Archivo por meses: febrero 2013

Las razones de la fiesta

Leí hace un tiempo, por mis pecados, una de esas entrevistas (o interviús) que gustan de hacerse entre sí nuestros católicos dendeveras — esos que saben de qué va el asunto, no va Ud. a comparar con el 99% de los clérigos y los parroquianos que uno se cruza cualquier domingo en un misa ordinaria (y novus ordo). Lo de siempre: el diagnóstico de la situación, el cóctel de irritación y lamento con unas gotas de pose de mártir… Ay, ay, qué tristeza, cómo sufrimos los católicos dendeveras…  La clarividencia es una carga tan pesada… Quien ve, ve cosas feas, ve las lacras de nuestro mundo moderno: la apostasía, la desacralización, el plebeyismo, los télefonos celulares, el piercing… «La lista sería interminable». (Si se escribieran uno por uno, el mundo no bastaría para contener tantos libros…)

Pero ¿a qué voy? A que en su listado de calamidades contemporáneas el tipo incluyó a «las monjitas de caras seráficas». El entrevistador (lo imagino divertido ante la salida, y dispuesto a esa complicidad de los iniciados) le preguntó qué tenía en contra de las monjitas de caras seráficas. Respuesta:

Eso. Recuerdo que cuando hubo “fumata” en el 2005 vi en la tele a dos monjitas correr por la plaza de San Pedro de un lado por el otro festejando que teníamos Papa. “¡Tenemos Papa!, ¡tenemos Papa!”. Y todavía no habían dicho quién era. Odio eso. Esa estulticia católica.

Yo lo primero que recordé fue el domingo de Ramos, con los festejantes y los escribas… pero, bueno, digamos que eso es cosa mía. Recordé también otra cosa, no mía sino de aquel blog de Amy Welborn, que, ocho años después, vuelvo a copiar:

Habemus Papa… Alegría visible en todos los rostros. ¿Por qué? Ya se sabía que íbamos a tener algún Papa. ¿Por qué alegrarse tanto, cuando todavía no sabíamos quién era?… Y sin embargo, estábamos contentos. Hasta los escépticos lo sentían. ¿Por qué? […] Aquella [Iglesia] que fue plantada firmemente, por la palabra y la obra y la promesa de Aquel que caminó y amó hace siglos; la que ha tratado de preservar esa palabra y obra con fidelidad, de continuar evangelizando en su nombre, y la que nos habla a través de ceremoniales antiguos, del arte y de las mismas palabras … y que nos asegura que toda la belleza, solidez y fidelidad que vemos son sólo débiles ecos de lo que nos espera […] la presencia viva de Jesús, no en un determinado individuo, no en la esperanza de un determinado “rumbo” futuro, sino en el evento total, que es más que un evento, que se extiende hacia el pasado y hacia el futuro, y nos contiene a todos, con los ojos fijos en lo que Benedicto XVI dijo —a Dios le place usar a sus siervos más humildes para que su voluntad se cumpla—, el cuidado de la vida humana, la caridad con el pobre, el perdón y la misericordia; una llamada que viene de milenios, y a través de los milenios es respondida.

Elemental, mi querido Watson. Cualquiera puede entenderlo, cualquiera puede ver que la fórmula no es mera fórmula, y que la noticia desnuda («Tenemos papa») es motivo legítimo de gozo para un católico. Lo pueden ver los católicos y también los no católicos; parece que hace falta ser un supercatólico para no verlo. Lógico—dicen estos—, cómo vamos a alegrarnos, así nomás, a secas. No. Hay que saber primero el nombre del elegido; tenemos que examinar su curriculum, a ver qué puntaje le damos, tenemos que medir su ortodoxia (¿es «de buena línea»? ¿cuánto acusa en el derechómetro? ¿no irá a venir con novedades? ¿cuál será «su rumbo»?). Lo que tenemos que hacer no es festejar, sino juzgar; nuestra tarea es forjarnos opiniones de calidad («…podría haber sido peor, pero tampoco..») Sólo después y al tenor de nuestros dictámenes, veremos cómo reaccionar. Veremos si las cosas —los hombres, la civilización, la Iglesia— no caen muy por debajo de nuestras expectativas, veremos si el cosmos merece que le concedamos nuestra sonrisa y nuestro aplauso.

Mientras tanto, la inmensa mayoría de católicos, monjitas incluidas, están simplemente contentos. Esa alegría de los simples que para tantos escribas (sean católicos, judíos, cientificistas o trotskistas) siempre será signo de estulticia.

Chesterton, por lo que veo, no les ha servido de nada.

Meto la cabeza bajo la canilla de agua fría, y sigo. Concedamos. Concedo que ciertos entusiasmos pueden causarme irritación, que ciertas alegrías (católicas entre otras) puedan resultarme impostadas, inmoderadas o huecas. Concedo incluso que el caso en cuestión (risitas monjiles en la plaza del Vaticano) puede, eventualmente, inspirarme lo mismo. Entiendo también que a uno puede resultarle mejor o peor la elección de determinado papa. Entiendo todo eso. Hasta ahí. Pero, aún con todo eso, estoy lejos de estos supercatólicos. Estuve cerca; y quiero estar más lejos; a ver si aprendo a festejar.

Cuando Cristo puso el ejemplo de los dolores de parto, parece haber dado por sentado un rasgo humano universal: que una madre se olvida de su angustia y su dolor ante la alegría de que haya nacido un hombre en el mundo. Se ha hecho notar el detalle de que no diga «le ha nacido un hijo», sino «ha nacido un hombre en el mundo», como si eso solo fuera suficiente y principal motivo de gozo. Y, en efecto, el hombre naturalmente se alegra. Y la humanidad cultiva con curiosa obstinación esa alegría, hace de ella una obligación casi sagrada. Incluso en circunstancias poco auspiciosas, algo siempre nos empuja a tratar un nacimiento como una buena noticia, a felicitar y a felicitarnos. Un racionalista podría acusar a esta vieja humanidad de inconsistencia o de hipocresía, y levantar objeciones. ¿Por qué alegrarse por un nacimiento, así a priori? ¿de veras es un bien? ¿por qué? ¿para quién? Un ateo nihilista (y quizás un católico apocalíptico) podría decir que nacer en este mundo es más bien una desgracia; un economista podría objetar que, antes de decidir si es una buena noticia, habría que evaluar sus efectos sobre la economía mundial; un cientificista podría reducir esa convención a motivaciones evolucionistas; un marxista podría preguntar por la clase social, y ver si ese nacimiento tiene visos de cooperar a la revolución. Y, en general, cualquier ideólogo, cualquiera que tenga una noción determinada de «qué es lo que necesita el mundo» juzgará que ese nacimiento es causa legítima de alegría sólo si coopera para ello. Todos estas especies de enfermos coinciden, no sólo en rechazar la incondicionalidad de tales alegrías comunitarias, sino en considerarlas como meros sentimientos, que deben justificarse ante el tribunal de la razón: el festejo es legítimo si consagra un resultado positivo – siempre según nuestros esquemas de cómo deben ser las cosas.

Pero no se trata de eso, en absoluto. Los hombres no festejamos en primer lugar los resultados; festejamos las promesas. Puntos de partida, más que de llegada. Son los principales motivos de fiesta: un nacimiento; una boda; la fundación de una ciudad… Si celebramos una boda, y nos alegramos con los novios, no lo hacemos en función de un juicio particular; no se trata de que esta pareja nos parezca adecuada, que el novio o la novia haya acertado en su elección, no es que este matrimonio en particular prometa. Lo que promete es el acto del matrimonio, en sí; una promesa de felicidad, que abarca a la comunidad («un evento total, que es más que un evento, que se extiende hacia el pasado y hacia el futuro, y nos contiene a todos»). Fidelidad y esperanza. Si este matrimonio resultará bien o no, no lo sabemos, y sería impertinente hacer cálculos de probabilidades. Como tampoco sabemos si tal o cual recién nacido irá a resultar un buen hombre. Es una promesa, nada más, y nada menos. Y la celebramos, es decir: la damos por buena. Y al alegrarnos, al hacer «votos de felicidad», en cierta manera nos hacemos solidarios, alentamos y nos comprometemos a ayudar a que la promesa no resulte frustrada.

En este sentido, comulgar con las alegrías de los hombres es, además de un signo de salud, una obligación, una tarea común que se nos ha encomendado. Claro que, para ver así las cosas, es necesario hacerse cargo de que tenemos una tarea común; de que estamos remando en el mismo barco. Cuando uno se habitúa a mirar al mundo (a nuestro mundo) como un juez o como un crítico de cine, desde afuera —desde arriba—, alternando sonrisas de suficiencia con muecas de asco… aquello se torna difícil. Y tampoco predispone a la celebración de un nacimiento (promesa, punto de partida, comienzo del viaje) aquella desesperación resentida —adornada con todas las filacterias o maranathas que quieran—, que impulsa a desear «que todo termine de una buena vez»…

Y recordé lo que decía  von Balthasar, que «sólo los cristianos pueden tener motivo y ánimos suficientes para seguir recorriendo el camino de la historia»… él no se refería, seguramente, a estos supercatólicos; quizás sí a aquellas simples monjitas que festejaban en la plaza de San Pedro.

# | hernan | 28-febrero-2013

Cuando la verdad desmoviliza

Lea esto, amigo católico, lea si es que aún no lo ha leido en otro blog católico, e indígnese como Dios manda: Cuarenta años de «Roe vs Wade»: más transparencia, menos prejuicios:

… “Jean Roe” salió a la luz pública, se llama Norma McCorvey, y ha declarado públicamente que mintió en el proceso, pues no había sido violada. Su arrepentimiento le llevó a la fe católica y a la militancia “pro life”. Una de las abogadas del caso, Sarah Weddington, también admitió que su conducta “pudo no haber sido totalmente ética. Pero lo hice por lo que pensé fueron buenas razones”.

Siempre me ha llamado la atención el uso de la media verdad, del eufemismo, de la poca trasparencia, etc. que suele acompañar la promoción del aborto (como demuestra el mismo caso de Jean Roe). Esta crítica ya la hizo hace años Naomi Wolf, la conocida feminista que se refería a este tema en un artículo muy duro contra la retórica “pro choice”, en cuyas filas ella misma militaba, publicado en The New Republic (disponible aquí en su original inglés). Una de sus observaciones es que los promotores del aborto recurren con demasiada frecuencia a la censura, la falsedad, el tabú… ¿Qué tratan de esconder?, se preguntaba.

Qué cosa, qué manera de mentir, de pecar contra la verdad, estos pro-choice ¿no? ¿Por qué será?… A ver, lo pienso un poco… ya sé, ya sé por qué debe ser. Debe ser porque ellos están de lado equivocado, y nosotros —los católicos provida— nosotros estamos del lado bueno. Nosotros decimos la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Seguro que es por eso.

No deja de ser un consuelo ¿no? Ellos tienen sus victorias, pero son victorias de mala ley. Si ganan, no merecen ganar.

Pero igual nos llena de indignación. Justa indignación, cómo no. Lograron que la corte de EEUU legalizara el aborto, sirviéndose de una mentira (una violación que nunca existió), y la abogada lo reconoce con cinismo. Claro, los principios son lo de menos, lo que importa es ganar territorios para la causa. Hace hervir la sangre – católica. A mí me la hizo hervir, le garanto.

Pero al bajar la temperatura, me puse a leer un poquito. ¿Me acompaña? Cuando le baje la temperatura, eso sí.

Veamos, para empezar, la Wikipedia. En español el asunto se ve bastante distinto que en inglés. En español figura en lugar destacado este párrafo, que incluye esa cita infamante de la abogada:

En 1987, McCorvey admitió que en realidad no había sido violada por pandilleros, tal como sostuvo durante la substanciación del caso. Sarah Weddington, la abogada que litigó el caso Roe vs. Wade en el Tribunal Supremo, explicó en un discurso en el Instituto de Ética de la Educación, en Oklahoma, por qué utilizó los falsos cargos de violación, hasta llegar al Tribunal Supremo: «Mi conducta pudo no haber sido totalmente ética. Pero lo hice por lo que pensé fueron buenas razones.»

… mientras que en el artículo en inglés esa cita no figura. En cambio, afirma allí que el argumento de la violación no formó parte del juicio, al menos no en las instancias decisivas:

In 1970, Coffee and Weddington filed suit in a U.S. District Court in Texas on behalf of McCorvey (under the alias Jane Roe). The defendant in the case was Dallas County District Attorney Henry Wade, representing the State of Texas. McCorvey was no longer claiming her pregnancy was the result of rape, and later acknowledged that she had lied about having been raped. «Rape» is not mentioned in the judicial opinions in this case.

Y más: parece claro (abogados podrán confirmar o corregir) que el caso judicial sobre el cual la Corte dicta sentencia no trata sobre hechos sino sobre derechos: se trata de dictaminar si determinadas leyes antiabortistas son o no incompatibles con los derechos constitucionales. La Corte decidió que sí. Ni el fallo ni los argumentos hablan de violación (todo se puede leer y oir completo aquí).

También googleando un poco se encuentra esta afirmación de la abogada:

“I never touched the issue of rape and only emphasized the question of whether the Constitution gives to the state or leaves to a woman the questions of what she can or must do with her body.”

¿Cómo se concilia esto con la otra cita? ¿De dónde salió esa cita? La Wikipedia trae una referencia un poco críptica: «Tulsa World 24-V-93». Googleando la frase, aparecen más de mil páginas. La mayor parte (si no todas), son de blogs y sitios pro-vida. Todas la copian así, tal cual, sin más contexto ni referencias. A nadie le interesa buscar su fuente y su contexto.

Pero la fuente, sin ser muy relumbrante, no es muy difícil de ubicar. Aquí está. Como pueden ver, es una reseña breve, en un periódico local, de una confencia sobre ética que dio Sarah Weddington en Tulsa, Oklahoma, 1993; no sabemos si la periodista (desconocida, por otra parte, e imposible de ubicar) se basó en alguna transcripción propia, no sabemos nada. Ud., mi amigo católico, puede tener una confianza completa en la meticulosidad incorruptible de los periodistas cuando reseñan discursos y conferencias, especialmente sobre temas polémicos. Y quizás puede deducir de esa cita aislada su contexto, y concluir que no hay nada injusto ni deshonesto en el uso que la militancia católica le está dando. Y hasta quizás también pueda encontrar alguna explicación satisfactoria y honrosa del hecho de que esa cita tenga, en su idioma original, 6 citas en Internet, cuando en español tiene más de mil. Yo, no.

Yo, lo que por ahora y hasta nuevo aviso concluyo es que, si de «medias verdades» y eufemismos hablamos, los católicos no podemos tirar piedras.

Y les ahorro, por ahora, conclusiones más negras. Mejor espero a que la sangre deje de hervir.

# | hernan | 5-febrero-2013

Desde fuera

«Conocer a los modernos para responder a sus dificultades y a sus expectativas.» Intención conmovedora. Pero este modo de proyectar y objetivar a «los modernos», de distinguirse de ellos para considerarlos desde fuera, inutiliza toda buena voluntad.

H. de Lubac – Paradoxes

# | hernan | 5-febrero-2013