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jueves, 28 junio 2007
Al centro y abajo
Estaba leyendo, en una historia de la filosofía griega, algo acerca de la imagen del cosmos
que tenía Arístoteles; y con él, en buena medida, la antigüedad y el medioevo; la imago mundi
geocéntrica, con la Tierra en el centro del universo y los astros girando alrededor.
A los modernos (sobre todo a los cientificistas-progresistas) eso les provoca
una sonrisa sobradora. Qué ingenuidad y qué soberbia, creerse el centro
del universo, nos dicen. Hoy sabemos que sólo somos un puntito insignificante
en el espacio-tiempo, la ciencia nos ha llamado a la orden y nos
ha tornado más humildes, dicen. Lo cual en alguna medida será verdad; quizás en buena medida. Pero yo estaría mejor dispuesto a creerlo si aquella sonrisa fuera algo menos soberbia, y aquella sabiduría más humilde; y, sobre todo, si a aquel moderno se le ocurriera de tanto en tanto preguntarse si, al plantearse así las cosas, no se está poniendo (él y su modernidad) en el centro del universo. Geocentrismos, antropocentrismo o egocentrismos; habrá que ver quién sale mejor mejor parado, si de torneos de humildad y clarividencia cósmica se trata. Pero hay otra cuestión, y eso fue lo que pensaba al leer lo de Aristóteles. En aquella imago mundi, en efecto, la Tierra quedaba en el centro del universo. Pero se da la coincidencia (tan curiosa como necesaria) de que también quedaba abajo. Los planetas están arriba, y en lo más alto, los cielos... (nada desiertos, por otra parte). Y no se crea que uso las palabras "alto/bajo" para forzar una aporía, como si fuera un mero accidente verbal, como si el peso valorativo que tienen esas palabras no correspondiera aplicarlos ahí; más bien sospecho que es al contrario, que la connotación "no física" de palabras como altura - bajeza se deriva de aquella imagen primordial: las estrellas, los cielos, son lo más alto, y por lo mismo más llenos de grandeza y dignidad. En todo caso, es fácil ver que esta noción es obvia para el hombre antiguo, y que a cualquiera -filósofo o no- le resultaba perfectamente natural la idea: los astros, los cielos -Dios- están en lo alto, y son lo más alto, lo más grande y lo más puro. Nosotros estamos en lo más bajo. Más abajo sólo están los lugares infernales (según Dante, en el centro de la Tierra, o sea: en el mismísimo centro del universo). Así que: los mismos hombres que se ponían en el centro del universo para sentirse importantes, al mismo tiempo y como desarrollando la idea, se complacían en rebajarse. Curioso. Y no diré que esto pueda servir para demostrar la liviandad de aquellos burladores (eso no hace falta demostrarlo, es casi un axioma), pero acaso pueda servir para mirar con más atención algunas supuestas ingenuidades, o al menos para hacerle probar al burlador algo de su propia medicina; quizás también a ese burlador que llevamos adentro (en el centro, abajo). Anotemos también que Pseudópodo ha estado diciendo estos días cosas similares a las acá dichas, con las oportunas citas de C. S. Lewis (The discarded image). lunes, 25 junio 2007
Valor, camarada
...
Las mujeres se toman la vida demasiado en serio.
Sabe Dios que en verdad es una cosa seria para la mayoría de nosotros;
por eso mismo conviene no tomarla con más seriedad de la imprescindible.
Ya he dicho algo de mi aprecio por este Jerome.
Hoy en día se lo lee muy poco, casi exclusivamente por su novelita humorística "Tres hombres en una barca"
(o "Tres hombres en un bote" o "Tres hombres y un perro"). Humor inglés, suave,
amable (¿victoriano?). Relatos hechos de divagaciones y pinturas costumbristas -y algo moralistas, como ven acá.
Me cuesta explicar (explicarme) por qué me gusta, pero así son las cosas.
Creo que mi preferido es "Ellos y yo" (They and I), un libro
prácticamente desconocido (no llega a ser una novela) de una ternura
deliciosa a mi paladar. Me lo recomendó hace tiempo un amigo, lo he releído un montón de veces, y cumplo acá en agradecer y difundir (... contra casi toda esperanza).
Juancito y Clarita[1] se caen por la cuesta, se lastiman las rodillitas y las naricitas, y derraman el agua que tanto les había costado recoger. Nosotros somos muy filosóficos: —¡No lloren, grandulones! —les decimos—, los niños deben aprender a soportar el dolor. Arriba, a llenar otra vez el balde, inténtenlo otra vez. Juancito y Clarita se frotan los ojos con sus manitas sucias, miran con autocompasión sus rodillitas ensangrentadas, y se van corriendo con el balde. Nosotros nos reímos, aunque sin maldad. —¡Pobrecitos! ¡Qué manera de berrear! Parecía que estaban muriéndose, y era cosa de nada. ¡Lo que alborotan estos niños! Y contemplamos con magnífico estoicismo el accidente de Juancito y Clarita. Ah, pero cuando se trata de NOSOTROS —los Juancitos adultos de bigote gris, las Claritas maduras con despuntes de patas de gallo—... cuando NOSOTROS, digo, tropezamos en la cuesta, cuando se derrama NUESTRO baldecito de agua. ¡Santo cielo! ¡Qué tragedia! ¡Cáiganse las estrellas, apáguese el sol, suspéndase las leyes del cosmos! El señor Juancito y la señora Clarita, al bajar la cuesta (no preguntemos qué estaban haciendo en la cuesta) han tropezado en una piedra, seguramente puesta ahí por las potencias diabólicas del universo. El señor Juancito y la señora Clarita se han hecho sendos chichones en sus cabecitas huecas; se han lastimado en sus corazoncitos, y no pueden creer que el mundo siga marchando después de tal catástrofe. Vamos, Juancito y Clarita, no es para tomarlo tan a la tremenda. Han derramado su felicidad y tendrán que volver a subir la cuesta a llenar otra vez el balde. La próxima vez, habrá que traerlo con más cuidado. ¿Qué venían haciendo en el camino? Alguna tontería, seguro. Una sonrisa, un suspiro, un beso y un adiós; es toda nuestra vida. ¿Vale la pena preocuparse tanto? Es una vida alegre, tomada en conjunto. Valor, camarada. Una campaña no puede ser todo tambores, cornetas y copas servidas al estribo por la cantinera. En algún momento deben tocar los tiros y las marchas forzadas. Habrá vivaques agradables entre los viñedos, alguna noche hermosa alrededor de las hogueras del campamento... Unas manos blancas nos saludan; unos ojos bellos se enturbian al despedirnos. ¿Vamos a huir de la música de combate? ¿De qué vamos a quejarnos? Adelante. A algunos tocará la medalla, a otros el bisturí del cirujano; y para todos, tarde o temprano, un metro de la madre tierra encima. ¿A qué temer? Valor, camarada. Hay un medio entre pasar por la vida con la sonrisa despreocupada de un lagarto al sol, y la agresiva sensibilidad de un Lama tembloroso, dispuesto a morir a cualquier palabra dura. Para atravesar la vida como hombres, debemos sentir como hombres. Amigo filósofo: no trates de consolar a tu prójimo que está junto al ataúd de su hijo con la reflexión de que lo mismo ocurrirá dentro de cien años; porque, para empezar, eso no es exacto: el hombre cambia eternamente (acaso para mejor; pero eso no lo digas). Un soldado con una bala en el cuello no volverá a ser el hombre que antes era; pero igual puede reírse y conversar, beber vino y montar a caballo. A veces, al atardecer, cuando hay mal tiempo, lo asalta el dolor; esos días lo encontrarás tendido sobre un diván, en un rincón oscuro. —¡Hola, amigo! ¿Te ocurre algo? —Nada, sólo una puntada; la vieja herida ¿sabes? Estaré mejor en un ratito. Cierra con delicadeza la puerta. Yo, en tu lugar, no me quedaría a su lado, ni siquiera para darle ánimo. Pronto llegarán los hombres a cerrar el ataúd, y pienso que le gustará estar solo con él el mayor tiempo posible. Dejémoslo. Más tarde, dentro de unos días, volverá al club. Es probable que durante una temporada tengamos que darle unas carambolas de ventaja, pero pronto se recobrará. De vez en cuando, al cruzarse con los hijos de los amigos gritando en el camino, cuando Brown suba por el camino con el telegrama en la mano para anunciar que el atolondrado de Jim ha ganado una condecoración, cuando esté felicitando al hijo mayor de Jones por su graduación, la vieja herida le punzará un poco. Pero pasará. Y entonces se reirá con nuestros chistes y nos contará los suyos, y comerá y jugará al billar. No es más que una herida. Tommy no puede ser nuestro, Jenny no nos quiere. No podemos beber vino y debemos conformarnos con cerveza. Bueno ¿qué le vamos a hacer? Sí, maldigamos al Destino si quieres —siempre es útil tener a quien culpar. Lloremos y retorzámonos las manos... Pero ¿hasta cuándo? Porque, mira, está por sonar la campana de la comida, van a venir los Smith. Tendremos que conversar, de ópera y de museos de pintura. ¡Pronto! ¿Dónde está el agua de colonia? ¿Y las hebillas para el cabello? ¿O acaso sería mejor suicidarnos? ¿Vale la pena? Sólo unos pocos años más -acaso mañana mismo, gracias a una cáscara de banana o una maceta de un balcón- y el Destino nos ahorrará la molestia. ¿O seremos como niños malhumorados, con trompa todo el día? Juancito y Clarita, los del corazón destrozado. No volveremos a sonreír; nos consumiremos hasta morir, y en la primavera nos enterrarán. El mundo es triste, la vida es cruel, el cielo insensible ¡Dios mío, Dios mío! ¡Nos hemos hecho daño! Gemimos y nos quejamos a cada molestia. En los días recios de antaño, los hombres afrontaban verdaderos peligros y penalidades, a cada momento. No había tiempo de llorar. La muerte y el desastre estaban siempre a la puerta, y los hombres sabían despreciarlos. Ahora, en nuestras casitas cómodas y abrigadas nos afanamos en convertir cada arañazo en una herida. Cada jaqueca es una agonía, cada disgusto una tragedia. Se necesitaron un padre asesinado, una novia ahogada, una madre sin honor, un espectro y un primer ministro atravesado de una estocada para producir en Hamlet las emociones que una poetisa moderna obtiene de una corista con el ceño fruncido, o una leve baja en la cotización de la Bolsa... Los remeros de Ulises afrontaban el sol y el trueno con igual alegría. A nosotros la luz del sol nos quema la piel y la lluvia nos resfría; todo lo recibimos con la misma ruidosa autocompasión... Jerome K. Jerome, (1859-1927) de "Nuevas divagaciones de un haragán" [1] Traducción de nombres arbitraria, claro está. El original ("Little Jack and little Jill fall down the hill") evoca —acabo de desayunarme— una copla infantil muy popular, que al parecer tiene su historia; según algunos, se trataría de Luis XVI y María Antonieta. sábado, 23 junio 2007
Más gente extraña
- ¿Sabes lo que siente... caer en el lodo... y que te pateen... en la cabeza... con un bota de hierro?... Claro que no, nadie lo sabe. Eso no ocurre nunca.
Qué pregunta idiota, Ted. Olvídala.
Otros tipos dignos de nota: los capaces de reconocer que acaban de decir una estupidez; así (ad intra y ad extra), con naturalidad.
Rex Kramer - Airplane! También me consta que existen, aunque no abunden. Y también me dan una envidia enorme. Curioso y deplorable hábito el que tenemos la mayoría de los mortales, cada vez que nos toca intervenir en alguna especie de diálogo: poner por sobre todo el objetivo no quedar desairados, de hacer un buen papel. Deplorable porque es un pecado de vanidad, contrario a la humildad y a la verdad; curioso porque, si la vanidad es un vicio común, esta forma de ejecerlo es especialmente pueril e ineficaz. Si sólo pudiéramos despegarnos un ratito de nosotros mismos, vernos desde cierta distancia, desinteresadamente... (sí, claro si pudiéramos... tendríamos casi solucionados asuntos mucho más importantes que lo tratado acá). Un versión particular de este hábito puede verse en los reportajes y diálogos en TV o radio. En la inmensa mayoría de los casos, el interés por pensar y dialogar es nulo, se trata de cumplir una especie de rito, y lo único que preocupa es terminarlo sin incomodidades o disonancias; que salga bien. Y todo con una naturalidad que en verdad es afectación. Cuando en tantísimos casos lo natural -lo auténtico- sería decirle al entrevistador "Qué pregunta estúpida"; o también "Qué respuesta estúpida. Olvídela." O detenerse a meditar lo que vamos a decir, sin miedo a los silencios o las vacilaciones. En los medios de por acá, esos rasgos los he encontrado en muy poca gente: Dolina y Carrizo son los únicos que se me ocurren ahora. Y a ellos, como a otros que uno conoce, hay que decirles que ese rasgo (esa virtud) les sienta muy bien. jueves, 21 junio 2007
Gente extraña
Hay —me consta— tipos generosos, de admiración y aplauso fácil. Siempre dispuestos a apreciar (ad intra) lo que otro hace,
y prontos a manifestarlo (ad extra). Dejemos a un lado a los bobalicones, los que admiran indiscriminadamente, por simple cortedad de miras; quedémonos con los que admiran con abundancia pero también con criterio, con orden y aprecio por la calidad. Podemos también dejar a un lado a los aduladores, los que aplauden buscando —más o menos concientemente— algún rédito: algún favor del aplaudido, una devolución de aplausos o alguna especie de posicionamiento como crítico apreciador o fan devoto; quedémonos con los que aplauden con toda naturalidad y humildad.
Hay tipos así, me consta. Yo no estoy seguro de poder decir que los admiro; y, menos, que los aplaudo. En cambio —y por eso mismo— puedo decir que los envidio. martes, 19 junio 2007
Patriotismos
Siempre me ha intrigado (y un pequeño revuelo gallego-mexicano de estos días es un ejemplo) esa especie de instinto defensivo, siempre en
guardia contra las agresiones, y que por lo mismo deriva en un talante
agresivo; siempre ansioso de no ceder terreno, de no reconocer lunares
y de mostrarse/verse grande. Tratése del cristianismo, el Vaticano, la nación, el partido político, el equipo de investigación científica, la familia o (menos frecuente) la propia persona. Un forma de celo amoroso, dirá alguno; no sé. Yo quisiera tener un poco más de empatía con esa actitud, para poder entenderla mejor (por cuestión de temperamentos, yo tiendo a pecar más bien por el lado contrario: el desapego y el criticismo); pero no puedo dejar de verla con malos ojos. Francamente, no veo demasiado amor ahí; me parece más bien una forma de vanidad, de amor propio herido. Puede alguien sulfurarse cuando se le señala la (presunta) escasa producción de artistas que tiene su país; o su escasa producción de intelectuales, o de científicos. O de corredores de cien metros con vallas. O de chips de silicio. O de manganeso, o de duraznos priscos. Puede, no digo que no. Pero también puede no sulfurarse. Puede uno querer perfectamente a su país, me parece, y decir(se) con toda tranquilidad que... es verdad, su producción de artistas o de manganeso es muy baja. Puede reposadamente lamentar sus bajas productividades, como puede alegrarse módicamente de las altas; incluso puede enorgullecerse de éstas (incluso de manganeso). Pero no mucho más que lo que un -buen- padre se alegra de las buenas notas en el colegio del hijo. ¿El amor implica alegrarse de las virtudes de lo amado? Sí, seguramente. ¿El amor necesita ver al amado como superior (al resto)? No creo. ¿El amor se siente impulsado a defender al amado de los ataques? Sí, claro. ¿El amor lleva a ponernos en abogado defensor? Según y conforme, vea. Me parece a mí que en ese sulfuramiento sistemático yace una concepción peligrosa de lo amable, de la grandeza mal entendida. Como si algo fuera más digno de nuestro amor cuanto más grande es... Lo cual podrá ser verdad en alguna coordenada; pero difícilmente en la coordenada que el mundo usa para medir la grandeza. (El mundo... que también somos nosotros, incluso cuando hablamos contra él). Y si, encima, de cristianismo estuviéramos hablando... ayúdenme a pensar. Y para ayudarme a pensar, un texto de Simone Weil. Algo que escribió a propósito de Francia, en el año 1943. Observaciones de por sí interesantes, que tienen otra resonancia si hacemos la trasposición Francia -> Iglesia (o cristianismo, como prefieran). Aunque no es nada necesario hacerla.
... Posiblemente Francia esté hoy obligada a escoger entre el apego a su Imperio y la necesidad de recuperar el alma. O, más en general, entre un alma y la concepción romana, corneliana, de grandeza. [...] Pero si no son los sentimientos de tipo corneliano los que animen nuestro patriotismo, ¿por qué móvil los sustituiremos?
Más, acá.
Hay uno no menos enérgico, absolutamente puro y que responde por completo a las circunstancias actuales: la compasión por la patria. Tiene un glorioso precedente. Juana de Arco decía sentir lástima del reino de Francia. Pero aun puede alegarse una autoridad infinitamente mayor. En el Evangelio no hay rastro alguno de que Cristo sintiera por Jerusalén y Judea otro amor que el que nace de la compasión.[...] Ese sentimiento de punzante ternura por una cosa bella, preciosa, frágil y perecedera, tiene un calor distinto al de la grandeza nacional. La energía de la que procede es muy intensa y perfectamente pura. ¿Acaso un hombre no es capaz de heroísmo para proteger a sus hijos o a sus padres ancianos, los cuales no se asocian comúnmente al prestigio de la grandeza? Un amor perfectamente puro hacia la patria tiene afinidades con los sentimientos que le inspiran a un hombre sus hijos, sus padres ya mayores o una mujer amada. La idea de la debilidad puede inflamar el amor tanto como la de la fuerza, pero se trata de una llama con una muy distinta pureza. La compasión por la fragilidad va siempre unida al amor de la auténtica belleza, pues sentimos vivamente que las cosas verdaderamente bellas deberían tener asegurada, y no la tienen, una existencia eterna.... La compasión por la patria es el único sentimiento que no suena a falso en este momento; que es apropiado al estado en que se hallan las almas y la carne de los franceses; el único que tiene a la vez la humildad y la dignidad adecuadas en la desdicha, y también la simplicidad que ésta exige por encima de todo. Evocar en este momento la grandeza histórica de Francia, sus glorias pasadas y futuras, el esplendor que ha rodeado su existencia, no es posible sin una especie de rigidez interior que da al tono un algo de forzado. Nada parecido al orgullo conviene a los desdichados. Para los franceses que sufren, evocar la grandeza entra en la categoría de las compensaciones. La búsqueda de compensaciones en la desgracia constituye un mal. Esa evocación, de repetirse demasiado a menudo, de convertirse en la única fuente de consuelo, puede causar un daño ilimitado. Los franceses están hambrientos de grandeza. Pero a los desdichados no es la grandeza romana lo que les hace falta; o les parece burla, o les emponzoña el alma, como ocurrió en Alemania. sábado, 16 junio 2007
Cantando blogueamos
Sin darme cuenta, la dejé picando.
Por suerte, pasó
el rimador empedernido y se dio cuenta; y pateó. ¿Qué había quedado picando? Pues, escribir —emulando a Chesterton— unos versos para nuestro amigo, el recargador de cartuchos de tinta, para que pueda cantar mientras trabaja.Me gustó la idea, y los versos de Alejandro estaban muy bien. Pero yo, que no puedo escribir una poesía, tampoco puedo dejar de meter mano en las ajenas. Y así, pensando en agregarle música (anduve probando alguna variación de la marcha de San Lorenzo; o una cueca cuyana) fui reubicando y modificando los versos recibidos, hasta llegar a la versión (musicalizada) que va abajo, bastante diferente. Espero que Alejandro no se moleste. Al fin decidí buscar alguna música de Gilbert y Sullivan (operetas inglesas de fines del S. XIX; son de esas pocas cosas con las que uno tiene un prejuicio a favor: sin conocer casi nada, presiento fuertemente que son de mi gusto). Y por cierto, esta cita de Noel Corward vino a propósito del tema que disparó todo esto:
I was born into a generation that still took light music seriously. The lyrics and melodies of Gilbert and Sullivan were hummed and strummed into my consciousness at an early age. My father sang them, my mother played them, my nurse, Emma, breathed them through her teeth while she was washing me, dressing me and undressing me and putting me to bed. My aunts and uncles, who were legion, sang them singly and in unison at the slightest provocation.
Bueno. De entre los midis que estuve pispeando
(el sitio web está muy bien) me quedé con un pedacito de The Sorcerer (Fin del acto I [1]). Hice muy leves retoques, armé el midi, y acá va. Con letra de Alejandro Murgia y un servidor, y música (retocada) de Arthur Sullivan...
1. Para el que tenga curiosidad: el fragmento arranca en el minuto 3:15 del midi original, en el verso "Eat, drink, and be gay" (dichosos tiempos en lo que esa palabra quería decir otra cosa). viernes, 15 junio 2007
Traducciones
Había enlazado aquel texto de Chesterton en inglés, porque no estaba en español en línea. A partir de ahora sí estará; porque Enrique ha tenido la amabilidad de pasarme su traducción, versos incluidos. Se agradece. A primera vista, y sin ser yo especialista, me parece mejor versión que la otra que tengo (en papel) de editorial Acantilado. En esa, por ejemplo, traducen "... Pero si hay algo que les gustase a los primeros medievales..." Yo soy un ingeniero, no sé si eso es buen español, pero no me suena nada bien. Y he visto, en otros ensayos del mismo libro, y entre muchos otros mocos, "apparent" traducido como "aparente", y "auto-deception" como "auto-decepción"... Hmmmm.... Y aunque sea cierto que (como decía Borges, a propósito de Dostoyevsky, creo) los escritores grandes tienen el poder de sobrevivir a las malas traducciones... también es cierto que, cuanto mayor es el escritor, mayor es el pecado del mal traductor. A continuación, el ensayito de Chesterton. ver más... miércoles, 13 junio 2007
Canto y trabajo
Lo recordé al ver este fragmento de Mononoke (Miyazaki... en portugués!), al comienzo; se ven la mujeres que trabajan en la fragua, cantando. Edad Media, eso sí; aunque japonesa.
Chesterton se preguntaba por qué, si tantas labores antiguas son acompañadas de cantos, no sucede nada parecido con los trabajos modernos.
¿Por qué ningún periódico moderno se imprime cantando a coro?
¿Por qué los hombres de negocio cantan tan poco, por no decir nunca?
Si hay canciones para las tareas que se realizan en un barco, ¿por qué no las hay para las que se realizan en un banco?
Y escribió algunos versos, un coro de alabanza a la Simple Adición, especial para contadores; y también una canción para bancarios que deben afrontar rumores de venta:
There's a run upon the Bank
Entregó estos versos a un amigo que trabajaba
en un banco —dice—, pero no logró despertar mayor entusiasmo.
Al parecer, hay algo indefinible en la misma atmósfera
de la sociedad en que vivimos que hace muy difícil cantar en un banco.Stand away! For the Manager's a crank and the Secretary drank, and the Upper Tooting Bank Turns to bay! Stand close: there is a run On the Bank. Of our ship, our royal one, let the ringing legend run, that she fired with every gun Ere she sank. Luego, recordando los reparos socialistas contra el individualismo y los males de la empresa privada, Chesterton probó con los trabajadores estatales:
.. naturalmente, pensé que el servicio de correos
se dejaría cautivar por la idea colectivista de un coro.
Calculen mi sorpresa cuando la señora de la oficina local
(a quien animé a cantar) descartó la idea con más frialdad
aún que el cajero del banco. Por cierto, parecía sumida
en una depresión considerablemente mayor a la de aquel.
Y por si a alguien se le ocurre atribuir este efecto a mis
versos, creo que es justo indicar que el himno del servicio
de correos decía así:
O'er London our letters are shaken like snow,
Our wires o'er the world like the thunderbolts go. The news that may marry a maiden in Sark, Or kill an old lady in Finsbury Park. (Chorus; with a swing of joy and energy): Or kill an old lady in Finsbury Park.
No se trata de la pobreza, ni de la dureza del trabajo, dice Chesterton. (Bank-clerks
are without songs, not because they are poor, but because
they are sad.)Quizás se deba al tipo de trabajo, dirá alguno. No estoy seguro. Me parece más bien una tristeza general, hija de un inconformismo estéril, una ingratitud y un enfurruñamiento cósmico propio de este tiempo y de estos niños malcriados que somos. (Lo cual, por cierto, no veo desmentido por esa necesidad de muchos trabajadores de tener música de fondo heavy). Si de la naturaleza del trabajo se tratara... Yo tengo en mi barrio, en una de esas galerías comerciales mistongas, un local dedicado a la recarga de cartuchos de tinta. Una actividad no muy glamorosa que digamos. Además del que parece el dueño, está el empleado principal; un hombre mayor, pelado, que atiende al público y hace lo suyo con un entusiasmo insólito y hasta un poco conmovedor. Este, se me ocurre, recibiría encantado unos versos de Chesterton a los cartuchos de tinta (negro y color), y los cantaría con alegría. Pero, claro... queda dicho: es un caso insólito. martes, 12 junio 2007
La mediocridad
Igual que el mal (mal de pena y mal de culpa, como decíamos ayer) es piedra de escándalo, también puede serlo la mediocridad; que,
al fin de cuentas, también debe ser una especie de mal.
Sobre todo, para los hombres medianamente sofisticados, cultos, oblicuos.La mediocridad —de sensibilidad, de pensamiento y de acto— causa horror. A veces, al percibirla en el prójimo (sobre todo en manada), nos tienta la idea de que aun la maldad es preferible; o —si de estética se trata— la fealdad, si ésta al menos tiene alguna energía, algún fuego que pueda calentarnos. Pero la mediocridad... La mediocridad es algo de todo eso: fealdad, y maldad, y estupidez; pero, además, insignificancia. El espíritu sopla donde quiere, sí.; pero ahí ... ahí cuesta creer que pueda. El disgusto y el escándalo puede operar en varios niveles, como varios son los sentidos de la palabra. Un caso bastante frecuente, pareciera, es el del hombre que, sin ser católico (o apenas siéndolo) y simpatizando con el catolicismo en cuanto religión (y hasta en cuanto cultura... mientras sea pasada) se siente repelido por la mediocridad de sus fieles. El espéctaculo de una misa de domingo típica, por poner un ejemplo algo trivial pero patente, puede ser barrera suficiente; eso es terriblemente mediocre, la verdad no puede estar ahí, y -en todo caso- yo no puedo estar ahí. Y aun el converso que logró superar esa barrera, puede seguir tentado por el mismo escándalo, sobre todo en los comienzos. Maritain ha dejado su testimonio, pre y post conversión. Pero la cuestión, para variar, tiene sus complicaciones. Y no es difícil presentir que si, en un sentido la mediocridad es algo maldito, también ese odio a la mediocridad (ese escándalo) puede serlo. Aunque no recuerdo haber leído mucho —explícito— al respecto. Podríamos traer primero a León Bloy, con su notorios y violentos ataques al mediocre —el "burgués"—, sobre todo en el mismo seno del catolicismo. «Todo es perdonable, excusable, soportable, menos la mediocridad. Eso no; imposible....», reprochaba en una carta a un amigo. Y creía que «la perfecta mediocridad de nuestros católicos modernos, es tal vez el signo más horrible» y que...
[...] todas las metáforas o combinaciones de similitudes capaces de asquear, son de una insuficiencia más que irrisoria cuando se piensa, por ejemplo, en la literatura católica... Una sociedad donde se llega a creer que lo bello es una cosa obscena y que el padre Bailly es un escritor, es evidentemente una sociedad hecha por Satanás, con una atención angélica y una experiencia pavorosa.
Para él, la santidad y la verdad exigirían de suyo una especie de esplendor:
[...] Nuestros católicos, siempre contentos de ellos mismos, creyéndose firmes columnas porque no son exacta y materialmente asesinos, son a tal punto ciegos instrumentos del Príncipe de este mundo, que es imposible hacerles comprender que su mediocridad es la que atrae el rayo, y que les será exigida una espantosa rendición de cuentas de esa "indiferencia absoluta", de esa "animalidad pura y simple" [...]
[...] Es indispensable que la Verdad esté en la Gloria. El esplendor en el estilo no es un lujo, es una necesidad.
Pero este Bloy, el mismo que tronaba contra la devotería barroca-sulpiciana
y defendía a Baudelaire, Lautremont y Verlaine, es el mismo Bloy
que asistía todas las mañanas a misa (y si las misas de hoy son el algún sentido mediocres, creo que las de entonces lo eran más o menos igual), que tenía una vida cristiana de lo más normal y humilde, muy lejos de cualquier veleidad
intelectual - elitista - sectaria - iniciática; y es el mismo que aconsejaba esto a un amigo que no era aún católico y que le había pedido consejos sobre lecturas religiosas:
Un jesuita me afirma que hay santos en su Orden, santos contemporáneos, aunque ocultos. Réplica: ¿Es posible esconder un incendio?
¿Busca usted otras lecturas? Precipítese sobre las Vidas de los Santos. Hártese, embriáguese con ellas. Devore sobre todo aquello que le parezca más imbécil. Ya verá!
Y este párrafo del diario parece resumir los dos lados de la cuestión:
Lectura de la Vida de San Antonio de Padua, por el Padre de Chérancé. ¡Realmente hay que amar mucho a los santos para tragar libros tan mediocres! «Me parece, le he dicho a Juana, que las autoridades eclesiásticas y los superiores de las órdenes deberían implorar de rodillas a los verdaderos artistas que escriban y divulguen en el mundo la vida de los santos...»
Explicación seguramente insuficiente, aunque sugestiva.Reflexionando, sin embargo, esta queja no es digna de mí, del autor de Le fou y Berlanga de excomulgados[*]. Pues he aquí el misterio: Jesús ha vencido al mundo solamente «en la esperanza». El es el Pobre. Las magnificencias del arte no le convienen. La menguada literatura de los libros de devoción, con la que hay que contentarse hasta la llegada del Vagabundo, es, en consecuencia, una especie de idioma miserable, ignominioso, divinamente apropiado a su condición... ¿Qué digo? es un idioma reservado, oculto, accesible solamente a unos pocos, insufrible para el mundo soberbio, que sólo puede ser purificado en el fuego del Consolador. Ese idioma, agrega Juana, es la pobreza perfecta. En cuanto se sale de él, se cae necesariamente en los abismos sombríos o luminosos del Paráclito, y entonces se le pertenece como una presa. Pero creo que lo más fuerte que puedo traer sobre esto es de Bernanos, del "Diario de un cura rural". En la novela, acaba de suicidarse el Dr. Maxence Delbende un médico rural outsider, huraño e inteligente, no católico, amigo del cura de Torcy; y éste conversa con el protagonista-relator:
... Maxence (era la primera vez que lo oía llamar así a su viejo amigo) era un hombre justo. Dios juzga a los justos. No son sólo los idiotas o los simples canallas
los que me preocupan, qué te has creído... ¿De qué servirían los santos?
Ellos son los que pagan, son fuertes ...
Y sigue... (más adelante el mismo cura
se burla un poco de Claudel por pintar la santidad
con tonos sublimes; los santos no son sublimes, dice)
pero por ahora basta. Me quedo con esa observación, algo
paradójica, de que
la mediocridad es demasiado complicada para nosotros;
y que, como decía Maritain, nuestro rechazo,
nuestro celo contra la mediocridad suele ser un celo
fatuo. Tal vez, encima, un signo de mediocridad personal.[...] Acuérdate de lo que voy a decirte. Todo el mal le vino porque odiaba a los mediocres. «Odias a los mediocres», le decía yo. Y él no intentaba defenderse; era un hombre justo, ya te lo he dicho. Hay que estar en guardia, ves. La mediocridad es un lazo del demonio. La mediocridad es demasiado complicada para nosotros, es asunto de Dios. Mientras tanto, el mediocre debería encontrar un refugio a nuestra sombra, bajo nuestras alas. Un abrigo, un poco de calor; ¡necesitan tanto calor, pobres diablos! «Si buscas realmente a nuestro Señor, lo hallarás», solía repetirle yo. Y el me respondía: «Busco a Dios donde tengo más posibilidades de encontrarlo, entre sus pobres ». Por supuesto, sus pobres eran unos tipos singulares, rebeldes y originales. Un día le pregunté «¿Y si Jesucristo te aguardara justamente bajo las apariencias de uno de esos burgueses que desprecias? ¿Acaso El no ha asumido -salvo el pecado- todas nuestras miserias y las ha santificado? »... Y como una especie de talismán contra esas trampas, como para saber cómo plantarse ante la mediocridad aledaña y propia, se me ocurre ahora sugerir(me) a una santa moderna; una que fuera considerada mediocre por algunas monjas mediocres, y que fuera muy estimada por el mismo Bernanos: Santa Teresita de Lisieux. No me pidan que les explique por qué. [* Es en esos artículos donde Bloy, cargando las tintas a su estilo, tilda al arte de "parásito de la antigua serpiente " y niega la posibilidad de un Arte cristiano. ] viernes, 8 junio 2007
Cine
Aviso: Un par de películas de mi admirado Miyazaki en este ciclo de cine en Buenos Aires.
Y, ya que estamos, otro de Hitchcock. Y otro de Kieslowski (sus primeros pasos). A este lo acabo de descubrir (soy muy ignorante del cine) gracias a un lector que me sugirió su trilogía de los colores, a propósito de las pinturas modernas de la santidad (a propósito de Amélie y otras). Me pareció muy segurente y delicado su Decálogo, que me propongo volver a ver pronto. ![]() Kali yuga
Dice San Pablo a los corintios:
Y si no, mirad, hermanos, vuestra vocación; pues no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Antes eligió Dios la necedad del mundo para confundir a los sabios y la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; y lo plebeyo, el desecho del mundo, lo que no es nada, lo eligió Dios para destruir lo que es, para que nadie pueda gloriarse ante Dios.
[I Cor 1 26]
Y Henri de Lubac comenta:
... Sólo un milagro de la gracia puede hacer comprender estas cosas. Sin él, los más bellos sentimientos y las más altas facultades espirituales no son más que un obstáculo. Hacen al hombre parecido al cedro del Líbano que todavía no ha sido quebrantado por el Señor. Alimentan el orgullo y cierran el paso a la caridad. Y, según lo hemos dicho ya, en el seno mismo de la Iglesia pueden convertirse en una tentación. Si esto hubiera de sucedemos algún día, quizá nos sirviera de gran provecho el traer a la memoria, evocando las circunstancias concretas de su caso, el ejemplo de algunos hombres que han sabido superarlo heroicamente.
Más allá del contexto en el que de Lubac lo dice (sobre lo que volveremos), y más allá del caso de Newman (id) , me quedan boyando algunas preguntas.Cuando Newman, presionado por una lógica interior que no era simplemente una «lógica de papel», fue a echarse a los pies del Padre Barberi para pedirle que le admitiera en el seno de la Iglesia, no sacrificaba únicamente una situación, unos hábitos que le eran muy queridos, unas amistades selectas, una morada espiritualmente dolorosa pero siempre entrañablemente amada, una reputación que ya se había hecho gloriosa. Las condiciones no podían ser entonces más desfavorables. Era una tarde del otoño de 1845, hacia el fin del pontificado de Gregorio xvi. «El catolicismo aparecía en todas partes como un vencido de la vida, tanto más lamentable cuanto que todavía arrastraba consigo muchos restos ridículos de un esplendor pasado». Aquel catolicismo no podía ejercer ninguna seducción humana sobre aquel fellow de Oriel. Algunos años más tarde dirá él mismo que «no vivimos una época de gloria temporal para la Iglesia, una de aquellas épocas que vieron a los príncipes dedicados al cumplimiento de sus deberes, gobiernos leales, y en las que la Iglesia tenía vastas posesiones, largas bonanzas, escuelas famosas, ricas bibliotecas, fundaciones cultas, santuarios concurridos. Nuestra época se parece más a aquella primera edad en la que la Iglesia era aparentemente tan humilde en nobleza y en ciencia como en riqueza en la heredad del Señor, cuando nos reclutábamos principalmente en los estratos más bajos de la sociedad, cuando éramos pobres e ignorantes, despreciados y odiados por los grandes y por los filósofos, como formando parte de una sociedad tosca, estúpida y obstinada; a aquella edad durante la cual la historia no menciona a ningún santo que llena el espíritu como una gran idea, como fueron más tarde Santo Tomás de Aquino o San Ignacio de Loyola, sino que por el contrario los escritores más ilustres que llevaban el nombre de cristianos pertenecían a las sectas heréticas. Pocas cosas tenemos que mostrar de las que podamos gloriarnos, y las palabras del salmo encuentran plena realización en nosotros: «Prendieron fuego a tu santuario y profanaron, arrasándola, la morada de tu nombre. Ya no vemos señales prodigiosas a favor nuestro; ya no hay ningún profeta...» Newman no encontraba nada de atrayente en los católicos romanos. «Yo no tengo —decía él— ninguna simpatía por ellos. Bien poca cosa es lo que de ellos espero. Al acercarme a ellos, me hago un paria. Yo vuelvo la mirada hacia el desierto». ¡Y eso que no preveía todas las espinas que habían de mortificarle en la travesía de este largo desierto! Mas para su alma fiel, semejante paso era «una necesidad», y jamás tuvo que lamentarlo un solo instante en lo sucesivo... . Podríamos volver también a leer lo que San Agustín nos cuenta en el libro octavo de sus Confesiones [...] ¿En qué medida es verdad que el catolicismo perdió (en aquella época, y en la actual) el tren de la cultura? En alguna medida lo es, sin duda; pero pareciera que no es un tema que se plantee, ni de puertas adentro. ¿Sería esta decadencia un punto más de una serie de altibajos, de los que cabría muchos más por esperar? ¿Es una especie de vuelta a las catacumbas, y ya sin retorno? ¿En qué medida es algo para lamentar? San Pablo no parece lamentarlo. ¿O no se trata de lo mismo? ¿En qué medida el ostracismo intelectual es una culpa propia, en qué medida es culpa del mundo? Los intelectuales, los científicos, los escritores ilustres están lejos de la Iglesia (¿lo están?) simplemente porque están descarriados? ¿Puede hablarse de un catolicismo mediocre? (La categoría de la mediocridad tiene sus ambiguëdades, parecería). Y sobre todo ¿en qué medida el bajón intelectual-estético se correponde (¿debe corresponderse?) con un bajón en la santidad? ¿Una escasez de santos ilustres, santos relumbrantes como los que menciona Newman, es una desgracia o no necesariamente? Preguntas, y ninguna respuesta. Y la verdad es que no he topado demasiadas páginas donde se hagan estas preguntas. No sé si porque son irrelevantes, porque son incómodas (tácticamente distractivas) o porque no llevan a ningún lado. Pero yo me las sigo preguntando. jueves, 7 junio 2007
A lo seguro
En uno de esos blogs católicos de derecha, de esos que están muy bien
informados de la actualidad eclesial (o clerical), con esa especie de pasión por "estar al tanto" que me recuerda invenciblemente al acopio de saberes en que invierte su vida la vieja chismosa de la vecindad, dictaminan que von Balthasar
no es un teólogo seguro.Bien; ninguna novedad tal calificación de tal procedencia. Conocemos, más o menos, la regla con que miden católicos estos católicos: lo que les importa es una especie de pureza, de incontaminación. Un teólogo ( y mutatis mutandi un filósofo, un cura, un escritor, un blogger) se juzga según la integridad de su catolicismo; y tanto más íntegro (ortodoxo) será en cuanto defienda con más énfasis y con menos matices todas las cosas que hay que defender y con más energía repudie y ataque a los enemigos. El que nos aporta municiones. La calidad de sus razones, inteligencia, estilo, espíritu, vida, caridad... es cosa secundaria. Es un lujo, vamos. Mientras más abundantes y más largos y más pomposos sean los ensayos que Fulano escribe a favor de lo primero y en contra de lo segundo, más seguro será. Un católico de buena línea, como también he oído por ahí. Por contra, si Mengano coquetea con el enemigo, critica a los del propio bando, trae novedades, descoloca, incomoda, disuena ... tanto menos seguro será. Es así de simple. Una regla sencilla, en verdad; y de amplio uso; sólo varían un poco los umbrales... Discutirán entre ellos si Mengano está con los "dudosos" o con los "filo-progres" o los "progres" o directamente con los herejes; pero si los umbrales para caer en el paraíso,purgatorio o infierno son discutibles, el orden es bastante claro. Digamos, arrancando con Boff, Küng, Gutiérrez, Schillebeeckx en el último círculo del infierno... después podríamos poner, yendo de lo más impuro a lo más puro.... a Rahner, Congar, Kasper; Juan XXIII, Pablo VI, Maritain ("el segundo"), von Balthasar, Danielou, Henri de Lubac, Juan Pablo II Guardini, Ratzinger-Benedicto XVI, Pieper, Fabro, Garrigou-Lagrange, Pío X, Pío IX, Gilson, Meinvielle, Cardenal Gomá.... La selección será algo caprichosa, pero el ordenamiento no lo es tanto. Pueden divertirse entrando a algún sitio o blog de estos ("Ediciones católicas", "Radio cristiandad", "Panorama católico") y, buscador mediante, corroborarlo, y estimar los umbrales de infierno y purgatorio en cada caso (por ejemplo, no vaya a creer que Ratzinger aprueba el examen en todas las mesas...) Y bueno, este ordenamiento podrá servir de algo. Dudo que de mucho. Manejado como lo manejan estas gentes, como primer criterio de lo que significa ser un "verdadero católico", me parece un signo lastimoso de miseria y falta de libertad [*]. Pero hay que ser libre, para ser honesto. Y hay que ser honesto, para ser cristiano. Newman, por ejemplo; ese me da la impresión de ser un tipo libre, y honesto. Y, me juego la cabeza, no era considerado un católico seguro (más seguro sería Manning, supongo) por los integristas de entonces; converso, con sus reparos a la infalibilidad papal, con su demasiado interés por el diálogo, sus coqueteos con el mundo moderno, por el papel de los laicos, el desarrollo de la doctrina... Humm... [**] Y hoy es uno de los pocos de aquellos tiempos que nos dice algo. Yo tengo la impresión (pero yo no sé nada) de que hace un siglo, pongamos, España (de Argentina mejor ni hablemos) estaba repleta de teólogos seguros; brutos (en lo intelectual, lo ético y lo estético), pero seguros. Que llenaban bibliotecas con ensayos contra los males del mundo moderno, y que combatían -con un ardor y una intransigencia que haría la admiración de muchos de nuestros bloggers militantes- contras los errores y las herejías de ... Unamuno. El pobre Unamuno; que, casualmente, también, es uno de los pocos de aquellos tiempos que nos dice algo. Déjense de embromar. Tal vez deberíamos pensar más en aquello de Lewis, sobre la impresión, el miedo visceral que nos provoca toparnos con algo vivo. Lo cual acaso pueda aplicarse no sólo a Dios, sino también al que de alguna manera es un "hombre de Dios". Y recordar también aquella profecía de Jesús, que a los verdaderos cristianos serían perseguidos y enjuiciados por el mundo; quizás los perseguidos y los perseguidores no están exactamente donde nos gusta imaginar. «Hoy se dice de un hombre que es razonable, como las putas dicen de un cliente que es serio. », comentaba Bloy, refiriéndose al envilecimiento de la razón en la edad contemporánea. Y yo me acuerdo de eso, cuando oigo hablar de teólogos seguros. * ... que encima se realimenta a sí mismo; puesto que uno debe citar sólo a los seguros para ser considerado seguro; los otros sólo se mencionarán para demarcar el campo enemigo. Pueden comprobarlo en esos sitios. En los casos ambiguos, se tomará lo que nos guste. Así, de Pablo VI, se citará ad nauseaum su frase sobre "El humo de Satanás que ha entrado a la Iglesia", exclusivamente. (también los Rad-Trads del norte). No importa que el origen de la frase sea casi desconocido y mayormente irrelevante, y que parezca contradecir (en la interpretación que se le da) a montones de escritos y dichos del mismo papa de más peso; parece que ese día Pablo VI tuvo un lapsus de clarividencia, y alcanzó a vislumbrar por un instante lo que nosotros vemos siempre claramente; y bueno, algo es algo. ** Es conocido el párrafo de una carta privada de monserñor Talbot (un personaje cercano al Papa) al cardenal Manning, a propósito de las ideas de Newman sobre el consenso de los fieles : "La verdad es que una nube se ha puesto sobre el doctor Newman en Roma, desde que el obispo Newport lo delató por herejía... ¿Cuál es la incumbencia de los seglares? Ir de caza, pegar tiros, dar banquetes. Esos son los asuntos que entienden; no tienen ningún derecho a inmiscuirse en los asuntos eclesiásticos... El doctor Newman es el hombre más peligroso de Ingleterra." sábado, 2 junio 2007
Ni medio ni justo
Si vemos que un prójimo se porta mal, encima de la tristeza natural
nos cae el dilema de decirle algo, o no. Por un lado: la obligación de la corrección fraterna, el deseo de que la persona querida esté en la buena senda, y el temor de que nuestro silencio (el que calla, otorga) sea tenido por indiferencia o aprobación. Por el otro lado, la repugnancia al conflicto, el reconocimiento de nuestra propia torpeza para plantear las cosas, el miedo a que nuestra reconvención degenere en agresión y exaspere los ánimos; y sobre todo, puesto que no estamos seguros de tener razón (qué sabemos nosotros qué es bueno y qué es malo; en general, y en particular), el miedo a juzgar y a faltar a la caridad. Son pesadas razones; y hay que arremangarse para pesarlas, y decidir. Resulta más cómodo (al menos para ciertos caracteres) no decidir, y optar por una actitud que podría creerse intermedia: no decir nada, no plantear nada, pero dejar traslucir la desaprobación en un enfriamiento, un retraimiento afectivo. Señal muda pero patente —y también reproche, quizás incluso castigo; aunque ante nuestros propios ojos (y acaso los de terceros) argumentaremos que no se trata de una actitud que nosotros elegimos adoptar, sino de una consecuencia que se sigue de los hechos: puesto que la amistad (o la clase particular de afecto-amor de que se trate) requiere una comunión de ideas y una confianza mutua que el comportamiento del otro ha menoscabado. Una versión más, como se ve, de la eterna autojustificación: yo no tengo la culpa, sino el otro; el otro empezó, el otro actuó, lo mío es mera consecuencia. Ahora, pensándolo un poquito, es claro que el desamor nunca puede ser algo intermedio entre la corrección fraterna (que trabaja amorosamente, y edifica al otro olvidándose de uno mismo) y el silencio (que amorosamente sufre, olvida, reza y cura). Que, acá como en otros casos, no decidir puede ser peor que la peor decisión. Y que ceder a tentaciones por el estilo (sobre todo cuando están así de racionalmente autojustificadas) difícilmente nos dejará en un justo medio, ni nada que se le parezca. Más probable parece que nos deje muy lejos —del prójimo y del Bien. |
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