Archivo por meses: enero 2007

Año nuevo…

Estoy cambiando de hosting todo el sitio, así que durante esta semana no esperen muchas actualizaciones, y sí algunas… intestabilidades. Y bue, de todo, estamos en enero (y Buenos Aires duerme la siesta).

Los dejo con las Voces Búlgaras; y con cuatro canciones de Spinetta.
# | hernan | 28-enero-2007

Etica, que le dicen

Leía hace poco en Slashdot sobre unas variantes del experimento de Milgram: las víctimas no son ya humanos actores sino humanos virtuales: personajes forjados por algoritmos y chips, nomás; y los actores-torturadores lo saben. Dicen los -objetivos e impersonales- psicólogos experimentadores, que los actores sentían de todas maneras alguna inquietud (stress) al tener que torturar a esos seres virtuales, y tener que asistir a sus manifestaciones de dolor. Además del análisis y valoración del resultado, se plantea (como no!) también la pregunta sobre la ética del mismo experimento.
Y como suele pasar en Slashdot, los comentarios (seleccionados) son más interesantes (por agudos o por obtusos, por típicos o por atípicos) que el artículo comentado.

Uno confesaba:
Esto me recuerda algo personal. No sé cuántos de ustedes conocen aquel video-juego [X], yo solía jugarlo mucho; uno de sus atractivos era el de jugar el papel del villano. Sin embargo, por más que me gusta hacer de distintas personas, cada vez que tuve que hacer de malo terminaba sintiendo remordimientos por matar a tantos inocentes, por más que supieran que no eran personas reales.
Un científico con experiencia en estos temas, acota (negritas mías) que…
… los experimentos originales de Milgran fueron considerados faltos de ética por el trauma psicológico experimentado por los sujetos que recibieron la orden de aplicar las descargas eléctricas. Se los puso en la situación emocionalmente estresante de tener que optar entre seguir las órdenes del experimentador (o sea: el representante de la autoridad) y su propio código moral; semejante situación hoy día se considera inaceptable.
Por lo que puedo ver, este experimento puede resultar éticamente más justificable porque la «víctima» es explicitamente virtual -hecho que conocen los sujetos- y por lo tanto la situación, al no implicar (a los ojos del sujeto) daño a gente real, no es emocionalmente tan traumático.
Hay varios aspectos interesantes acá. Pero a mí, lo que más me llama la atención (y por enésima vez) es cuán tabú ha llegado a ser para nosotros, los civilizados, la palabra pecado. Y no sólo la palabra; y no sólo por su costado religioso. Aún parece que nos avergüenza e incomoda la elemental noción de que tal o cual cosa está mal, pura y simplemente. A lo más que llegamos es a la palabra ética; aún la palabra moral nos suena sospechosa, hablemos mejor de «códigos morales». Y como para ahogar cualquier tentación de trascendencia, enseguida aclaramos que se trata de una convención (más o menos social), que sólo podemos fundamentar hacia abajo: y tal o cual cosa está mal (perdón: no se considera ético) si y sólo si causa a otro algún trauma o algún stress.

Tal vez también tengamos necesidad de volver a ser niños en eso: volver a aprender a decir sin vergüenza, y sin necesidad de fundamentaciones psicológicas o sociológicas: esto está mal, cuando vemos algo que está mal.
Y, pues que unamunescos: nos estamos poniendo, qué lindo sería poder echar a los bachilleres a patadas del escuadrón:
…En marcha, pues. Y ten en cuenta no se te metan en el sagrado escuadrón de los cruzados bachilleres, barberos, curas, canónigos o duques disfrazados de Sanchos. No importa que te pidan insulas; lo que debes de hacer es expulsarlos en cuanto te pidan el itinerario de la marcha, en cuanto te hablen de programa, en cuanto te pregunten al oído, maliciosamente, que les digas hacia dónde cae el sepulcro. Sigue a la estrella. Y haz como el Caballero: endereza el entuerto que se te ponga delante. Ahora lo de ahora, y aquí lo de aquí.
¡Poneos en marcha! ¿Que adónde vais? La estrella os lo dirá: ¡al sepulcro! ¿Qué vamos a hacer en el camino, mientras marchamos? ¿Qué? ¡Luchar! Luchar, y ¿cómo?
¿Cómo? ¿Tropezáis con uno que miente?, gritarle a la cara: ¡mentira!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que roba?, gritarle: ¡ladrón!, y ¡adelante! ¿Tropezáis con uno que dice tonterías, a quien oye toda una muchedumbre con la boca abierta?, gritarles: ¡estúpidos!, y ¡adelante!

(Miguel de Unamuno – Vida de Don Quijote y Sancho)
# | hernan | 23-enero-2007

Sopesar el mal

Revisitamos aquello sobre el mal (sin olvidar aquello de Simona ni aquello de Job). Veamos. ¿Qué estamos diciendo?

¿Estamos diciendo que es una estupidez afirmar «En el mundo hay demasiado sufrimiento como para aceptar que Dios exista» porque no se puede poner un «umbral de sufrimiento», porque la cantidad de mal en el mundo es cuestión de grises graduales y relativos? No, no es eso. Si alguien, al constatar la falta de muestras de afecto y de alegría mutua de una pareja, dedujera que «ya no se quieren como antes»… haríamos las reservas del caso, sí; pero de ninguna manera diríamos que es absurdo concluir tal cosa de tales signos, por más no podamos poner umbrales inequívocos.
Pero justamente, espero yo, el ejemplo ayuda a aclarar la diferencia. Porque ahí -como la multitud de casos similares- podemos poner razonablemente umbrales y rangos; y eso, porque vivimos en un «universo» determinado (una cultura), y podemos sopesar causas y efectos, conocemos aproximadamente los valores típicos de tales indicios y la significación de sus desvíos. Podemos así decir, razonablemente, que «eso es normal», «eso es mucho», «eso es demasiado», «eso es demasiado poco».
Ahora… si nos detenemos a pensar en el paso que estamos dando, desde ahí hasta decir que «en el mundo hay demasiado sufrimiento como para aceptar que Dios exista»… no sé, a mí se me hace que hay un abuso de analogía, y una confusión enorme de fondo. No -repetimos- porque la existencia del mal no plantee una objeción o un misterio al que cree; sino porque esa manera de plantear la cuestión, montada sobre una analogía absurda, tiene que denotar un malentendido. Y porque tal argumento escéptico -se me hace- sólo puede justificarse si se dirige contra una concepción pueril y acaso blasfema de Dios. Ahora, que esta concepción esté en la mente del creyente que defiende a Dios o sólo en la del ateo que lo niega, es otra cuestión, y no me meteré allí. Sólo diré, con toda timidez, que tal vez defender a Dios poniéndose en el plano de esta objeción (es decir, aceptando su consistencia interna, intentando mostrar su falsedad en lugar de su absurdo) puede ser más peligroso -más blasfemo?- que lo otro, tanto para la fe de uno como para la del prójimo.

Pero, contraobjetarán: entonces al menos deberíamos dar cuenta de por qué ese absurdo es tan extendido: si no expresara (mal, si querés) una dificultad verdadera, difícilmente se nos impondría como algo tan natural. ¿O diremos acaso que la interrogación que provoca la existencia del sufrimiento en relación a Dios se debe adjudicar exclusivamente a que tenemos una mala -imaginaria/pueril- concepción de lo divino y lo humano? ¿Acaso a los ojos de un sabio -un santo- esta interrogación no se plantea -al menos no como una dificultad?
La dejamos picando.

¿Y entonces? ¿Qué cuernos estamos diciendo? ¿Estamos diciendo que Dios está taaaan lejos de nuestras concepciones y es taaaaan grande que a su lado nuestras alegrías y nuestros dolores son poco menos que nada, que en esa perspectiva no hay diferencia sustancial entre el dolor de la mujer ultrajada y la del chico que perdió su juguete? ¿Y que así como hoy, creciditos, nos sonreímos del niño que llora por una tontera, así algún día nos sonreiremos al recordar las tragedias que han hecho llorar a los adultos?
No. Al menos, no del todo.
Aunque esta última imagen no deja de tener su miga, y en su plano -modesto- conviene tenerla presente (más sobre esto otro día); de todas maneras, sentimos que esa no puede ser la respuesta última. Por varios motivos. Porque imponernos semejante perspectiva no nos aclara la cuestión, sólo la minimiza; porque esa reducción del dolor a la insignificancia no podría dejar de extenderse a todo: a la alegría, al bien y al mal, a la virtud y al pecado; tanto valdría ser un estúpido materialista (en el peor sentido de la palabra). C. S. Lewis rechazaba con energía esas explicaciones del dolor que pretendían integrarlo en un Todo, como si sólo fuera cuestión de lograr una mirada superior, sintética: «Si pudieras intuir el sentido último del universo, si pudieras ver la cadena de causas y la perfección inmanente de todo lo que deviene, entonces verías que ese cáncer de garganta que está matando a tu hijita tiene tanto de malo como esa flor de durazno que ves por la ventana». «Condenadas tonterías», era la respuesta de Lewis… en nombre del cristianismo (y el adjetivo era para tomar en sentido literal); y está bien respondido. Para empezar, al menos.

Pero… ah, ya se nos coló el cristianismo.
¿Y qué? ¿Te incomoda meter al cristianismo en la discusión?
Diría que lo que a mí me incomoda es que el cristianismo se meta en cualquier momento en la discusión: diría que hay que prestar atención para no meterlo demasiado temprano ni demasiado tarde. Y, en esta cuestión, podemos suponer que la respuesta a la aporía inicial puede darla hasta cierto punto la filosofía y la (digamos) religión natural; y pasado este punto, debe ser Cristo el que traiga la respuesta final (en el sentido en que podamos pretender una respuesta final). Me parece que los «defensores de Dios» -los amigos de Job- suelen (o solemos: el que esté libre de pecado…) mezclar los tantos —y con cierta mala conciencia: por un lado pretenden dar respuestas últimas que aparentemente no requieren del hecho cristiano (la Encarnación del Hijo de Dios, y la Redención); respuestas que, por lo mismo, son fallutas, y terminan contradiciendo otros argumentos que ellos mismos emplean a favor de de Dios (por ejemplo: minimizar el sufrimiento lleva, en ese plano, a miminizar también la alegría; y a socavar por lo tanto la noción de un Dios justo y providente, etc). Y por otro lado, y casi al mismo tiempo, sacan de la manga el cristianismo como un comodín que viene a resolver demasiado fácil un acertijo difícil. Que esto último, cuando se trata de un problema planteado en un ámbito no necesariamente cristiano, un problema que —hasta cierto punto— puede y debe ser planteado y —hasta cierto punto— respondido en comunión de cabeza y corazón con hombres no cristianos, sea algo tan reprobable como lo otro, parecerá a muchos cristianos algo discutible. Y lo será.
Pero… no sé, miren. Yo por ahora me quedo, una vez más, con el diálogo de Iván y Alioscha como modelo. Porque ahí la dificultad viene planteada por el ateo, y el cristiano Alioscha no se resiste a comulgar con su visión. Y de hecho tiene bien poco que refutar o responder; sólo al final, cuando Iván ha llevado la cuestión más allá de lo que la razón natural puede responder, sólo entonces Alioscha, después de haber masticado y sufrido la cuestión, después de haberse negado a las soluciones inhumanas, alude a Cristo. Iván entonces da vuelta la página, deja la cuestión, que queda, así, insuficientemente respondida (tal vez en el punto justo en que debe quedar respondida … frente a un no cristiano), y pasa al famoso poema del Gran Inquisidor; no sin antes hacerle notar a Alioscha que «me sorprendía que no lo hubieras sacado ya a relucir, pues vosotros soléis empezar vuestras discusiones mencionándolo…». Parece un reproche a los cristianos, y puede ser un reproche justificado, creo. Bien por Alioscha, pues, que no cayó en la trampa.
# | hernan | 22-enero-2007

Vigilancia y castigo

Luis me hace notar —entre otras cosas— que no hay por qué concebir la mirada (o presencia sentida) de Dios primariamente como vigilancia (y anuncio de castigo), en lugar de amor; y, por qué no: pena, cuidado y compasión. No está mal; y no viene mal recordar la mirada de los ángeles de la película aquella. Y acaso también la del niño que uno fue. Está bien.

Pero el caso es que yo no suelo ver esos aspectos como opuestos. Al contrario, más bien diría que me cuesta separarlos.

Y seguimos con los ejemplos: el que se porta bien, que resiste a la tentación de hacer un mal, porque lo está mirando su padre, su madre, su amigo. No se trata de vigilancia, en el sentido policial… pero sí en algún otro: el amigo (que te quiere) te está mirando; y uno quiere ser digno de esa amistad.

Funciona así la cosa, según yo la veo; con amor en las dos direcciones. Y con un castigo («inmanente», si quieren) que opera en la misma línea. Y la vergüenza inmediata, casi animal, es como el primer escalón, o el mero reflejo del castigo de fondo: el menoscabo de ese amor.

Y tememos ese castigo, y hacemos bien en temerlo.

Y, digo yo ¿con Dios no es —no debería ser— más o menos lo mismo?

# | hernan | 18-enero-2007

Sonría, lo están filmando (2)

Suele (¿o solía?) formar parte de la formación moral infantil la advertencia: No hay que portarse mal nunca; aunque creas que nadie te ve… Dios te ve siempre.

Ahora nos hemos hecho grandes, hemos dejado atrás aquella ingenuidad —no sólo personal— y aquella advertencia nos provoca rechazo. Parejo al que nos provoca la exhortación a hacer el bien para evitar el castigo, terreno o ultraterreno. El bien hay que hacerlo porque está bien, nomás, decimos ahora. No se trata de que te estén mirando, o de que te vayan a castigar. Aquello habrá estado bien en estadios más pueriles y toscos de la civilización —cristiana o no. Pero desde entonces hemos progresado, y hoy no necesitamos —y no queremos— una moral heterónoma.

Y no lo digo con sorna. Al menos, no con demasiada. Yo no tengo problemas en admitir que aquella visión ingenua tenía su falsedad y su peligro. Pero sí me resisto a despreciarla así, sin más. Como creo que, en buena teología, aquello de moral autónoma vs. moral heterónoma es un falso dilema.

Aquello de «portate bien, Dios te está mirando»… yo no lo desprecio, ni siquiera al nivel moralista. Yo, al menos, tengo la fuerte impresión de que buena parte de mis pecados cotidianos no los cometería si estuviera más convencido de que Dios me está mirando.

Y por lo mismo… no saben cuánto quisiera tener algo más de esa conciencia habitual… Sentir continuamente la presencia y la mirada de Dios sobre mí.

A esta impresión podrían oponerse varias objeciones. Vayan dos.

Primero: se dirá que esto no es más que una imaginación. Que la presencia habitual de Dios en un alma se da de otra manera: es la santidad, vamos. Y la santidad no implica esta conciencia presencial, y el santo obra bien sin necesidad de eso. Se dirá que la cuestión de fondo es tener fe; pero que la fe no tiene mucho que ver con esa sensación de presencia, y de hecho no es incompatible con el pecado: uno puede bien creer en Dios, y aun así pecar.

A todo lo cual no podré oponer demasiado; pero sí diré que lo último, sobre todo me inquieta un poco. Porque me cuesta descartar la idea de que ciertos pecados (digamos: los que uno no cometería si tuviera la sensación de «tener a Dios adelante») no sean un signo, por lo mismo, de falta de fe.

Segundo: se dirá que esta idea es policíaca y siniestra. Que sólo apunta a suprimir los pecados, en lugar de fomentar la virtud. Moral negativa, que en su obsesión por no hacer el mal se termina olvidando de hacer el bien.

Pero… no crean. Yo, al menos, cuando me lamento por este género de pecados, estoy incluyendo (y no en último lugar) mis pecados de omisión. No puedo evitar pensar que, si me olvidara menos de la presencia de Dios, usaría muchísimo mejor de mi tiempo, y sería así más caritativo y -por consecuencia- más feliz.

Y por todo eso, aunque sea a contrapelo de ciertos naturales desprecios, no renuncio a pedir, como reza un niño: «Dios, haceme ver que me estás viendo, así me porto bien».

# | hernan | 10-enero-2007

Objetivos claros

Esta página (en inglés) colecciona fragmentos curiosos de postulaciones laborales (cartas de presentación, respuestas a cuestionarios, CV).
En el item «Metas», alguien escribió:
Goal: To make money, and be the camel that squeezes through the eye of the needle.
«Hacer dinero, y ser el camello que pasa por el ojo de la aguja». Eso es tener ambiciones. Quién sabe cómo le habrá ido.
# | hernan | 8-enero-2007

Sonría, lo están filmando

El doctor Anselmo T. Galván Castro, integrante de la sociedad del barrio de Flores «Nueva Historia» (cuyos fines, según consta en las narraciones de Alejandro Dolina, era «registrar la totalidad de los sucesos humanos», minuciosa y debidamente documentados) apoyó con entusiasmo la propuesta del cineasta húngaro Lazlo Martok («experto en filmes documentales que había abandonado su país huyendo de las persecuciones, auque el hombre no recordaba quién lo perseguía ni por qué») de filmar la vida entera de las personas, para que la posteridad no se perdiera nada. Entre las dificultades que oponían los negativos de siempre, los Refutadores de Leyendas objetaban que el sistema sería demasiado molesto e invasivo; decían ellos:
«Las personas cambian su actitud cuando se hallan frente a una cámara. Si se filma la vida entera de la gente, todos nos pareceremos a Santiago Gómez Cou».
Galván Castro confesó entonces su fervorosa admiración por Santiago Gómez Cou y declaró que el hecho de saberse filmado obligaría a todo ciudadano a llevar una vida digna y sin tapujos.
Por su lado, dicen que el general decía: «La gente es buena; pero si se la vigila… es más buena».
Pero no es indispensable hablar de vigilar; en la mayoría de los casos, basta con saber que te están mirando.

Y bien, ya adivinarán adónde vamos.
Ciertamente, Dios te está mirando … ¿no? Más: podríamos decir que te está filmando; con un esmero y una infalibilidad que don Lazlo Martok no podría menos que envidiar.
Podria objetarse, a su vez, que esto también es una imagen poética; que —aun para un creyente— su realidad o su utilidad es problemática. Que, en todo caso, los hombres caídos no podemos tener una «certeza habitual» de semejante cosa. Y, sobre todo, que no debemos hacer esfuerzos para formarnos esa conciencia, que no es por ahí como vamos a tornarnos más bondadosos o más creyentes. Y aun que hacer jugar a Dios Padre el papel del Gran Hermano tiene algo de siniestro y blasfemo.

No sé, miren…
(continuará)
# | hernan | 4-enero-2007