Y bien, sí; lo del miércoles pasado era una especie de broma, y no muy buena.
Pero no sin intención. Al modo
de una «reducción al absurdo» (¿Cómo
es en latín, Jeeves? Reductio ad absurdum, señor. Gracias, Jeeves)
de esas argumentaciones tradicionalistas…
Puesto que,
si me preguntan, sí creo en la verdad de la frase de Castell-kegaard, de hacer las cosas difíciles (aunque él hablaba
de «cristianismo», mejor que de «religión»); y sin embargo no creo
que esas dificultades que los terroristas litúrgicos nos infligen
a los de sensibilidad tradicional tengan nada de meritorio o
de útil. Habría, pues, aquí una pequeña contradicción o dificultad,
que estos expertos libelistas solventarán con desdén, pero que a mí me pareció algo ejemplar; pues en verdad creo que usan
esas grandes frases como slogans de partido, con mala conciencia
y poca inteligencia. Y la respuesta final de mi imaginario interlocutor (la dificultad se refiere «a los otros») pretende ser una caricatura, exagerada pero, creo, reconocible. En todo caso, pienso que no les vendría mal
a estas personas preguntarse (sin apurarse a «exteriorizar» la respuesta, ni siquiera en la imaginación; la interioridad era también
una de las preocupaciones de Kierkegaard) en qué
sentido el cristianismo debería ser o hacerse difícil
para nosotros.
Y, copiando la retórica de aquel corresponsal que se
extrañaba de que yo —habiendo leído a Castellani— pareciera no ver ciertas cosas… a mí me extraña que esta derecha no parezca ver o pensar nada por el estilo.
Y me extrañan muchas otras cosas semejantes. Me extraña por ejemplo…
…que habiendo ellos leído a Castellani, den tantísima más importancia a los abusos liturgicos que al fariseismo. Que no estén dispuestos a aprender de él
que el punto por el cual la barca de la Iglesia amenaza naufragio no es por la custodia del dogma (ni la liturgia!) sino la falta de caridad. Que las preocupaciones de Castellani por las misas sin horizontalidad (feligreses que no se conocen y van simplemente a «comprar sacramentos») no les toque nada.
…que citando —si no leyendo— a Kierkegaard
no se les ocurra plantearse si su militancia cristiana,
tan mezclada de pasiones sociopolíticas y de imágenes
más o menos fantásticas de una cristiandad pujante pasada,
se moverá en el plano estético, ético o religioso.
… que leyendo muchos de ellos a Tolkien no atisben ningún reflejo de sí mismos en la tristeza y la rebeldía de los elfos; en la tentación de Galadriel (y de Gandalf); por no hablar del mismo Saruman, su crispación
y rebelión ante el advenimiento de la gente pequeña…
y su mano dura en la Comarca.
…que leyendo y citando tanto a Chesterton, no sospechen en sus propias obsesiones (y en sus costumbres de regocijarse/aplaudir/citar selectivamente los fragmentos del evangelio y del magisterio) algún síntoma
del hereje que por aferrarse a su porción de la verdad termina apartándose de la Verdad. Y que no se les pegue
ni un poquito de la elegancia intelectual de GKC, de su
buena disposición a dialogar con los del otro lado, y ganarse su estima y respeto.
…que conociendo las disputas de los fariseos con Jesús no vean ni un atisbo de reflejo en sus razonamientos, en sus aporías, en su integrismo, en impaciencia y en su anhelo
(más o menos secreto) de una mano dura que venga a poner orden en este mundo de hombres-niños despreciables, revoltosos, maleducados e incorregibles.
Que no les mueva un pelo el paralelo entre sus planteos y los planteos (y los modos, intelectuales y afectivos) de los fariseos … cambiando a Moisés por Pío IX, a tal ley por tal dogma.
…que sabiendo con quienes andaba Jesucristo en su vida pública, en sus panfletos militantes les guste tanto apelar una y otra al proverbio «Dime con quién andas…», juzgando a los herejes por proximidades (Fulano es amigo de Mengano. Mengano es hereje. Ergo, Fulano es hereje).
…que conociendo la historia, no vean ejemplos en el pasado de conservadores fosilizados que ven en todo cambio una agresión al pasado; infinitos casos de obcecaciones y resentimientos demasiado similares a los suyos, completamente ortogonales a la fe católica.
Que esto no les lleve en ningún caso a intentar ubicarse a sí mismos, a relativizar lo que es relativo en sus propias ansiedades.
….que declarándose tan «fieles» al magisterio hagan oidos sordos a los papas posteriores a Pío XII. Que escuchen y lean al magisterio católico contemporáneo (desde el CV2) en clave de sospecha, con la actitud de juez en lugar de fiel y discípulo.
…que teniendo tan presente en su manera de concebir al hombre su naturaleza caída, no se les ocurra vislumbrar en sus propias pasiones la mancha del pecado original.
…que habiendo leído y recordando tan a menudo aquello de San Pablo, de los falsos maestros «que halagan los oídos»,
no se les ocurra preguntarse si ellos mismos no tienen sed de halagos; si su catolicismo no está tentado
de buscar consuelos más nefastos que los sensuales. Y que no se les ocurra ni siquiera considerar si la imagen paulina no podría
aplicarse a -digamos- esas publicaciones panfletarias de la derecha católica; o a la predicación de Mons. M. Lefebvre.
…que teniendo tanta desconfianza ante el abuso de la palabra amor, que sabiendo que los amores humanos no son de por sí sagrados sino que deben ser ordenados para no degenerar en pasiones inútiles, estériles y venenosas, no se les ocurra aplicar ese conocimiento a su amor por la Iglesia; por no hablar de su amor por la patria, o por la misa tridentina.
…que teniendo ojo tan penetrante para discernir causas y efctos, y para señalar los abundantes frutos malos del CV2 (y la ausencia de buenos), tanta inclinación a armar árboles genealógicos de herejías y sirvientes de Satanás, tanta seguridad de juicio para aplicar a los siglos pasados y actuales el versículo del árbol y los frutos, a ellos no les produzca la más mínima zozobra repasar la dudosa productividad de sus excelentes árboles. Que manoseen y trivialicen así la sentencia
evangélica, como una piedra de toque mágica que pudiera aplicarse a instituciones y concilios, en lo externo, sin purificarse el corazón, con sólo leer los diarios; ¿a alguno se le ocurrió recopilar los «buenos frutos» de -digamos- la Suma Teológica?
…que quejándose tanto de los curas progresistas que
prefieren dedicar sus sermones a temas triviales de actualidad en lugar
del evangelio, a hablar de sociología en lugar de religión, ellos, en sus blogs, revistas o charlas, muestren tan poco
interés visible en meditar el evangelio, en
estudiarlo y actualizarlo, y sí en cambio tanto afán de publicar escándalos, denunciar herejes y cumplir su cuota de militancia (propaganda) citando letra muerta y devoción apolillada.
…que reconociéndose tan lejos del amor a Dios de los santos, y al mismo tiempo tan celosos del honor del crucificado,
y repudiando con tanta energía el abuso del cristiano mistongo que se atrave a llamar cruces a sus pequeñas incomodidades -aceptadas porque no tiene otra-, ellos no tengan complejos para llamar puro amor (a la Iglesia o a la Patria) a sus pasiones, en considerarlas afines (o aun idénticas) al amor a Dios, y en asimilar sus frustraciones-sufrimientos-resentimientos al dolor
redentor (amor crucificado…; y he leído a alguno que pretendía adjudicar a los sufridos fieles… tradicionalistas el dolor de la mujer del Apocalipsis, la que gime con dolores de parto)
…que repudiando con tanta energía la concepción herética
protestante de la salvación por la sola fe, muestren en sus protestas y excomuniones una concepción de lo que significa «ser cristiano» que lo asimila a una aquiescencia intelectual a una serie de proposiciones; que les resulte
más central el Denzinger que el evangelio, vamos.
…que repudiando con tanta energía las concepciones fatalistas o materialistas de la historia (sea en su versión marxista-sociológica, en la mecanicista-cientificista) que despoja al hombre del libre albedrío y niega su dignidad de criatura espiritual, ellos acentúen tanto —al modo jansenista— la condición caída de la naturaleza humana y la influencia demoníaca sobre las sociedades, haciendo de la Gracia algo
extrínseco —y prácticamente excepcional—, concibiendo el obrar del hombre según líneas fatalistas, y, de hecho, negando
la palabra de Cristo: «el viento sopla donde quiere».
(«La libertad religiosa engendra fatalmente el indiferentismo
de los individuos» Mons. Lefebvre )
…que lamentando tanto
que el catolicismo esté prácticamente proscripto de los medios
y la cultura contemporánea,
y denunciando con tanta energía la usurpación
cultural llevada a cabo por las siniestras
fuerzas del laicismo/comunismo/progresismo/masonería/etc
(y según los siniestros planes de Gramsci), evidencien tan poco interés en juzgar la calidad, fecundidad y tolerancia de la cultura católica (en lo intelectual y en lo artístico… por no hablar de lo religioso) en los tiempos en que tuvo la sartén por el mango.
…que siendo tan severos, en el plano estético, con las fealdades modernas que se ven frecuentemente en la iglesia (mal gusto musical, arquitectónico,
plástico, oral, devocional), sean tan indulgentes con las fealdades antiguas.
…que siguiendo a un salvador que llama a dar la otra mejilla, que se entrega en la cruz sin defenderse ante sus acusadores, que reprende a Pedro cuando éste se niega a aceptar la humillación del maestro… les escandalice tanto cualquier
gesto lejanamente similar de la Iglesia institucional (desde un mea culpa, hasta sentarse a comer con publicanos
y prostitutas) porque atentan contra su dignidad, da pasto a los enemigos, escandaliza a los débiles en la fe y entristece a los amigos fieles.
Continuará (Terminará, espero).
Archivo por meses: febrero 2007
Hacela difícil
Acaso como primicia de la penitencia cuaresmal, un lector Pablo
—manifiestamente molesto por un post en el que yo
criticaba ciertos enardecimientos litúrgicos de ciertos
energúmenos tradicionalistas—
me alecciona con todos los lugares comunes de
la derecha católica local.
Así, por ejemplo, se extraña de que yo lea a Castellani (y a Kierkegaard ! ) y a pesar de eso no parezca darme «cuenta del derrumbe de la religión, y cómo se expresa visiblemente en la modernización de la Misa …» etc.
Y además, que…. etc, etc , etc y más etcéteras.
Alguno de los de afuera pensará que Kierkegaard, al menos, no es tan lugar común en esos ámbitos… pero sucede que en el catolicismo tradicionalista argentino el danés es el único protestante relativamente respetado y aun citado —no sé si leído. Pequeño milagrito de clara atribución: Castellani (y que podría acaso ilustrar la libertad del cura… y la falta de libertad de muchos de sus seguidores). Naturalmente, las citas generalmente son de segunda mano (la de Castellani, justamente); selección de selección, pues, y -como es al uso- tomando lo que al seleccionador le sirve para confirmarse en sus pequeñas convicciones y usar en sus panfletos.
Así, este lector me recuerda que Castell-kegaard decía que «no hay que hacer la religión más fácil sino más dificil».
Sí, yo había leído eso. Aunque —mea culpa— quizás no lo tenía tan presente. Y en verdad, (para decirlo con acentos bergóglicos) «estas palabras me invitan a la reflexión, y me interpelan». Porque, mirá vos, justamente el domingo pasado, en la misa de mi parroquia, en el momento en que los fieles acababan de comulgar y el cura tomaba asiento, sucedió que el «animador» (joven entusiasta, robusto y sonriente barba candado) terminó su enérgico rasgueo en La Menor y tomando el micrófono nos invitó a «hacer un gesto de adoración comunitaria, y tomándonos de las manos…» … y no puedo decirles cómo siguió la cosa, porque ahí salí corriendo.
Pero ahora pienso que, de haber tenido yo más presente la frase aquella, debería haberme sentido más bien agradecido al muchacho de la barba candado (por no hablar del párroco): él me hace la religión difícil, a no dudarlo.
¿Eh? ¿Cómo?…. Aaaaaaaaahhh … ¿no se trata de hacer la religión difícil para nosotros, sino para ellos? ¡Ah, entonces está perfecto!
Así, por ejemplo, se extraña de que yo lea a Castellani (y a Kierkegaard ! ) y a pesar de eso no parezca darme «cuenta del derrumbe de la religión, y cómo se expresa visiblemente en la modernización de la Misa …» etc.
Y además, que…. etc, etc , etc y más etcéteras.
Alguno de los de afuera pensará que Kierkegaard, al menos, no es tan lugar común en esos ámbitos… pero sucede que en el catolicismo tradicionalista argentino el danés es el único protestante relativamente respetado y aun citado —no sé si leído. Pequeño milagrito de clara atribución: Castellani (y que podría acaso ilustrar la libertad del cura… y la falta de libertad de muchos de sus seguidores). Naturalmente, las citas generalmente son de segunda mano (la de Castellani, justamente); selección de selección, pues, y -como es al uso- tomando lo que al seleccionador le sirve para confirmarse en sus pequeñas convicciones y usar en sus panfletos.
Así, este lector me recuerda que Castell-kegaard decía que «no hay que hacer la religión más fácil sino más dificil».
Sí, yo había leído eso. Aunque —mea culpa— quizás no lo tenía tan presente. Y en verdad, (para decirlo con acentos bergóglicos) «estas palabras me invitan a la reflexión, y me interpelan». Porque, mirá vos, justamente el domingo pasado, en la misa de mi parroquia, en el momento en que los fieles acababan de comulgar y el cura tomaba asiento, sucedió que el «animador» (joven entusiasta, robusto y sonriente barba candado) terminó su enérgico rasgueo en La Menor y tomando el micrófono nos invitó a «hacer un gesto de adoración comunitaria, y tomándonos de las manos…» … y no puedo decirles cómo siguió la cosa, porque ahí salí corriendo.
Pero ahora pienso que, de haber tenido yo más presente la frase aquella, debería haberme sentido más bien agradecido al muchacho de la barba candado (por no hablar del párroco): él me hace la religión difícil, a no dudarlo.
¿Eh? ¿Cómo?…. Aaaaaaaaahhh … ¿no se trata de hacer la religión difícil para nosotros, sino para ellos? ¡Ah, entonces está perfecto!
Mirada libre
No trataré de justificar con razones las páginas que siguen; menos aún el sentimiento que me impulsa a escribirlas. Una vez más, y esta vez más que nunca, hablaré mi lenguaje, seguro de que no será comprendido más que por aquellos que lo hablan conmigo, que lo hablaban antes de haberme leido, que lo hablarán cuando yo no exista ya, cuando la frágil memoria de mis libros y de mí mismo hayan caído en el olvido. Son los únicos que me importan.
No desdeño a los demás. Lejos de desdeñarlos, desearía comprenderlos mejor, pues comprender es ya amar. Lo que separa a los seres humanos, lo que les hace ser enemigos, no tiene, quizá, ninguna realidad profunda. Las diferencias sobre las que se afanan en vano nuestra experiencia y nuestro raciocinio se esfumarían como sueños si pudiéramos echarles por encima una mirada lo bastante libre; pues el peor de nuestros infortunios es el de no poder dar al otro más que una imagen de nosotros mismos; imagen pobre, en la que el oído ejercitado descubre zonas de un silencio espantoso.
De «Los grandes cementerios bajo la luna», libro de Bernanos,
sobre sus experiencias en la guerra civil española; libro que llevaba años buscando, y que estoy leyendo estos días, como quien bebe un vino añejo, exótico y al mismo tiempo familiar.
No desdeño a los demás. Lejos de desdeñarlos, desearía comprenderlos mejor, pues comprender es ya amar. Lo que separa a los seres humanos, lo que les hace ser enemigos, no tiene, quizá, ninguna realidad profunda. Las diferencias sobre las que se afanan en vano nuestra experiencia y nuestro raciocinio se esfumarían como sueños si pudiéramos echarles por encima una mirada lo bastante libre; pues el peor de nuestros infortunios es el de no poder dar al otro más que una imagen de nosotros mismos; imagen pobre, en la que el oído ejercitado descubre zonas de un silencio espantoso.
… Seguir leyendo
Dame tiempo. O mejor, no.
La conversación fue ayer, pero nuestras intervenciones se nos ocurren hoy.
Poco dotados que somos de virtudes repentinas —y menos cuando tenemos
delante seres humanos, en lugar de computadoras—
salimos mal del paso con una respuesta anodina, idiota, ininteligible;
acaso nos contentamos con quedarnos mudos.
Y hoy, repasando la situación, se nos cruza una multitud de
respuestas inteligentes y chispeantes; nos asombra, incluso, descubrir
detalles (frases y circunstancias) que venían como
a propósito para darnos pies. Montones de oportunidades
estupendas para lucirnos, y no agarramos una.
Y, aun concientes de la vanidad y la miseria de estas imaginaciones, seguimos revolviendo la escena, y forjando diálogos en los que todos los remates afortunados —para admiración del público, confusión del adversario, y conversión del descarriado— son los nuestros.
Lo digo en plural, porque sospecho que es cosa bastante común, si no universal. Recuerdo vagamente algunas referencias novelescas (una muy lejana, creo que de Balzac; ¿»Ilusiones perdidas»?), algo de Jerome K. Jerome… Incluso esa manera ingenuamente tendenciosa que tiene la gente de relatar las discusiones pasadas, el relator imponiéndose con determinación, y el otro confundido y vacilante («»Bueno -me dice- no lo tomes así…», «Lo tomo como hay que tomarlo» -le digo «¿o acaso vos la semana pasada no me decías que (bla bla bla)? ¿Eh? -le digo- ¿Es así o no es así?». Ahí se quedó sin saber qué decir. «Bueeeno… pero eso era distinto» -me dice. «Ja! Qué! ¿Distinto por qué? ¿Eh? Mirá -le digo- mejor dejalo ahí, porque cada vez la embarrás más…». Y ahí tuvo que cambiarme de tema… ¿Pero vos te das cuenta?»). Y esa gente que uno cruza por la calle, mascullando diálogos imaginados…
Debe ser cosa común, sí, en sus distintos grados. Pero, como decíamos, hay algunos menos dotados que el promedio en esos menesteres; sobre todo, los que encontramos más fácil escribir que hablar, los socialmente torpes, lentos y retraídos.
Recuerdo que en mi juventud había imaginado (sin tomar demasiada conciencia de mis motivos… y sin enjuiciarme por imaginarlo) el caso de una persona que tuviera el poder de detener a voluntad el mundo, de pausar el universo externo a su conciencia. En mitad de un diálogo, el tipo -digamos- aprieta un botón y todo se detiene… salvo su pensamiento; entonces él analiza la situación con toda calma; revisa la historia, las psicologías y las circunstancias, prevee reacciones y derivaciones, planea derroteros; al fin decide una respuesta efectiva (parlamento o acto)… y -play- reanuda la acción. Para los otros, no ha pasado ni una fracción de segundo; para él han pasado minutos, horas. (Después encontré en un cuento de Borges una fantasía similar, aunque con otra orientación). Lo que a mí me interesaba de la cuestión era imaginar cuánto poder otorgaría semejante don; poder de seducción (erótico, también; no exclusivamente pero tampoco en último lugar), de influencia y —es de temer— dominio, manipulación y desprecio.
Pensaba hoy todo esto, sobre todo esto último, a cuento de cosas mías. Porque… al revolver una vez más en la cabeza esas imaginaciones, junto que el asombro que apuntaba al comienzo, el de descubrir (tarde) tantas insospechadas oportunidades en las circunstancias, y tanta insospechada creatividad (tardía) en mí para forjar réplicas… al lado de eso, veía crecer en mí otro asombro: el de descubrir cuánta sorna, cuánta crueldad, cuánta dureza de corazón y falta de caridad soy capaz de segregar en esas agudezas incontestables [*] de mi imaginación.
Por eso, hoy no lamento mucho esas torpezas y lentitudes mías; más bien agradezco que casi no se me concedan ocasiones de ejercer esa maldita creatividad… fuera de mis fantasías (y ya quisiera también poder expulsarlas de ahí).
Y por eso, hoy, si alguien viniera a ofrecerme aquel don… ni regalado, vea.
[* Precisamente en esa cualidad, creo yo, reside el mal: la de ser una frase (imaginariamente) incontestable. La cualidad de no pedir -antes más bien rechazar- una respuesta digna de atención; la de construirse como un remate teatral que viene a cerrar un diálogo —en realidad, a frustrarlo. Vanidad autocomplaciente, en los casos leves. Y en sus formas extremas (no raras), cosas de fariseo, del que cree tener mucho que decir y enseñar, y nada que escuchar y aprender. ]
Y, aun concientes de la vanidad y la miseria de estas imaginaciones, seguimos revolviendo la escena, y forjando diálogos en los que todos los remates afortunados —para admiración del público, confusión del adversario, y conversión del descarriado— son los nuestros.
Lo digo en plural, porque sospecho que es cosa bastante común, si no universal. Recuerdo vagamente algunas referencias novelescas (una muy lejana, creo que de Balzac; ¿»Ilusiones perdidas»?), algo de Jerome K. Jerome… Incluso esa manera ingenuamente tendenciosa que tiene la gente de relatar las discusiones pasadas, el relator imponiéndose con determinación, y el otro confundido y vacilante («»Bueno -me dice- no lo tomes así…», «Lo tomo como hay que tomarlo» -le digo «¿o acaso vos la semana pasada no me decías que (bla bla bla)? ¿Eh? -le digo- ¿Es así o no es así?». Ahí se quedó sin saber qué decir. «Bueeeno… pero eso era distinto» -me dice. «Ja! Qué! ¿Distinto por qué? ¿Eh? Mirá -le digo- mejor dejalo ahí, porque cada vez la embarrás más…». Y ahí tuvo que cambiarme de tema… ¿Pero vos te das cuenta?»). Y esa gente que uno cruza por la calle, mascullando diálogos imaginados…
Debe ser cosa común, sí, en sus distintos grados. Pero, como decíamos, hay algunos menos dotados que el promedio en esos menesteres; sobre todo, los que encontramos más fácil escribir que hablar, los socialmente torpes, lentos y retraídos.
Recuerdo que en mi juventud había imaginado (sin tomar demasiada conciencia de mis motivos… y sin enjuiciarme por imaginarlo) el caso de una persona que tuviera el poder de detener a voluntad el mundo, de pausar el universo externo a su conciencia. En mitad de un diálogo, el tipo -digamos- aprieta un botón y todo se detiene… salvo su pensamiento; entonces él analiza la situación con toda calma; revisa la historia, las psicologías y las circunstancias, prevee reacciones y derivaciones, planea derroteros; al fin decide una respuesta efectiva (parlamento o acto)… y -play- reanuda la acción. Para los otros, no ha pasado ni una fracción de segundo; para él han pasado minutos, horas. (Después encontré en un cuento de Borges una fantasía similar, aunque con otra orientación). Lo que a mí me interesaba de la cuestión era imaginar cuánto poder otorgaría semejante don; poder de seducción (erótico, también; no exclusivamente pero tampoco en último lugar), de influencia y —es de temer— dominio, manipulación y desprecio.
Pensaba hoy todo esto, sobre todo esto último, a cuento de cosas mías. Porque… al revolver una vez más en la cabeza esas imaginaciones, junto que el asombro que apuntaba al comienzo, el de descubrir (tarde) tantas insospechadas oportunidades en las circunstancias, y tanta insospechada creatividad (tardía) en mí para forjar réplicas… al lado de eso, veía crecer en mí otro asombro: el de descubrir cuánta sorna, cuánta crueldad, cuánta dureza de corazón y falta de caridad soy capaz de segregar en esas agudezas incontestables [*] de mi imaginación.
Por eso, hoy no lamento mucho esas torpezas y lentitudes mías; más bien agradezco que casi no se me concedan ocasiones de ejercer esa maldita creatividad… fuera de mis fantasías (y ya quisiera también poder expulsarlas de ahí).
Y por eso, hoy, si alguien viniera a ofrecerme aquel don… ni regalado, vea.
[* Precisamente en esa cualidad, creo yo, reside el mal: la de ser una frase (imaginariamente) incontestable. La cualidad de no pedir -antes más bien rechazar- una respuesta digna de atención; la de construirse como un remate teatral que viene a cerrar un diálogo —en realidad, a frustrarlo. Vanidad autocomplaciente, en los casos leves. Y en sus formas extremas (no raras), cosas de fariseo, del que cree tener mucho que decir y enseñar, y nada que escuchar y aprender. ]
Paciencia
Los que me conocen saben que, en las cosas pequeñas, soy impaciente: no sé esperar un autobús. Pero en las grandes cosas, creo ser paciente, con una especie de paciencia activa, de la que quiero hablar un instante. Nada tiene que ver con una espera vacía, con una cierta capacidad de expectación cronológica.
Es una cierta cualidad del espíritu, o más bien del alma, arraigada en la convicción profunda y existencial, en primer lugar, de que es Dios quien dirige el juego y cumple a través de nosotros un Designio de gracia y, luego, de que para todas las cosas grandes es necesario un cierto tiempo de maduración.
No podemos dispensarnos de trabajar con el tiempo, a condición de que se trate no de un tiempo vacío sino de un tiempo en el que ocurre algo: la maduración de aquello cuya semilla ha sido confiada a la tierra. Esta paciencia profunda es la del sembrador que sabe que «se producirá germinación» (cf. Zac 3,8; 6,12).
Muchas veces he meditado la frase de san Pablo: «La paciencia produce una virtud probada, y la virtud probada produce la esperanza» (Rom. 5,4). Más bien cabría prever lo contrario: que sólo se puede esperar pacientemente si se tiene la esperanza, en el corazón. En cierto sentido es verdad; pero las palabras de san Pablo expresan otra verdad más profunda. Quienes no saben sufrir no saben esperar. Los hombres impacientes, que quieren tener enseguida el objeto de su deseo, tampoco saben esperar. El sembrador paciente, que confía su grano a la tierra y al sol, es la imagen misma de la esperanza. «A aquel que sabe esperar, todas las cosas acabarán siéndole reveladas, a condición de tener el coraje de no renegar en medio de las tinieblas de lo que ha visto en la luz» (Coventry Patmore).
Yves Congar
Es una cierta cualidad del espíritu, o más bien del alma, arraigada en la convicción profunda y existencial, en primer lugar, de que es Dios quien dirige el juego y cumple a través de nosotros un Designio de gracia y, luego, de que para todas las cosas grandes es necesario un cierto tiempo de maduración.
No podemos dispensarnos de trabajar con el tiempo, a condición de que se trate no de un tiempo vacío sino de un tiempo en el que ocurre algo: la maduración de aquello cuya semilla ha sido confiada a la tierra. Esta paciencia profunda es la del sembrador que sabe que «se producirá germinación» (cf. Zac 3,8; 6,12).
Muchas veces he meditado la frase de san Pablo: «La paciencia produce una virtud probada, y la virtud probada produce la esperanza» (Rom. 5,4). Más bien cabría prever lo contrario: que sólo se puede esperar pacientemente si se tiene la esperanza, en el corazón. En cierto sentido es verdad; pero las palabras de san Pablo expresan otra verdad más profunda. Quienes no saben sufrir no saben esperar. Los hombres impacientes, que quieren tener enseguida el objeto de su deseo, tampoco saben esperar. El sembrador paciente, que confía su grano a la tierra y al sol, es la imagen misma de la esperanza. «A aquel que sabe esperar, todas las cosas acabarán siéndole reveladas, a condición de tener el coraje de no renegar en medio de las tinieblas de lo que ha visto en la luz» (Coventry Patmore).
Yves Congar
… casa nueva
Hosting nuevo, para ser más preciso.
Hoy se irá estabilizando todo, espero. Avisen, cualquier problemita que vean.