Todos se destocaron para demostrar su respeto; luego los
tres Reyes fueron hacia la colina y encontraron la puerta de la
gruta. Ménsor la abrió, viéndola llena de una luz celeste, y al
fondo a la Virgen, sentada, sosteniendo al Niño, tal como él y
sus compañeros la habían visto en sus visiones.
Volvió sobre sus pasos para contar a los otros lo que acababa
de ver.
Entonces José salió de la gruta, acompañado por un
viejo pastor, para ir a su encuentro. Los tres Reyes le dijeron
con toda sencillez cómo habían venido para adorar al rey recién
nacido de los judíos, cuya estrella habían visto, y para
ofrecerle sus presentes. José los acogió muy afectuosamente, y
el anciano pastor los acompañó hasta su séquito y los ayudó en
sus arreglos, junto con otros pastores que se encontraban allí.
Ellos mismos se prepararon como para una ceremonia solemne.
Los
vi ponerse unos grandes mantos, blancos con una cola que tocaba
el suelo. Tenían un reflejo brillante, como si fueran de seda
natural; eran muy hermosos y flotaban ligeramente a su
alrededor. Eran éstas las vestiduras ordinarias para las
ceremonias religiosas. En la cintura llevaban unas bolsas y
unas cajas de oro colgadas de cadenas, cubriendo todo esto
con sus amplios mantos. Cada uno de los Reyes venía seguido por
cuatro personas de su familia, además de algunos servidores de
Ménsor que llevaban una mesa pequeña, una carpeta con flecos y
otros objetos.
Los Reyes siguieron a San José, y al llegar bajo
el alero que estaba delante de la gruta, cubrieron la mesa con
la carpeta y cada uno de ellos puso encima las cajas de oro y
los vasos que desprendieron de su cintura : eran los presentes
que ofrecían entre todos.
Ménsor y los demás se quitaron las
sandalias, y José abrió la puerta de la gruta. Dos jóvenes del
séquito de Ménsor iban delante de él; tendieron una tela sobre
el piso de la gruta, retirándose luego hacia atrás ; otros dos
los siguieron con la mesa, sobre la que estaban los presentes.
Una vez llegado delante de la Santísima Virgen, Ménsor los
tomó, y poniendo una rodilla en tierra, los depositó
respetuosamente a sus plantas. Detrás de Ménsor se hallaban los
cuatro hombres de su familia que se inclinaban con humildad.
Saír y Teóceno, con sus acompañantes, se habían quedado atrás,
cerca de la entrada.
Cuando se adelantaron, estaban como ebrios
de alegría y de emoción, e inundados por la luz que llenaba la
gruta. Sin embargo, allí sólo había una luz : la Luz del mundo.
María, apoyada sobre un brazo, se hallaba más bien recostada
que sentada sobre una especie de alfombra, a la izquierda del Niño Jesús,
el cual estaba acostado dentro de una gamella cubierta con una
carpeta y colocada sobre una tarima, en el lugar en que había
nacido; pero en el momento en que ellos entraron, la Santísima
Virgen se sentó, se cubrió con su velo y tomó entre sus brazos
al Niño Jesús, cubierto también por su amplio velo.
Ménsor se
arrodilló, y colocando los presentes ante él, pronunció
palabras conmovedoras rindiéndole homenaje, cruzando las manos
sobre el pecho e inclinando su cabeza descubierta.
Entre tanto,
María había desnudado el busto del Niño, el cual miraba con
semblante amable desde el centro del velo en que se hallaba
envuelto; su madre sostenía su cabecita con uno de sus brazos y
lo rodeaba con el otro. Tenía sus manitas juntas sobre el
pecho, y a menudo las tendía graciosamente a su alrededor.
¡Oh, qué felices se sentían de adorar al Niño Rey aquellos
buenos hombres venidos de Oriente!
Viendo esto me decía a mí
misma: «Sus corazones son puros y sin mancha, llenos de ternura
y de inocencia como corazones de niños piadosos. No hay nada
violento en ellos, y sin embargo están llenos de fuego y de
amor. Yo estoy muerta, yo no soy ya más que un espíritu; de
otro modo no podría ver esto, pues esto no existe ahora, y sin
embargo existe ahora; pero no existe en el tiempo; en Dios no
hay tiempo; en Dios todo es presente; yo estoy muerta, ya no
soy más que un espíritu». Mientras me asaltaban aquellos
pensamientos tan extraños, escuché una voz que me decía : «¿Qué
te puede importar eso? Mira y ataba al Señor, que es eterno y
en quien todo es eterno».
Vi entonces a Ménsor que sacaba de una bolsa, colgada de su
cintura, un puñado de pequeñas barras compactas, pesadas, del
largo de un dedo, afiladas en la extremidad y brillantes como
el oro; era su regalo, que colocó humildemente sobre las
rodillas de la Santísima Virgen al lado del Niño Jesús. Ella lo
tomó con un agradecimiento lleno de gracia y lo cubrió con un
extremo de su manto. Ménsor dio aquellas pequeñas barras de
oro, virgen porque era muy sincero y caritativo, y buscaba la
verdad con un ardor constante e inquebrantable.
Después se retiro, retrocediendo con sus cuatro acompañantes, y
Saír, el Rey cetrino, se adelanto con los suyos y se arrodilló
con una profunda humildad, ofreciendo su presente con palabras
conmovedoras. Era un vaso de oro para poner el incienso, lleno
de pequeños granos resinosos, de color verdoso; lo puso sobre
la mesa delante del Niño Jesús. Saír dio el incienso, porque
era un hombre que se conformaba respetuosamente y desde el
fondo de su corazón, a la voluntad de Dios y la seguía con
amor. Se quedó largo rato arrodillado con un gran fervor antes
de retirarse.
Luego vino Teóceno, el mayor de los tres. Tenía mucha edad;
sus miembros estaban endurecidos, no siéndole posible
arrodillarse; pero se puso de pie, profundamente inclinado, y
colocó sobre la mesa un vaso de oro con una hermosa planta
verde. Era un precioso arbusto de tallo recto, con pequeños
ramos crespos coronados por lindas flores blancas: era la
mirra. Ofreció la mirra, por ser el símbolo de la mortificación
y de la victoria sobre las pasiones, pues este hombre excelente
había sostenido perseverante lucha contra la idolatría, la
poligamia y las costumbres violentas de sus compatriotas. En su
emoción, se quedó durante tanto tiempo con sus cuatro
acompañantes ante el Niño Jesús, que tuve lástima de los otros
criados que estaban fuera de la gruta, y que habían esperado
tanto para ver al Niño.
Las palabras de los Reyes y de todos sus acompañantes eran
llenas de simplicidad y siempre muy conmovedoras. En el momento
de prosternarse y al ofrecer sus presentes, se expresaban más o
menos en estos términos: «Hemos visto su estrella ; sabemos que
Él es el Rey de todos los reyes; venimos a adorarlo y a
ofrecerle nuestro homenaje y nuestros presentes».
Y así
sucesivamente.
Estaban como en éxtasis, y en sus oraciones
inocentes y afectuosas, recomendaban al Niño Jesús sus propias
personas, sus familias, su país, sus bienes y todo lo que tenía
algún valor para ellos sobre la tierra.
Ofrecían al Rey recién
nacido sus corazones, sus almas, sus pensamientos y sus
acciones.
Le pedían que les diera una clara inteligencia,
virtud, felicidad, paz y amor. Se mostraban inflamados de amor
y derramaban lágrimas de alegría, que caían sobre sus mejillas
y sus barbas.
Se hallaban en plena felicidad. Creían haber
llegado ellos mismos hasta aquella estrella hacia la cual,
desde miles de años atrás, sus antepasados habían dirigido sus
miradas y suspiros, con un deseo tan constante. Todo el
regocijo de la promesa realizada después de tantos siglos
estaba en ellos.
La madre de Dios aceptó todo con humilde acción de gracias; al
principio no dijo nada, pero un simple movimiento bajo su velo
expresaba su piadosa emoción. El cuerpecito del Niño se
mostraba brillante entre los pliegues de su manto.
Por fin,
Ella dijo a cada uno algunas. palabras humildes y llenas de
gracia, y echó un poco su velo hacia atrás. Allí pude
recibir una nueva lección. Pensé: «con qué dulce y amable
gratitud recibe cada presente! Ella, que no tiene necesidad de
nada, que posee a Jesús, acoge con humildad todos los dones de
la caridad. Yo también, en lo futuro, recibiré humildemente y
con agradecimiento todas las dádivas caritativas» ¡ Cuánta
bondad en María y en José ! No guardaban casi nada para ellos,
y distribuían todo entre los pobres.
Cuando los Reyes hubieron abandonado la gruta con sus,
acompañantes, volviéndose a sus carpas, sus criados entraron a
su vez. Habían levantado las tiendas, descargado los animales,
puesto todo en orden, y esperaban delante de la puerta, llenos
de paciencia y de humildad. Eran más de treinta, y estaba
también con ellos un grupo de niños que llevaban solamente un
paño ceñido a los riñones y un pequeño manto.
Los criados
entraron de cinco en cinco, conducidos por uno de los
personajes principales bajo cuyas órdenes servían.
Se arrodillaban alrededor del Niño y lo honraban en silencio.
Finalmente, entraron los niños todos juntos, se pusieron de
rodillas y adoraron a Jesús con una alegría inocente y cándida.
Los servidores no se quedaron mucho tiempo en la gruta del
Pesebre, pues los Reyes volvieron a entrar solemnemente. Se
habían puesto otros mantos largos y flotantes; llevaban en la
mano unos incensarios, y con ellos incensaron con gran respeto
al Niño, a la Santísima Virgen, a José y a toda la gruta. Luego
se retiraron, después de haberse inclinado profundamente.
Ésta
era una de las formas de adorar que tenía aquel pueblo.
Durante todo este tiempo, María y José se hallaban penetrados
por la más dulce alegría. Jamás los había visto así; lágrimas
de ternura corrían a menudo por sus mejillas.
Los honores
solemnes rendidos al Niño Jesús, a quien ellos se veían
obligados a alojar tan pobremente, y cuya dignidad suprema
quedaba escondida en sus corazones, los consolaba
infinitamente. Veían que la Providencia todopoderosa de Dios, a
pesar de la ceguera de los hombres, había preparado para el
Niño de la Promesa, y le había enviado desde las regiones más
lejanas, lo que ellos por sí no podían darle: la adoración
debida a su dignidad, y ofrecida por los poderosos de la tierra
con una santa magnificencia. Adoraban a Jesús con los santos
Reyes. Los homenajes ofrecidos los hacían muy felices.
Las tiendas estaban levantadas en el valle situado detrás de la
gruta del Pesebre, hasta la gruta de la tumba de Maraha ; los
animales se hallaban puestos en filas y atados a estacas, y
separados por medio de cuerdas. Cerca de la carpa grande que
estaba al lado de la colina del Pesebre, había un espacio
cubierto con esteras, donde estaba depositada una porción del
equipaje; sin embargo, la mayor parte fue llevada a la gruta de
la tumba de Maraha.
Cuando todos hubieron abandonado el
Pesebre, ya se habían levantado las estrellas. Se reunieron en
círculo cerca del viejo terebinto que se alzaba sobre la gruta
de Maraha, y entonaron cantos solemnes en presencia de las
estrellas. No me es posible decir la emoción de aquellos cantos
que resonaban en medio del valle silencioso. ¡Durante tantos
siglos sus antepasados habían mirado los astros, rezado,
cantado, y he aquí que ahora todos sus deseos habían sido
escuchados ! Cantaban como ebrios de alegría y de
agradecimiento.
Entre tanto, José, con la ayuda de dos viejos pastores, había
preparado una comida frugal en la tienda de los tres Reyes.
Trajeron pan, frutas, panales de miel, algunas hierbas y
frascos de bálsamo, poniéndolo todo sobre una mesa baja,
cubierta con una carpeta. José había conseguido estas cosas
desde la mañana para recibir a los Reyes, cuya venida le había
sido anunciada de antemano por la Santísima Virgen.
Cuando los
Reyes volvieron a su carpa, vi que San José los recibía muy
cordialmente, y les rogaba, que siendo sus huéspedes, se
dignaran aceptar la sencilla comida que les ofrecía. Se ubicó
al lado de ellos junto a la mesa, y luego empezaron a comer.
San José no mostraba timidez alguna; hallábase tan contento que
derramaba lágrimas de alegría.
( Cuando vi esto, pensé en mi difunto padre, el pobre campesino,
que en ocasión de mi toma de hábito en el convento, se vio
obligado a sentarse a la mesa en compañía de muchas personas
distinguidas. En su sencillez y su humildad, al principio había
sentido mucho miedo; luego, púsose tan contento que hasta
derramó lágrimas de alegría. Sin querer, ocupaba el primer
lugar en la fiesta. )
Después de aquella pequeña comida, José los dejó. Algunas de
las personas más importantes de la caravana fueron a una posada
de Belén; las otras se echaron sobre sus lechos, que estaban
preparados formando un círculo bajo la carpa grande, y en ellos
reposaron. José, que había vuelto a la gruta, puso todos los
presentes a la derecha del Pesebre, en un rincón en el cual
había colocado un tabique, de manera que no se pudiera ver lo
que había detrás.
La criada de Ana, que después de la partida
de esta se había quedado al lado de la Santísima Virgen, se
había mantenido oculta en una gruta lateral durante toda la
ceremonia, no volviendo a aparecer hasta que todos se hubieron
marchado. Era una mujer inteligente y de espíritu grave. No vi
a la Sagrada Familia, ni a esta criada mirando los presentes de
los Reyes con satisfacción mundana; todo fue aceptado con
humilde agradecimiento y casi de inmediato distribuido
caritativamente.
Esta noche, vi en Belén un poco de agitación con motivo de la
llegada de la caravana a la casa en que se pagaba el impuesto;
más tarde hubo muchas idas y venidas en la ciudad. Las gentes
que habían seguido el cortejo hasta el valle de los pastores,
no habían tardado en volver. Luego, mientras los tres Reyes,
llenos de alegría y de fervor, adoraban y depositaban sus
presentes en la gruta del Pesebre, vi a algunos judíos rondando
por los alrededores, a cierta distancia, que espiaban y
murmuraban en voz baja. Más tarde, los vi ir y venir dentro de
Belén, y presentar diversos informes.
No pude dejar de llorar amargamente por estos desgraciados.
Sufro mucho viendo a estas malas personas que entonces, y
todavía ahora, cuando el Salvador se acerca a los hombres, se
ponen a murmurar y a observar, y luego, arrastrados por su
malicia, propagan mentiras. ¡Cuán dignos de compasión
me parecían aquellos desgraciados ! Tienen la salvación tan
cerca de ellos, y la rechazan, mientras que estos buenos Reyes,
guiados por s fe sincera en la Promesa, han venido desde tan
lejos han encontrado la salvación. ¡Ay! ¡Con cuánto dolor lloro
por estos hombres endurecidos y ciegos !
En Jerusalén vi hoy, durante el día, a Herodes leyendo todavía
unos rollos en compañía de unos escribas, y hablando de lo que
habían dicho los tres Reyes. Después todo entro nuevamente en
calma, como si se hubiera querido acallar este asunto.
Hoy por la mañana temprano vi a los Reyes y a algunas personas de su
séquito, visitando sucesivamente a la Sagrada Familia. Los vi también, durante
el día, cerca de su campamento y de sus bestias de carga, ocupados en hacer
diversas distribuciones. Estaban llenos de júbilo y de felicidad, y repartían
muchos regalos. Vi que entonces, se solía siempre hacer esto, en ocasión de
acontecimientos felices.
Los pastores que habían prestado servicios al séquito de los Reyes, recibieron
valiosas gratificaciones; también a muchos pobres les fueron ofrecidos
presentes. Vi que ponían unos chales sobre los hombros de algunas pobres
viejitas encorvadas que habían ido allí.
Entre las personas del séquito de los tres Reyes, había algunas que se
encontraban a gusto en el valle cerca de los pastores y que deseaban quedarse
allí para vivir junto a ellos. Dieron a conocer su deseos a los Reyes, y
obtuvieron el permiso de quedarse, habiendo recibido además muy ricos regalos,
entre otros, colchas, vestidos, oro en grano, y además los asnos en los que
habían montado. Viendo a los Reyes que distribuían también muchos trozos de
pan, me pregunté al principio dónde podían haberlo conseguido; pero luego
recordé haberlos visto varias veces, en los sitios en que establecían su
campamento, preparar, gracias a su provisión de harina, dentro de moldes de
hierro que llevaban, pequeños panes chatos, parecidos a las galletas, que
ponían sobre sus bestias de carga, amontonados dentro de livianas cajas de
cuero. Hoy vinieron también muchas personas de Belén que se agrupaban alrededor
de ellos, para conseguir algunos obsequios, bajo diferentes pretextos.
Por la noche, fueron al Pesebre para despedirse. Primero fue sólo Ménsor.
María
le puso al Niño Jesús en los brazos; él lloraba y resplandecía de alegría.
Luego vinieron los otros dos, y derramaron lágrimas al despedirse. Trajeron
todavía muchos presentes; piezas de tejidos diversos, entre los cuales algunos
que parecían de seda sin teñir, y otros de color rojo o floreados; también
trajeron muy hermosas colchas. Quisieron además dejar sus grandes mantos de
color amarillo pálido, que parecían hechos con una lana extremadamente fina;
eran muy livianos y el menor soplo de aire los agitaba. Traían también varias
copas, puestas las unas sobre las otras, cajas llenas de granos, y en una
cesta, unos tiestos donde había hermosos ramos de una planta verde con lindas
flores blancas. Aquellos tiestos se hallaban colocados unos encima de otros
dentro de la canasta. Era mirra. Dieron igualmente a José unos jaulones llenos
de pájaros, que habían traído en gran cantidad sobre sus dromedarios para
alimentarse con ellos.
Cuando se separaron de María y del Niño, todos derramaron muchas lágrimas.
Vi a la Santísima Virgen de pie junto a ellos en el momento de despedirse.
Llevaba sobre su brazo al Niño Jesús envuelto en su velo, y dio algunos pasos
para acompañar a los Reyes hasta la puerta de la gruta ; allí se detuvo en
silencio, y para dar un recuerdo a aquellos hombres excelentes, desprendió de
su cabeza el gran velo transparente de tejido amarillo que la envolvía, así
como al Niño Jesús, y lo puso en las manos de Ménsor. Los Reyes recibieron
aquel presente inclinándose profundamente, y un júbilo lleno de respeto hizo
palpitar sus_ corazones, cuando vieron ante ellos a la Santísima Virgen sin
velo, teniendo al pequeño Jesús. ¡Cuántas dulces lágrimas derramaron al
abandonar la gruta ! El velo fue para ellos desde entonces la más santa de las
reliquias que poseían.
La Santísima Virgen, recibiendo los presentes, no parecía darles gran valor; y
sin embargo, en su conmovedora humildad, mostraba un verdadero agradecimiento a
la persona que los ofrecía. Durante esta maravillosa visita no vi en Ella
ningún sentimiento de complacencia para consigo misma; solamente al principio,
por amor hacia el Niño Jesús y por compasión hacia San José, se dejó llevar con
naturalidad por la esperanza de que en adelante, San José y el Niño
encontrarían quizás un poco de simpatía en Belén, y que ya no serían tratados
con tanto desprecio como lo fueron a su llegada, pues la tristeza y la
inquietud de San José la habían afligido mucho.
Cuando los Reyes se despidieron, la lámpara estaba ya encendida en la gruta.
Todo estaba oscuro, y ellos se fueron enseguida con sus acompañantes debajo del
gran terebinto que había encima de la tumba de Maraha, para celebrar allí, como
en la víspera por la noche, las ceremonias de su culto. Debajo del árbol había
una lámpara encendida. Cuando las estrellas aparecieron, se pusieron a rezar y
a entonar melodiosos cantos. Las voces de los niños producían un efecto muy
agradable en aquel coro. Luego, se dirigieron todos a la carpa en la que José
había preparado de nuevo una ligera comida. Después de esto, algunos se
volvieron a su posada de Belén, mientras otros iban a descansar bajo la carpa.
Hacia la medianoche, tuve de pronto una visión. Vi a los Reyes descansando en
su carpa sobre unas colchas tendidas en el suelo, y cerca de ellos percibí a un
hombre joven y resplandeciente. Era un ángel que los despertaba y les decía que
debían partir de inmediato, sin volver por Jerusalén, sino a través del
desierto, siguiendo las orillas del Mar Muerto.
Los Reyes se levantaron en
seguida de sus lechos, y todo su séquito pronto estuvo en pie. Uno de ellos fue
al Pesebre a despertar a San José, quien corrió a Belén para advertir a los
que allí se habían hospedado; pero los encontró en el camino, pues ellos habían
tenido la misma aparición. Plegaron la carpa, cargaron el fardaje y todo fue
envuelto y preparado con una asombrosa rapidez. Mientras los Reyes se despedían
en forma conmovedora de San José una vez más delante de la gruta del Pesebre,
su séquito partía en destacamentos separados para tomar la delantera, y se
dirigía hacia el Sur con el fin de costear el Mar Muerto atravesando el
desierto de Engaddi.
Los Reyes instaron a la Sagrada Familia a que partiera con ellos, porque sin
duda alguna un gran peligro la, amenazaba; luego aconsejaron a María que se
ocultara con el pequeño Jesús, para no ser molestada a causa de ellos. Lloraron
entonces como niños, y abrazaron a San José diciéndole palabras conmovedoras;
luego montaron sus dromedarios, ligeramente cargados, y se alejaron a través
del desierto. Vi al ángel cerca de ellos, en la llanura, señalarles el camino.
Pronto desaparecieron. Seguían rutas separadas, a un cuarto de legua unos de
otros, dirigiéndose durante una legua hacia el Oriente, y enseguida hacia el
Sur, en el desierto.