su lado… eso ya es estar de su lado. No es estar perfectamente, pero es estar. Esto es ser “católicos fieles”. Que no es lo mismo que ser santos, de acuerdo, ni siquiera buenos católicos; ni es lo mismo que salvarse… quizás… pero eso, Dios lo juzgará. En lo que a mi juicio provisional y humano atañe (incluso al juicio que yo me hago de mí mismo, y los deberes que me impongo), lo que más cuenta es esa “fidelidad”. Esta es la batalla en que uno milita —con o sin activismos externos; basta con ansiar el triunfo y sufrir las derrotas. Y si la calidad de la militancia admite crítica, la calidad de la milicia (la verdad de la causa, la bondad del bando) no. ¿Cómo vamos a poner en tela de juicio nuestro celo, que consiste en ansiar que la voluntad de Dios se imponga? Las batallas que libramos no serán muy gloriosas o inmaculadas; nuestra guerra, sí. Lo esencial es esto: estamos del lado bueno. Y en la medida en que estamos de ese lado, en la medida de tal militancia (consecuencia invertida) somos soldados del Bien y la Verdad —y con mayúsculas. Quizás no somos buenos, quizás somos torpes al lidiar; pero visto que somos de buena voluntad, nuestras metidas de pata no van contra el Bien y la Verdad; yerros de táctica o estrategia, cuestiones “prudenciales” , equivocaciones respecto de los medios pero no respecto del fin. Errores bienintencionados.

Pero ¿qué define tal buena intención? Ya queda dicho: ser católico, en ese sentido: adherir con sinceridad y con pasión a … cierto algo que llamamos catolicismo. Este algo es una construcción humana, construida para propiciar la adhesión. Requiere, como todas las fes (religiosas, ideológicas) un sustento, un núcleo determinable que de la impresión de inexpugnabilidad; sobre él edificamos un entramado de verdades, una doctrina, un dogma, una moral, unas autoridades, unas devociones, un santoral; unos repudios y unos demonios; un estilo; una cultura; un sistema (Una naturaleza, dos procesiones, tres personas, cuatro relaciones, cinco nociones. Tres virtudes teologales y cuatro cardinales. Nueve coros angélicos y diez mandamientos). Es nuestra querida morada; quererla y defenderla es lo que nos define — también deplorar los deterioros y maldecir a quienes atentan contra su pujanza y su integridad. La construcción puede incluir elementos muy heterogéneos (transustanciación, aborto, Syllabus, canto gregoriano, Aristóteles…), y la adhesión tener diversos acentos… por ejemplo, los librescos damos importancia a los escritores, y repasamos nuestros respectivos catálogos: los buenos (nuestros maestros, nuestros “padres de la iglesia”) que veneramos, y los malos que detestamos. Pero no sólo escritores: en estas coordenadas, el sentimiento que nos provocan las personas no es ya función de la verdad y el bien que hacen. Nuestros hermanos son los que comparten nuestros saberes, nuestros apegos y nuestros repudios. Del otro lado, están los ignorantes (de buena voluntad, con suerte), y los saboteadores, más o menos concientes, y más o menos solapados. Estos últimos son realmente detestables, nos provocan desprecio, horror y crispación… Y está bien: sentir eso —y confesarlo— también es militar del lado de los buenos. Es la comunión católica: sufrir despropósitos litúrgicos con rictus de furia apenas contenida, publicar las fotos de misas con payasos en tu blog, imaginar que tus hermanos experimentan el consuelo de sentirse acompañados en el sentimiento  (“—Por fin alguien lo dice!”), y —si es posible— tirar unas frases sarcásticas (alguna analogía entre los cantos de misa con los jingles de Pepsi) para alimentar la ilusión de superioridad intelectual y estética —aunque sea a contrapelo de tantos otros indicios.

Así se entiende aquella “disimetría esencial”, por qué lucen tan diferentes las “consecuencias subjetivas y eclesiales” de los errores, según quién los comete. Los errores de (nosotros) los fieles no van contra la fe, ergo están en un plano inferior, desprovistos de esa suprema malicia. Lo grave, lo realmente digno de condena, la crème del error y el pecado está del lado enemigo: faltos de fe; mentirosos, hipócritas y apóstatas militantes; perseguidores de la fe y usurpadores; malos sin remedio (las palabras no son mías; y el fácil asentimiento que lectores católicos le conceden… tampoco).

Este espíritu, digo, es un caso más entre otros espíritus sectarios, religiosos o no (ya dije de la analogía de nuestra malsana vida política, aquella especie de pureza de sangre ideológica —odiar a tal o cual político, defender tal o cual bandera— que hace comparativamente irrelevante la moral del plano inferior: la corrupción). En este sentido, es cosa muy común, y hasta cierto punto inevitable; como tantos otros sectarismos, de los que, en esencia, no se diferencia demasiado. Bueno, se diferencia, claro, en que este espíritu se pretende seguidor de Jesucristo.

Salvo ese pequeño detalle (sobre el que volveré), la cuestión —la del sectarismo, digamos— es tan banalmente humana, tan junada, que, con toda probabilidad, la descripción que hice (y que, para peor, continuará) de esta variedad católica —una más entre tantas— ha sido demasiado extensa y fatigosa. Sobre todo considerando que, hace muy poco, en una de las escasas veces en que me he metido a “dialogar” en comentarios de blogs (no escarmiento!), un correligionario español, en respuesta a mis objeciones (sobre golpes bajos anti-aborto, para variar) me regaló este párrafo:

Para que le quede claro, yo no necesito convencerme de que estoy en el lado correcto, sé que estoy en el lado correcto: al lado de Dios, defendiendo la vida de los inocentes sin voz. Podré estar de acuerdo o no con las estrategias o las acciones de los que están conmigo pero sobre “el lado” no tengo la menor duda.

Yo no podría haberlo resumido mejor.

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