Archivo por meses: julio 2007

Undiscriminating heart

Me encontré con Muriel en el Biltmore a las siete. Dos tragos, dos sandwiches de atún, y después una película que ella quería ver, algo con Greer Garson.
La miré varias veces, en la oscuridad, cuando el hijo de Greer Garson y su avión desaparecen en combate. La boca abierta. Absorta, preocupada. Identificación total con la tragedia Metro-Goldwyn-Mayer. Yo me sentía fascinado y feliz. Cómo la quiero, cuánto necesito ese corazón que no discierne. Ella a su vez me miró cuando los niños en la película traen el gatito para mostrarlo a la madre. M. adoraba al gatito y quería que yo también lo adorara. Aun en la oscuridad, yo podía percibir su habitual frustración cuando siente que yo no amo automáticamente lo que ella ama.
Más tarde, cuando estábamos tomando un trago en la estación, me preguntó si no había encontrado «bastante lindo» al gatito. No usa más la expresión «muy mono». ¿Cuándo he llegado a arrancarle su vocabulario normal?
Entonces (qué pesado soy) le mencioné la definición del sentimentalismo que da R. H. Blyth: somos sentimentales cuando le dedicamos a una cosa más ternura que la que le dedica Dios. Le dije (¿sentenciosamente?) que sin duda Dios ama los gatitos, pero no con sus garras enfundadas en botitas Technicolor; ese toque creativo se los deja a los guionistas.
M. lo pensó un poco y pareció estar de acuerdo conmigo; pero este «saber» no fue muy bienvenido. Sentada, agitando su trago, se sentía apartada de mí. Le preocupa cómo su amor por mí viene y va, aparece y desaparece. Duda de su realidad, simplemente porque no es uniformemente agradable como un gatito.
Es triste, Dios lo sabe. La voz humana conspira para desacralizar todo sobre la tierra.
Son fragmentos del diario de Seymour Glass (Salinger) que lee su hermano en «Levantad carpinteros…». Me interesó, sobre todo, lo que sigue (no estoy seguro de cómo traducir… discriminación es palabra dudosa, sobre todo hoy; discernimiento me gusta más, aunque tampoco me parece justa; en todo caso, sería una especie de capacidad de discernimiento estética, y extensible a otros planos, pero partiendo de ahí; me parece)…
Qué noche. En la cena estuvo el analista de la sra. Fedder, y me estuvo indagando a fondo, hasta las once y media. En ocasiones con gran habilidad y buen sentido […]
Habló mucho, y con inteligencia, sobre las virtudes de vivir una vida imperfecta, de aceptar las debilidades propias y ajenas. Estoy de acuerdo con él, pero sólo en teoría. Siempre admiraré la actitud del que acepta todo sin discriminar, puesto que conduce a una vida sana y a un tipo de felicidad real, envidiable. Seguida con pureza, es una senda hacia el Tao; sin duda, la más alta senda. Pero cuando se trata de un hombre con discernimiento… para lograrlo habría que despojarse de la poesía, ir más allá de la poesía.
Es decir, no podría llegar a aprender a gustar de la mala poesía en abstracto, como tampoco equipararla con la buena poesía. Debería más bien dejarla a un lado.
No sería una cosa fácil, dije. El Dr Sims dijo entonces que lo estaba poniendo en términos demasiado exigentes, en los términos -dijo- de un perfeccionista. ¿Puedo negarlo?…
# | hernan | 23-julio-2007

Sueltos

  • En este ciclo de cine japonés en el Jardín Japonés (Palermo, Buenos Aires), esta semana a las 15 pasan tres películas de Miyazaki. Me intriga qué versión de Kiki será (la doblada en España es «Nicky»… ¿será subtitulada o será otro doblaje?).

  • Una rareza: Tres spots publicitarios japoneses, hechos por Ghibli.

  • Murió Fontanarrosa, saben. Este sitio está muy bien. Podrían, por ejemplo, darse una vuelta por acá acá y disfrutar con alguna tira de Boogie, (como «Un derecho de todos»; o «Pasteles de nata con fresa», del Libro 4).

  • Uno que hace música argentina en piano, en youtube.

  • Algunos criterios para elegir libros infantiles en «Bienvenidos a la fiesta».

  • Serie de 1 2 3 4 5 6 mini-sketches de Fabio Alberti (todo x $2 ).
  • # | hernan | 23-julio-2007

    Indulgencia mundana

    … pero no se trata de la indulgencia que predica el mundo, donde un ser humano se consuela a sí mismo a través de otro ser humano, donde los hombres se consuelan recíprocamente y dejan a Dios fuera. Cada ser humano es una estructura gloriosa, pero lo que destruye a tantos es, por ejemplo, esa cháchara confusa entre hombre y hombre sobre aquello que debería ser sufrido y también madurado en silencio, esa confesión hecha ante los hombres en lugar de ante Dios, esa apertura comunicativa a este y aquel sobre aquello que debería ser un secreto, y un secreto ante Dios, esta avidez impaciente de consuelo humano.
    El hombre religioso, por el contrario, ha aprendido en el dolor del aniquilamiento que la indulgencia humana no sirve de nada; por eso, nada espera de ese lado, sino que está frente a Dios, sufre lo que significa ser un ser humano , y serlo ante Dios. Así, nunca podrá ser confortado por lo que la multitud mutuamente sabe, la multitud que tiene una idea mercantil de lo que significa ser un hombre, una noción elocuente y parlanchina, de décima mano, de lo que significa ser ante Dios.

    Soren Kierkegaard
    # | hernan | 12-julio-2007

    Marche un argentino a la Durkheim

    … Por eso estoy firmemente convencido de que vale la pena empeñar nuestras mejores energías en producir con entusiasmo nuestro gran festival, que, como lo entendía el sociólogo francés Émilie Durkheim, no se trata del festival concebido a la manera de una fiesta escolar o de una danza ritual, como si en nuestro caso redujéramos el Bicentenario a un evento que se va a celebrar en el año 2010. Se trata del festival concebido como un gran momento de entusiasmo colectivo, de efervescencia de la sociedad, que la hace revisar sus valores y normas, que la hace cuestionar lo que daba por descontado, que desrutiniza su cotidianidad y altera la mecánica de su reproducción.
    Pues bien, nuestra apuesta es que, desde ahora, el Bicentenario se vaya constituyendo en ese gran momento de entusiasmo colectivo que permita replantearnos nuestros modos de construir la realidad y quebrar definitivamente la secuencia de las innumerables crisis que hemos venido padeciendo y que todavía sufrimos.
    Si esta es la apuesta, si queremos que el Bicentenario se constituya en un festival a la Durkheim, entonces debemos comenzar a prepararlo y a organizarlo de inmediato porque, pese a las apariencias, momentos así no ocurren de manera espontánea precisamente en la medida en que implican romper con la lógica de sus antecedentes.
    Lo dice -o se lo hacen decir- a José Nun, secretario de cultura de la nación e integrante, junto con los dos Fernández de bigote, del Comité Permanente (la boca se te haga a un lado) del Bicentenario.
    Hace unos cuantos años (eran tiempos de efervescencia y de entusiasmo colectivo, si no recuerdo mal) rondaba por acá una sentencia inapelable: si votás en blanco o si no votás, después no tenés derecho a quejarte del gobierno. Era así la cosa, incontestable. Ahora me da la impresión de que la sentencia ha perdido algo de su fuerza. Pero por las dudas que me equivoque (uno sale tan poco), y porque al fin y al cabo, qué más da… yo no me quejo.
    # | hernan | 12-julio-2007

    Conservadores, reaccionarios y otros

    « … aunque me llamen conservador, que es peor que reaccionario, … », decía en algún lado —si no recuerdo mal— Unamuno. Está claro (o al menos así lo vi yo, ignorante de contextos históricos o políticos) lo del vasco: desde su posición —vitalista, digamos— el reaccionario tiene un algo de romántico, quijotesco —agónico—… y el conservador en comparación es egoísta, pequeño y cobarde.
    Así lo entendí yo, hace tiempo; y creí estar de acuerdo, naturalmente.

    Lo recordé al leer esto de Cioran, que habla desde otro lado. Y otros que hablan desde no sé dónde.

    Y qué se yo… Será que a medida que uno se va haciendo grande cada vez sabe menos cosas…. Aun dando por buena, provisionalmente y con todos los reparos, la clasificación reaccionario-conservador-progresista, no termino de entender a los que se hacen de eso una cuestión de bandería, ni aunque sea para combatir a una de ellas. Si al menos se entendiera esa militancia al modo deportivo, como la entiende un integrante de la Asociación Pro Difusión del Esperanto o los Amigos del Carnaval de la calle Corrientes… Quizás, me digo, más o menos así la entendían los militantes políticos de otros siglos (incluso algunos conservadores)… quizás así también la entienden hoy aquellos que yo no termino de entender. Pero a mí a veces me da la impresión de que los conservadores/reaccionarios/progresistas de hoy (y sus parientes analogados en terrenos religiosos y etc) tienden a ver las cosas en términos algo más universalistas y excluyentes… Sí, también en la Atenas de Pericles o en la Florencia del Dante se cocían habas, seguro; pero no sé si el militante ateniense más enardecido habría llegado a trasponer su «… lo que necesita la Atenas de hoy es…» al «… lo que necesita el Universo es…». Y no sé si al florentino más agresivo habría sentido esa necesidad de montar sobre la estructura de sus amores y odios políticos ese vestido, esa racionalización justificadora a los ojos de la eternidad sobre la necesitan apoyarse —me da la impresión— tantos afanes militantes contemporáneos.

    Y no me digan que, de hecho, no hay muchos que se auproclamen conservadores o reaccionarios o progresistas. Basta con batallar exclusivamente contra (o sólo dolerse de o enfurecerse con) un bando, para saber dónde se está parado. A los efectos de lo que estoy diciendo, al menos.

    Está bien, es meritorio, defender lo que es bueno; lo que es bueno por el hecho de ser, lo que es frágil por ser terreno, lo que vemos amenazado por la torpeza destructora de tantos prójimos ciegos. Pero tampoco está mal recordar lo de la paja en el ojo ajeno. Incluso, acaso, lo de los tesoros en vasijas de barro; o aquello de Simone de que a veces son los imbéciles los que tienen razón… en contra nuestra, claro.

    Personalmente, y ateniéndome a aquel trío, me parece evidente que cualquiera de ellos tiene —en principio— buenos motivos de defensa; y aun de ataque.
    Conocido es el talante progresista ; y por más fastidiosos, zonzos o asfixiantes que nos resulten, no se puede negar la porción de razón que llevan: que la verdad es algo vivo, que hace falta cierta salud de alma para recibir lo nuevo y hasta -extremando algo la nota- de ascesis, para no aferrarse a lo viejo; que el afán de conservación, aun cuando lo supongamos (y no es poco) purificado de intereses personales, rápidamente degenera en anemia creadora y moho espiritual; que el talante apocalíptico y la tentación de las catacumbas no son más que eso: un talante (que debe ser ordenado) y una tentación (que debe resistirse); que hay momentos (e importa mantener el ojo alerta para reconocerlos) en que «no hay nada que conservar y no sirven los conservadores, nada que restaurar y no sirven los restauradores… hay que crear» (lo decía el nada progresista Castellani); que -en clave cristiana ahora- suelen ser los profetas y los santos las primeras víctimas del celo conservador; y que -en fin- Cristo hace todo nuevo.

    Del lado reaccionario o restaurador, se puede apelar a la tradición, al mandamiento de honrar (en sentido amplio) a los padres; y a la necesidad sagrada del arraigo, que reclama un trabajo en ese sentido; se puede invocar a Chesterton (hace falta estar estar vivo para nadar contra la corriente), a Lewis (cuando uno se ha metido en un camino errado, el verdadero progreso está en dar la vuelta), se puede invocar a los romànticos (Baudelaire, Dostoyevsky) y tantos otros (aunque casi ninguno gustará de colgarse aquel rótulo); incluso a Dolina … se puede hacer notar la especie de valentía y (también) de ascesis que representa resistir el empuje insolente de la masa, esclava de modas y hambrienta de novedades… en el sentido más vano de la palabra. Y advertir que si el amor es la norma suprema del cristiano, cabe una mirada amorosa hacia el pasado, que es algo que podemos contemplar como obra de Dios (a lo Simone Weil); con el futuro, no.

    Y también del lado conservador, cabe decir parecidas cosas (contra el discurso progresista), y recalcar la obligación de cuidar lo que nos ha sido dado, en un mundo frágil en tantos órdenes (podría hacerse un paralelo con el ecologismo); podríamos también pegarle a progresistas y reaccionarios con el mismo palo (y también apelando a Simone): el de la realidad; notar que, unos hacia el pasado y otros hacia el futuro, ambos son escapistas, cómodos, románticos que presumen de amar grandes cosas… lejanas: lo que fue o lo que vendrá (pero quien no ama lo que ve, no puede decir que ama lo que no ve); que el presente es en primer instancia lo real, es «nuestro prójimo»; y la aceptación y el cuidado de las cosas presentes —frágiles, imperfectas, difíciles de amar naturalmente— es una obligación que se impone a la creación de cosas nuevas o la recuperación de las antiguas.

    Estos sólo son esbozos de defensas, que podrían desarrollarse. Y quizás convenga desarrollarlas todas. Y sabemos el peligro, esa vieja jactancia sofística de sentirse capaz de armar alegatos contrarios. Igual.
    # | hernan | 11-julio-2007