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martes, 25 abril 2006
Religión, sí. Dios, no.
Hace unos días vi en un kiosco el titular
principal del "suplemento religioso" de Clarín,
en el que Gianni Vattimo proclamaba: "Religión, sí;
Vaticano, no"; o algo parecido. Y me hizo gracia.
Me pareció algo tan cómodo, tan tonto... pensé que este
es una lumbrera del pensamiento actual, pensé
en Chesterton y en Ratzinger, y por un momento
me sentí contento -y hasta algo orgulloso-
de ser católico (a veces me pasa, no crean).
Y pensé que, si de plantearse opciones se trata, algo más honesto que mentar el cuco del Vaticano habría sido tratar el concepto de iglesia ("religión, sí; ¿iglesia... ?"). Algo más honesto, digo, porque nos daría una mejor idea de la seriedad con que Vattimo usa la palabra "religión". Y más, pensé: por qué no hablar directamente de Dios? Acaso lo que en realidad piensa Vattimo (y con él tantos) sea : "Religión, sí; Dios, no". Pero, claro, es más cómodo decir "no al Vaticano", que preguntarnos si deberíamos decir "no a Dios"; y si de hecho lo decimos. Lo pensé, pero no lo dije en su momento; sobre todo porque no quería juzgar a Vattimo (aunque no se trata de Vattimo) por un titular; y porque no se me daba la gana de leer el artículo. Bueno. Estuve leyendo estos días el segundo volumen de Ratzinger entrevistado por Peter Seewald: "Dios y el mundo". Me gustó. Es más abarcativo de lo que esperaba, las preguntas del entrevistador, sin ser brillantes, son adecuadas: ni agresivas ni indulgentes; incómodas por momentos y algo cándidas, como deben ser. Y Ratzinger (no era Papa entonces) contesta con humildad y sentido común, como era de esperar. Se me ocurre que esto es una buena "Introducción al cristianismo", más que su libro así titulado. ¿Y qué tiene que ver esto con lo de Vattimo? Pues que, para mi sorpresa, encontré citada aquí esa fórmula; y precisamente en aquel sentido:
«Dios sí, Iglesia no» se ha convertido en un lema habitual. San Cipriano, obispo de Cartago (zoo-258), dijo a este respecto: «Fuera de la Iglesia no hay salvación», pues «quien no tiene por madre a la Iglesia no puede tener por padre a Dios». Estas palabras, ¿siguen siendo válidas hoy?
No, si las entendemos como que todos los no cristianos están condenados al infierno. Pero significa que, en cierto modo, uno necesita a la madre aunque no la conozca, la comunidad que te alumbra la fe y te entrega a Dios. San Cipriano habla de la relación entre Dios y la Iglesia en el contexto de la persecución. Alude a gentes que abandonan la Iglesia por miedo al martirio y que, sin embargo, creen seguir aferrados a Jesucristo, a Dios. A ellos les dice que quien abandona la comunidad viva, el cuerpo vivo, sale del arca de Noé para entregarse al diluvio. En este sentido muestra la inseparabilidad de la fe en Jesucristo y en la Iglesia. Dicho de otra manera: no puedo convertir a Cristo en propiedad privada y pretender tenerlo para mí solo. De Cristo, en cierto modo, también forma parte la incomodidad de su familia. La fe se nos da incluida en ese nosotros, de otro modo no existe. Cipriano no inventó teoría alguna sobre lo que Dios haría con los que no conocieran la Iglesia. También san Pablo, que tanto insiste en la Iglesia, dice que tenemos que comportarnos bien dentro de la Iglesia, lo que Dios hará con los de fuera, lo hará Él, los juzgará Él. Así que tampoco Pablo desarrolla teoría alguna sobre cómo acabará Dios con los demás. Sin embargo, afirma que aquel que ha visto a Cristo no puede separarlo de la Iglesia, tiene que vivirlo dentro de ella. Esta cuestión ha mantenido su palpitante actualidad a lo largo de dos mil años. Quizá pueda añadir unas palabras: hoy la situación ha cambiado aún más. Johann Baptist Metz dijo una vez que hoy estaba en vigor la fórmula: «Dios, no; religión, sí». Se desea tener cualquier religión, esotérica o lo que sea. Pero se rechaza un Dios personal, que habla, que me conoce, que ha dicho algo concreto y se acerca a mí con una demanda concreta y que también me juzgará. Ocurre que la religión se aparta de Dios. No se quiere prescindir del todo de ella, y se aspira a experimentar de diferentes maneras esa sensación de lo distinto, esa peculiaridad de lo religioso. Pero si falta Dios, si falta el deseo de Dios, eso se convierte en última instancia en algo carente de compromiso. En ese sentido no nos hallamos tanto en una crisis religiosa –las religiones proliferan– como en una crisis de Dios. sábado, 22 abril 2006
Diálogos
Fray Nelson
trae una serie de posts
(1 -
2 -
3 -
4 -
5 -
6 -
7 )
en forma de diálogo ficticio (dos curas y dos monjas), sobre las tensiones en los modos tradicionalistas/progresistas de ver las cosas: en particular, las razones a favor y en contra del
hábito religioso.
Interesante, en la forma y en el contenido (lástima que la serie se pierda un poco en el blog, el formato no lo hace muy accesible). En todo caso, esa forma de encarar los temas, me gusta; creo que, de entrada, tiene la virtud de ayudar a entender las razones (o al menos, las motivaciones) del que está en la otra vereda. Y lamento que esfuerzos como este -en particular, usando este viejo y eficaz recurso literario del diálogo- sean tan raros, dentro de los blogs y fuera. Devociones de feria
Fui a la Feria del Libro, compré uno de Ratzinger, uno nuevo
sobre Simone Weil de una italiana (por lo que estuve leyendo, parece
altamente recomendable) y alguna otra cosita. Pero
el placer mayor fue meterme en el stand de Japón
(cosa que no se me hubiera ocurrido hacer en las visitas pasadas ),
descubrir tres libros de estudio Ghibli (Totoro, Chihiro y Mononoke)
de muestra, y hojearlos morosamente, sentado en el suelo,
babeándome como un fan adolescente.
viernes, 21 abril 2006
Otro pelotazo en contra
Me llega un mail de un grupo católico dedicado a difundir
la devoción a la Divina Misericordia. Entre otras... cosas,
destacan tipográficamente esta afirmación:
... se ha demostrado científicamente, con mediciones físicas objetivas, que la Religión Católica es la única que cuenta con todos los medios de salvación.
Hago un esfuerzo para buscarle el aspecto positivo al mensaje...
y me digo que, gracias a católicos como estos uno puede
comprender mejor los sentimientos de los escépticos , y aun
de los anticlericales. No deja de ser una ganancia.
Aunque dudo que eso alcance a inclinar la balanza.
Suposiciones e ingenuidades
Luciano, lector ateo, a propósito de aquella cuestión
sobre la fe según Jesús, comenta:
..parece tan fácil de explicar si
imaginamos que buena parte de los Evangelios es una obra de propaganda escrita
por los discípulos de Jesús para convencer al vulgo de que su maestro es el
verdadero Mesías...
Distingamos.Me refiero a que, a lo mejor, esos versículos que citás no fueron escritos por los apóstoles pensando en que habrían de ser analizados por eruditos teólogos durante los siglos por venir, si no más bien que tenían que servir para convertir a sus conciudadanos de a pie, aquellos a los que hacía falta hablarles de curaciones milagrosas y repetirles una y otra vez "cree en fulano y te salvarás" para unirlos a la causa. Visto en perspectiva, no parece tan cuestionable: el cristianismo acababa de nacer y si no se emprendía una política "agresiva" (fea palabra) de divulgación de la nueva fe, a lo mejor se acababa ahí mismo también. ¿Que hay otras partes de los Evangelios que son mucho más profundas? No lo dudo (es más, lo sé), pero una cosa no quita la otra. Entiendo que a un cristiano le gustaría que la Biblia fuese un compendio de pensamientos tan sutiles y elevados que pareciera evidente que es Dios mismo quien los enuncia. Pero, ¿no se puede aceptar la posibilidad de que partes de ella tuvieran una utilidad más práctica e inmediata, a saber, en este caso, el de evitar que esta nueva secta del judaísmo que era en esos días el cristianismo, se extinguiera irremediablemente? Por un lado, es obvio que si partimos de supuestos diferentes, razonaremos diferente y llegaremos a conclusiones diferentes. Preguntar por qué Jesús dijo lo que dijo (o por qué los evangelios dicen que dijo lo que dijo) es un cosa si presuponemos que Jesús y la Biblia son lo que los cristianos creemos que son; si no, es otra cosa. Y es claro que, en este caso, mi pregunta suponía la creencia cristiana. Desde la posición escéptica, en sus diversas vertientes, el problema planteado es casi inexistente: no hay por qué buscar una consistencia de fondo donde no la hay, donde sólo se trata de motivaciones humanas (en los evangelistas, o en Jesús); preguntemos al psicologo, al antropólogo, al historiador, y listo. Bien. Pero, una vez levantada la pared que delimita los ambientes, no la hagamos más alta de lo necesaria, y no tapiemos las ventanas. Está bien que cada uno presuponga lo que le parezca razonable presuponer; pero que nadie se apure, por ejemplo, en presuponer la ingenuidad del otro. Por ejemplo: un escéptico bien puede creerse en un nivel superior al decir que el criterio psicológico-sociológico (la "motivación humana" del que escribió el evangelio) es lo más importante, y que toda hermenéutica debe arrancar por ahí; y probablemente presuponga que los cristianos evitan dirigir la mirada a estos -demasiado humanos- factores, puesto que ellos -ingenuamente- creen que la Biblia en verdad no está escrita por hombres, sino que está dictada por el mismo Dios. Pero esta misma presuposición del escéptico puede ser ingenua, miren ustedes (y, sí, tambien mi suposición sobre la ingenuidad del escéptico puede a su vez ser ingenua; así son las cosas). Porque, por un lado, y según creo, la Iglesia nunca ha enseñado que el carácter inspirado de las Escrituras deba pensarse en esos términos de "dictado" (tal vez algunas confesiones protestantes, o algunos cabalistas...), nunca ha negado el factor humano de la persona que pone por escrito los textos (y las imperfecciones que esto conlleva, evidentes por otra parte). La inspiración divina opera en otros niveles; la Escritura no es la "palabra de Dios" en el mismo sentido que los escritos que nos han llegado de Aristóteles son la palabra de Aristóteles; ni aplicando un factor de escala con todos los ceros que quieran. Por otro lado, hay que decir que la pregunta sobre "cuál fue la intención -didáctica/evangelizadora- del autor" ocupa un lugar importante en la exégesis cristiana actual, y la Iglesia lo reconoce explícitamente. Para algunos, este énfasis sobre la "intención del autor" se ha desorbitado algo (y yo, que no sé nada de estas cuestiones, me animo a simpatizar con ese reparo). Además, hay que tener en cuenta que nuestro contexto cultural también nos puede hace caer en ingenuidades y provincianismos insospechados: así, la imagen actual que tenemos del escritor (incluso, del escritor de un blog) proablemente nos estorba a la hora de entender en qué consiste "poner por escrito" un evangelio. [Hablo por boca de ganso acá, aún más que de costumbre]. La literatura de siglo I estaba regida por normas distintas, la trasmisión oral era lo primordial -y por consiguiente los recursos orales mnemónicos: las formas rítmicas, repeticiones, aliteraciones, estructuras de frases, etc-. En la puesta por escrito, pues, la iniciativa personal, la inventiva y la libertad del escritor era muy restringida: selección y disposición del material y no mucho más. La exigencia fundamental era la fidelidad (a lo trasmitido, al menos; viene después la cuestión de cuán fiel es esa trasmisión a los hechos originales). Por eso, el moderno escéptico que imagina a San Mateo pensando ... "A ver, qué podemos poner ahora, para convencer a la gente de que Jesús era un capo... a ver, pongamos que curó a un ciego, y después le dijo que.... "... tal vez, ese moderno escéptico sea más ingenuo de lo que cree. Y, curiosamente, tal vez esté hermanado en esa ingenuidad con otros modernos exégetas cristianos que también pretenden adivinar las motivaciones de Mateo, aunque sea en sentido distinto. Finalmente, no es que descarte las motivaciones humanas "interesadas" (propaganda, vamos) en la narración de los hechos, sea de parte de individuos aislados o de comunidades. De hecho, esta intención es bien rastreable en los evangelios apócrifos de sectas gnósticas, dicen. Pero la verdad es que, aun suspendiendo mis presuposiciones cristianas, no me resulta fácil imaginar esas motivaciones en la redacción de los evangelios (sinópticos, sobre todo). Acaso falta de imaginación, diferencias de mentalidad... Yendo al caso de las curaciones, no veo la conexión; su relato a lo sumo podría servir para convencer sobre el poder de Jesús, pero su relación con la fe "salvadora" (en qué nivel?) me queda demasiado oscura para servir como factor de propaganda. Sin contar con montones de rasgos que, así considerados, parecen contraproducentes; sobre todo el grito de Jesús en la cruz "Dios mío, por qué me has abandonado?"... no puedo concebir un publicista que dejara pasar algo tan comprometedor; por sofisticado que fuera, considerando que uno se dirige "al vulgo" y considerando que -en esta hipótesis- el evangelista-publicista se toma las libertades que quiera para poner y sacar... que no sacara eso me resulta -en esa hipótesis- incomprensible. Lo cual no refuta la hipótesis, ya lo sé. Es sólo mi impresión. Una cosa más: empezamos poniendo la condición de cristiano (o de escéptico) como suposición previa a la lectura de los evangelios. Pero, naturalmente, cabe plantearse el problema del huevo y la gallina: ¿uno es cristiano porque confía en los evangelios, o uno confía en los evangelios porque es cristiano ? Hay una realimentación mutua, claro está. Tratamos de entender el sentido de tal pasaje del evangelio, de tal dicho o acto de Jesús, queremos que Dios nos hable por ese medio; tratamos de hacerlo porque creemos en Jesucristo. Pero, al mismo tiempo, creemos porque en cierta medida ya nos ha hablado por ese medio. Imaginemos un cristiano que dijera "Yo no entiendo nada de los evangelios, todo lo que dice Jesús a primera vista me parece ilógico e irrelevante -en el mejor de los casos, mediocre-, pero, como soy cristiano, creo en la Biblia, y sé que eso debo atribuirlo a mi ceguera, algún día espero entender"... Sería absurdo, a mi ver, porque si uno es cristiano, debe creer en Cristo; y si cree en Cristo, debe tener motivos (no digamos razones) para creer. Y, si no me equivoco, los motivos se resumen en percibir la Buena Noticia (entrevista en las distintas facetas que nos trasmiten los evangelios) como la Verdad. Que es lo queríamos demostrar... o algo así. sábado, 15 abril 2006
Padre
Veo que Maldonado, a la hora de comentar el Padrenuestro,
se detiene a preguntarse lo que yo me preguntaba hace un tiempo:
si cuando llamamos "Padre" a Dios nos estamos dirigiendo
específicamente a la primera persona de la Trinidad
(Padre, Hijo , Espíritu Santo)
a Dios simplemente (a toda la Trinidad, digamos).
Dice Maldonado:
... puede defenderse uno y otro sentido. Muchos creen que se dirigen solamente al Padre estas palabras (Cipriano, Crisóstomo y Ruperto), y la razón es porque Cristo llama también Padre al mismo que nosotros, pero no de la misma manera: Subo a mi Padre y a vuestro Padre (Jn. 20, 7); pero yo apruebo con preferencia el sentir de los que dicen que toda la Trinidad es aquí llamada Padre. Y ¿por qué llamamos Padre a Dios? Primero, porque nos crió; lo cual hizo no solamente el Padre, sino toda la Trinidad; y después, porque nos conserva, no sólo el Padre, sino toda la Trinidad; y tercero, porque nos redimió, no el Padre únicamente, sino toda la Trinidad. Toda la Trinidad obrando, sólo el Hijo padeciendo, de manera que respecto de la redención sólo al Hijo, con preferencia al Padre, podemos llamar Padre nosotros; cuarto, porque por la gracia nos regeneró el Padre y toda la Trinidad.
Me queda la satisfacción, al menos, de comprobar que la pregunta
no era tan estúpida; aunque, en ese caso, me queda la leve perplejidad
de notar que al parecer nadie se plantea una pregunta tan básica.
Pero más perplejo me deja advertir que el pobre
Juan de Maldonado parece prácticamente desconocido en Internet; y, sospecho, no sólo en Internet...
viernes, 14 abril 2006
Nuestra patria
La Trinidad y la Cruz son los dos polos del cristianismo,
las dos verdades esenciales; una, alegría perfecta; la otra,
perfecta desdicha. El reconocimiento de una y otra y de su
misteriosa unidad es indispensable; pero en este mundo la
condición humana nos coloca infinitamente lejos de la
Trinidad, al pie mismo de la Cruz.
La Cruz es nuestra patria. Simone Weil De paso: un nuevo "Instituto Simone Weil", en México. miércoles, 12 abril 2006
El factor afectivo
En el prólogo a los comentarios al evangelio
de Maldonado (donde estoy buscando material
sobre aquel asunto de "la fe según Jesús"),
se hace una semblanza del andaluz (siglo XVI)
y su obra; y entre sus bemoles, el prologuista
del siglo XX anota:
... Otro defecto de Maldonado, en el estricto sentido del vocablo, es lo que podríamos llamar ausencia del elemento afectivo o, si se quiere, del factor psicológico, que tiene tanta parte en la explicación de los hechos y dichos de Cristo, como verdadero hombre que era, según acontece en la vida de cualquier hombre.
Es casi un lugar común, ya, esto del déficit
afectivo-psicológico de los exegetas antiguos,
de lo cual (nos) resulta una pintura de Jesús
poco humana.A nuestro comentarista no se le ocurre jamás que el Salvador gastara, v. gr., una broma suave al candoroso Felipe el día de los panes, o que mandase, con solicitud paternal que se diera de comer a la niña de Jairo, o que se sentase a velar el sueño de sus apóstoles en Getsemaní; nada de eso. Todo ello tenía fines trascendentales y exclusivamente dogmáticos: Felipe era el más incrédulo de los discípulos;- la joven resucitada había de demostrar comiendo la verdad de su nueva vida; en el huerto hubo expresión de amarga queja, etc. Hasta el sueño del Maestro mientras la tempestad del lago y la borrasca misma fueron fingidos para enseñar a los apóstoles... Esto da un tono hierático y solemne de estampa bizantina a los personajes del Evangelio, que para muchos es falta de interés y calor... Maldonado, bastante moderno en algunos sentidos, estaría aún del lado de los antiguos en ese aspecto. ¿Es verdad lo que dice ese lugar común, y es verdad que es un defecto -y que por ende, hemos progresado en eso? Mi impresión es que sí; aunque no estoy nada seguro. Y me gustaría haberme topado con algún análisis confiable de la cuestión -quiero decir, de alguien que por un lado conozca y ame a los antiguos, y por otro esté dispuesto a admitir de buena gana este "progreso" ...en algún sentido, y como excepción... si uds. me entienden. martes, 11 abril 2006
Era para ver si estaban atentos
Un par de lectores leídos se muestran poco conformes
con las explicaciones idiomáticas de don Barcia.
ver más... lunes, 10 abril 2006
Siniestro. Embarazo. Margaritas.
Como están las cosas, me extraña no haber leído ningún llamado
a desterrar del idioma las connotaciones (negativas y positivas respectivamente)
de las palabras "siniestro" y "diestro"; sea en nombre
del respeto a las minorías (los zurdos... en el sentido anatómico
de la palabra), o por las connotaciones políticas.
Leyendo un libro de Roque Barcia, "Sinónimos castellanos",
encuentro que el asunto, al parecer, tiene una raíz ritual:
La palabra siniestro, sinister en latín,
significó primitivamente el lado izquierdo, la mano zurda.
Pero la idea de lo izquierdo o de lo zurdo entró después en
la designación del espacio para los augurios, y la voz
siniestro adquirió una significación religiosa que conserva
aún en los idiomas neolatinos.
En el mismo libro, entre otras curiosidades,
me entero de por qué la palabra
"embarazo", se usa para designar al estado de hembra
gestante ("mujer embarazada"), y también como sinónimo
de "molestia" o "incomodidad". Es elemental, sí... ¿lo sabían?
¿se lo habían preguntado? Si no es así, abajo va la explicación.
Mas debe notarse una curiosidad, y es la siguiente: los augures romanos, para las ceremonias del rito, dividían el cielo de modo que lo que era mano izquierda para ellos era mano derecha para los dioses. Suponían que los dioses estaban delante del mundo, al frente de los hombres, y la situación que ocupaban era diametralmente contraria a la nuestra. Tal es la razón por que lo siniestro se consideraba como favorable entre los latinos. Lo siniestro estaba a la diestra del numen, y significaba para ellos lo contrario de lo que significa entre nosotros. Por esto dice Cicerón que las cosas siniestras parecían mejores a los romanos: nobis sinistra videntur meliora. Pero los griegos, al designar el espacio celeste para la observación de los presagios, obraron al revés que los latinos. Los dioses griegos debían estar detrás del mundo, guardando la espalda de los hombres, y lo que era siniestro para Roma fue diestro para Atenas. Nosotros seguimos el rito de los griegos. A menudo me topo, así, de casualidad, con alguna respuesta o explicación -más o menos obvia- a alguna cuestión más o menos trivial. Y me sorprende -y me molesta-, no tanto el haber ignorado esa respuesta, sino, sobre todo, que ella me haya salido al paso, en lugar de haberla yo buscado. Una especie de pereza o de timidez intelectual... (quizás miedo a pasar por ignorante en temas mundanos; "¡cómo!, ¿de veras no sabías eso?"; soy del tipo de personas que, instintivamente, se resisten a reconocer que no entendieron un chiste), que me inhibe para preguntar "¿por qué?"; incluso -y eso es lo que más me molesta- para preguntármelo a mí mismo. Otro ejemplo: Jesús habla de "no arrojar perlas a los cerdos". Tenemos, sin embargo, la frase hecha (española, al parecer) "no tirar margaritas a los chanchos". No parece ser lo mismo. ¿O sí? Es otro ejemplo, digo, porque lo que más me desalienta no es haber ignorado -hasta ayer- la explicación, sino no habérmelo preguntado. ver más... miércoles, 5 abril 2006
No todo lo que brilla es oro
Me acercan una linda cita de San Juan Crisóstomo, bastante típica
de su estilo. Automáticamente uno repasa la significación del apodo
que le colgaron ("Crisóstomo = Boca de Oro"), y asiente a ella; pero
tal vez sin entenderla del todo. Recuerdo un ensayito de Mircea Eliade (juvenil; de Fragmentarium), donde afirma que la calificación "de oro", en las culturas tradicionales, no alude tanto a la simple belleza, sino a la verdad profunda, a la autenticidad. De igual modo, la expresión "corazón de oro" originalmente -dice- se refería a una especie de sabiduría más que a una especie de bondad. Verdad, antes que Bien, o Belleza. Y no nos apuremos a apuntar que Verdad, Bien y Belleza de última son lo mismo (serán... pero de última; después de un largo camino), reprimamos las citas fáciles (Veritatis Splendor ; Leon Bloy y su sugerente afirmación sobre la verdad y la gloria), quedémosnos con las palabras de Eliade, que copio abajo. Porque... suenan lindo... pero yo quisiera estar más seguro de que son verdaderas. Que son de oro, al fin y al cabo.
Cuando el ilustre teólogo oriental recibió el apodo de Juan
«Boca de oro», esta expresión no aludía tanto a la belleza
de su discurso cuanto a su veracidad. El teólogo cristiano
expresaba a la perfección la verdad, la realidad. El mundo
oriental conservaba y prolongaba así, en los albores del
cristianismo, una antigua tradición que simbolizaba la
verdad con el oro. Se decía de algo que era «de oro» cuando
dejaba de ser humano, transitorio, cuando se salía de la
historia.
Un hombre con un «corazón de oro» era un hombre que había superado la condición humana, que había traspasado, de alguna forma, el umbral de lo trascendente, acercándose a la santidad. Y esta santidad, expresada por la fórmula «corazón de oro», significaba que aquel hombre vivía la verdad absoluta. El acento se pone, pues, en el conocimiento integral de la realidad y no solamente en la bondad del corazón, tal como podría parecer al principio. Un hombre con un «corazón de oro» será, por supuesto, muy «bueno» y muy caritativo, pero esta bondad es una consecuencia del conocimiento de los primeros principios. «El oro es la realidad», reza una antiquísima sentencia hindú (Satapatha Brahmana). Y reencontramos la misma concepción en cualquiera de las antiguas culturas tradicionales. No se trata solamente de un símbolo de la realidad, o de los «principios», tal como sucedía en China, por ejemplo, donde el oro representaba el principio yang, la «realidad inalterable», solar, las normas cósmicas. La significación del oro es mucho más profunda. Un «cuerpo de oro» es un cuerpo místico, compuesto por palabras sagradas, reveladas (esta idea está presente, especialmente, en la literatura sagrada hindú). Juan «Boca de oro» es, pues, el transmisor de un cuerpo místico oral, de un dogma revelado. El hombre con un «corazón de oro» es el hombre que vive en este cuerpo místico de la verdad absoluta. Solamente así comprenderemos la búsqueda alquímica del oro: como búsqueda de los principios de la realidad e intento por asimilar las normas. Asimilación que se puede realizar de varias formas, sea asimilación mágica (a través de la introducción del oro en el organismo humano), sea mística o metafísica. Lo que me parece fascinante en estas etimologías sagradas es el descubrimiento, detrás de unas fórmulas que, a primera vista, parecen profanas, relacionadas solamente con costumbres y supersticiones humanas, de unos significados metafísicos. Nada o casi nada era casual en la «vida de los antiguos». Todo tenía su sentido y su significación precisa; y estas significaciones, analizadas una por una, nos dejan entrever una visión metafísica de una coherencia perfecta. Allí donde hasta ahora sólo éramos capaces de ver simples manifestaciones de una «mentalidad prelógica», empezamos a descubrir una acabada formulación de las normas. El ámbito profano, el ámbito de los acontecimientos sin significación, ocupaba un lugar reducidísimo en la vida de los antiguos. Mircea Eliade |
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