Archivo por meses: septiembre 2007

Del clima

Lo malo (¿o será lo bueno?) de estos huecos en el blog (pereza, mayormente) es que después cuesta retomar. Uno pierde el ritmo, y va posponiendo día tras día la vuelta; sobre todo, se hace más difícil resignarse a escribir cualquier gansada, como uno estila, pues surge una especie de exigencia a volver con algo más o menos sustancioso.

Exigencia ilusoria, claro está.

Y para ayudarnos a romper esta ilusión, y para volver (sin penas y sin glorias) al ruedo, escribamos algo. Ya. Vamos. Cualquier cosa. Cuanto más trivial, mejor.

Eh… Está haciendo calorcito por acá.
(El tema del clima pasa por ser uno de los más manoseados y vulgares. Entre los que desprecian ese tipo de conversación —Bloy— y los que lo aprecian —Chesterton—, como parte de esos ritos humildes y profundos de la familia humana, yo me quedo con los segundos; en teoría, al menos).

Sí… acá en Buenos Aires la primavera había amagado hace unas semanas atrás, pero recién ahora parece haberse decicido. El viernes, en especial, fue un día hermoso. El fin de semana ya hizo un poquito de calor (para ser primavera), y ahora el aire se está cargando de tormenta.

«Día hermoso», dije, para significar un día de sol; templado, además y con brisa leve; pero, ante todo: un día de sol. Podría alguno objetar esta convención, y decirse que un día de lluvia también puede ser lindo… Puede uno incluso preferir los días de lluvia. Pero he aprendido a respetar la convención, creo que el vulgo tiene razón: un «día lindo» es en primer lugar un «día de sol».
He aprendido, digo, porque antes me contaba más bien entre los objetores. Recuerdo, en particular, que de chico prefería los días de lluvia (y las tormentas nocturnas; cuanto más ruidosas, mejor). Y aunque me siguen gustando, hoy juzgo sospechosa aquella preferencia mía, como síntoma de una especie de debilidad o apocamiento.
En verdad, me llevó demasiado tiempo —meandros literarios incluidos— alcanzar lo que para tantos es tan natural: toparme con lo que convencionalmente se llama «un lindo día», y poder decirme espontáneamente, con sinceridad y con alegría: «¡Qué lindo día!». Como el viejecillo de Machado.
Y, aunque algo tarde, estoy contento de poder decirlo.

# | hernan | 30-septiembre-2007

Juzgar barato

Lo decía alguien (¿Mark Shea?), y alguna vez creo haberlo citado acá. Cuando un católico dice algo sobre el catolicismo, a veces a veces acierta y a veces desbarra; cuando un ateo dice algo sobre el catolicismo, lo mismo; ahora… cuando alguien arranca proclamando «Yo soy católico, pero…», puede tenerse casi la certeza de que seguirá una idiotez monumental. Que, además, no resulta en absoluto defendida ni disculpada por la prevención inicial; más bien al contrario.

Y me parece que puede encontrarse alguna analogía con otro descargo, este más frecuentado en ambientes de militante ortodoxia (o militancia ortodoxa?); aunque no exclusivamente. Mi experiencia en foros y blogs me dice que cuando un opinador cristiano arranca atajándose: «Yo no pretenderé juzgar las motivaciones internas de Fulano; pero….» o «Sólo Dios juzga las conciencias. Ahora, el hecho objetivo es… » … podemos casi tener la certeza de que seguirá un juicio cuidadosamente expurgado de toda misericordia.

Tal vez sean, uno y otra, casos particulares de aquella ilusión que decíamos: que prever una objeción, con solo mentarla (asignándole un lugar en los arrabales del argumento), equivale a haberla solventado.
No, claro. Si hay suerte, será signo de lucidez u honestidad; si hay mucha suerte, viento a favor y en bajada, será un comienzo de respuesta, o constancia de verdad parcial para no perder de vista, para recortar mejor la cuestión y mantener las riendas cortas. Si hay poca suerte —y no suele haberla— no será más que una chicana; se afecta una apertura a la verdad parcial que la objeción contiene, pero en verdad interiormente uno se está cerrando a ella, ganándole de mano; como vacunándose.

Yendo al caso. Está bien, en principio, que el cristiano que se apresta a emitir juicios se acuerde de aquello de «no juzgues para no ser juzgado». Está bien sentir un poco de intranquilidad. Está bien que esto no paralice, que la letra no sea tropiezo. Es cierto que no es fácil formular el plano en el que se da la obligación (nada negociable) de no juzgar, y explicar cómo es que esto no contradice la licitud (y aun la obligación) de discernir lo bueno de lo malo (o sea… de juzgar) en las ocasiones y los planos que correspondan. Está bien… (y al decir esto estoy juzgando, claro; ya le gané de mano a la objeción; sigamos entonces) está bien, digo, que el cristiano se preocupe por estar en la verdad y en la justicia, sin por eso hacerse culpable de juzgar en el sentido que prohíbe Cristo. Perfecto.
Ahora… creer que esa dificultad pueda solventarse tan fácil… creer que basta con separar de un tajo, de un lado el fuero íntimo de la persona juzgada y del otro lado sus actos externos, afirmar que nuestro juicio sólo toca lo segundo, y pretender con eso solo zafar de la paradoja y del peligro, para largarse a juzgar con tranquilidad… no, vea, no creo que sea tan barato el asunto.
Juzgar es lícito, necesario o meritorio, según el caso; pero también debe ser riesgoso. Tiene que costar, no puede ser gratis. Cuesta, en primer término, hacerse cargo del riesgo: el de caer bajo la admonición, de que mañana «nos juzguen porque hemos juzgado».
Y porque no es gratis, porque el riesgo es grande, es de esas cosas que sólo deberían ser hechas con un poquito de «temor y temblor». Para lo cual aquel descargo inicial y su falsa sensación de seguridad no parece ser de mucha ayuda.

Yendo más al caso. Pienso que esa división entre el fuero íntimo y los actos (lo interior y lo exterior), llevada hasta ese punto, tiene que ser una ilusión y una trampa. Que aun cuando el juicio pretenda dirigirse a los resultados de los actos (efecto más que acción), no se puede considerarse exento de la misericordia que se debe al prójimo, no se puede pretender que al juzgar los actos no estamos de ningún modo juzgando almas.
Me parece que hay en esta presunción un error peligroso sobre nuestra condición encarnada, algo afín a la falla de percepción que decía Tolkien a propósito del juicio sobre Frodo («no percibir la complejidad de una situación dada en el Tiempo, en el que un ideal absoluto está atrapado… y olvidar a olvidar ese extraño elemento del Mundo que llamamos Piedad o Misericordia»), un divorcio ilegítimo (y muy poco católico) entre la interioridad y la exterioridad, pariente acaso de aquel entre la fe y las obras. Un error que puede llegar a ser una forma de hipocresía.
Podemos verlo mejor, creo, si nos atenemos a nuestras propias obras, en el sentido más amplio de la palabra: cuando alguien va a juzgarlas, lo que por sobre todo esperamos es misericordia —tanto o acaso más que justicia. (Si las palabras misericordia o piedad les suenan demasiado… piadosas, puede reemplazarlas por delicadeza o comprensión). Incluso cuando se trata de obras triviales, poco relacionadas con cuestiones morales; cuestiones de habilidad, técnica, gusto… Incluso cuando se trata de esas complejas obras humanas (desde un hijo a una institución) en las que uno ha tenido alguna parte. Sentimos que quien juzga aquello de alguna manera nos juzga a nosotros. Deberíamos tener cuidado, entonces. Deberíamos esforzarnos en juzgar con cordialidad, siempre. Y me parece que esos descargos preliminares, por lo general, apuntan a lo contrario.
# | hernan | 5-septiembre-2007

Picada

Con respecto al post del domingo —algo sibilino; y que escribí antes de ir a misa, sin tener idea que era justo el evangelio del edía— Luis nota que «es un tema difícil, porque la radicalización del argumento lleva una paradoja autodestructiva… Por cierto que hay un movimiento ani-hilante en Cristo y en todo cristiano a imagen de Aquel que se vació de su divinidad. Ahora, de ahí al iconoclasticismo… La verdad está en el filo de esta paradoja, sin llegar a caerse por el abismo.»
Muy bien. Pero eso podría aplicarse a tantas palabras de Cristo… Casi todas, me animaría a decir. Por ejemplo, aquello de no juzgar… pero es tema para mañana.

Vayan algunos links.
  • Una entrevista, parece ser todo lo que hay de Horacio Salgán en Youtube. Con sus 90 años, tal vez el mayor artista argentino vivo; y que justo sea este el que venga a decir que todo don -como el de la música- viene de Dios, por ahí es casualidad. Pero por ahí no.

  • El siempre recomendable Bienvenidos a la fiesta con un escrito sobre Los relatos de fantasía y Dios.

  • Las tres frases cómicas de la semana. (todas requieren saber inglés, yo no tengo la culpa).
    «It’s far too simple and straightforward to be true. No doubt Masons, or possibly the Fourth Dimension, lie behind this mystery.» (el obispo Booster, en Disputations).
    «Intentionally wearing green vestments, [the pope Benedict XVI] spoke to a vast crowd…» (un periodista de Reuters, que creyó encontrar una alusión ecológica en el color litúrgico). Vía xavmp, vía Amy vía American Papist. El titular de «El país» no se quedó muy atrás : Benedicto XVI, vestido de verde, celebra la misa en Loreto. Yo me voy a tomar unos mates para solidarizarme.
    «…Además, cualquier morón puede hacer técnicas ilustraciones…» Podeti, de un instructivo para hacer manuales de instrucciones -imperfecciones de traducción incluidas.
    Mortales, como se dice (o decía?).
  • # | hernan | 4-septiembre-2007

    Los buenos lugares

    Me pregunto si aquella prevención contra el afán de procurarse los mejores asientos en el banquete (el lugar más honorable; y por lo mismo, el lugar que procura las vecindades más gratificantes; el lugar donde se lo pasa bien) no podría aplicársela la cristiandad (o la Iglesia) a sí misma.
    Y acaso también aquel dicho de «quien quiera salvar su vida la perderá»; y tantos otros…
    # | hernan | 2-septiembre-2007