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sábado, 28 abril 2007
Los principios al rescate
... El rostro de Julian se iluminó de gozo. Le costaba creer que el destino le hubiera impuesto a su madre una lección semejante. Soltó una risita para que ella lo mirara y viera que él ya lo había notado. La madre volvió despacio los ojos hacia él. El azul de sus pupilas se había tornado amoratado.
De "Todo lo que asciende debe converger", un cuento de Flannery O'Connor.
Por un momento, Julian percibió con incomodidad su inocencia; pero sólo unos segundos, hasta que sus principios lo rescataron. La justicia le daba derecho a reírse. La sonrisa se fue endureciendo en sus labios para comunicar a su madre, tan claramente como si lo hiciera con palabras: «Tu mezquindad merecía este castigo. Nunca olvidarás esta lección.» ... El hijo desprecia y odia las pequeñas manías e ignorancias de su madre, sureña de alcurnia venida a menos, y que no puede desprenderse de sus tics racistas; es claro, sin embargo, que el hijo está más equivocado, en un nivel más profundo. Por lo que veo, Flannery suele trazar malos, si así podemos llamarlos, que se parecen a este Julian: jóvenes, relativamente cultos (pero relativamente; y -sobre todo- en más pobre sentido de la palabra), desarraigados, impacientes, hinchados de efímeras sabidurías mundanas y al mismo tiempo desconectados del mundo; tipos de desprecio fácil y caridad difícil (aun cuando la caridad es deber de justicia más elemental, como en este caso). En el fondo, más tontos que los tontos que desprecian. Malos que uno puede sentir muy cerca, en suma. Y que suelen desembocar en algo que podríamos llamar castigo -muchas veces desmesurado; pero que no es propiamente tal, al menos no en un sentido ejemplificador ("el que comete tal pecado, termina así"), ni siquiera como un castigo inmanente o como consecuencia. Es otra cosa. Me parece, no sé. Estoy leyendo con gusto este libro de cuentos, que compré la semana pasada en la Feria. De paso, ¡qué linda tapa! ¿no? (pueden verla mejor clickeando arriba). Y no, no es Flannery, es una foto de una tal Eudora Welty (fotógrafa, no fotografiada; o eso creo). Una curiosidad extra: el título del cuento —que además dio título a un volumen de cuentos— lo tomó de Pierre Teilhard de Chardin (!). viernes, 27 abril 2007
Más papistas que el Papa
Problema: Ud. es un laicista obsesivo, al punto que le molesta muchísimo
toparse con festividades cristianas en los almanaques (Pascua y Navidad).
Pero no puede conseguir en ningún lado un almanaque* que omita esas menciones
y se limite a festividades civiles y/o días sin significación religiosa.
Solución: Acuda a una librería católica. Más concretamente: dese una vuelta por la Feria del Libro de la ciudad de Se hará así con el almanaque que estaba buscando, con frases ilustradas sobre el amor y la esperanza, y montones de fiestas y días que todos —sin distinción de razas ni credos— podemos y debemos celebrar * De paso: interesante el origen de la palabra almanaque ** La sonrisa no es indispensable, pero ... a "Ejemplar de cortesía", lo menos que se debe es sonrisa de cortesía. Y no me diga que le cuesta demasiado, a mí también me costó -por otros motivos, tal vez- pero me comporté como para la foto. jueves, 26 abril 2007
Ejemplo y semilla
... la relación entre la Eucaristía y la Reconciliación nos recuerda que
el pecado nunca es algo exclusivamente individual; siempre comporta también
una herida para la comunión eclesial, en la que estamos insertados por el Bautismo.
(*)
De Sacramentum caritatis.
No será lo más relevante —seguramente no lo más comentado—
y puede sonar a retórica abstracta o devota, de esas que uno suele pasar
de largo. No esta vez, en mi caso.
La repercusión del pecado propio en los demás. Nos cuesta percibirla, pareciera. A los cristianos no nos cuesta nada responder a aquellos que niegan los pecados que no causan un daño directo a otro: Todo pecado aunque sea solitario (o en compañía... pero contra nadie) se comete también contra Dios, y contra la sociedad, y contra uno mismo. Eso respondemos; y nos quedamos satisfechos. Y no convencemos mucho que digamos. Quizás porque en el fondo tampoco nos convencemos demasiado a nosotros mismos; la misma enumeración recargada de ofendidos indirectos es signo sospechoso... para el caso, con uno bastaba. Quedémonos pues con lo segundo: el daño que causa a la sociedad un acto malo que cometemos, aunque no sea directamente contra ella. Habría que cuidar primero de aclarar que "sociedad" no es lo mismo que "Iglesia" y "actos malos" no es lo mismo que "pecados"; pero parecería que hay una analogía, al menos, que una figura la otra y que, con la precaución de recordar que estamos dejando algo afuera, lo más alto incluye y presupone lo más bajo. Aún en este plano, no parece fácil. Apenas uno intenta formular la idea, empieza a oler a moralina. ¿Qué podemos decir? Lo primero, imagino, es la ejemplaridad de todo acto humano. Al obrar estamos dando ejemplo, bueno o malo. No parece una idea de mucha enjundia (ya les avisé; seguiremos como podamos); no parece algo muy apto para entusiasmar en el camino de la virtud - ni hablar de la santidad. El lado atacable es obvio: el acto es ejemplar solamente si es público; entonces, antendiendo a este factor, tendríamos cuidar mucho la faz externa, pública, de nuestros actos, más que la interna. Esto suena feo, sobre todo si recordamos las advertencias evangélicas contra la hipocresía (hipócrita = actor) y la exhortación a obrar bien en lo secreto, ante Dios solo; y aun si nos atenemos a la mera moral natural/laica. Esto nos lleva un segundo aspecto, relacionado: lo que agrega o quita al pecado el hecho de ser público. ¿Debemos preocuparnos por ocultar nuestros pecados o más bien por darlos a conocer? Tal vez tengamos en poco el llamado moderno a ser "auténticos", a "abrir nuestro corazón" y "a sacar todo afuera"; pero no podemos tener en poco aquella imprecación contra los "sepulcros blanqueados". Y aunque a veces uno quisiera defender cierto blanqueado liviano, atendiendo a lo de no causar escándalo, difícil nos será tragar que valga prevenir escándalos así... tapando pecados. Y con todo, yo creo en la importancia de este aspecto, el lado ejemplar de nuestros actos, y quisiera verlo más claro. Y poder conciliar (en la visión y el acto) los dos extremos: la necesidad de ser auténticos (de no ser hipócritas) y la necesidad de dar buen ejemplo. Claro, hay una respuesta fácil: sé bueno y auténtico, y no tendrás que preocuparte por si das buen o mal ejemplo. Qué gracia. El dilema se nos presenta cuando, cometido -o presupuesto- el pecado, debemos decidir sobre su publicación o su ocultamiento (en los diversos grados que estas palabras pueden tener). Sí, el santo no tiene este dilema, pero para llegar hasta ahí probablemente habrá tenido que resolverlo. No intentaré yo analizar cómo y qué plano deberían conciliarse los dos extremos. Pero citaré a Dostovevsky: por boca del stárets Zosima (Los Hermanos Karamazov), al mismo tiempo que recomendaba con energía ser abiertos con los niños, hablarles con franqueza y no ocultarles nada, al mismo tiempo decía:
Cada día, cada hora, cada minuto, obsérvate y procura que tu imagen sea
luminosa. Pasas cerca de un niño, pasas colérico, dejas escapar una mala
palabra, llena de ira el alma; tú quizás ni te has dado cuenta de la presencia
del niño, pero él te ha visto, y es posible que tu imagen desagradable
y ofensiva se haya quedado grabada en su pequeño corazón indefenso.
Tú no lo sabrás, pero quizás hayas arrojado ya en él una mala semilla,
que quizás germine; y todo ello por no haberte contenido ante la criatura,
por no haber educado en tí el amor circunspecto y activo.
Lo último apunta, pareciera, al plano donde deben conciliarse la exterioridad
y la interioridad: hay que preocuparse por no dar mal ejemplo, de no mostrarnos
sucios por fuera, pero esta preocupación debe nacer, naturalmente, de la misma
limpieza interior, de la educación esforzada en el amor "circunspecto y activo".Por otro lado, si nos resulta bastante claro el ejemplo, no deberíamos quedarnos allí; no se trata sólo de la impresión causada a un niño. O, dicho de otra manera: sospecho todos somos un poco niños, en ese sentido. Sospecho que todos somos más ignorantes e ingenuos de lo que creemos, en lo que respecta al obrar humano; a todos nos puede causar una impresión profunda cualquier pequeño acto del prójimo, para bien o para mal; y, aunque apenas lo recordemos, el buen o mal ejemplo observado puede empujarnos con fuerza a hacer el bien o el mal. Quizás nos cuesta más aceptar esto para nosotros que para los otros; preferimos creer que nuestras decisiones morales son bien racionales (aunque sea en el más alto sentido de la palabra), y nuestras caídas son cosa de nuestra debilidad. Nos resistimos a aceptar que la buena o mala conducta de un prójimo pueda influenciarnos demasiado. Somos adultos; sabemos que tal cosa está mal o está bien, eso debería bastarnos. Pero, análogamente a la fe, de hecho casi no podemos creer solos. Y así, cada tropiezo del prójimo nos es tropiezo, y ocasión de desaliento ("si X lo hace, no debe estar tan mal; y si tantos lo hacen..."), y cada minúscula heroicidad ajena nos es aliento y motivo de emulación. Semillas casi ignoradas, tal vez sembradas al voleo hace tanto tiempo, que un día se largan a dar frutos. Esto, repito, no ocurre sólo con los niños, o los jóvenes, aunque en ellos se da con fuerza particular. Sobre todo: reconocer que ocurre con nosotros requiere una especie de acto de humildad (avergüenza reconocer la trivialidad de tantos motivos que nos empujan a obrar y a creer), y este reconocimiento es importante para ver la cuestión del otro lado. Mientras mejor advierta cuán influenciable soy, más me esforzaré en dar buen ejemplo. domingo, 22 abril 2007
Atrabiliarios
En general, me parece que la sátira tiene poco que ver con el sentido del humor. La parodia puede estar más cerca, en tanto exprese una especie de afecto —y acaso una especie de reconciliación— para con lo parodiado. Pero la sátira no suele ser mucho más que un maquillaje riente de la maledicencia y el odio. A lo sumo podrá servir (una vez reconocida su condición de maquillaje) para constatar que lo que hay debajo... precisa maquillaje.A propósito —acaso— de atrabiliarios burlones y amargos, unos párrafos de "El complejo antirromano", de Urs von Balthasar:
... Lo dicho concierne a los apegados a su opinión, aunque sea relativa; a los que jamás han sabido aletear sobre la duda, a los que edifican su Iglesia en su propia roca y según sus principios. Sin saberlo ni quererlo de verdad, reivindican para sí una infalibilidad que siempre está definiendo, mientras el papa lo hace esporádicamente en favor de la Iglesia universal. Esa gente sabe, en virtud de sus infalibles principios, que el papa es un tradicionalista de rigidez extemporánea y anacrónica, o un modernista larvado y hasta un masón.
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El ergotista incapaz de renunciarse a sí mismo es la antítesis del que tiene coraje de decidirse por la catolicidad de la verdad, de situar el centro gravitatorio de su existencia en el Cristo concreto, en el Christus totus, como dice San Agustín, y de reconocer el carácter desesperadamente parcial de su propio horizonte espiritual, sabiéndose necesitado de complemento. No es más que un miembro en el Cuerpo místico, y, aunque sea ojo, sabe que para seguir siéndolo debe mantenerse pendiente del funcionamiento de los demás miembros. Hay católicos que, habiendo leído la declaración de la epístola a los Efesios, según la cual la Iglesia es el pleroma de Cristo y, por ende, la plenitud de la verdad, la juzgan excesivamente pretenciosa respecto a otras religiones y mundovisiones. Pero ¿han reflexionado bastante sobre lo que prueba la historia? Es un hecho que cada herejía condenada por la Iglesia se reduce a una verdad parcial que se contrapone al todo y se proclama absoluta. En los orígenes, esto es evidente en la lucha de Ireneo contra los gnósticos, que separaban la naturaleza y la gracia, el Antiguo y el Nuevo Testamento, el espíritu y el cuerpo, desembocando en un Jesús sin Padre, que no salvó al mundo y lo abandonó a su desesperación. Todas las veces que hubo necesidad de definir, fue por salvar el conjunto, comprometido por una parte proclamada absoluta, pues se oponía el todo, que debe creerse y adorarse simplemente, a la parte presuntamente comprendida, dominada y de hecho manipulada. No faltaban siempre las mejores intenciones de servir a Dios. Por ejemplo, los "solos" de la Reforma —la fe sola, la Escritura sola, la gracia sola, la gloria a Dios solo— pretenden impedir los atentados y usurpaciones de la criatura contra la omnipotencia de Dios. Pero, examinados más de cerca, resulta que impiden a Dios ser lo que no es; ser, por ejemplo, hombre, si se le ocurre serlo; estar fuera del cielo, formar su criatura o su plasma, como dice Ireneo, con capacidad de responder verdaderamente a Dios gracias al hálito de vida que le insufló y a la palabra divina que le dio. ¡Como si Dios se manchara contrayendo una unión nupcial con otro que él, que viene de él! Karl Barth detesta el "y" católico: "La teología del 'y' con todos sus retoños brota de una raíz. Si quien dice 'fe y obras', 'naturaleza y gracia', 'razón y revelación', quiere ser lógico, debe decir también, necesariamente, 'Escritura y Tradición'. Es una manera de confesar que se ha relativizado de antemano la grandeza de Dios en su comunión con los hombres", dice. ¿No sería mejor decir que esa y afirma que la criatura deja a Dios en toda su grandeza, libre de ser él mismo fuera de sí mismo, siendo el Creador que da libertad y siendo el Redentor "por quien, con quien y en quien" podemos nosotros alabar al Padre en el Espíritu Santo? Quizás, el católico está con frecuencia necesitado de montar guardia contra la tibieza y la presunción; pero no le faltan en su Iglesia santos en abundancia que le inspiren el sentido auténtico de la grandeza divina. ¿Los santos? No fueron precisamente de esas solteronas resentidas y rezongonas —entre las que no entra, por cierto, K. Barth, tan entusiasta y aficionado a Mozart. Los santos no son "malhumorados" de profesión. No carecen, en una palabra, del sentido del humor, que, bien entendido, es un carisma misterioso, pero innegable y característico, de lo católico, y que falta a todos los "progresistas" y a todos los "integristas" —y quizás más a éstos que a aquéllos. Unos y otros satirizan y ergotizan maliciosamente. Son criticones, protestones, burlones. Rebosan amargura. Lo saben todo mejor que nadie. Se apoderan de la infalibilidad. Se declaran jueces y profetas legítimos de todo y de todos... Son, en suma, los fanáticos, término que viene de fanum, santuario, y hace referencia a los "guardianes del umbral", investidos de la divinidad, arrebatados de furias divinas, atrabiliarios al estilo del jansenismo que durante siglos se propagó, como peste, por toda la espiritualidad francesa. Quizás hayan sido Claudel y Bernanos los primeros en curarse del mal. Evidentemente, esa gente critica y critica. Después de haber criticado a fondo la razón pura, la razón práctica y el juicio, no les queda de la razón más que la crítica, la única verdadera cosa en sí, que tritura todo lo que cae bajo las piedras de su molino. La idea de Dios, el lenguaje que lo expresa, todas sus formas de manifestarse, toda forma y todas las formas de la Iglesia..., todo queda hecho trizas. ¿No comenzó Fichte su carrera con un ensayo crítico de toda revelación? Naturalmente, el "catolicismo crítico", en su radicalismo, es una contradicción in terminis: lo existente no debe existir, o tiene que existir de modo radicalmente diverso. "La transformación total" es la consigna de todos estos comparsas sin humor, montados a horcajadas sobre los principios. Son rígidos e inflexibles, cuando la firmeza del católico es dúctil y maleable por no estar apegada a sí misma y encerrada en criterios personales y por apoyarse en el gran Dios incomparable. Para el verdadero católico, Dios es siempre y cada vez mayor, pero los progresistas son fanáticamente "mayores", mientras los integristas son fanáticamente "menores", pues que, si la comunión en la boca, si no sé qué apariciones de la Virgen..., acuden a Roma en demanda de definiciones dogmáticas donde no ha lugar. Los fanáticos de los "solos" de la Reforma incurren a menudo, por una férrea ley de la filosofía de la historia, en el extremo contrario, y, por lo mismo, en la esquizofrenia de la dialéctica, mientras hoy las alas del progresismo y del integrismo pelean al borde de la catolicidad, se provocan entre sí y acaban en mutua dialéctica. Ciertamente, en la Iglesia no somos todos lo que debiéramos ser. Ni todos somos santos ni todos llegamos al estado de equilibrio ideal. No todos logran aletear sobre las oscilaciones pendulares con el espíritu de humor a que nos referíamos. ¿No es, acaso, un invento bien humorista de la Iglesia católica, desde los primeros Padres hasta el humanismo moderno, pasando por la primera escolástica, tender incesantemente a asimilar la herencia de la antigüedad y de todas las religiones no-cristianas y responder a la Reforma con los angelotes del Barroco bávaro? |
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