«Sólo pienso con un lápiz en la mano», confesaba Unamuno en
una entrevista.
He encontrado gente que considera esta técnica mental como una manía o, más grave aún, como una prueba de falta de autenticidad. Si solamente piensas provocado o sostenido por un objeto, un gesto o cierto poema, este tipo de comportamiento ¿no traiciona una falta de originalidad o de espontaneidad del pensamiento?
El lápiz que Unamuno agarraba para poder pensar tiene, sin embargo, una profunda significación.
Es una preparación para la meditación, similar a los otros «preparativos» que conoce la historia: la ascesis, la purificación previa, las posiciones hieráticas del cuerpo (que tienen tanta importancia en la India: las así llamadas «posiciones yóguicas», las asanas).
Coges el lápiz en la mano, así como otros cierran los ojos o armonizan su respiración o tapan sus oídos o toman su frente entre las manos. Te preparas para recibir los pensamientos, para examinarlos, para «profundizar» en ellos.
También se nos ocurren pensamientos en otros momentos, en circunstancias más o menos frívolas. Pero ahora, sin embargo, estás decidido a meditarlos, a seleccionarlos; ahora eres responsable, porque estás concentrado, libre.
Unamuno, que solamente puede pensar con el lápiz en la mano, vuelve a repetir un antiguo ritual, del que no tenemos por qué avergonzarnos. Se trata de un gesto que indica el paso de la frivolidad y la casualidad a la meditación y la responsabilidad. Al mismo tiempo es un vehículo, un auxilio para la concentración. La mente ha sido restablecida en sus derechos; aquel objeto, gesto o posición que el hombre ha elegido significa el primer paso hacia el pensamiento responsable.
No importa que sea un lápiz o una posición ascético-meditativa, la técnica sigue siendo la misma; el efluvio de la vida psicomental ha sido canalizado, delimitado, «concentrado». El pensamiento responsable es inaugurado por este gesto voluntario, símbolo también del reposo que le sigue.
A mí me resulta muy difícil escribir algo (ni el borrador
de un post) si no lo hago directamente sobre
el blog, si no veo «cómo va quedando».
Esto siempre me extraña… y también me molesta un poco.
Porque no tengo una conexión a Internet
permanente en casa, y me lleva mucho tiempo
escribir un post. Y, en fin, porque me parece
una especie de debilidad pueril, una falta de
vigor intelectual -o literario-. He encontrado gente que considera esta técnica mental como una manía o, más grave aún, como una prueba de falta de autenticidad. Si solamente piensas provocado o sostenido por un objeto, un gesto o cierto poema, este tipo de comportamiento ¿no traiciona una falta de originalidad o de espontaneidad del pensamiento?
El lápiz que Unamuno agarraba para poder pensar tiene, sin embargo, una profunda significación.
Es una preparación para la meditación, similar a los otros «preparativos» que conoce la historia: la ascesis, la purificación previa, las posiciones hieráticas del cuerpo (que tienen tanta importancia en la India: las así llamadas «posiciones yóguicas», las asanas).
Coges el lápiz en la mano, así como otros cierran los ojos o armonizan su respiración o tapan sus oídos o toman su frente entre las manos. Te preparas para recibir los pensamientos, para examinarlos, para «profundizar» en ellos.
También se nos ocurren pensamientos en otros momentos, en circunstancias más o menos frívolas. Pero ahora, sin embargo, estás decidido a meditarlos, a seleccionarlos; ahora eres responsable, porque estás concentrado, libre.
Unamuno, que solamente puede pensar con el lápiz en la mano, vuelve a repetir un antiguo ritual, del que no tenemos por qué avergonzarnos. Se trata de un gesto que indica el paso de la frivolidad y la casualidad a la meditación y la responsabilidad. Al mismo tiempo es un vehículo, un auxilio para la concentración. La mente ha sido restablecida en sus derechos; aquel objeto, gesto o posición que el hombre ha elegido significa el primer paso hacia el pensamiento responsable.
No importa que sea un lápiz o una posición ascético-meditativa, la técnica sigue siendo la misma; el efluvio de la vida psicomental ha sido canalizado, delimitado, «concentrado». El pensamiento responsable es inaugurado por este gesto voluntario, símbolo también del reposo que le sigue.
Seguramente lo será. Pero la verdad es que al leer estos días lo anterior, he creido encontrar alguna justificación.
Ya sé que no tiene mucho que ver, pero …uno se agarra de cualquier cosa.

de sus pichones, que al faltarle comida se abría el pecho
con el pico para darles a beber su sangre. El símbolo, entonces,
es claro -aunque, veracidad de la leyenda aparte, a los modernos
la imagen nos choca. Colores demasiado fuertes
para ojos demasiado cansados, tal vez. O menos ingenuidad, o mejor gusto, vaya a saber.
Como es sabido, la Virgen se apareció
en
la antigua frase: «Recuerda que eres polvo y en
polvo te convertirás», en la lugar del más
moderno y extendido «Conviérte y cree en el Evangelio».
¿Mera reacción? ¿Apego a lo arcaico? Puede haber
algo de eso.
No es que la fórmula moderna
me disguste o me parezca fuera de lugar. Pero
sí que a veces uno extraña ese lenguaje duro
de otros tiempos. Uno se cansa de tanto discurso
almibarado y consolador.
Nunca los hombres han deseado más comprobar que el contenido de una historia resulta cierto, ni hay relato alguno que por sus propios merecimientos tantos escépticos hayan dado por verdadero. Porque su Arte ofrece la índole suprema y convincente del Arte Primario, es decir, de la Creación. Rechazarlo sólo conduce a la tristeza o a la ira.