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jueves, 30 noviembre 2006
Condenado a la defensa
Ten piedad de mí. Soy culpable, hasta el último repliegue de mi ser.
Sin embargo, yo tenía algunas cualidades no totalmente despreciables, pequeños talentos; pero, torpe e inexperto, los disipé; y me encuentro ahora en las últimas, justo en el momento en el que, según las apariencias, todo podría volverse a mi favor.
De los Diarios de Kafka, 20 de julio de 1916.
No me arrojes entre los perdidos. Sé que el que habla es un egoísmo ridículo, visto de lejos, y aun visto de cerca, pero después de todo estoy vivo, tengo el egoísmo de los vivientes; y si la vida no es ridícula, entonces tampoco lo son sus manifestaciones necesarias (¡Pobre dialéctica!). Si estoy condenado, entonces no estoy solamente condenado a morir, sino también condenado a defenderme hasta morir. El domingo por la mañana, poco antes de mi partida, parecías querer ayudarme. Sentí esperanzas. Hasta hoy, vanas esperanzas. Y si me quejo, me quejo sin verdadera convicción, incluso sin verdadero sufrimiento; como el ancla de un barco perdido, que flota muy por encima del fondo que podría servirle de sostén. miércoles, 29 noviembre 2006
Vergüenza ajena, vergüenza de familia
Curioso sentimiento de irritación, repugnancia y desaliento que nos provocan ciertos actos del prójimo. Actos estúpidos, malvados o feos (o así percibidos por uno, al menos) que tienen además la característica de no ser aislados: pecados (en el sentido más amplio de la palabra) repetidos con cierta insolencia, malos hábitos indulgenciados por todo un grupo social.Curioso sentimiento; y su misma intensidad —comparado con lo tibio que es uno cuando de la propia perfección se trata— hace dudar de que sea puro, ordenado o justificable. Se me ocurre la analogía con el sentimiento que nos provoca un miembro de la familia "impresentable"; un pariente que ejerce sus defectos (éticos, estéticos, intelectuales, culturales... lo que sea) con entusiasta y ciega ostentación, haciendo pasar malos ratos a la familia. Nos da "vergüenza ajena", decimos. ¿Ajena? Ajena o propia, el juicio que merece esta vergüenza y esta irritación parece incierto. El fiscal dirá que la magnitud de nuestra ira es desproporcionado al que nos provocan nuestros propios pecados; que odiamos más al pecador que al pecado; que nuestra vergüenza (la mala imagen de la familia ante el mundo) es bajeza, amor propio, vanidad y desamor a nuestro pariente, y por extensión a nuestra familia. El defensor dirá que es justificado, y aun meritorio, dolerse de las manchas familiares, plantearse una exigencia (ética, moral, intelectual...) alta, no solamente individual, sino también común; que en esas faltas vemos una especie de traición a la vocación de la familia; que en nuestro caso la ira es una especie de celo, que tiende al bien de su objeto. Y el juez... vaya a saber qué dirá el juez. De todos modos, no es más que una analogía. ¿Y cómo podría aplicarse a lo del principio? Tal vez subiendo un escalón, analogando a aquel grupo social al pariente impresentable, por un lado, y la humanidad a nuestra familia, por otro. Si tanto nos irritan (nos dan "vergüenza ajena") las estupideces y las canalladas que comete y aplaude aquel grupo social, acaso sea porque en verdad son una mancha, indigna de nuestra familia... humana. Y son en verdad una pena, y una vergüenza (¿ante quién?). Claro que, aun suponiendo que la analogía sirviera de algo, quedaría la misma incertidumbre con respecto a la sentencia del juez. Esperemos, digo yo, que el defensor tenga algo de razón... Por poner dos ejemplos personales, recientes y nimios, de ese sentimiento: Hasta hace unos días, mientras esperaba el colectivo de vuelta del trabajo, leía este texto en una afiche publicitario exhibido en un local de ropa deportiva:
"Imposible" es sólo una palabra que usan los hombres
débiles para vivir fácilmente en el mundo que se les dio,
sin atreverse a explorar el poder que tienen para cambiarlo.
Todo (el espíritu, el sentimiento, el pensamiento, el lenguaje), todo como hecho a medida para estropearme el día. Pero lo terrible, lo vertiginoso, lo que disparó este post, fue encontrar -buscando ese texto en Internet- muchas personas que admiraban y aplaudían eso....
Imposible no es un hecho, es una opinión. Imposible no es una declaración, es un reto. Imposible es potencial. Imposible es temporal. Impossible is Nothing. Segundo ejemplo (sólo para argentinos): recibo ayer una oferta de postales navideñas de los "Pintores sin manos". Entre otras cosas, encuentro un calendario del 2007 (primer calendario que veo del año por venir) que exhibe, en medio de los numeritos negros y codeándose con los venerables y tradicionales (ja!) numeritos rojos... un flamante 24 de marzo. domingo, 26 noviembre 2006
Curiosidad
Y yo pensaba —a propósito de lo de Kierkegaard, y a propósito de mí— en una de esas excusas que inventa la sagacidad para evadirse (para pecar, en suma).
La de conocer."Eso" no estará muy bien -nos dice ella-, eso estará mal; pero conocer es un bien. Siempre será mejor que la ignorancia, siempre es bueno tener alguna experiencia del mal que condenamos. Vale hacer algún mal (pequeño mal, por otra parte, cosa de nada, vamos, fuera los escrúpulos... nos dice ella) si lo hacemos para estar de vuelta de ese mal. Para tenerlo atrás y no adelante, para no ser un caído del catre, para crecer en sabiduría y en autoridad, para estar mejor pertrechado. Mejor ensuciarse un poco (nos dice ella), el que quiere mantenerse demasiado sanito después se enferma con demasiada facilidad -y demasiada gravedad, como los marcianos de Wells. Inyectémonos un poquito de mal, a modo de vacuna. Y se me ocurre que esta triste sagacidad no es propia de las personas inteligentes o intelectuales, sino patrimonio común; propiedad del siglo, más bien. Y que podría relacionarse esto con el hecho de que la cultura actual haya expurgado completamente a la palabra curiosidad de aquellas viejas connotaciones negativas. En los tiempos de Santo Tomás, era un vicio, derecho viejo. Hoy es una virtud. Y también podría relacionarse, acaso, con el desconcierto -casi el escándalo- que nos provoca (incluso a los cristianos) aquel detalle del Génesis: el fruto del árbol que proporcionaba el conocimiento del bien y del mal. Simone Weil decía que, si es verdad que uno puede conocer el bien haciéndolo (de hecho, es la única manera), al hacer el mal no progresamos en el conocimiento del mal, sino al contrario. Al hacer el mal, lo único que conseguimos es ignorarlo. Sí, puede sonar lindo, sugestivo y profundo y todo lo que quieras. Pero creerlo, creerlo con toda el alma... eso es otra cosa, eso es más difícil. Pobres sagaces
... llegar a ser cristiano es la tarea más difícil, porque la tarea -sin dejar de ser una sola- varía según las capacidades del individuo respectivo. Lo cual no es el caso de la tareas que implican diferencias. Por ejemplo, cuando se trata de la entender algo, es claro que un hombre de mucha inteligencia
tendrá ventaja sobre un simple; pero cuando se trata de tener fe, no es así. Pues cuando la fe requiere poner a un lado el entendimiento, entonces la dificultad no es menor para el hombre inteligente, más bien es mayor.
Aquí se ve, una vez más, lo problemático de convertir al cristianismo en una doctrina, en una cuestión intelectual, puesto que si así fuera, hacerse cristiano dependería de diferencias.
[...]
... El autocontrol es tan difícil para el hombre sagaz como para el simple; tal vez más difícil, pues la sagacidad inventará excusas para evadirse. Entender que el hombre no puede hacer nada (profunda y bella expresión para la auténtica relación con Dios) es tan arduo para el rey como para el mendigo; tal vez más arduo, pues el rey está más tentado a creer que puede hacer mucho. Así, hoy que la cultura y todo lo que la rodea han conseguido hacer que sea muy fácil llegar a ser cristiano, está ciertamente justificado que un sólo individuo, en la medida de sus pobres capacidades, intente hacerlo difícil; supuesto, eso sí, que no lo haga más difícil de lo que es... Soren Kierkegaard - Postcriptum martes, 21 noviembre 2006
Muerta
Un pequeño y humilde relato de Jerome K. Jerome,
escritor inglés victoriano, poco leído hoy, por quien siento una poco explicable simpatía, y de quien debería hablar más alguna otra vez. Original acá.
... Recuerdo otro sueño en el que un ángel (o un demonio, no estoy muy seguro) viene al encuentro de un hombre y le dice que, mientras no sienta amor alguno hacia un ser viviente, en tanto no experimente la menor ternura hacia mujer o hijo, amigo o pariente, extranjero o compatriota, sus negocios marcharán viento en popa y cada día será más rico y poderoso. Pero si alguna vez llega a sentir un sentimiento de amor hacia un ser vivo, en este momento todos sus planes se vendrán abajo y, desde entonces, su nombre será despreciado por los hombres, y al fin olvidado.
Y el hombre atesora estas palabras, porque es ambicioso y la riqueza y la fama son para él las cosas más dulces de este mundo. Una mujer lo ama, y muere sedienta de una mirada cariñosa de sus ojos. Pasos de niña penetran en su vida, para huir de nuevo a hurtadillas; los viejos rostros se desvanecen y otros nuevos vienen y se van. Pero jamás su mano reposa con afecto sobre cosa viviente; jamás una palabra amorosa sale de sus labios; jamás un sentimiento de ternura anida en su corazón. Y en todos sus emprendimientos la fortuna le sonríe. Los años pasan, y al fin sólo le queda una cosa capaz de causarle algún temor: el rostro anhelante de una niña. La niña lo ama, como lo amó la mujer, tiempo atrás; y sus ojos lo siguen con una mirada hambrienta de cariño. Pero él aprieta los dientes, y se aparta de ella. El rostro de la pequña enflaquece, y un día el hombre se entera de que ella está agonizando. Él acude junto a su cama, y allí permanece, y los ojos de la niña se abren y se fijan en él. Extiende hacia él sus bracitos, en súplica muda. Pero el rostro del hombre no se inmuta, y los bracitos caen débilmente sobre el cubrecama deshecho, y los ojos quedan quietos. Una mujer se acerca suavemente y cierra sus párpados. El hombre vuelve entonces a sus tareas y proyectos. Pero de noche, cuando la casa está silenciosa, el hombre sube con prisa al cuarto donde la niña aún yace, y aparta las blancas sábanas que cubren su cuerpo. —Muerta, muerta —murmura. Toma entonces el cuerpecito en sus brazos y lo aprieta contra su pecho y besa sus fríos labios y sus frías mejillas, y sus frías y rígidas manitos. Y en este punto mi historia se torna imposible, porque sueño que la niña muerta sigue yaciendo por siempre bajo las sábanas en aquella habitación silenciosa, y que su carita no cambia ni se corrompen sus miembros. Aquí me desconcierto un poco, pero pronto dejo de extrañarme; porque cuando el Hada de los sueños nos cuenta sus historias somos como niños sentados a su alrededor, con los ojos muy abiertos, creyéndolo todo por maravilloso que sea. Cada noche, cuando todo duerme en la casa, se abre silenciosamente la puerta de aquel cuarto y el hombre entra cerrando tras él. Cada noche aparta la sábana blanca y toma el pequeño cuerpo entre sus brazos; y a lo largo de las horas oscuras pasea suavemente de un lado a otro, apretándola fuertemente contra su pecho, besándola y acunándola, como una madre que hace dormir a su hijo. Cuando el primer rayo de la aurora se asoma al aposento, la pone de nuevo en la cama, la cubre con la sábana y se vuelve como llegó. Y sigue con sus éxitos, prosperando en todas las cosas, y cada día es más rico, más grande y más poderoso. Vidas hechas
Los lugares comunes burgueses (con perdón del algo vetusto adjetivo, que el lector sagaz sabrá tomar en la acepción pertinente) van cambiando con los tiempos, aunque con menos velocidad de lo que uno creería. Puede comprobarse en la (no muy lograda, por otro lado) Exégesis de Lugares Comunes, de Bloy. De entre ellos, de esas perlas falsas de sabiduría mundana, esas pequeñas grandes frasecitas sin las cuales esas pequeñas grandes miserias que somos y que hacemos pasearían ante nuestros ojos en una desnudez demasiado indecorosa, hay una que me molesta especialmente (y que según las circunstancias, la temperatura y la humedad, puede llegar a enfurecerme) : "Rehacer la vida". Fulano/a tiene derecho a rehacer su vida, dice la señora; y, claro, todos los televidentes asienten, compresivos. La frase corre pareja, a mi ver, casi en simetría, con la expresión "arruinar la vida". Fulano/a me arruinó la vida, no quiero que tal cosa me arruine la vida, no tenés derecho a arruinarle la vida... No sé si la acepción comercial de la palabra "ruina" es la originaria, supongo que no, pero acá se me hace que no cae mal. Verdaderamente, me parece que hay acá una concepción mercantil, la vida como una mercancía, o como un capital en el banco que tengo que dedicarme a gastar, planificada y esmeradamente (en y para mí, claro). Será tal vez (y probablemente no sea un mérito) que yo no "hice" mi vida, será por eso que me cuesta escuchar con paciencia esas sentenciosidades sobre deshacer y rehacer vidas. Lo cierto es que lo primero que se me viene a la cabeza es una adaptación (arbitraria y algo brutal) de lo del evangelio: El que quiera rehacer su vida, la deshacerá. Y a menudo, de rebote, también deshacerá algo de la vida del prójimo. PS: Me señalan este post, que dice algo muy parecido... y tres días atrás. Tienen derecho a pensar, pues, que estuve tomando lecciones de plagio de Podeti... PS2: Sí, es verdad, ya sé: lo correcto es "deshará", no "deshacerá". Que el azar se apiade de nosotros
Alguna vez decíamos algo sobre la expresión popular "Si Dios quiere",
en vías de extinción.
Parecería que antes había mucha (¿demasiada? lo dudo) disposición
a meterlo a Dios en todos los hechos, y por consiguiente en todos los dichos. Hoy estamos -incluso los cristianos- del otro lado.En Bienvenidos a la fiesta traen una ilustrativa anécdota personal al respecto. Y de yapa, una frase afín de Samuel Butler : "Por suerte, la providencia estaba de mi lado". Recuerdo que Bloy, en sus diarios, dice haber oído de labios de una madre cuyo hijo había sido destinado al frente de guerra una frase muy parecida... y algo peor: "Felizmente, el azar lo protege". lunes, 20 noviembre 2006
Nerd
Me quedé sin teléfono (y por consiguiente sin Internet)
todo el fin de semana, y, un poco para
calmar el síndrome de abstinencia, me metí de
cabeza a terminar de aprender el Lylipond, un programa
para trascribir música. Primer resultado, (un tema de Ghibli, claro), no definitivo, acá.
Sí, podría haber invertido mejor un fin de semana sin Internet, ya sé; es lo que hay. Para lo que no sepan qué quiero decir con eso de "pasar un fin de semana nerd": sucede que uno a veces se aboca con dedicación mental completa, durante un breve tiempo (horas o días) a una tarea que requiere abstraerse del mundo: típicamente un problemita matemático o computacional. El nerd pone en esto una especie de pasión obsesiva, el mundo deja de existir, y las mismas necesidades corporales (comer, por ejemplo) sólo son un trámite obligatorio y molesto (ni hablar de bañarse). Tiene su encanto, no crean. Y en mi caso (ex investigador científico) tiene de yapa el sabor de las cosas de juventud... Y de hecho, si no es la mejor manera de pasar un fin de semana, sospecho que tampoco es de las peores; lo sospecho por la sensación posterior; cuando uno de veras ha perdido el tiempo, queda un regusto amargo; y en estos casos no suelo sentirlo. Es claro que esa abtracción-distracción, ese apartamiento del mundo tiene algo de ambiguo; simpático, o repelente, según se mire -o según se dé. Es el chiste de aquel profesor de matemáticas que necesitaba información externa para saber si ya había comido (y yo me siento identificado, como dicen). Y alguno podrá sentirse algo horrorizado, puesto que al fin de cuentas, no saber disfrutar de una comida es una falta; igual que perderse el gozo de un domingo soleado o una tarde con amigos. ¿Pero acaso no es también -o no podría ser- el caso del filósofo que se cayó en el pozo por mirar las estrellas? Y si hay un plano en el que amar lo sensible es una obligación, si hay ámbitos en los que es necesario reivindicar la sensualidad (y en eso andamos), ¿no es también verdad que hay otro plano en el que la sensualidad estorba? ¿O que al menos se justifique un desprecio "provisional" de lo sensual frente a lo intelectual? Después de todo, ¿no tiene el mismo santo Tomás de Aquino un par de anécdotas similares? (la del puñetazo sobre la mesa durante el banquete, es una; y en verdad recuerdo que, a pesar de Chesterton, nunca terminé de simpatizar del todo con ella). Claro, me dirán, pero una cosa es abstraerse forjando una refutación intelectual del maniqueísmo, y otra es cortarse del mundo con los ojos perdidos en el monitor de una PC. No sé, miren, no sé. miércoles, 15 noviembre 2006
Santidad y arte
El lector Nazarín comenta:
El problema en cuestión es ¿cómo se habla de santidad? O mejor dicho, como se "representa" (en un discurso, en un ejemplo, en una cita, en una obra) la idea del Bien. Ese "cómo" está, debe estar, ordenado (en todo sentido) por la puesta en escena del marco que contiene su declaración. Hay diferentes órdenes de enunciación en la "performance" necesaria para expresar las ideas de la santidad. En el marco de una biografía, de un sermón, de una obra de ficción literaria, operística o fílmica, las diferencias de grado hacen al efecto de expresividad. En la expresión artística, inclusive el modo (mucho) antes que el contenido nos indica tanto "cinismo" como "ingenuidad". Más aún, recorrer biográficamente la vida de un santo en un sermón, es recomendable Pero hacerlo en una obra artística (figurativa-narrativa) es contrario a toda idea de epifanía a través de lo estético. De allí, que, por ejemplo, hablando de cine - termómetro y oráculo de la modernidad-, la obra de Hitchcock o De Palma, sea mucho más efectiva en su acercamiento a la idea de santidad (ver por ejemplo "Femme Fatale" de De Palma) que la obra "significativamente" religiosa de un Bresson, un Tarkovski o un Mel Gibson.
Interesante, aunque no estoy seguro de estar de acuerdo.
En realidad (y ciñéndonos al cine) no me da el cuero para estar de acuerdo ni en desacuerdo, mi cultura cinematográfica está por debajo de la media, recién en estos últimos años -y DVD en PC mediante- me ha empezado a interesar (pocos años atrás
habría rechazado terminantemente eso del cine como "termómetro y oráculo de la modernidad"; hoy... no estoy seguro).
De todas maneras, estos días estaba pensando algo en esta líneas; qué tipo de tratamiento recibe (si es que recibe alguna) la figura del santo" en el cine actual. No es muy frecuentada, dirán. Pero se me ocurre que, algo inconcientemente, es una figura que se echa de menos, y así a veces asoma, de maneras indirectas. Lo pensaba a propósito de "Amelie" (la vi hace poco, me gustó menos que a la mayoría); se me hizo que a su modo, moderno y francesamente deficiente, pretende ser una pintura de una forma de santidad.
Y lo pensé a propósito de otra película que vi esta semana, surcoreana, menos conocida y a mi ver mucho más interesante: "Samaria" (o "Samaritan girl", o "Niña samaritana"). [*]
Nazarín nombra a Bresson; supongo que pensando sobre todo en "Diario de un cura rural", donde la figura del santo es más directa y menos analógica. Y no estoy seguro de, en esta línea, la aproximación sea menos efectiva; más dispuesto estaría a aceptarlo si se tratara de un ejemplo hagiográfico tradicional (una vida de San Francisco o algo por el estilo). Podrán tal vez acercarme más ejemplos, a favor o en contra. Yo mismo me quedo rebuscando en la memoria... Pero quedan algunas cuestiones picando. ¿Por qué ceñirse al cine? ¿No vale la tesis igualmente para el caso de la novela? Debería, digo yo. Me vienen a la mente dos ejemplos, que nacieron literarios y fueron llevados al cine: el mismo cura rural de Bernanos-Bresson; y Sebastian Flyte de Brideshead Revisited (santidad nada convencional, si las hay). Pero, en mi santoral novelístico, el puesto de honor lo tiene Alioscha Karamazov. Y es para mí (que no sé nada) el modelo de cómo debe abordarse la figura del santo en el arte moderno. Y hay otra cuestión, que surge inevitablemente cuando nos ponemos a rebuscar ejemplos: la vieja confusión entre el santo y el héroe. Aunque el bueno de la película sea (y es frecuente) un héroe virtuoso —y más aún: un héroe de la virtud— ser santo, ya se sabe, es otra cosa. Habría que pensar cómo se reflejaría esta distinción en el arte, si uno puede —en ese ámbito al menos— aproximarse a la santidad por el camino del heroísmo, o si por el contrario esa senda sólo lleva a la confusión. Yo, no sé. (* Los interesados verla pueden bajarla de emule... subtítulos en español acá. Pero advierto que puede provocar rechazos... conviene antes leer alguna crítica, para saber de qué trata; por suerte, hay muchas y buenas: Uno dos tres cuatro cinco seis siete ocho. La tres incluye un trailer.). sábado, 11 noviembre 2006
Santidad naif
Mal que les pese a tantos, salir de la ingenuidad para caer en el cinismo, no es ganancia. Por ejemplo (*):
Uno puede hacerse distintas imágenes de la santidad. No nos paremos en la imagen que suelen tener algunos de afuera, como un título honorífico que concede la Iglesia, una especie de premio a los miembros más prominentes -gente "muy religiosa", con una virtud tan almibarada (y tan atractiva) como sus mismas estampitas. Por encima de las pobres ideas laicas, y por debajo de altas místicas y teologías, quedémosnos con la simple santidad, como ese algo ( cualidad ? hábito ? ... estado?) que uno normalmente desea para sí mismo (y para los otros; pero, en primer lugar, para sí mismo). No hace falta ser católico, ni siquiera creyente, creo, para entender esto, y aun desearlo (el mismo Dolina... ). Pero es claro que el caso del cristiano es o debería ser el paradigmático. En particular, y limitándonos a los cristianos que pueden y suelen decirse a sí mismos con sinceridad "yo quiero ser santo" (o al menos con melancolía : "quisiera ser santo"; o peor: "hubiera querido ser santo") me parece que hay una concepción del asunto que es característicamente infantil; y por lo mismo, algo ingenua. Infantil, digo, en sentido amplio; el que ha vivido poco, digamos. El adolescente con berretines religiosos que ha empezado a leer vidas de santos; pero también —y sobre todo... creo— el converso reciente. Según este modo de ver, ser santo —la beatitud, acá abajo— es en primer lugar estar limpio, un estado de serena y continua alegría, cuya fuente es la devoción religiosa (la presencia continua de Dios), apuntalada en la oración y la ascesis, y que se vuelca fuera en bondad y bonhomía (sonrisa suave, incapacidad de odiar y de pecar). Caminar en el aire. Enamoramiento. Ternura. Pureza. Y parece al alcance de la mano, o poco menos. Después vienen los años y sus cosas. El mundo, la carne y el diablo se turnan para darte interminables cachetadas, y un día te encontrás repitiendo los versos de Almafuerte:
Mucho barro hay que batir
Y te acordás de aquellas fantasías, de aquellos éxtasis continuos imaginados, y sonreís... y no con la sonrisa del santo, precisamente.en la vía del sepulcro. No hay oficio menos pulcro que el oficio de vivir. Y no está mal: es verdad que en aquel sueño de santidad había mucho de ingenuidad. Y así como había algo de falso en esas heroicas ascesis (puesto que eran imaginadas sobre un fondo de consuelos sensibles; y así cualquiera se imagina asceta **), también había algo de falso en esa pureza imaginada, el santo que no se despeina y no se ensucia las manos: virtud mayormente negativa (antes que nada: no pecar), ignorante de la complejidad moral de la realidad y de la propia debilidad. Con esa idea, con la preocupación por no mancharse, por evitar ocasiones de pecado a la enésima potencia (ocasiones de ocasiones de pecado...) uno quedaría incapacitado para hacer el bien; y hasta para tener la experiencia de la propia miseria. Si la santidad es para todos, la santidad no puede ser eso. Está bien. Y vale para no caer en el desaliento. Pero: tampoco es cuestión de matar aquellos berretines de santidad; se trata de podarlos (para que crezcan), no de dejarlos secar. Fea cosa sería repudiar nuestra pasada ingenuidad, aun cuando fuera cierto (está por verse) que hemos ganado algo en sentido crítico, en experiencia (o en humildad, incluso, como advertía la misma Teresa). Problemática ganancia sería, si sólo nos sirve para olvidarnos de ser santos.
Por eso, me digo, conviene cada tanto releer alguna de esas vidas de santos, evocar aquellas devociones ingenuas y el punzante sabor (aunque sea imaginado, tiene el sabor de lo real) de la beatitud que ansiamos. Importa no perder eso.
Ayuda a mantenerse despierto, a recordar algo que, aun revestido de ropajes infantiles, es profundamente verdadero y esencial. Y aunque no pretenderemos volver a la ingenuidad de la infancia, tampoco olvidaremos que, en algún sentido, nos toca hacernos niños.
Que, al fin y al cabo, y según dicen, no es muy distinto a hacernos santos. (* Seguramente podría armarse un ejemplo paralelo, sin muchos retoques, con el caso del amor conyugal). (** Me acuerdo ahora de nuestro Leopoldo Marechal, que en varios lugares de su narrativa se ríe un poco de estas fantasías; y parece un rasgo autobigráfico). miércoles, 8 noviembre 2006
Cielo imaginado
Éticamente hablando, la pasión más alta es la del interés (lo cual se expresa en que uno, a través de sus actos, transforma toda su existencia en relación con el objeto de su interés); mientras que estéticamente hablando la pasión más alta el la del desinterés.
Un hombre que se desprende de sí mismo a fin de alcanzar algo grande, sigue una inspiración de orden estético; un hombre que se desprende de todas cosas para salvarse a sí mismo, sigue una inspiración de orden ético. [...]
PS: Que nadie me pida explicaciones sobre Kierkegaard, para mí
es tan enrevesado como para cualquiera, tómenlo o déjenlo.
Una observación, sólo: los que conocen (conocemos) el pensamiento
de K. a través de esquemas de segunda mano (Castellani, por ej.), tendrán en mente los "tres estadios": estético - ético - religioso, y acaso se extrañarán del uso que se hace acá de la palabra "ética", como la instancia más alta. Para aclarar la cuestión tal vez pueda
servir este ensayo que ya mencioné hace tiempo, y donde esta aparente paradoja es planteada explícitamente en los dos primeros párrafos.
La felicidad eterna sólo tiene relación con una persona verdaderamente existente, nunca con el orador que tiene la cortesía de incluirla en la lista de bienes que desea. La gente no suele animarse a negar ese bien; de modo que lo incluyen; pero justamente, al incluirlo, están mostrando que no lo incluyen. No sé si son para reír o para llorar, semejantes enumeraciones: un buen trabajo, una mujer hermosa, buena salud, prestigio y poder... y también la felicidad eterna. Es curioso que una persona, con sólo hablar de una cosa, pueda mostrar que no está hablando de esa cosa... De esa manera, desear la felicidad eterna es doblemente absurdo; primero, porque se la desea como un bien adicional, como si fuera un regalo sorpresa en un arbol de Navidad; y segundo, porque se la desea: pues la felicidad eterna sólo tiene relación con la existencia, no con la dialéctica-estética de un genio que cumple tus sueños. [...] Pero me dirá alguno de esos caballeros voluntariosos, uno de esos hombres serios que quieren hacer algo para alcanzar la felicidad eterna: "¿No se puede determinar con certeza, claridad y brevedad qué es, al fin y al cabo, esa felicidad eterna? ¿No puede Ud. describírmela, mientras me afeito, tal como un poeta describe la hermosura de una mujer, la púrpura regia, o un país remoto?". Afortunadamente, no, no puedo hacerlo; afortunadamente no soy una naturaleza poética o un clérigo amable, pues entonces podría intentar hacerlo... y acaso lo lograra, acaso lograra reducir la felicidad eterna a categorías estéticas, de manera que el máximo de la pasión (pathos) se concentrara en la maravilla descriptiva. Y esto, aun cuando la tarea es , estéticamente hablando, desesperada: hacer algo —estéticamente— de una abstración como la felicidad eterna. Porque —estéticamente— es muy apropiado que a mí, espectador, me encante la escenografía y la luz de luna teatral, y que regrese a casa satisfecho tras haber pasado una tarde agradable; pero, éticamente, sigue siendo cierto que no hay en mí otro cambio que el causado por mis actos. Éticamente, es bien apropiado que la pasión más alta del individuo auténticamente existente se corresponda con lo que, estéticamente, es la idea más pobre: la de la felicidad eterna. Y es apropiado (estéticamente entendido) lo que dicen los ingeniosos: que los ángeles son los seres más aburridos de la creación, que la eternidad es como un día interminable y aburridísmo (¡ya un solo domingo resulta aburrido!), una interminable monotonía, y que incluso la desdicha parece preferible. Éticamente, está bien que así sea, para que así el individuo existente no pierda su tiempo imaginando esto y lo otro, y en cambio se vea apremiado a actuar. S. Kierkegaard (De "Postcriptum acientífico conclusivo a las Migajas Filosóficas") martes, 7 noviembre 2006
Esto no termina acá
Estaba viendo, y no por primera vez, un capítulo de "Conan, el niño del futuro", una vieja serie de Miyazaki
(¿les dije que me gusta Miyazaki?), la única serie de TV que hizo, antes de fundar estudio Ghibli. Y en una de las varias escenas dramáticas, en la que la pareja protagonista está al borde de la muerte, se me cruzó por la cabeza aquello de
"no puede ser que se muera acá... se terminaría la película".
Es la consideración que usamos, con suficiencia de conocedores, para calmar la ansiedad de los ingenuos —los niños— cuando el héroe se las ve negras (y en este caso, yo mismo sentía alguna ansiedad, aunque ya conociera el desenlace; es que las escenas bajo el agua, cuando falta el aire, me resultan algo angustiantes). Consideración que se sigue naturalmente de dos premisas. Primera: el personaje en cuestión es indispensable para el desarrollo de la historia: no puede seguir sin él. Segunda: la historia todavía está lejos del final: todavía falta mucho. Y, en efecto, así suele ser; en el caso de las películas y las series de TV. Pero hasta ahí, nomás. Digo, porque... se me ocurre que a veces queremos creer que las premisas siguen siendo válidas (y por lo tanto, la conclusión) más allá: para nuestra historia, por ejemplo, o para la historia de este mundo. Pero, claro, si uno lo piensa un poquito, no hay por qué suponer que la historia no pueda seguir sin uno.O que la historia (la de uno o la de todos) no esté en las últimas, y que en cualquier momento empezarán a pasar los títulos finales y a encender las luces. ¿No? ver más... sábado, 4 noviembre 2006
Medias verdades
Un fragmento de Chesterton, de "Where All Roads Lead" (1922). Expresa muy bien algunas inquietudes (incomodidades y perplejidades) que ultimamente me han estado rondando. Sólo que referidas no exclusivamente (pero también) a la cultura no católica, sino también a algunas ... llamemóslas así, subculturas católicas. Puede leerse, de todas maneras, sin necesidad de ninguna referencia a mis cosas... Traducción retocada por un servidor, a pura conjetura (no tengo el original).
...un hombre joven puede, sin excesiva vanidad, llegar a la conclusión de que tiene algo para decir. Puede pensar que hay una verdad olvidada en las controversias del momento, y que él puede recordársela al mundo de una manera tolerablemente lúcida y significativa. Me parece que hay dos caminos que él puede seguir. Quiero señalárselos aquí, porque ha de haber muchos jóvenes en esas circunstancias, como yo mismo lo estuve. En algún sentido puede decirse que he seguido ambos caminos, primero el uno y después el otro.
ver más...
Ese joven puede arrojar su verdad —o media verdad— dentro del bullicio y la confusión del mundo moderno, de la sociedad secular en general, y oponerla a todas las otras nociones que se están proponiendo de la misma manera. Puede tener el honor de una controversia con Mr. Bernard Shaw, el más generoso de los pugilistas, siempre listo para enfrentar a todos los que aparezcan. Puede pasar revista a los libros de Maeterlink y Bergson. Quizás él mismo escribirá un libro. En ese caso es muy probable que sea saludado por los periodistas como portador de un "mensaje". En cualquier forma, es posible que él gane alguna fama. Pero no es muy claro qué terminará sucediendo con su idea en el largo plazo. No hay ningún árbitro para decidir si él lo venció a Shaw o Shaw lo venció a él. No hay ningún registro de su efímero, aunque posiblemente excelente, comentario sobre Bergson y Maeterlink. Su propio libro va a desaparecer como cualquier otro. Aunque puede haber colmado razonablemente bien sus expectativas personales, no es claro que haya hecho demasiado por el mundo. Especialmente cuando el mundo se encuentra de un humor que sólo admite modas y olvido. Pero hay un peligro mucho mayor. Aun suponiendo que su verdad haya conseguido sobrevivir como si fuera una tradición, lo más que llegará a ser es una herejía. Pues solamente puede solidificarse como la media verdad que es. Aunque hubiera sido verdadera en el curso de su vida, se convertirá en falsa cuando esté fosilizada. Y acaso unos pocos toques de algunos seguidores fanáticos lograrán transformarla en una falsedad extravagante y horrible. |
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