De entre lo mucho que puede uno encontrar:
Studio Ghibli Promo Trailer: muy bien armado con mini-segmentos de todas las películas (inclusive los cortos) del estudio Ghibli, entre 1984 y 2005.
Dos de Miyazaki, en español. Una presentación, en español (con una voz no muy expresiva que digamos) de Totoro y Porco Rosso; la seleccción de escenas es algo arbitraria, pero es interesante oír los doblajes españoles de estas dos obras maestras; yo no conocía el de Porco.
El tema musical de El viaje de Chihiro, en una linda versión cantada, en vivo, con el mismo Joe Hisaishi al piano.
Totoro – violin version
Y de yapa, fuera de Youtube, en inglés: crítica de Totoro, por Steven Greydanus en «Decent Films» (reconocido sitio cristiano de crítica de cine); no puedo decir que me conforme del todo, pero es algo (como lo es la imagen de Kiki en el logo, a la derecha).
Archivo por meses: octubre 2006
Palabras de tango
Estaba remozando la página de tangos, y me tocó armar un índice de palabras. No pude resistir la tentación de sacar algunas estadísticas, probablemente inútiles, como casi todas, pero acaso curiosas para alguno.
De 765 tangos, extraje sus 13314 palabras y conté las más frecuentes; mejor dicho, conté las que aparecen en más tangos (o sea: que una palabra aparezca una o diez veces en un tango particular, no altera el resultado). Encontré así que, eliminando palabras no significativas (artículos, preposiciones, pronombres), el podio lo ocupan tres sustantivos, bastante apartados del resto; el primero de ellos aparece en más de la mitad de los tangos (52%), las otras dos cerca de 45% —cifras bastante abultadas.
Para ver la lista de las palabras (sustantivos, verbos y adjetivos) que aparecen en más del 10% de los tangos, pueden apretar el link de abajo.
Pero primero pueden intentar adivinar cuáles son esas tres palabras.
… Seguir leyendo
De 765 tangos, extraje sus 13314 palabras y conté las más frecuentes; mejor dicho, conté las que aparecen en más tangos (o sea: que una palabra aparezca una o diez veces en un tango particular, no altera el resultado). Encontré así que, eliminando palabras no significativas (artículos, preposiciones, pronombres), el podio lo ocupan tres sustantivos, bastante apartados del resto; el primero de ellos aparece en más de la mitad de los tangos (52%), las otras dos cerca de 45% —cifras bastante abultadas.
Para ver la lista de las palabras (sustantivos, verbos y adjetivos) que aparecen en más del 10% de los tangos, pueden apretar el link de abajo.
Pero primero pueden intentar adivinar cuáles son esas tres palabras.
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Los otros… son lo mismo
Si la dimensión «x» te es ocasión de tropiezo, proyéctala sobre el eje «y» y deshácete de ella. Pues preferible es militar en un universo de una dimensión, a vivir desmovilizado en una realidad de cien dimensiones.
(Del evangelio según San Militis)
Tiene algo de enternecedor (o de siniestro, según se mire) la ingenuidad, la acriticidad con la que tantos intelectuales, a la hora de analizar a sus distintos enemigos se afanan en reducirlos a las características que los asemejan entre sí y los distinguen de … nosotros. (Del evangelio según San Militis)
Y es claro que a cualquier secta —y quién no pertenece a alguna que otra secta— le representa una incomodidad, una amenaza a su propia supervivencia, admitir lo que tantas veces es evidente: que «nuestros enemigos» son múltiples y muy alejados entre sí. O peor: que los protagonistas de la batalla son otros, y que nosotros parecemos quedar olvidados en un oscuro lugar intermedio o lateral. No sólo queremos distinguirnos, tampoco queremos quedarnos en el medio. La secta se alimenta de la pasión por el blanco o el negro; nunca los grises.
Y entonces, la secta segrega al intelectual —idiota útil, si los hay—, el maestro de la secta, que nos muestra convincentemente que nuestros enemigos «en realidad son lo mismo«. Y los discípulos se irán pasando la buena noticia.
De la religión y la política, para abajo.
La izquierda que mete en la bolsa de «la derecha» a liberales y nazis -y pinta bigotes cortitos sobre la cara de Bush o de Macri. Liberales capitalistas que juzgan parecidos a Mussolini y Fidel Castro (ambos totalitarios, enemigos de la libertad). Fascistas de distintas tonalidades (católicos nacionalistas, entre otros) que encuentran consolador enterarse de que comunistas y liberales son en esencia lo mismo (ambos «modernos»; uno hijo rebelde del otro; meras peleas de familia -judías, encima- que se dejan de lado frente al verdadero enemigo -segunda guerra mundial…).
Sólo algunos ejemplos, apresurados y algo toscos, con tres caracterizadas sectas del siglo XX (y, de paso, es de creer que la respectiva popularidad de estas clasificaciones dice algo de las sectas dominantes hoy); podrían darse más ejemplos, políticos, religiosos[*], y otros más pedestres.
El mecanismo es fácil de entender. En, en esencia, una aplicación de lo que en estadística se conoce como Análisis por discriminantes lineales de Fisher. (¿Qué?). Suena complicado, pero la idea es muy simple.
Se trata de encontrar, en un espacio multidimensional, la dirección sobre la cual proyectar los datos de manera de que la separación entre grupos resulte máxima; en este caso, los dos grupos son: «nosotros» y «los otros». (¿Qué??) Vamos a un ejemplo.
Tenemos tres tribus: A, B y C.
A y B viven al oeste, cerca del mar. B y C viven al sur. En dirección noreste la tierra es fértil y boscosa, al suroeste es árida.
Acá hay dos dimensiones (los casos reales tienen muchas más), las «naturales» son las dos direcciones: norte-sur, este-oeste, pero uno puede tomar otras. Veamos qué nos resulta más conveniente.
Si somos de la tribu C, entonces diremos que nosotros somos la gente del Este (o «el pueblo mediterráneo»). Es decir, proyectamos sobre la dimensión este-oeste; con lo cual los otros pueblos resultan lo mismo (diagrama rosa); no diremos «A y B», diremos simplemente «los costeros».
Si en cambio somos de la tribu A, también la tenemos fácil: nosotros somos los norteños. Y, ya se sabe, por más que se peleen B y C… en el fondo los sureños son lo mismo. Y tendremos columnistas pagados por Página 12 que describirán en lúgubres tonos los complejos de resentimiento que anidan en los sureños por figurar abajo en los mapas…
¿Y si somos de la tribu B? No nos sirven aquellas coordenadas, que no nos diferencian de los otros. No importa; rotamos los ejes, vemos que la dirección SO-NE es la óptima, y que esa dirección corresponde a la «boscosidad». Proyectaremos pues sobre esa dirección, y juntaremos a las tribus A y C bajo el rótulo de «los boscosos»… que, por otro lado, son los ricos; y en seguida demostraremos científicamente que la historia se mueve por el conflicto entre esas dos clases: los boscosos – ricos – malos contra los desérticos – pobres – buenos. Y así…
(Obsérvese, de paso, que también la dirección SE-NO separaría a la clase B, pero la pondría en el medio de las otras; y eso no es lo deseado. Lo que queremos es distinguirnos de los otros, considerando a los otros como un sólo grupo.)
Hecho lo cual (y, eso sí, con la dicha esmerada ingenuidad: ignorando cuidadosamente que uno proyectó un espacio multidimensional sobre una sola dimensión, ignorando cómo lo hizo y por qué lo hizo) uno puede sentirse consolado, puede imaginarse que ha regado cumplidamente el árbol de la propia militancia, y sentirse con fuerzas para pelear el buen combate, ahuyentar el desaliento y despreciar a los críticos desmovilizadores.
[* Por poner otro ejemplo, más de entre-casa: recuerdo que el católico Belloc explicaba (y Castellani aplaudía) que el protestantismo yanqui y el islamismo, en el fondo, eran lo mismo.]
Endecasílabos como Dios manda
El verso endecasílabo requiere /
(me advierte con razón mi amigo Diego) /
no sólo contar sílabas (…diez …once): /
también deben cuidarse los acentos. /
Sílabas seis y diez, generalmente. /
En la quinta… jamás de los jamases.
Bien, ya sospechaba yo que algo no andaba, se notaba una falta de ritmo… Y supongo que más la notaría ahora, que estoy releyendo la Ilíada en endecasílabos. La traducción es de Hermosilla; y aunque -según veo en Internet- no tiene muy buena fama, la verdad es que la estoy disfrutando (exceptuando los comentarios del traductor, algo fastidiosos). Mérito de Homero, tal vez, o defecto de mi oído poético. Igual, me alegra disfrutarla.
Bien, ya sospechaba yo que algo no andaba, se notaba una falta de ritmo… Y supongo que más la notaría ahora, que estoy releyendo la Ilíada en endecasílabos. La traducción es de Hermosilla; y aunque -según veo en Internet- no tiene muy buena fama, la verdad es que la estoy disfrutando (exceptuando los comentarios del traductor, algo fastidiosos). Mérito de Homero, tal vez, o defecto de mi oído poético. Igual, me alegra disfrutarla.
…
Mas entonces Aquiles en las naos
retirado vivía por vengarse
de Agamenón, caudillo de las tropas;
y en la orilla del mar toda su hueste,
o ya arrojando el disco, o ya corriendo
lanzas, o al blanco disparando flechas,
el ocio entretenía. Los bridones,
cada cual junto al carro de su dueño,
del muy sabroso loto o fresca alfalfa,
el abundante pasto consumían,
y los brillantes carros de los jefes
inútiles yacían en las tiendas:
y ellos, que muy penados suspiraban
porque su gran caudillo a los combates
tornara, discurrían por el campo,
mas no tomaban parte en la pelea.
Luego que ya formados los aquivos
se pusieron en marcha, parecía
que la anchurosa faz del orbe todo
en fuego se abrasaba: tal el brillo
era que despedían los arneses.
Como indignado el poderoso Jove
de Arimos estremece la alta sierra,
donde dicen que yace Tifoeo,
así bajo los pies de los aquivos
la tierra retemblando recrujía,
y pronto recorrieron la llanura.
Iris en tanto, cuyos pies veloces
al raudo viento en el correr igualan,
por mandado del hijo de Saturno
iba a dar a los teucros el aviso…
Mas entonces Aquiles en las naos
retirado vivía por vengarse
de Agamenón, caudillo de las tropas;
y en la orilla del mar toda su hueste,
o ya arrojando el disco, o ya corriendo
lanzas, o al blanco disparando flechas,
el ocio entretenía. Los bridones,
cada cual junto al carro de su dueño,
del muy sabroso loto o fresca alfalfa,
el abundante pasto consumían,
y los brillantes carros de los jefes
inútiles yacían en las tiendas:
y ellos, que muy penados suspiraban
porque su gran caudillo a los combates
tornara, discurrían por el campo,
mas no tomaban parte en la pelea.
Luego que ya formados los aquivos
se pusieron en marcha, parecía
que la anchurosa faz del orbe todo
en fuego se abrasaba: tal el brillo
era que despedían los arneses.
Como indignado el poderoso Jove
de Arimos estremece la alta sierra,
donde dicen que yace Tifoeo,
así bajo los pies de los aquivos
la tierra retemblando recrujía,
y pronto recorrieron la llanura.
Iris en tanto, cuyos pies veloces
al raudo viento en el correr igualan,
por mandado del hijo de Saturno
iba a dar a los teucros el aviso…
Don Camilo
Ni el nombre del domino web (http://fisicarecreativa.net/)
ni la presentación hacen preverlo, pero ahí han puesto los dos
primeros volúmenes de cuentos de Don Camilo, con dibujos y todo.
Se agradece. Ya copiaremos algo.
Estos días tengo dando vueltas en la cabeza este relato de la introducción, que recién ahora leo de verdad (es decir, entendiéndolo; aunque es sencillísimo).
Son de esas cosas que uno quisiera pedirle a Takahata que hiciera… (esa escena del chico intentando tocar la frente de la chica, y tocando el poste). No lo encuentro en italiano; y tampoco en inglés (parece que en la traducción inglesa original esa introducción fue omitida); tenemos suerte, pues.
primeros volúmenes de cuentos de Don Camilo, con dibujos y todo.Se agradece. Ya copiaremos algo.
Estos días tengo dando vueltas en la cabeza este relato de la introducción, que recién ahora leo de verdad (es decir, entendiéndolo; aunque es sencillísimo).
Son de esas cosas que uno quisiera pedirle a Takahata que hiciera… (esa escena del chico intentando tocar la frente de la chica, y tocando el poste). No lo encuentro en italiano; y tampoco en inglés (parece que en la traducción inglesa original esa introducción fue omitida); tenemos suerte, pues.
Los dos filos de un voto (3)
Finalmente, alguno podría preguntarse si el reparo
de Elrond a Gimli no podría también ser dirigido
contra el mismo voto matrimonial (o el religioso).
Porque si Chesterton pone toda su energía en resaltar el lado positivo del voto, aplicado al matrimonio (y bien lo hace, en general y en particular; y buena falta hace que alguien lo haga en estos tiempos) , pareciera que no se detiene demasiado en los lados negativos… Si nos consta que hay votos imprudentes, que se pueden volver puras ataduras y cargas insoportables ¿es defendible decir que -en el caso del matrimonio- siempre, necesariamente, hay que hacer tal voto?
Podemos aceptar que, de un lado de la balanza, el voto matrimonial es una enorme ayuda, que descartar de entrada la opción del divorcio protege en cierta manera contra las «dudas» y las insidias, contra el pensamiento de que «me parece que me equivoqué, y si mejor probamos con… » (más o menos lo que decía el mismo Tolkien) … Pero, del otro lado de la balanza, dado que seguramente habrá votos imprudentes, la atadura permanente ¿no un es precio demasiado alto? ¿Hay acaso algo inherente a la naturaleza humana que exija el voto como requisito general del matrimonio?
Yo, naturalmente, no me animaría a contestar. No porque sea soltero (aunque no lo fuera, dudo que la experiencia de un solo matrimonio ilumine demasiado sobre el tema universal), sino porque sé muy poco de la naturaleza humana, entre otras cosas.
Podríamos, sí, discutir un rato largo y sopesar argumentos a favor y en contra.
Pero, según creo, el mismo pasaje evangélico los ha sopesado; me parece que es, justamente, ese lado negativo (la atadura) la que los díscípulos ven, cuando aducen que «en ese caso, mejor sería no casarse». Pero la palabra autorizada, (como Elrond contra Gimli… aunque al revés), Jesucristo, dice (si no lo entiendo mal) que el otro lado de la balanza es el determinante acá. Y que, siendo el hombre y la mujer lo que de hecho son, el voto matrimonial es lo único que puede «dar fuerzas al corazón vacilante«.
Porque si Chesterton pone toda su energía en resaltar el lado positivo del voto, aplicado al matrimonio (y bien lo hace, en general y en particular; y buena falta hace que alguien lo haga en estos tiempos) , pareciera que no se detiene demasiado en los lados negativos… Si nos consta que hay votos imprudentes, que se pueden volver puras ataduras y cargas insoportables ¿es defendible decir que -en el caso del matrimonio- siempre, necesariamente, hay que hacer tal voto?
Podemos aceptar que, de un lado de la balanza, el voto matrimonial es una enorme ayuda, que descartar de entrada la opción del divorcio protege en cierta manera contra las «dudas» y las insidias, contra el pensamiento de que «me parece que me equivoqué, y si mejor probamos con… » (más o menos lo que decía el mismo Tolkien) … Pero, del otro lado de la balanza, dado que seguramente habrá votos imprudentes, la atadura permanente ¿no un es precio demasiado alto? ¿Hay acaso algo inherente a la naturaleza humana que exija el voto como requisito general del matrimonio?
Yo, naturalmente, no me animaría a contestar. No porque sea soltero (aunque no lo fuera, dudo que la experiencia de un solo matrimonio ilumine demasiado sobre el tema universal), sino porque sé muy poco de la naturaleza humana, entre otras cosas.
Podríamos, sí, discutir un rato largo y sopesar argumentos a favor y en contra.
Pero, según creo, el mismo pasaje evangélico los ha sopesado; me parece que es, justamente, ese lado negativo (la atadura) la que los díscípulos ven, cuando aducen que «en ese caso, mejor sería no casarse». Pero la palabra autorizada, (como Elrond contra Gimli… aunque al revés), Jesucristo, dice (si no lo entiendo mal) que el otro lado de la balanza es el determinante acá. Y que, siendo el hombre y la mujer lo que de hecho son, el voto matrimonial es lo único que puede «dar fuerzas al corazón vacilante«.
No os acomodéis al mundo
Misa de domingo. El cura, cerca del final, pide colaboradores para cantar, pues el coro «precisa ayuda, desesperadamente«. El coro, en realidad, no era ni mejor ni peor que la media.
Pero sonó gracioso (para mí, supongo que no tanto para los del coro). Si no es uno de esos conocidos bloopers parroquiales, le pasa muy cerca.
El cura, mayor, de dicción española, es simpático y -al parecer- buen tipo; aunque algo «tradicional» en sus admoniciones morales y en sus preocupaciones (nos recuerda, por ejemplo, que faltar a misa de domingo es pecado mortal)… A veces me resulta algo ingenuo, y (al contrario de la mayoría) algo demasiado poco mundano. Pero claro es que seguramente el conoce mucho más mundo que uno (recuerdo lo que decía Chesterton sobre el cura que le inspiró al padre Brown), y seguramente el día que podemos sopesar con los ojos menos miopes la ingenuidad de los unos y de los otros nos llevaremos unas cuantas sorpresas…
Al comenzar la misa, una curiosidad, que provocó unas cuantos cruces de miradas entre los fieles: dedicó un recuerdo a «las madres, en su día»… Bueno, dirá algún suspicaz… tal vez lo hizo para aportar intencionalmente un toque «mundano». Tal vez; pero, si así fuera, le salió mal, más bien obtuvo el efecto contrario. Porque (y de ahí la curiosidad, de ahí los cruces de miradas) no lo dijo ayer, sino la otra semana…
El cura, mayor, de dicción española, es simpático y -al parecer- buen tipo; aunque algo «tradicional» en sus admoniciones morales y en sus preocupaciones (nos recuerda, por ejemplo, que faltar a misa de domingo es pecado mortal)… A veces me resulta algo ingenuo, y (al contrario de la mayoría) algo demasiado poco mundano. Pero claro es que seguramente el conoce mucho más mundo que uno (recuerdo lo que decía Chesterton sobre el cura que le inspiró al padre Brown), y seguramente el día que podemos sopesar con los ojos menos miopes la ingenuidad de los unos y de los otros nos llevaremos unas cuantas sorpresas…
Al comenzar la misa, una curiosidad, que provocó unas cuantos cruces de miradas entre los fieles: dedicó un recuerdo a «las madres, en su día»… Bueno, dirá algún suspicaz… tal vez lo hizo para aportar intencionalmente un toque «mundano». Tal vez; pero, si así fuera, le salió mal, más bien obtuvo el efecto contrario. Porque (y de ahí la curiosidad, de ahí los cruces de miradas) no lo dijo ayer, sino la otra semana…
Los dos filos de un voto (2)
Parece improcedente advertir sobre el lado negativo si no se aprecia antes el lado positivo,
señalar que el voto es un arma de doble filo cuando ni siquiera nos es muy evidente que sea un arma…
Y sí… así en general, parece que a los modernos nos cuesta apreciar el sentido y la virtud del voto. De hecho, su uso está cada vez más empobrecido; y, curiosamente, a mayor solemnidad en las formas pareciera corresponder menor seriedad en el fondo —menor realidad: el político que asume un cargo, el profesional que recibe un diploma, el testigo que declara en un juicio… y, si me apuran (pero no me apuren) el de los novios que contraen matrimonio. No se ve muy claro qué fuerza tiene el juramento, en qué ayuda a cumplir el cometido.
Pero si no se ve muy claro, algo se vislumbra; sobre todo si nos fijamos en ejemplos más humildes e informales. Esas pequeñas promesas que uno hace a un amigo, o a sí mismo. No se acabará el mundo si no las cumplimos, pero el hecho de haberlo prometido, el compromiso asumido hoy, es un arma contra todo lo que (no cuesta nada imaginarlo) mañana surgirá en nosotros para oponerse al acto: las futuras vacilaciones, perezas, cobardías, olvidos.
Por eso, porque nos sabemos (o deberíamos sabernos) débiles e inconstantes, porque sabemos (o deberíamos saber) que nuestro corazón y nuestra cabeza no son de fiar, y que muy probablemente mañana se aliarán entre sí (una racionalizando -mal- las pasiones -malas- del otro) y diluirán nuestro buen propósito de hoy en una bruma de deliberaciones, reparos y justificaciones, por eso hacemos (o deberíamos hacer) votos solemnes. En cierto modo, es para defendernos de nosotros mismos. Si fuéramos perfectos, no tendría sentido hacer juramentos [*]; simplemente diríamos que, llegado el momento, actuaríamos según nuestra inteligencia y nuestra voluntad nos dicten.
Un voto es una atadura, una coerción, una privación de libertad -nos dicen. Sí, pero en otro plano esa atadura nos libera (en un sentido análogo, dicho sea de paso, a las ataduras que se fabrica la poesía[**], la música … y la moral).
Todo esto es, si no me equivoco, lo que (con muchas menos palabras) dice Gimli.
Y, si no me equivoco, también armoniza con lo que dice Chesterton sobre el voto matrimonial. Virtud potenciada (con perdón) por formularse la promesa -en primer lugar- a la persona amada. Suponiendo el caso, claro está, en que los que prometen creen lo que dicen (y que por lo tanto rechazan el divorcio como opción); pero este es otro tema.
Ahora bien: en todo esto, también Elrond tiene algo que decir.
Elrond advierte a Gimli que el voto tiene sus bemoles. Que, así como puede dar fuerzas a un corazón vacilante, también puede quebrarlo.
Es, evidentemente (demasiado evidente para muchos; pero tal vez no para Gimli, y para los que se le parecen), el lado negativo del voto. «Es una atadura…» se objetaba; «… pero te libera», contestábamos. Lo cual no debe hacernos olvidar la contraobjeción: «…pero si no te libera, te ata (y te mata)». Es un remedio bueno… cuando funciona.
Un voto imprudente, se vuelve una carga pesada. Es, en cierta manera, una apuesta de alto riesgo. Un arma de doble filo.
Así, podemos suponer que Elrond y Gimli tienen razón, hablando en general. Podemos suponer que, en el caso particular, Elrond tenía razón, y que ese no era tiempo de hacer votos.
Y que hay un tiempo para hacer promesas, y otro tiempo para no hacerlas, para esperar a ver lo que el futuro nos tiene guardado.
Naturalmente, la cultura actual tiende a olvidarse de lo primero; hoy somos hombres independendientes que creen en sí mismos… y nos dan miedo las ataduras y los compromisos (y cuanto más humanos, más miedo). Se habla mucho, sin embargo, de la necesidad de «comprometerse»… pero, claro está, se trata de compromisos con abstracciones; compromisos que cuestan gratis… y valen lo mismo.
Yo me quedo con la chica que se compromete a empezar la dieta el lunes que viene.
[* Pero, se objetará, ¿acaso Dios no hace promesas? Pero, sacado el elemento antropomórfico, lo que queda de una tal promesa es una simple declaración «juramentada» de un hecho: la voluntad de Dios (que es inmutable). Pero esto es asimilable a los juramentos humanos que no se refieren a una acción a cumplir sino a un hecho actual, a una garantía de veracidad. No se trata de eso acá.]
[** En este plano, si la memoria no me falla, Dolina solía citar una frase, cuya atribución ignoro: «Soneto, tus cadenas me liberan»; y, en un plano levemente diferente, gustaba repetir: «Yo no quiero hacer lo que quiera». ]
Y sí… así en general, parece que a los modernos nos cuesta apreciar el sentido y la virtud del voto. De hecho, su uso está cada vez más empobrecido; y, curiosamente, a mayor solemnidad en las formas pareciera corresponder menor seriedad en el fondo —menor realidad: el político que asume un cargo, el profesional que recibe un diploma, el testigo que declara en un juicio… y, si me apuran (pero no me apuren) el de los novios que contraen matrimonio. No se ve muy claro qué fuerza tiene el juramento, en qué ayuda a cumplir el cometido.
Pero si no se ve muy claro, algo se vislumbra; sobre todo si nos fijamos en ejemplos más humildes e informales. Esas pequeñas promesas que uno hace a un amigo, o a sí mismo. No se acabará el mundo si no las cumplimos, pero el hecho de haberlo prometido, el compromiso asumido hoy, es un arma contra todo lo que (no cuesta nada imaginarlo) mañana surgirá en nosotros para oponerse al acto: las futuras vacilaciones, perezas, cobardías, olvidos.
Por eso, porque nos sabemos (o deberíamos sabernos) débiles e inconstantes, porque sabemos (o deberíamos saber) que nuestro corazón y nuestra cabeza no son de fiar, y que muy probablemente mañana se aliarán entre sí (una racionalizando -mal- las pasiones -malas- del otro) y diluirán nuestro buen propósito de hoy en una bruma de deliberaciones, reparos y justificaciones, por eso hacemos (o deberíamos hacer) votos solemnes. En cierto modo, es para defendernos de nosotros mismos. Si fuéramos perfectos, no tendría sentido hacer juramentos [*]; simplemente diríamos que, llegado el momento, actuaríamos según nuestra inteligencia y nuestra voluntad nos dicten.
Un voto es una atadura, una coerción, una privación de libertad -nos dicen. Sí, pero en otro plano esa atadura nos libera (en un sentido análogo, dicho sea de paso, a las ataduras que se fabrica la poesía[**], la música … y la moral).
Todo esto es, si no me equivoco, lo que (con muchas menos palabras) dice Gimli.
Y, si no me equivoco, también armoniza con lo que dice Chesterton sobre el voto matrimonial. Virtud potenciada (con perdón) por formularse la promesa -en primer lugar- a la persona amada. Suponiendo el caso, claro está, en que los que prometen creen lo que dicen (y que por lo tanto rechazan el divorcio como opción); pero este es otro tema.
Ahora bien: en todo esto, también Elrond tiene algo que decir.
Elrond advierte a Gimli que el voto tiene sus bemoles. Que, así como puede dar fuerzas a un corazón vacilante, también puede quebrarlo.
Es, evidentemente (demasiado evidente para muchos; pero tal vez no para Gimli, y para los que se le parecen), el lado negativo del voto. «Es una atadura…» se objetaba; «… pero te libera», contestábamos. Lo cual no debe hacernos olvidar la contraobjeción: «…pero si no te libera, te ata (y te mata)». Es un remedio bueno… cuando funciona.
Un voto imprudente, se vuelve una carga pesada. Es, en cierta manera, una apuesta de alto riesgo. Un arma de doble filo.
Así, podemos suponer que Elrond y Gimli tienen razón, hablando en general. Podemos suponer que, en el caso particular, Elrond tenía razón, y que ese no era tiempo de hacer votos.
Y que hay un tiempo para hacer promesas, y otro tiempo para no hacerlas, para esperar a ver lo que el futuro nos tiene guardado.
Naturalmente, la cultura actual tiende a olvidarse de lo primero; hoy somos hombres independendientes que creen en sí mismos… y nos dan miedo las ataduras y los compromisos (y cuanto más humanos, más miedo). Se habla mucho, sin embargo, de la necesidad de «comprometerse»… pero, claro está, se trata de compromisos con abstracciones; compromisos que cuestan gratis… y valen lo mismo.
Yo me quedo con la chica que se compromete a empezar la dieta el lunes que viene.
[* Pero, se objetará, ¿acaso Dios no hace promesas? Pero, sacado el elemento antropomórfico, lo que queda de una tal promesa es una simple declaración «juramentada» de un hecho: la voluntad de Dios (que es inmutable). Pero esto es asimilable a los juramentos humanos que no se refieren a una acción a cumplir sino a un hecho actual, a una garantía de veracidad. No se trata de eso acá.]
[** En este plano, si la memoria no me falla, Dolina solía citar una frase, cuya atribución ignoro: «Soneto, tus cadenas me liberan»; y, en un plano levemente diferente, gustaba repetir: «Yo no quiero hacer lo que quiera». ]
Los dos filos de un voto
Elrond despide a los nueve miembros de la Comunidad del Anillo, que inician su peligroso viaje hacia Mordor:
El voto como un arma de doble filo… voto , en general, en el sentido tradicional de juramento, promesa, compromiso formal y solemne -frecuentemente público- a hacer algo.
Por ejemplo, y sin ir más lejos… continuaré el tema en otro post, mañana; sin falta. Es un voto.
—… Cuanto más avancéis, menos fácil será volveros atrás;
pero no quedáis obligados por ningún lazo o juramento a ir más allá de vuestra voluntad. Pues no conocéis aún la fortaleza de vuestros corazones, y no podéis prever lo que cada uno encontrará
en el camino.
—Desleal es aquel que se despide cuando el camino se oscurece —dijo Gimli.
—Quizá —dijo Elrond—, pero no jure que caminará en la noche quien no ha visto el ocaso.
— Sin embargo, un juramento puede dar fuerzas a un corazón vacilante.
— O quebrarlo —dijo Elrond—. ¡No mirés demasiado adelante! ¡Pero partid con buen ánimo!…
(El Señor de los Anillos – II.3)
Yo siempre vi este diálogo como el complemento a lo que dice Chesterton (siempre cargando un poco las tintas él, por más que sean bellas y potentes tintas), sobre la virtud del juramento -en su caso, se trata especialmente del voto matrimonial, como recuerda recuerda Juan Ignacio.
—Desleal es aquel que se despide cuando el camino se oscurece —dijo Gimli.
—Quizá —dijo Elrond—, pero no jure que caminará en la noche quien no ha visto el ocaso.
— Sin embargo, un juramento puede dar fuerzas a un corazón vacilante.
— O quebrarlo —dijo Elrond—. ¡No mirés demasiado adelante! ¡Pero partid con buen ánimo!…
(El Señor de los Anillos – II.3)
El voto como un arma de doble filo… voto , en general, en el sentido tradicional de juramento, promesa, compromiso formal y solemne -frecuentemente público- a hacer algo.
Por ejemplo, y sin ir más lejos… continuaré el tema en otro post, mañana; sin falta. Es un voto.
Jaculatoria endecasílaba
—Te creo y te quiero. Perdón y gracias.
Un poco impúdico de mi parte, pero por algo uno tiene un blog.
Y —como todo el resto— por ahí a alguno le sirve, qué se yo.
Más que una jaculatoria, es una especie de resumen de los puntos fundamentales que me armé hace tiempo; también a modo de recordatorio: lo que no debo olvidar, y no debo olvidarme de decirlo.
Después de varios años advertí que eran once sílabas. Podría ser el último verso de un soneto, me dije entonces. Pero mis capacidades versificadoras (y no digamos poéticas) no van mucho más allá que eso: saber contar las sílabas y saber qué es (aproximadamente) un soneto.
De modo que así quedó, nomás. Lo cual bien puede ser otro motivo para dar gracias.
Un poco impúdico de mi parte, pero por algo uno tiene un blog.
Y —como todo el resto— por ahí a alguno le sirve, qué se yo.
Más que una jaculatoria, es una especie de resumen de los puntos fundamentales que me armé hace tiempo; también a modo de recordatorio: lo que no debo olvidar, y no debo olvidarme de decirlo.
Después de varios años advertí que eran once sílabas. Podría ser el último verso de un soneto, me dije entonces. Pero mis capacidades versificadoras (y no digamos poéticas) no van mucho más allá que eso: saber contar las sílabas y saber qué es (aproximadamente) un soneto.
De modo que así quedó, nomás. Lo cual bien puede ser otro motivo para dar gracias.
Una novena para la Rowling
Vía Mark Shea:
Nancy Brown ha comenzado una novena dedicada a J.K. Rowling. Y no para pedirle a Dios «su conversión», sino para que la ayude a escribir –bien– el último volumen de la serie de Harry Potter.
«Somehow this seems very Chestertonian«, dice Mark Shea.
Puede ser.
Atípico, en todo caso. Y que sea tan atípico -más aun en estas latitudes- me parece un muy mal signo; aunque nada nuevo. El que no ama la belleza no puede amar la ortodoxia.
Y si alguna vez decíamos algún reparo contra la expresión «rezaré por vos», tal como suele escucharse en labios católicos (y para destinatarios que no lo son)… el reparo, claro, no era de ninguna manera universal. Y en un caso como éste, en el que «rezaré por vos» significa «rezaré para que lo que estás haciendo te salga bien» (y donde no hay una referencia «religiosa explícita», fuera de la lejana convergencia del Bien y la Belleza)… en caso como este (a pesar de que la saga de Harry Potter no figure entre mis intereses) yo no tengo nada que objetar. Al contrario.
Nancy Brown ha comenzado una novena dedicada a J.K. Rowling. Y no para pedirle a Dios «su conversión», sino para que la ayude a escribir –bien– el último volumen de la serie de Harry Potter.
«Somehow this seems very Chestertonian«, dice Mark Shea.
Puede ser.
Atípico, en todo caso. Y que sea tan atípico -más aun en estas latitudes- me parece un muy mal signo; aunque nada nuevo. El que no ama la belleza no puede amar la ortodoxia.
Y si alguna vez decíamos algún reparo contra la expresión «rezaré por vos», tal como suele escucharse en labios católicos (y para destinatarios que no lo son)… el reparo, claro, no era de ninguna manera universal. Y en un caso como éste, en el que «rezaré por vos» significa «rezaré para que lo que estás haciendo te salga bien» (y donde no hay una referencia «religiosa explícita», fuera de la lejana convergencia del Bien y la Belleza)… en caso como este (a pesar de que la saga de Harry Potter no figure entre mis intereses) yo no tengo nada que objetar. Al contrario.
La Iglesia y los ricos
En una carta a La Nación, un lector —empresario católico, él—
critica un documento de los obispos argentinos sobre la posesión de la tierra. Yo no leí el documento episcopal (y no creo que vaya a leerlo) ni conozco los pergaminos del católico lector en cuestión, así que me abstendré de tomar partido.
Pero me hizo gracia el final de la carta:
Si no recuerdo mal, al Don Camilo de Guareschi (en la Italia de posguerra, los tiempos de la democracia cristiana… ) le pasó algo parecido. Y por cierto, así como hay una mala (y fácil y tentadora) manera de «estar con los ricos», también hay una mala (y fácil y tentadora) manera de «estar contra los ricos»; uno quisiera creer que en este caso los obispos criticados están tan justificados (o más, preferentemente) como lo estaba Don Camilo; uno quisiera creer que recibir palos de los dos lados es una buena señal. Pero, claro, esto no es necesariamente así; bien puede pasar que uno de los dos lados tenga razón; incluso los dos (los que acusan «la Iglesia está con los ricos» y los que acusan «la Iglesia está contra los ricos»).
Yo —queda dicho— no lo sé.
Pero, mientras tanto, me quedo con una nueva duda: si «a los que crean fuentes de producción y trabajo» les resultará el asunto más fácil que a aquel camello que tenía que pasar por el ojo de aquella aguja.
Pero me hizo gracia el final de la carta:
…Para terminar, señalo que el actual alejamiento de la Iglesia de los que crean fuentes de producción y de trabajo generó su propia decadencia económica actual. En efecto, a principios del siglo pasado se levantaron muchos templos con el aporte de los fieles, templos que hoy la Iglesia no está en condiciones de mantener.
Hablando en criollo (en gorila criollo): Si se ponen (zurditos!) en contra de nosotros (los ricos), aténganse a las consecuencias (joderse! no money! ).
Si no recuerdo mal, al Don Camilo de Guareschi (en la Italia de posguerra, los tiempos de la democracia cristiana… ) le pasó algo parecido. Y por cierto, así como hay una mala (y fácil y tentadora) manera de «estar con los ricos», también hay una mala (y fácil y tentadora) manera de «estar contra los ricos»; uno quisiera creer que en este caso los obispos criticados están tan justificados (o más, preferentemente) como lo estaba Don Camilo; uno quisiera creer que recibir palos de los dos lados es una buena señal. Pero, claro, esto no es necesariamente así; bien puede pasar que uno de los dos lados tenga razón; incluso los dos (los que acusan «la Iglesia está con los ricos» y los que acusan «la Iglesia está contra los ricos»).
Yo —queda dicho— no lo sé.
Pero, mientras tanto, me quedo con una nueva duda: si «a los que crean fuentes de producción y trabajo» les resultará el asunto más fácil que a aquel camello que tenía que pasar por el ojo de aquella aguja.
Pintoresquismos hagiográficos
En el prefacio de «La pasión de Hallaj» (mártir místico del Islam, siglo X), Louis Massignon admite que se ha negado —con toda intención—
a pasar su historia por el tamiz de la crítica…
Así son las cosas, así somos —y de intento uso la primera persona del plural—, y no me animaré a renegar ni a aplaudir, ni a proponer remedios (si hicieran falta); ni a predecir, temer o desear futuras evoluciones.
Sí diré que no me parece que estemos tan cómodos como sería esperable en esta razonable y adulta posición; y que esta incomodidad probablemente sea signo de algún malentendido de fondo.
La incomodidad, por ejemplo, parroquial (¿cosa mía? no creo) … cuando el cura debe hacer algún comentario sobre una lectura «legendaria» (del Génesis, sobre todo) y sólo atina a solventar la cuestión con la melancólica fórmula de seminario: «La Biblia no es un libro de historia…«.
Imaginemos que vamos al teatro con un amigo; apenas nos sentamos, comienza a advertirnos que todo lo que va a representarse no «es de verdad», sólo son actores que simulan; y hasta el fin de la representación nos señala con penosa puntillosidad todos los artificios… («Ahí se ubica el apuntador, les dicta a los actores cuando se olvidan la letra; porque ellos en realidad dicen lo que está escrito por otro, sabés…. y esas espadas son de mentira… lo mismo, esa ventana es un decorado, no es una habitación de una casa de verdad, es todo escenografía… mirá, cómo llora, pero no te vas a creer que lo siente de verdad, es pura actuación… ah, y eso no es sangre de verdad, y no te vas a creer que está muerto, eh?…») Y bien, si comparamos a nuestro amigo con un hipotético espectador infantil que ignorara esos artificios y creyera en la verdad de lo representado, podríamos decir que, ciertamente, nuestro amigo es menos ingenuo. Pero también habría que decir que toda su crítica le impidió (como también a los desafortunados acompañantes) ver la obra.
Acaso paralelo al temor al rídiculo, el temor a ser ingenuo, a pasar un papelón frente a la crítica, sea más paralizante y más perjudicial que la vieja e infantil ingenuidad. Acaso nos estemos perdiendo algo importante, acaso seamos más ingenuos que los ingenuos de antes.
Y no se trata solamente de historias de santos.
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…a proceder a una toilette adecentadora de las «acta martyrum», a expurgarlas de sus «enormidades», de sus réplicas «demasiado tópicas» a los jueces, de las sesiones de torturas «excesivas», de los carismas manifestamente «inútiles»…
Y es un lugar común: en los últimos (dos, digamos) siglos hemos
perdido la ingenuidad, nos hemos vuelto críticos, y no admitimos los elementos legendarios en las hagiografías. O al menos, exigimos una demarcarción: de un lado, lo histórico y lo que es «verdad» (histórica, claro); del otro lado lo legendario, lo que es meramente (o sin adverbios, en el mejor de los casos) pintoresco, ilustrativo, poético, edificante… Hecha la demarcación, escucharemos acaso una y otra historia; pero con distintos oídos; y no pretendas hacerme pasar una cosa por la otra: no tenemos derecho —hoy, siglo XXI— a la ingenuidad de la niñez.Así son las cosas, así somos —y de intento uso la primera persona del plural—, y no me animaré a renegar ni a aplaudir, ni a proponer remedios (si hicieran falta); ni a predecir, temer o desear futuras evoluciones.
Sí diré que no me parece que estemos tan cómodos como sería esperable en esta razonable y adulta posición; y que esta incomodidad probablemente sea signo de algún malentendido de fondo.
La incomodidad, por ejemplo, parroquial (¿cosa mía? no creo) … cuando el cura debe hacer algún comentario sobre una lectura «legendaria» (del Génesis, sobre todo) y sólo atina a solventar la cuestión con la melancólica fórmula de seminario: «La Biblia no es un libro de historia…«.
Imaginemos que vamos al teatro con un amigo; apenas nos sentamos, comienza a advertirnos que todo lo que va a representarse no «es de verdad», sólo son actores que simulan; y hasta el fin de la representación nos señala con penosa puntillosidad todos los artificios… («Ahí se ubica el apuntador, les dicta a los actores cuando se olvidan la letra; porque ellos en realidad dicen lo que está escrito por otro, sabés…. y esas espadas son de mentira… lo mismo, esa ventana es un decorado, no es una habitación de una casa de verdad, es todo escenografía… mirá, cómo llora, pero no te vas a creer que lo siente de verdad, es pura actuación… ah, y eso no es sangre de verdad, y no te vas a creer que está muerto, eh?…») Y bien, si comparamos a nuestro amigo con un hipotético espectador infantil que ignorara esos artificios y creyera en la verdad de lo representado, podríamos decir que, ciertamente, nuestro amigo es menos ingenuo. Pero también habría que decir que toda su crítica le impidió (como también a los desafortunados acompañantes) ver la obra.
Acaso paralelo al temor al rídiculo, el temor a ser ingenuo, a pasar un papelón frente a la crítica, sea más paralizante y más perjudicial que la vieja e infantil ingenuidad. Acaso nos estemos perdiendo algo importante, acaso seamos más ingenuos que los ingenuos de antes.
Y no se trata solamente de historias de santos.
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Herejes
Me pregunta un lector qué era, concretamente, lo que digo que decía
Chesterton sobre la palabra «hereje«.
Pensaba, básicamente, en lo que dice en el primer capítulo
de uno de sus libros tempranos, llamado -precisamente- «Herejes».
Y ya que estamos, como creo que es un buen ejemplo del pensamiento
y la prosa de Chesterton —en lo bueno y en lo malo; y como se trata de Chesterton: sobre todo en lo bueno— y como no lo encuentro en Internet (en español) se me ocurrió trascribirlo. Al releerlo ahora, después de bastante tiempo, en una vieja edición que tengo de Plaza y Janes, me da mala espina la traducción… y
al confrontarla con el original (acá o acá)
compruebo que es peor de lo que podía imaginar; montones de errores, la elegancia y el sentido se pierde más de una vez; milagro -propiciado por el vigor de Chesterton, supongo- es que haya podido sacar algo en limpio de eso…
Trascribo pues con algunos retoques de traducción, seguramente hay mucho más por mejorar.
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Trascribo pues con algunos retoques de traducción, seguramente hay mucho más por mejorar.
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El nacimiento del anillo
A propósito de algunas tentaciones de los conservadores de por allá (torturas, etc) Mark Shea evoca los razonamientos -o los sentires-
de Boromir y Denethor sobre el Anillo.
A mí también, el motivo del anillo de Tolkien se me presenta muy seguido para ilustrar muchos temas candentes. Una luz que me ilumina muchas cuestiones (que acaso en el fondo sean una sola; pero en el fondo), una llave de sorprendente versatilidad, para mí al menos.
Podría alguien argumentar que esta potencia tiene algo de sospechoso. Porque -entre otros motivos- uno podría suponer que el autor de una imagen tan potente debe ser agudamente consciente de lo que está haciendo, Pero, como es sabido, no es el caso: no se trató de una elaboración esforzada y premeditada en una dirección.. El anillo fue un elemento que surgió un poco, casi de casualidad; Tolkien lo encontró como a tientas (a semejanza del mismo Bilbo), buscando un hilo que conectara con el libro anterior («El hobbit») y que le permitiera armar una nueva historia. Pero en aquel libro, el anillo era algo sin mucha importancia, poco más que un juguete mágico.
Cuenta Carpenter en su biografía que Tolkien hizo varias anotaciones en los primeros borradores de lo que sería El Señor de los Anillos, cuando todavía Frodo no existía (diciembre de 1937); una desorientación que hoy nos resulta algo curiosa: … «Que la devolución del anillo sea el motivo […] ¿De dónde proviene? ¿del Nigromante? No es muy peligroso si se usa para un buen fin. Pero cobra un precio. O lo pierdes o te pierdes…». Recién en agosto de 1938 empezó a tener una idea clara de la naturaleza del Anillo, y de la necesidad de llevarlo a Mordor para destruirlo.
Esta concepción del tema, algo vacilante y azarosa, puede sembrar dudas sobre su «verdad» de fondo, y por lo tanto, sobre su utilidad. Demasiado arbitrario su nacimiento como para suponerla una parábola de tanto alcance, dirá alguno.
Y bien, puede ser; pero yo — persuadido a priori de la potencia y el alcance de la imagen— tiendo a extraer las consecuencias en otra dirección. Más bien pienso que el nacimiento humilde es signo de grandeza; que precisamente el hecho de no haberse Tolkien empeñado en forjar una parábola con un sentido alegórico alto y determinado, sino sólo en armar una historia de ficción artísticamente perfecta (es decir, simplemente bella) es lo que contribuye a convencer de su verdad profunda (todo unido, claro está, al genio y, si acaso, a la sabiduría).
Una especie de humildad (que implica también un saber ubicarse), y que trae su recompensa. También el árbol de Niggle terminó siendo más de lo que el pintor sospechaba.
Y acaso también en este plano, como en tantos otros, pueda aplicarse aquello de que «el que quiera salvar su vida la perderá…».
A mí también, el motivo del anillo de Tolkien se me presenta muy seguido para ilustrar muchos temas candentes. Una luz que me ilumina muchas cuestiones (que acaso en el fondo sean una sola; pero en el fondo), una llave de sorprendente versatilidad, para mí al menos.
Podría alguien argumentar que esta potencia tiene algo de sospechoso. Porque -entre otros motivos- uno podría suponer que el autor de una imagen tan potente debe ser agudamente consciente de lo que está haciendo, Pero, como es sabido, no es el caso: no se trató de una elaboración esforzada y premeditada en una dirección.. El anillo fue un elemento que surgió un poco, casi de casualidad; Tolkien lo encontró como a tientas (a semejanza del mismo Bilbo), buscando un hilo que conectara con el libro anterior («El hobbit») y que le permitiera armar una nueva historia. Pero en aquel libro, el anillo era algo sin mucha importancia, poco más que un juguete mágico.
Cuenta Carpenter en su biografía que Tolkien hizo varias anotaciones en los primeros borradores de lo que sería El Señor de los Anillos, cuando todavía Frodo no existía (diciembre de 1937); una desorientación que hoy nos resulta algo curiosa: … «Que la devolución del anillo sea el motivo […] ¿De dónde proviene? ¿del Nigromante? No es muy peligroso si se usa para un buen fin. Pero cobra un precio. O lo pierdes o te pierdes…». Recién en agosto de 1938 empezó a tener una idea clara de la naturaleza del Anillo, y de la necesidad de llevarlo a Mordor para destruirlo.
Esta concepción del tema, algo vacilante y azarosa, puede sembrar dudas sobre su «verdad» de fondo, y por lo tanto, sobre su utilidad. Demasiado arbitrario su nacimiento como para suponerla una parábola de tanto alcance, dirá alguno.
Y bien, puede ser; pero yo — persuadido a priori de la potencia y el alcance de la imagen— tiendo a extraer las consecuencias en otra dirección. Más bien pienso que el nacimiento humilde es signo de grandeza; que precisamente el hecho de no haberse Tolkien empeñado en forjar una parábola con un sentido alegórico alto y determinado, sino sólo en armar una historia de ficción artísticamente perfecta (es decir, simplemente bella) es lo que contribuye a convencer de su verdad profunda (todo unido, claro está, al genio y, si acaso, a la sabiduría).
Una especie de humildad (que implica también un saber ubicarse), y que trae su recompensa. También el árbol de Niggle terminó siendo más de lo que el pintor sospechaba.
Y acaso también en este plano, como en tantos otros, pueda aplicarse aquello de que «el que quiera salvar su vida la perderá…».
Memorias olvidadas
Admirable y misteriosa facultad de la memoria, decía San Agustín.
Es curioso cuántas cosas uno tiene en la memoria sin saberlo.
Un amigo me pasó un link de youtube, con un fragmento de «Cría cuervos’, la película de Saura, incluyendo el tema musical. No conozco esa música, no vi la película, fue lo primero que se me ocurrió decir. Pero sí que la conocía; aún sin conocer el nombre ni la autoría, sin recordar la letra y sin haberla escuchado en mucho tiempo, sin ser conciente de conocerla, la tenía absorbida de alguna manera, quién desde cuándo (probablemente de los tiempos de la película, o sea, mi niñez). Aunque supongo que no se requiere ser de mi generación para conocerla… ¿no?
Con uds: «Porque te vas«, de José Luis Perales (!), por Jeanette; en «Cría cuervos», de Carlos Saura (1976).
Es curioso cuántas cosas uno tiene en la memoria sin saberlo.
Un amigo me pasó un link de youtube, con un fragmento de «Cría cuervos’, la película de Saura, incluyendo el tema musical. No conozco esa música, no vi la película, fue lo primero que se me ocurrió decir. Pero sí que la conocía; aún sin conocer el nombre ni la autoría, sin recordar la letra y sin haberla escuchado en mucho tiempo, sin ser conciente de conocerla, la tenía absorbida de alguna manera, quién desde cuándo (probablemente de los tiempos de la película, o sea, mi niñez). Aunque supongo que no se requiere ser de mi generación para conocerla… ¿no?
Con uds: «Porque te vas«, de José Luis Perales (!), por Jeanette; en «Cría cuervos», de Carlos Saura (1976).
Un prólogo para Bloy
Ignacio me apunta una nota sobre León Bloy, publicada estos días. El autor (Quintín, creo es uno de los que escriben en los agonizantes TP)
hace una presentación del escritor, sin muchos aciertos y sin muchas barbaridades (para lo que hay, es bastante); lástima el título de la nota, particularmente tonto,
y las líneas del encabezado que parecieran escritas por otra persona y se contradicen con el texto. El párrafo final es algo inconsistente, aún dejando esa autoclasificación de «hereje» (Chesterton se lee mucho, sí, pero al parecer no convence: un siglo después, el adjetivo sigue resultando simpáticamente trasgresor para los intelectuales).
También es un poco disparatado decir que Bloy era «nacionalista», o que «despreciaba a Napoleón»…
Pero lo que me hizo gracia es esto:
Pero lo que me hizo gracia es esto:
… El texto de Rubén Darío data de 1895, fecha en la que podían celebrarse ciertas efusiones. Escribir un prólogo para Bloy sería hoy más complicado.
Je… mire usted, en eso andamos, casualmente.
x’ = x a + b
«Al bobo, mudarle el juego«, dice el dicho.
«Al filósofo argentino, cambiarle la terminología«, decía Castellani (El Nuevo Gobierno de Sancho; La reforma de los refranes).
Y digo yo, con algo de desaliento : a mis alumnos de ingeniería, hacerles un cambio de variables. Lineal, nianquesea. Aydió…
En verdad, nos impacienta que alguien no reconozca un problema ya estudiado y resuelto, sólo porque se presenta con distinta vestimenta. Sea que esta novedad (aparente) se perciba como un mérito, o como una dificultad. Y es claro, nos impacienta porque es una falta de inteligencia (el porqué nos impacienta la estupidez es otro tema…).
Pero también es cierto que uno puede pecar por el otro lado, y tener demasiada disposición a reducir todo nuevo problema a uno ya conocido. Y si a veces lo esencial de A es lo que tiene en común con B, acaso otras veces sea lo que lo diferencia.
Me parece, se me ocurre ahora, que esto tiene alguna relación con lo que decía Simone Weil sobre el álgebra y el dinero…. ¿lo comenté alguna vez? Creo que no…. y da para mucho; quedará para otro día.
«Al filósofo argentino, cambiarle la terminología«, decía Castellani (El Nuevo Gobierno de Sancho; La reforma de los refranes).
Y digo yo, con algo de desaliento : a mis alumnos de ingeniería, hacerles un cambio de variables. Lineal, nianquesea. Aydió…
En verdad, nos impacienta que alguien no reconozca un problema ya estudiado y resuelto, sólo porque se presenta con distinta vestimenta. Sea que esta novedad (aparente) se perciba como un mérito, o como una dificultad. Y es claro, nos impacienta porque es una falta de inteligencia (el porqué nos impacienta la estupidez es otro tema…).
Pero también es cierto que uno puede pecar por el otro lado, y tener demasiada disposición a reducir todo nuevo problema a uno ya conocido. Y si a veces lo esencial de A es lo que tiene en común con B, acaso otras veces sea lo que lo diferencia.
Me parece, se me ocurre ahora, que esto tiene alguna relación con lo que decía Simone Weil sobre el álgebra y el dinero…. ¿lo comenté alguna vez? Creo que no…. y da para mucho; quedará para otro día.
Sermones, católicos y no
Respondiendo a mi queja contra los sermones-chicle, un cura me comenta que, en su experiencia,
muchas veces se trata de que, al no haber preparado el desarrollo del sermón, uno se larga a hablar un poco a tientas,
esperando (con algo de angustia y «horror al vacío») que surja una idea… Sí, claro, eso creo que puedo entenderlo. Y me recuerda alguna recomendación que leí en un blog yanqui católico,
creo que proveniente de un ex pastor evangelista convertido: hace falta talento para improvisar un sermón,
en general conviene planearlo; acaso escribirlo; acaso leerlo; la «espontaneidad» casi nunca contribuye
a mejorarlo, más bien a hacerlo vago, sin rumbo y por lo mismo anodino. Los protestantes saben algo de eso, parece.
Por supuesto, esto es fácil decirlo cuando uno tiene el domingo libre -con tiempo de escribir en un blog, incluso-, y no conoce cómo debe invertir su tiempo un cura aquí y ahora. Y por otro lado, tampoco estoy seguro de cuánto tenga el catolicismo que aprender del protestantismo al respecto; no lo digo por celo sectario (seguramente, y en planos como ese, el catolicismo tiene cosas que aprender del protestantismo), es sólo que tampoco me da la impresión que el sermón protestante típico supere demasiado al católico en poder de síntesis y capacidad de seducción… Pareciera sólo gana en estructura, orden y seguridad, pero eso, claro, no es bastante.
¿Cuántos sermones protestantes oí? Ninguno. Pero uno se hace una idea. Entre otras cosas, por uno de los mejores cuentos de Wodehouse, de la saga de Jeeves: «La competencia del gran sermón».
Resulta que Bertie Wooster está pasando unos días de verano en una casa de campo, ambiente semi-rural, montones de pequeñas parroquias dispersas, con celebración religiosa como parte del programa dominical estandar (esto sería en la década del ’30 o algo así). Y surge entre los muchachos una competencia de apuestas -el espíritu deportivo inglés, que le dicen: un determinado domingo cronometrarán el largo de los sermones de los pastores de la zona, y el más largo ganará. Se elabora un esmerado esquema de apuestas, con handicaps, reglas y árbitros. Y Bertie decide participar, sobre todo cuando descubre que uno de los reverendos participantes es un pastor que ha torturado su época de estudiante con unos sermones interminables… «Recuerdo uno, en particular (cuenta Bertie), sobre el amor fraternal, que no bajaba de los cuarenta y cinco minutos». Y para asegurar su apuesta, le hace una visita para pedirle como favor personal que desempolve aquel viejo sermón y lo predique el domingo de la competencia.
Ya habrán pasado casi diez años desde que leí aquello de la «disgresión un tanto fatigosa sobre la vida familiar de los primitivos asirios», y todavía me estoy riendo.
Ya se ve que tampoco los protestantes son necesariamente un modelo a seguir… aunque (con perdón del chiste fácil), acaso si el cura de mi parroquia optara por hablar de los primitivos asirios yo lo escucharía con más interés y más provecho.
Por supuesto, esto es fácil decirlo cuando uno tiene el domingo libre -con tiempo de escribir en un blog, incluso-, y no conoce cómo debe invertir su tiempo un cura aquí y ahora. Y por otro lado, tampoco estoy seguro de cuánto tenga el catolicismo que aprender del protestantismo al respecto; no lo digo por celo sectario (seguramente, y en planos como ese, el catolicismo tiene cosas que aprender del protestantismo), es sólo que tampoco me da la impresión que el sermón protestante típico supere demasiado al católico en poder de síntesis y capacidad de seducción… Pareciera sólo gana en estructura, orden y seguridad, pero eso, claro, no es bastante.
¿Cuántos sermones protestantes oí? Ninguno. Pero uno se hace una idea. Entre otras cosas, por uno de los mejores cuentos de Wodehouse, de la saga de Jeeves: «La competencia del gran sermón».
Resulta que Bertie Wooster está pasando unos días de verano en una casa de campo, ambiente semi-rural, montones de pequeñas parroquias dispersas, con celebración religiosa como parte del programa dominical estandar (esto sería en la década del ’30 o algo así). Y surge entre los muchachos una competencia de apuestas -el espíritu deportivo inglés, que le dicen: un determinado domingo cronometrarán el largo de los sermones de los pastores de la zona, y el más largo ganará. Se elabora un esmerado esquema de apuestas, con handicaps, reglas y árbitros. Y Bertie decide participar, sobre todo cuando descubre que uno de los reverendos participantes es un pastor que ha torturado su época de estudiante con unos sermones interminables… «Recuerdo uno, en particular (cuenta Bertie), sobre el amor fraternal, que no bajaba de los cuarenta y cinco minutos». Y para asegurar su apuesta, le hace una visita para pedirle como favor personal que desempolve aquel viejo sermón y lo predique el domingo de la competencia.
…Por la tarde me acerqué a la vicaría y arreglé el asunto. El bueno del viejo Heppenstall se portó de la mejor manera.
Se mostró contento y hasta conmovido de que yo hubiese recordado el sermón después de tantos años
y me dijo que había pensado una o dos veces en volver a leerlo, sólo que le pareció, después de meditarlo,
que tal vez era demasiado extenso para una congregación rural.
—Y en esta época de agitación, mi querido Wooster —dijo— me temo que el público prefiere ante todo la brevedad en el púlpito; incluso el feligrés bucólico a quien uno habría creído menos afectado por el espíritu de la prisa y la impaciencia que su hermano de la metrópoli. He tenido muchas discusiones al respecto con mi sobrino, el joven Bates, que va a ocupar el lugar de mi viejo amigo Spettigue en Gandle-by-the-Hill. Su punto de vista es que hoy día un sermón debe consistir en una lectura fresca, vivaz y directa que no debe exceder los diez o doce minutos.
—¿Tan poco? —dije. ¡Pero, por Dios! No va a decirme usted que su sermón sobre el amor fraternal es largo, ¿verdad?
—Su lectura requiere unos buenos cincuenta minutos…
—¿De veras?
—Su asombro, mi querido Wooster, es extremadamente halagüeño, mucho más de lo que merezco, sin dudas. Sin embargo, los hechos son como le digo. ¿Está usted seguro de que no debería hacer algunos cortes? ¿Acaso saltear algunas secciones, o aligerarlas? ¿No convendría, por ejemplo, omitir aquella disgresión un tanto fatigosa sobre la vida familiar de los primitivos asirios?
—No toque usted ni una palabra, o lo echará a perder —le dije, ansioso.
—Y en esta época de agitación, mi querido Wooster —dijo— me temo que el público prefiere ante todo la brevedad en el púlpito; incluso el feligrés bucólico a quien uno habría creído menos afectado por el espíritu de la prisa y la impaciencia que su hermano de la metrópoli. He tenido muchas discusiones al respecto con mi sobrino, el joven Bates, que va a ocupar el lugar de mi viejo amigo Spettigue en Gandle-by-the-Hill. Su punto de vista es que hoy día un sermón debe consistir en una lectura fresca, vivaz y directa que no debe exceder los diez o doce minutos.
—¿Tan poco? —dije. ¡Pero, por Dios! No va a decirme usted que su sermón sobre el amor fraternal es largo, ¿verdad?
—Su lectura requiere unos buenos cincuenta minutos…
—¿De veras?
—Su asombro, mi querido Wooster, es extremadamente halagüeño, mucho más de lo que merezco, sin dudas. Sin embargo, los hechos son como le digo. ¿Está usted seguro de que no debería hacer algunos cortes? ¿Acaso saltear algunas secciones, o aligerarlas? ¿No convendría, por ejemplo, omitir aquella disgresión un tanto fatigosa sobre la vida familiar de los primitivos asirios?
—No toque usted ni una palabra, o lo echará a perder —le dije, ansioso.
Ya habrán pasado casi diez años desde que leí aquello de la «disgresión un tanto fatigosa sobre la vida familiar de los primitivos asirios», y todavía me estoy riendo.
Ya se ve que tampoco los protestantes son necesariamente un modelo a seguir… aunque (con perdón del chiste fácil), acaso si el cura de mi parroquia optara por hablar de los primitivos asirios yo lo escucharía con más interés y más provecho.