esperando nacer
sábado, 11 noviembre 2006
Santidad naif
Mal que les pese a tantos, salir de la ingenuidad para caer en el cinismo, no es ganancia. Por ejemplo (*):

Uno puede hacerse distintas imágenes de la santidad. No nos paremos en la imagen que suelen tener algunos de afuera, como un título honorífico que concede la Iglesia, una especie de premio a los miembros más prominentes -gente "muy religiosa", con una virtud tan almibarada (y tan atractiva) como sus mismas estampitas.
Por encima de las pobres ideas laicas, y por debajo de altas místicas y teologías, quedémosnos con la simple santidad, como ese algo ( cualidad ? hábito ? ... estado?) que uno normalmente desea para sí mismo (y para los otros; pero, en primer lugar, para sí mismo). No hace falta ser católico, ni siquiera creyente, creo, para entender esto, y aun desearlo (el mismo Dolina... ). Pero es claro que el caso del cristiano es o debería ser el paradigmático.
En particular, y limitándonos a los cristianos que pueden y suelen decirse a sí mismos con sinceridad "yo quiero ser santo" (o al menos con melancolía : "quisiera ser santo"; o peor: "hubiera querido ser santo") me parece que hay una concepción del asunto que es característicamente infantil; y por lo mismo, algo ingenua.
Infantil, digo, en sentido amplio; el que ha vivido poco, digamos.
El adolescente con berretines religiosos que ha empezado a leer vidas de santos; pero también —y sobre todo... creo— el converso reciente.

Según este modo de ver, ser santo —la beatitud, acá abajo— es en primer lugar estar limpio, un estado de serena y continua alegría, cuya fuente es la devoción religiosa (la presencia continua de Dios), apuntalada en la oración y la ascesis, y que se vuelca fuera en bondad y bonhomía (sonrisa suave, incapacidad de odiar y de pecar). Caminar en el aire. Enamoramiento. Ternura. Pureza.

Y parece al alcance de la mano, o poco menos.

Después vienen los años y sus cosas. El mundo, la carne y el diablo se turnan para darte interminables cachetadas, y un día te encontrás repitiendo los versos de Almafuerte:
Mucho barro hay que batir
en la vía del sepulcro.
No hay oficio menos pulcro
que el oficio de vivir.
Y te acordás de aquellas fantasías, de aquellos éxtasis continuos imaginados, y sonreís... y no con la sonrisa del santo, precisamente.
Y no está mal: es verdad que en aquel sueño de santidad había mucho de ingenuidad. Y así como había algo de falso en esas heroicas ascesis (puesto que eran imaginadas sobre un fondo de consuelos sensibles; y así cualquiera se imagina asceta **), también había algo de falso en esa pureza imaginada, el santo que no se despeina y no se ensucia las manos: virtud mayormente negativa (antes que nada: no pecar), ignorante de la complejidad moral de la realidad y de la propia debilidad. Con esa idea, con la preocupación por no mancharse, por evitar ocasiones de pecado a la enésima potencia (ocasiones de ocasiones de pecado...) uno quedaría incapacitado para hacer el bien; y hasta para tener la experiencia de la propia miseria.
Si la santidad es para todos, la santidad no puede ser eso.

Está bien. Y vale para no caer en el desaliento.
Pero: tampoco es cuestión de matar aquellos berretines de santidad; se trata de podarlos (para que crezcan), no de dejarlos secar. Fea cosa sería repudiar nuestra pasada ingenuidad, aun cuando fuera cierto (está por verse) que hemos ganado algo en sentido crítico, en experiencia (o en humildad, incluso, como advertía la misma Teresa). Problemática ganancia sería, si sólo nos sirve para olvidarnos de ser santos.

Por eso, me digo, conviene cada tanto releer alguna de esas vidas de santos, evocar aquellas devociones ingenuas y el punzante sabor (aunque sea imaginado, tiene el sabor de lo real) de la beatitud que ansiamos. Importa no perder eso. Ayuda a mantenerse despierto, a recordar algo que, aun revestido de ropajes infantiles, es profundamente verdadero y esencial. Y aunque no pretenderemos volver a la ingenuidad de la infancia, tampoco olvidaremos que, en algún sentido, nos toca hacernos niños.
Que, al fin y al cabo, y según dicen, no es muy distinto a hacernos santos.


(* Seguramente podría armarse un ejemplo paralelo, sin muchos retoques, con el caso del amor conyugal).

(** Me acuerdo ahora de nuestro Leopoldo Marechal, que en varios lugares de su narrativa se ríe un poco de estas fantasías; y parece un rasgo autobigráfico).
hernan   ~   11/11/2006   ~  # comentar
miércoles, 8 noviembre 2006
Cielo imaginado
Éticamente hablando, la pasión más alta es la del interés (lo cual se expresa en que uno, a través de sus actos, transforma toda su existencia en relación con el objeto de su interés); mientras que estéticamente hablando la pasión más alta el la del desinterés. Un hombre que se desprende de sí mismo a fin de alcanzar algo grande, sigue una inspiración de orden estético; un hombre que se desprende de todas cosas para salvarse a sí mismo, sigue una inspiración de orden ético. [...]
La felicidad eterna sólo tiene relación con una persona verdaderamente existente, nunca con el orador que tiene la cortesía de incluirla en la lista de bienes que desea. La gente no suele animarse a negar ese bien; de modo que lo incluyen; pero justamente, al incluirlo, están mostrando que no lo incluyen. No sé si son para reír o para llorar, semejantes enumeraciones: un buen trabajo, una mujer hermosa, buena salud, prestigio y poder... y también la felicidad eterna. Es curioso que una persona, con sólo hablar de una cosa, pueda mostrar que no está hablando de esa cosa...
De esa manera, desear la felicidad eterna es doblemente absurdo; primero, porque se la desea como un bien adicional, como si fuera un regalo sorpresa en un arbol de Navidad; y segundo, porque se la desea: pues la felicidad eterna sólo tiene relación con la existencia, no con la dialéctica-estética de un genio que cumple tus sueños. [...]
Pero me dirá alguno de esos caballeros voluntariosos, uno de esos hombres serios que quieren hacer algo para alcanzar la felicidad eterna: "¿No se puede determinar con certeza, claridad y brevedad qué es, al fin y al cabo, esa felicidad eterna? ¿No puede Ud. describírmela, mientras me afeito, tal como un poeta describe la hermosura de una mujer, la púrpura regia, o un país remoto?". Afortunadamente, no, no puedo hacerlo; afortunadamente no soy una naturaleza poética o un clérigo amable, pues entonces podría intentar hacerlo... y acaso lo lograra, acaso lograra reducir la felicidad eterna a categorías estéticas, de manera que el máximo de la pasión (pathos) se concentrara en la maravilla descriptiva. Y esto, aun cuando la tarea es , estéticamente hablando, desesperada: hacer algo —estéticamente— de una abstración como la felicidad eterna.
Porque —estéticamente— es muy apropiado que a mí, espectador, me encante la escenografía y la luz de luna teatral, y que regrese a casa satisfecho tras haber pasado una tarde agradable; pero, éticamente, sigue siendo cierto que no hay en mí otro cambio que el causado por mis actos.
Éticamente, es bien apropiado que la pasión más alta del individuo auténticamente existente se corresponda con lo que, estéticamente, es la idea más pobre: la de la felicidad eterna.
Y es apropiado (estéticamente entendido) lo que dicen los ingeniosos: que los ángeles son los seres más aburridos de la creación, que la eternidad es como un día interminable y aburridísmo (¡ya un solo domingo resulta aburrido!), una interminable monotonía, y que incluso la desdicha parece preferible. Éticamente, está bien que así sea, para que así el individuo existente no pierda su tiempo imaginando esto y lo otro, y en cambio se vea apremiado a actuar.

S. Kierkegaard
(De "Postcriptum acientífico conclusivo a las Migajas Filosóficas")
PS: Que nadie me pida explicaciones sobre Kierkegaard, para mí es tan enrevesado como para cualquiera, tómenlo o déjenlo. Una observación, sólo: los que conocen (conocemos) el pensamiento de K. a través de esquemas de segunda mano (Castellani, por ej.), tendrán en mente los "tres estadios": estético - ético - religioso, y acaso se extrañarán del uso que se hace acá de la palabra "ética", como la instancia más alta. Para aclarar la cuestión tal vez pueda servir este ensayo que ya mencioné hace tiempo, y donde esta aparente paradoja es planteada explícitamente en los dos primeros párrafos.
hernan   ~   08/11/2006   ~  # comentar
martes, 7 noviembre 2006
Esto no termina acá
Estaba viendo, y no por primera vez, un capítulo de "Conan, el niño del futuro", una vieja serie de Miyazaki (¿les dije que me gusta Miyazaki?), la única serie de TV que hizo, antes de fundar estudio Ghibli. Y en una de las varias escenas dramáticas, en la que la pareja protagonista está al borde de la muerte, se me cruzó por la cabeza aquello de "no puede ser que se muera acá... se terminaría la película".

Es la consideración que usamos, con suficiencia de conocedores, para calmar la ansiedad de los ingenuos —los niños— cuando el héroe se las ve negras (y en este caso, yo mismo sentía alguna ansiedad, aunque ya conociera el desenlace; es que las escenas bajo el agua, cuando falta el aire, me resultan algo angustiantes).

Consideración que se sigue naturalmente de dos premisas.
Primera: el personaje en cuestión es indispensable para el desarrollo de la historia: no puede seguir sin él.
Segunda: la historia todavía está lejos del final: todavía falta mucho.

Y, en efecto, así suele ser; en el caso de las películas y las series de TV.
Pero hasta ahí, nomás. Digo, porque... se me ocurre que a veces queremos creer que las premisas siguen siendo válidas (y por lo tanto, la conclusión) más allá: para nuestra historia, por ejemplo, o para la historia de este mundo.
Pero, claro, si uno lo piensa un poquito, no hay por qué suponer que la historia no pueda seguir sin uno.O que la historia (la de uno o la de todos) no esté en las últimas, y que en cualquier momento empezarán a pasar los títulos finales y a encender las luces. ¿No?

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hernan   ~   07/11/2006   ~  # comentar



Contacto:
Hernán J. González
hgonzalez@gmail.com
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