esperando nacer
viernes, 18 mayo 2007
Cartas teresianas
Tres rasgos que quería anotar sobre las cartas de Santa Teresa, que estoy leyendo:

1. Lo extra-místico como piedra de toque del misticismo.
La enorme cantidad de problemas humanos de todo tipo que tuvo que afrontar, el buen sentido, buen ánimo, caridad y humor invertidos en soportarlos y afrontarlos, es para mí un signo de la autenticidad de lo otro. Castellani se reía de los especialistas modernos que diagnosticaban con suficiencia tal o cual desorden mental o neurastenia en una mística como Teresa... pongan a una neurótica a dirigir un convento de monjas, decía, y después me cuentan. Yo, que no dejo de tomar con pinzas estas afirmaciones de Castellani, acá le doy la razón por completo.

2. Egocentrismo. ("Yo, yo, siempre yo -decía, casualmente, el mismo Castellani- qué vamos a hacerle").
En la introducción a las cartas, a la hora de enumerar a los personajes del epistolario, el prologador comienza nombrando a la misma Teresa. Ella misma, la autora de las cartas, viene a ser el personaje central, dice. Y es cierto. Hecho algo sorprendente, y acaso perturbador para algunos lectores.
Y bien: hay escritores que se ponen a toman a sí mismos como personajes centrales, que tienden a mostrarse; otros tienen a ocultarse, a rehuir la autobigrafía (supongo que podríamos poner a San Agustín, Kierkegaard, Castellani, Bloy, entre los primeros; San Juan de la Cruz, Chesterton, Santo Tomás, Edith Stein, entre los segundos). No cabe, creo, defender una u otra tendencia, sin más; sí podrían señalarse ambigüedades y peligros de cada lado (pero eso quedará para otro momento; apunto de todas maneras la distinción sugerida por el mismo Castellani: "una cosa es ser subjetivo, otra ser autobiográfico"; si lo primero -entendido al modo kierkegordiano- es defendible y acaso necesario, lo segundo es más problemático). Y también debe decirse que si hay escritores (y santos) de ambos campos, también hay correspondientes lectores (y devotos), que tienden más a un lado o al otro. Se adivina que yo tiendo (aunque nada exclusivamente) a los autobigráficos/subjetivos/egocéntricos.
Cuestión de gustos. Sirva esto para hacer la obvia advertencia: Teresa no es para todos. (Justo hoy picoteaba el diario de Raïssa Maritain; y en algún lugar cuenta su turbación e incomodidad al leer Las Moradas (nada menos); evidentemente no lograba sintonizar con ella, y se preguntaba si se debería a la traducción; probablemente no, sospecho yo).

3. El hambre de cartas.
El trabajo de leer y contestar las cartas debió ser agotador; buena parte de la barahúnda de asuntos que le quitan tiempo. Sin embargo, parece que al mismo tiempo lo disfrutaba; si no siempre, muchas veces. Sobre todo con la gente con quienes podía abrirse: su hermano Lorenzo, el padre Gracián, y sobre todo María de San José, la monja con quien mejor se entendía; a ésta le escribe cosas como: «No tengo lugar de decir lo que quisiera. Hoy me dieron su carta el recuero. Mientras más larga, me huelgo más.» «Dios pague a vuestra reverencia, mi hija, el [cuidado] que tiene de las cartas, que con esto vivo.». Y también:
Sea con vuestra reverencia el Espíritu Santo, hija mía. La carta suya, hecha a 3 de noviembre, recibí. Yo le digo que nunca me cansan, sino que me descansan de otros cansancios.
Cayóme harto en gracia poner la fecha por letras. Plega a Dios no sea por no se humillar a no poner el guarismo.
Antes que se me olvide: muy buena venía la del padre Mariano si no trajera aquel latín. Dios libre a todas mis hijas de presumir de latinas. Nunca más le acaezca ni lo consienta. Harto más quiero que presuman de parecer simples, que es muy de santas, que no tan retóricas. Eso gana en enviarme sus cartas abiertas...
(Aclaraciones: escribir fechas con guarismos (números arábigos) no estaba al alcance de cualquier monja; sí de María José, monja letrada y culta; Teresa se pregunta, en broma, si no se habrá resistido a hacerlo por falsa humildad. Pero, al mismo tiempo, le tira otro palito en sentido inverso, por haber metido latines en la otra carta -al padre Mariano, que mandó abierta para que Teresa la leyera).

Algo chocante, esta afición a recibir y responder cartas, en semejante amiga de soledad", como se autodenominaba. Afición que podría parecer desordenada, y que alguien, con un poquito de mala voluntad, podría asimilar a la ansiedad contemporánea por revisar la casilla de email, o leer el mensajito de texto en el celular...
¿Y entonces? ¿Intentaremos defender a Teresa? No. Ni en sueños.
Pero sí podríamos tomar pie para otro post, cómo no.
hernan   ~   18/05/2007   ~  # comentar
martes, 15 mayo 2007
Citas
«¡Qué gran desolación puede producir el hecho de tener razón en una discusión con gentes que, como es demasiado habitual, son incapaces de separar su yo de lo que sostienen cuando discuten! ¿Cómo llegar entonces, por nuestra parte, a una demostración irrebatible y hasta in re? Puede el otro sentirse tan humillado, que, salvo si se trata de algo muy serio, parece que hay que preferir ceder y replegarse, porque en los triunfos dialécticos demasiado brillantes hay algo o mucho de un campo después de una batalla, o de un vencido atado a la rueda de nuestro carro de triunfo. Y seguramente todos tenemos la experiencia de cierto sabor amargo del haber tenido razón».
José Jiménez Lozano. Advenimientos.
Visto en Bienvenidos a la fiesta; recomendable.
 
Lo que la Iglesia denomina la Comunión de los santos es un artículo de fe, y no puede ser otra cosa. Preciso es creer en ello, como se cree en la economía de los insectos, en los efluvios de germinal, en la Vía Láctea, sabiendo muy bien que no puede comprenderse. Cuando uno se niega a ello, es, o un necio, o un perverso.
Se nos enseña, en la Oración Dominical, a pedir el pan nuestro y no mi pan. Para toda la tierra y para todos los siglos.
Identidad del pan de César y del esclavo. Identidad mundial de la impetración. Equilibrio misterioso del poder y de la debilidad, en la Balanza donde todo es pesado.
No existe un ser humano capaz de decir lo que es, con certeza. Nadie sabe lo que ha venido a hacer en este mundo, a quién corresponden sus actos, sentimientos y pensamientos; cuáles son sus más allegados entre todos los hombres, ni cuál es su nombre verdadero, su inmortal Nombre en el registro de la Luz. Emperador o mozo de cordel, nadie conoce su fardo ni su corona.
León Bloy (fácil de adivinar), en El Alma de Napoleón.
Según parece, un Instituto Napoleónico México-Francia (tomá mate) tuvo la ocurrencia de subir el texto completo de este libro, cuidada y con notas; la presentación del autor no está mal, a pesar de algunos objetables.
 
Y algo de S. Kierkegaard, de "El instante", colección de los últimos artículos que publicó, en una revista-panfleto de su autoría. Compré hace poco este libro, en la Feria del mismo, editorial Trotta. Y recordé entonces, con alguna melancolía, a aquella gente de Parte de Guerra que habían estado trabajando en la traducción de estos ensayitos incendiarios de K.; y hete aquí que al abrir el libro encuentro -grata sorpresa- que aquellos (Fenoglio y Cuervo) integran el grupo de traductores.
Bien por ellos, pues. Va una muestra:
Un hombre tiene lo que se llama una causa, algo que quiere en serio, pero dado que hay otros cuya tarea consiste en contrarrestrar, impedir, dañar, él debe tomar sus precauciones contra éstos, sus enemigos: de esto, cualquiera puede darse cuenta enseguida.
Pero que haya uno que, con la mejor intención, quizá sea mucho más peligroso por estar destinado a impedir que la causa verdaderamente llegue a algo serio: de esto, no cualquiera se da cuenta enseguida.

Cuando un hombre enferma de repente, acuden los bienintencionados en su ayuda; uno propone una cosa; el otro, otra. Si todos a la vez pudieran decidir, la muerte del enfermo sería segura; el consejo bienintencionado de uno ya sería quizá lo suficientemente preocupante. Y aun cuando no sucediera nada de esto y no se siguiera el consejo de todos los bienintencionados ni el de uno en particular, su presencia solícita y desconcertada de todos modos podría causar daño por cuanto se interpone en el camino del médico.

Así sucede también en un incendio. Apenas se escucha el grito de «iFuego!» cuando irrumpe en el lugar una masa humana, hombres simpáticos, cordiales, compasivos, serviciales, uno tiene una soga, el otro un balde, el tercero un matafuego, etc., todos hombres simpáticos, cordiales, compasivos y serviciales, que desean ayudar a apagar el fuego.
¿Pero qué dice el jefe de bomberos? El jefe de bomberos dice —sí, normalmente el jefe de bomberos es un hombre muy agradable y educado; pero en un incendio es lo que se llama poco delicado en sus expresiones— él dice, o mejor dicho, brama: «iOh, váyanse al infierno con todos sus baldes y matafuegos!». Y cuando estos bienintencionados se sientan quizá ofendidos y encuentren altamente indecoroso ser tratados de este modo y exijan ser tratados al menos con respeto, ¿qué dice entonces el jefe de bomberos? Sí, normalmente el jefe de bomberos es un hombre muy agradable y educado, que sabe mostrar a cada uno el respeto que se merece, pero en un incendio es otra cosa... Dice: «¿Dónde diablos está la policía?». Y si vienen entonces algunos agentes les dice: «Sáquenme de aquí a estos malditos hombres con sus baldes y matafuegos, y si no quieren irse por las buenas, sacúdanles un poco en las espaldas para que podamos deshacernos de ellos — y acceder».

Quiere decir que en un incendio el modo de ver las cosas es totalmente diferente al de la tranquila vida cotidiana. Aquello por lo cual en la vida cotidiana uno logra ser muy querido: la bondad, la mansedumbre y la buena intención, esto es sustituido en un incendio por palabras groseras y palazos en la espalda.

Y esto es totalmente correcto. Pues un incendio es algo serio y, siempre que se trate de algo serio, de nada sirve esa mansa buena intención.
No, la seriedad introduce una ley totalmente distinta: o lo uno o lo otro; o eres alguien que puede hacer algo en serio y tiene algo que hacer en serio, o, si no estás en esa situación, lo serio es justamente que desaparezcas. Si no lo entiendes por ti mismo, el jefe de bomberos te lo inculcará a través de la policía, lo que podrá resultarte muy provechoso y quizá contribuirá a hacerte un poco serio, de acuerdo con lo serio que un incendio es.

Pero, como en un incendio, así también sucede con las cosas del espíritu. Siempre que haya una causa para promover, un proyecto para poner en marcha, una idea para implantar — siempre se puede estar seguro de que cuando llega el que realmente es el hombre, el indicado, aquel que en un sentido más elevado tiene y debe tener el mando, aquel que tiene la seriedad y puede darle a la causa la seriedad que en verdad tiene — se puede estar seguro de que cuando llega al lugar, se encontrará, si se me permite decirlo así, con una jovial comparsa de tontos, que bajo el nombre de seriedad intenta chapuceramente servir a esta causa, promover este proyecto, implantar esta idea; una comparsa de tontos que naturalmente considera que negarse a hacer causa común con ellos (lo cual es justamente la seriedad) es una prueba segura de que al hombre en cuestión le falta seriedad. Yo digo que cuando el indicado llegue se encontrará con esto, o puedo decirlo también de esta otra manera: la cuestión de si es el indicado se decide en realidad por cómo se entiende a sí mismo en relación con esta comparsa de tontos. Si él considera que son ellos los que tienen que ayudar y que se potenciará en unión con ellos, eo ipso, no es el indicado. El indicado ve de inmediato, como el jefe de bomberos, que esta comparsa de tontos debe desaparecer, que su presencia y acción es la peor ayuda para sofocar el incendio. Pero en las cosas del espíritu no sucede como en un incendio donde el jefe de bomberos sólo necesita decirle a la policía: Sáquenme de aquí a esta gente.

Así sucede con todas las cosas del espíritu y así también en la esfera religiosa.
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hernan   ~   15/05/2007   ~  # comentar
domingo, 13 mayo 2007
La tía Teresa
1581, Quito. Lorenzo Cepeda (19 años, hace poco ha muerto su padre; él recién ha llegado a las Américas y ya se ha casado; ha dejado -entre otras cosas- una hija natural en su España, al cuidado de su tía Juana de Ahumada) recibe carta de su otra tía. De la tía Teresa:
... Ha salido hasta ahora muy virtuoso don Francisco, y así espero en Dios lo será, porque es muy buen cristiano. Plega a Dios oiga yo estas nuevas de V.M.* Ya ve, mi hijo, que se acaba todo, y que es eterno y para sin fin el bien o el mal que hiciéramos en esta vida.[...] Por ha que estuvo aquí don Gonzalo... Mucho quiere a V.M. y otras personas que dejó engañadas en la buena opinión que le tienen, que yo mejor le quisiera ver.

... V. M. escribe muy corto para estar tan lejos. Harta misericordia de Dios ha sido topar tan bien y haberse casado tan presto, que según de temprano ha comenzado a ser travieso, trabajo tuviéramos. En esto veo lo que le quiero, que con ser cosa para pesarme mucho por la ofensa de Dios, de que veo se parece tanto a V. M. esta niña, no la puedo dejar dejar de allegar y querer mucho...

* V. M. = "Vuestra merced" = "Usted"
Muy cariñosa la tía, pero no escatima sus palos... Y eso que está viejita, y no le faltan problemas por otros lados...
Vaya a saber cómo cayó esto al muchacho, y qué fue después de su vida... Al menos sabemos que conservó la carta, lo que no hicieron muchos otros.
Se calcula que Santa Teresa (porque se trata de Santa Teresa de Ávila, se entiende) escribió unas treinta mil cartas, y se conservan menos de quinientas. Las estoy leyendo, en una edición anotada; topé con ellas poco ha y dudé en comprarlas... (para cada cosa hay un tiempo y una edad; quizás esto era para una edad más joven...); pero las encaré, y me alegro. Muchas cosas de interés, que me había perdido en la lectura sumaria de sus obras completas (con las cartas casi sin anotar y con poco contexto, uno no pesca mucho).

Impresiona la cantidad de problemas que le caían a esta monja... contemplativa. Con la mitad yo estaría abrumado (por no decir stressado; cuidemos algo el idioma, que anda la gran Teresa cerca). No sólo el sobrino travieso: el hermano desequibrado, la priora imprudente, el capellán inútil, el inquisidor temible... Todos los problemas típicos del -ay- mundo adulto: relaciones humanas -familia carnal y espiritual-, problemas de dinero, problemas de salud... Cada vez más.
Y si lo que no te mata te fortalece, pareciera que a los santos esas cosas no las hacen menos santos sino más. Y ya que de santidad hablamos, pueden venir bien estas cartas contra imágenes ilusorias: santidad no es impasibilidad, ni siquiera impecabilidad. Cuando Dios quiere -y pareciera que casi siempre quiere- hay que arremangarse, traspirar un poco, acaso ensuciarse un poco; cansarse, dudar, angustiarse y entristecerse.

Así, en los mismos tiempos que Teresa escribe (¡y recorre!) Las Moradas, se entera de que el sobrino aquel anda en líos... y con una hija no se sabe de quién; y debe interceder delicadamente en el matrimonio de la hermana Juana, que anda en problemas; y le llega el rumor de que en Avila una arpía anda anunciando a todo el pueblo que su marido la abandonó seducido por la otra sobrina de Teresa, y los padres que no hacen nada para salvar lo poco que queda de la honra de la muchacha (esto será una de las mayores amarguras de sus últimos años). Y eso no es todo: los monjes calzados andan diciendo que el padre Gracián anda en tratos deshonestos con las monjas del tal convento de descalzas; y Juan de la Cruz está preso no se sabe dónde; y el hermano de Teresa ha prestado dineros para una fundación y hay que pedir a la priora que hagan un esfuerzo para devolverlo; y que no haga como la otra vez, caramba, que mandó parte del dinero por donde no debía y lo interceptó otro acreedor... Y el hermano benefactor se muere, y la consuegra pleitea para que no vaya tanto dinero a las monjas. Y los bandos de aliados y enemigos que se están formando entre los mismo descalzos, y los malentendidos, los rumores y las envidias. Y aquella priora que se ha malquistado con ella no sabe por qué. Y el obispo tal, y el visitador cual, y el rey y el papa. Y aquella ricachona que se suponía iba a aportar para la otra fundación y ahora les está haciendo pasar hambre. Y las otras monjas que ingresaron de los calzado, y trajeron sus mañas y sus mortificaciones idiotas (¡bofetadas y pellizcos!). Y aquel capellán de Malagón, bueno pero corto, que no sirve y no hace bien a las monjas, que hay que darle el olivo con delicadeza... a ver... cómo se lo decimos... no le encajemos la autoría del lío -digamos que fue el demonio- pero sí la obligación de arreglarlo; y si no puede y eso le hace perder el sosiego, aunque lo lamentaríamos mucho, tal vez le convenga poner distancia... a ver...
... me dijo estotro día la presidente que no se habia vuestra merced tan bien con ella. Dio a entender que no creía V.M la trataba con llaneza. El no la tener con V.M. me parece muy mal. Yo la escribo sobre ello... Bien sería que le hablase V.M. con llaneza y se quejase de lo que hizo con Ana de Jesús; porque si V.M. no desmaraña lo que el demonio ha comenzado a urdir, ello irá de mal en peor y será imposible sufrirlo V.M. con sosiego en el alma; y aunque me pesara mucho de que falte de ahí, veo que está más obligado a su quietud que ha hacerme merced. Dénosla el Señor como puede. Amén.

(Carta al P. Gaspar de Villanueva, julio de 1577)
Y este cuerpo viejo y sus achaques...
...llevé de aquí por priora una hija de Beatriz de la Fuente. Harto buena parece; tan pintada para aquella gente como vuestra reverencia para el Andalucía. San Angel la de Malagón, es supriora allí en Villanueva; hácelo muy bien, y otras dos con ellas harto santas. Pidan a nuestro Señor que se sirva de estas fundaciones. Y quédese con El, que no estoy para decir más; que, aunque la calentura es poca, los accidentes del corazón y de la madre son muchos. Quizá no será nada. Encomiéndenme a Dios.

(A María de San José, abril de 1580)
("madre" = matriz, útero)
Hay tres cositas para notar, se me ocurren, sobre Teresa y sus cartas. Pero como esto ya está demasiado largo, lo dejo para mañana.
hernan   ~   13/05/2007   ~  # comentar
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