… se trata de una novela cómica sobre un cristiano malgré lui, y por lo mismo
es muy seria, ya que toda novela cómica que valga algo debe tratar de temas
de vida o muerte. Sangre Sabia es obra de una escritora congénitamente ignorante
de teorías, pero con determinadas preocupaciones. Que la creencia en Cristo
sea para algunos cuestión de vida o muerte ha sido una piedra de tropiezo
para muchos lectores; estos prefieren creer que la cuestión no tiene mayores
consecuencias. Y para ellos la integridad de Hazel Motes reside en su
esfuerzo tan denodado por deshacerse de la figura harapienta que se mueve
de árbol a árbol en el fondo de su mente. Para la autora, la integridad
de Hazel reside en no ser capaz de hacerlo. ¿Puede ocurrir
que la grandeza de una persona resida en lo que no es capaz de hacer? Yo creo
que ocurre con frecuencia; porque la voluntad libre no signica
una voluntad única, sino muchas voluntades enfrentadas en un hombre.
La libertad no puede concebirse en términos simples.
Es un misterio, y una novela -incluso una novela cómica- sólo puede
pretender profundizarlo.
Flannery O’Connor, de su nota-prefacio para la segunda edición de «Sangre sabia» (Wise blood). Archivo por meses: noviembre 2007
Suegros anacrónicos
Hallaj (místico musulmán, siglo X) hacía una especie de noviciado bajo la dirección de ˘Amr Makki, cuando decidió casarse con la hija de Abu Acta˘ («el manco»). Esto sorprendió desagradablemente al maestro, quien rompió relaciones con el discípulo y con el futuro suegro. Opina Louis Massignon que…
… no fue tanto su celo de guía espiritual, cuanto el rencor de hombre ambicioso decepcionado, lo que llevó a ˘Amr a concebir ese odio contra un discípulo que, aunque todavía muy joven, parecía ya, entre los notables de Basora, predestinado a la santidad, motivo de que Acta˘ lo codiciara como yerno.
No sé si hoy un padre tiene codicia por tal o cual yerno —por lo que veo, no parece que alcancen a tener oportunidad de ejercerla— … Pero en todo caso, que en determinada cultura fuera la «predestinación a la santidad» un factor capaz de excitar esa codicia, me hace gracia —y me da un poquito de envidia.
De planchadoras y excelencias perdidas
Una de las entradas de uno de los diarios de José Jiménez Lozano, de «Los cuadernos de letra pequeña»:
Pero a mí, lo que más me toca es el personaje y el dicho. Como esos episodios y personajes de novela, de importancia incierta pero que uno atesora, referencias que una lleva siempre consigo… sospecho que esta planchadora y su maestra, y sobre todo su frase final («Chicas, el oficio se acaba») me va a acompañar mucho tiempo.
Conversación con una antigua planchadora, que entró de aprendiza a los catorce años, y allí estuvo en su oficio hasta que éste desapareció.
Me dice que ningún problema había con los trajes y vestidos, incluidos los de alta moda o los vestidos de novia más aparatosos, y que el trabajo y la pejiguera lo daban las servilletas, los pañuelos y la ropa de cama. Asegura que no es lo mismo planchar que aplastar, y que un doblez bien hecho, como debe ser, no tiene que dejar apenas huella al extender la pieza, ni ésta aparecer como acartonada, y que ésa fue la primera lección que la dio su maestra.
«Y se dice pronto, pero no es tan fácil como parece, sobre todo, con la ropa blanca.» La plancha, por lo visto, podía empañar la blancura.
«¿Ha visto usted la ropa blanca tendida cuando la agita un poco el viento, que es una divinidad? ¡Bueno, pues hay que tener mucho cuidado de que ese blancor no lo pierda!»
Luego habla de los almidones, que dice que eran como los enemigos del alma.
La maestra las decía: «¡Nosotras no somos cortadoras de carne ni entablilladoras, chicas; nosotras planchamos para bien vestir, bien comer y bien estar en la cama, como personas!»
Pero que, luego, en unos cuantos años, todo eso ya dio igual, porque los clientes ya no sabían lo que era una pieza bien planchada, eran simplemente gente de dinero, y la daba lo mismo cualquier cosa, y entonces fue cuando la maestra comenzó a decir: «¡Chicas, el oficio se acaba!», y que así fue, comenta con un suspiro.
«¿Y si yo la dijera que ahora puede pasar lo mismo con los libros?» –la pregunto. Y se queda un poco pensativa, pero enseguida responde: «Pues ¿qué quiere que le diga? Cuando empiezan a irse las cosas, se van todas. Y tendrá que ser así, pero yo con esta conformidad de ahora, de lo mismo da ocho que ochenta, no me arreglo.»
Hago constar que yo tampoco, desde luego; y entonces sonríe por primera vez, como con una sonrisa de complicidad entre ambos.
Quizás podría venir a propósito de algo que decíamos ayer.
Quizás, mejor, podría ilustrar un aspecto triste, trágico de nuestro tiempo (y es de notar que sea precisamente
la «gente de dinero» la que no sabe lo que es una pieza
bien planchada, y que «le da lo mismo cualquier cosa»)…Me dice que ningún problema había con los trajes y vestidos, incluidos los de alta moda o los vestidos de novia más aparatosos, y que el trabajo y la pejiguera lo daban las servilletas, los pañuelos y la ropa de cama. Asegura que no es lo mismo planchar que aplastar, y que un doblez bien hecho, como debe ser, no tiene que dejar apenas huella al extender la pieza, ni ésta aparecer como acartonada, y que ésa fue la primera lección que la dio su maestra.
«Y se dice pronto, pero no es tan fácil como parece, sobre todo, con la ropa blanca.» La plancha, por lo visto, podía empañar la blancura.
«¿Ha visto usted la ropa blanca tendida cuando la agita un poco el viento, que es una divinidad? ¡Bueno, pues hay que tener mucho cuidado de que ese blancor no lo pierda!»
Luego habla de los almidones, que dice que eran como los enemigos del alma.
La maestra las decía: «¡Nosotras no somos cortadoras de carne ni entablilladoras, chicas; nosotras planchamos para bien vestir, bien comer y bien estar en la cama, como personas!»
Pero que, luego, en unos cuantos años, todo eso ya dio igual, porque los clientes ya no sabían lo que era una pieza bien planchada, eran simplemente gente de dinero, y la daba lo mismo cualquier cosa, y entonces fue cuando la maestra comenzó a decir: «¡Chicas, el oficio se acaba!», y que así fue, comenta con un suspiro.
«¿Y si yo la dijera que ahora puede pasar lo mismo con los libros?» –la pregunto. Y se queda un poco pensativa, pero enseguida responde: «Pues ¿qué quiere que le diga? Cuando empiezan a irse las cosas, se van todas. Y tendrá que ser así, pero yo con esta conformidad de ahora, de lo mismo da ocho que ochenta, no me arreglo.»
Hago constar que yo tampoco, desde luego; y entonces sonríe por primera vez, como con una sonrisa de complicidad entre ambos.
Pero a mí, lo que más me toca es el personaje y el dicho. Como esos episodios y personajes de novela, de importancia incierta pero que uno atesora, referencias que una lleva siempre consigo… sospecho que esta planchadora y su maestra, y sobre todo su frase final («Chicas, el oficio se acaba») me va a acompañar mucho tiempo.
Honestidad artística
Me reprocha una amiga que, por pereza intelectual,
a menudo adjetivo a bulto, tiro expresiones altisonantes
que no quieren decir nada muy concreto: «honestidad artística», dije, a propósito de Takahata; ¿qué vendría a ser tal cosa?
¿sirve para caracterizar una obra artística?
si no sabés explicar las virtudes específicas de la obra, decí sencillamente
que «me gustó» o que «está bueno», y no mandés fruta retórica… me dice. (En realidad, ella se limitó estrictamente a preguntarme «¿Qué es «honestidad artística»?», pero a mí me gusta ponerle al asunto un poco de belicosidad, probablemente imaginada).
Y es verdad, en general y en particular. Demasiados conceptos similares en fila (demasiados adjetivos, típicamente) son signo de debilidad; no sólo de escritura sino de pensamiento. En lugar de buscar el vocablo justo, uno pesca al vuelo todos los que tengan alguna leve relación (licencias pseudopoéticas incluidas) y se los entrega amontonados al lector, y le deja a este la tarea de buscar en ellos un dudoso denominador común que vendría a corresponder al concepto en cuestión. No es así la cosa.
Y bueno, ¿podemos afinar un poco más aquello de «honestidad artística»? Probemos. Un poco, nomás.
¿Equivale «arte honesto» a «arte bueno»? ¿«honestidad» = «calidad»? Digamos (ya que nos metimos en esta) que no. Pontifiquemos. Digamos (a bulto, para variar) que a la calidad artística concurren varios factores, del lado del creador; digamos… tres: habilidad, gusto, intención (el «genio» estaría por encima, abarcándolos); o virtuosismo, sensibilidad… y honestidad; saber hacer, saber ver, y querer hacer. El dominio de la materia, el reconocimiento de la belleza, y el desasimiento. El último factor vendría a ser el que nos importa. Una pureza de intención, concentrada en la belleza de la obra como único fin. En las antípodas tendríamos el artista que, aun dominando la técnica y sabiendo discernir lo bello, hace algo por debajo de lo que su habilidad y su criterio le alcanzan; por pereza, por miedo al riesgo, por gustar a cierto público, por prever cierto éxito.
Así en abstracto suena demasiado claro, en la realidad las seducciones son insidiosas y maquilladas; ancho es el camino que conduce a la perdición, también acá seguramente. Podemos sospechar que hace falta mucha atención, un esfuerzo constante dirigido a hacer la obra lo más bella posible (lo cual suele oponerse a hacer la obra lo más agradable y convencional).
No pasa solo con el arte, creo. También con trabajos o pequeñas tareas cotidianas; tratar de hacer las cosas lo mejor posible, por amor a la obra nomás, para estar contento de ellas. (Versiones algo bastardeadas de esta idea circulan también por la repelente mística contemporánea del empresario exitoso y la literatura de «crecimiento personal»; y la palabra frecuentada —excelencia— ha llegado a ser tan repelente como sus frecuentadores; pero, como siempre, no circularían tanto si no contuvieran su verdad).
Es claro también que no basta esta «honestidad» para ser un artista. Pero parecería ser lo que más está haciendo falta, parecería una flor casi exclusiva de artistas jóvenes (los que por lo general carecen de los otros factores), y que muy pocas veces sobrevive al llamado éxito de público.
Es esta honestidad la que veo (o creo ver) cuando Miyazaki dedica tantísima atención a detalles de nulo impacto directo en el público (la posición de la mano izquierda de la madre al comer; la vibración de los paneles de las puertas con el viento…). Es esa honestidad lo que más echo en falta en otros estudios o artistas (Disney, Pixar… ni hablemos de Dreamworks).
Pero no hace falta referirse a la animación, ni siquiera al cine. Ni siquiera al arte, en realidad. Porque esta honestidad, según la veo, es casi lo mismo que otras honestidades; la intelectual, en particular. Y, por contra, el artista deshonesto se correspondería bastante directamente con el intelectual deshonesto, el seductor, el que comercia con las palabras y las ideas: el sofista, en suma. Y, casi podríamos decir también: el exitoso.
Pero el casi, casi contra toda esperanza, resiste.
Y es verdad, en general y en particular. Demasiados conceptos similares en fila (demasiados adjetivos, típicamente) son signo de debilidad; no sólo de escritura sino de pensamiento. En lugar de buscar el vocablo justo, uno pesca al vuelo todos los que tengan alguna leve relación (licencias pseudopoéticas incluidas) y se los entrega amontonados al lector, y le deja a este la tarea de buscar en ellos un dudoso denominador común que vendría a corresponder al concepto en cuestión. No es así la cosa.
Y bueno, ¿podemos afinar un poco más aquello de «honestidad artística»? Probemos. Un poco, nomás.
¿Equivale «arte honesto» a «arte bueno»? ¿«honestidad» = «calidad»? Digamos (ya que nos metimos en esta) que no. Pontifiquemos. Digamos (a bulto, para variar) que a la calidad artística concurren varios factores, del lado del creador; digamos… tres: habilidad, gusto, intención (el «genio» estaría por encima, abarcándolos); o virtuosismo, sensibilidad… y honestidad; saber hacer, saber ver, y querer hacer. El dominio de la materia, el reconocimiento de la belleza, y el desasimiento. El último factor vendría a ser el que nos importa. Una pureza de intención, concentrada en la belleza de la obra como único fin. En las antípodas tendríamos el artista que, aun dominando la técnica y sabiendo discernir lo bello, hace algo por debajo de lo que su habilidad y su criterio le alcanzan; por pereza, por miedo al riesgo, por gustar a cierto público, por prever cierto éxito.
Así en abstracto suena demasiado claro, en la realidad las seducciones son insidiosas y maquilladas; ancho es el camino que conduce a la perdición, también acá seguramente. Podemos sospechar que hace falta mucha atención, un esfuerzo constante dirigido a hacer la obra lo más bella posible (lo cual suele oponerse a hacer la obra lo más agradable y convencional).
No pasa solo con el arte, creo. También con trabajos o pequeñas tareas cotidianas; tratar de hacer las cosas lo mejor posible, por amor a la obra nomás, para estar contento de ellas. (Versiones algo bastardeadas de esta idea circulan también por la repelente mística contemporánea del empresario exitoso y la literatura de «crecimiento personal»; y la palabra frecuentada —excelencia— ha llegado a ser tan repelente como sus frecuentadores; pero, como siempre, no circularían tanto si no contuvieran su verdad).
Es claro también que no basta esta «honestidad» para ser un artista. Pero parecería ser lo que más está haciendo falta, parecería una flor casi exclusiva de artistas jóvenes (los que por lo general carecen de los otros factores), y que muy pocas veces sobrevive al llamado éxito de público.
Es esta honestidad la que veo (o creo ver) cuando Miyazaki dedica tantísima atención a detalles de nulo impacto directo en el público (la posición de la mano izquierda de la madre al comer; la vibración de los paneles de las puertas con el viento…). Es esa honestidad lo que más echo en falta en otros estudios o artistas (Disney, Pixar… ni hablemos de Dreamworks).
Pero no hace falta referirse a la animación, ni siquiera al cine. Ni siquiera al arte, en realidad. Porque esta honestidad, según la veo, es casi lo mismo que otras honestidades; la intelectual, en particular. Y, por contra, el artista deshonesto se correspondería bastante directamente con el intelectual deshonesto, el seductor, el que comercia con las palabras y las ideas: el sofista, en suma. Y, casi podríamos decir también: el exitoso.
Pero el casi, casi contra toda esperanza, resiste.