El amigo imaginario

La esfera y la cruz es una novela de Chesterton, de 1909, casi contemporánea de Ortodoxia. El ateo Turnbull y el católico MacIan pasan casi todo el libro tratando de batirse a muerte por sus convicciones, y terminan enfrentados a un mundo moderno que los considera locos peligrosos y que trata de impedir el duelo. Cerca del final, son encerrados en una especie de manicomio, cada cual en su celda. Tras un mes de completo aislamiento logran establecer contacto por un agujero en la pared (c. 17):

—¿Quien está ahí? preguntó Turnbull, temblando de emoción, pero serena y firmemente resuelto a no desperdiciar ninguna coyuntura.
Tras unos pocos sonidos confusos, oyó que decían con fuerte acento de Argyleshire:
—Oiga usted, Turnbull, no podemos batirnos a través de este agujero, ¿no?
Sentimientos inefables dejaron a Turnbull sin habla el tiempo suficiente para que el silencio fuese penoso. Entonces dijo con su jovialidad habitual:
—Opino que hablemos primero un poco. No tengo ganas de matar al primer hombre que encuentro después de diez millones de años.
—Comprendo lo que dice —contestó el otro—. Ha sido horrible. Durante un mes mortal he estado solo con Dios.
Turnbull se estremeció y contuvo en la punta de la lengua esta respuesta: «¿Solo con Dios? Entonces no sabe usted lo que es la soledad.» Pero al fin respondió, en su modo provocativo:
—¿Estuvo solo con Dios? Supongo que la compañía de Su Majestad resulta un poco monótona.
—Oh, no —dijo MacIan, temblándole la voz—. Era demasiado excitante

A mí me todo esto me suena un poco a falso. Aunque mi oído no sea de confiar.

No necesito decir que me gusta Chesterton. Pero como novelista no tanto. Casi nunca me convencen sus personajes, y a veces (como aquí) no me convencen sus… parábolas. (Noto, de paso: el duelo a muerte que entabla el protagonista católico para defender el honor del catolicismo no se opone sólo a las «las ideas modernas», como les dice el moderno pacifista tolstoiniano… sino también a las ideas de la Iglesia católica; de hoy, de 1909 y de mucho antes; esta curiosa omisión es irrelevante -es inexistente- para muchos chestertonianos que, por otro lado, se escandalizan cuando el papa habla matizadamente de preservativos… pero ya lo notamos una vez a propósito de pecados etílicos: son los catecismos de las tribus católicas).

También habría que tratar de la tesis, acaso central, que podríamos formular así: el creyente convencido y el ateo convencido están menos lejos entre sí que lo que ambos lo están de… de qué… ¿del mundo moderno? O de otra manera: hay algo peor que el ateísmo, y es… ¿el mundo moderno?. Tesis por lo menos problemática, que ayer di por buena, sin mayor crítica – hoy, no.

Pero lo que me importa ahora es aquella respuesta del creyente: «He estado solo con Dios». (O «a solas con Dios», que también sería traducción válida). Digo que no me cae bien. Respuesta algo inhumana me parece, como también su frase inicial… Yo no sólo tiendo a empatizar con la respuesta provocativa del ateo, sino también con la otra, en lo que tiene de reproche.

¿Puede un creyente decir, honestamente, semejante cosa, tras un mes de aislamiento? He estado solo con Dios. ¿No es, en su contexto, una especie de jactancia, una falta contra la caridad y contra la veracidad? ¿No es impertinente, en el momento de hacer constar cuánto nos pesa la soledad y cuánto estimamos la compañía humana, hacer esa salvedad? He estado terriblemente solo… pero no tanto. ¿Puede Dios ser un “no tanto”? ¿El creyente tiene menos necesidad de compañía humana, porque está “con Dios”? El hecho de creer en Dios implica sentir su presencia, en el mismo plano en que sentimos la presencia de un amigo? ¿Es así? ¿Debe ser así?

Me dirán que el protagonista católico no pretende ser un modelo (ciertas limitaciones y estrecheces suyas son visibles y deliberadas; y muchos reproches que uno podría hacerle serían suscriptos por el mismo autor), y que hay que leer esto no como una novela psicológica sino más bien como una estilización, una parábola. Y que el protagonista no deja de admitir esta problemática en parte, puesto que su soledad “ha sido horrible” y no queda claro que la compañía divina le haya servido de consuelo. Lo mismo.

Y a riesgo de capear tormentas en vasos de agua, a riesgo de parecer que me ensaño absurdamente contra personajes de novela, quiero decir mi molestia. No es tanto contra el personaje, ni contra el autor; más bien sería contra el lector católico aquiescente, el que da automáticamente por buena la respuesta del católico – es decir, también contra mí. Y también un poco a favor del ateo, que aguantó su soledad verdaderamente solo.

Que, en todo caso, mejor verdaderamente solo que imaginariamente acompañado.

 

La fe nunca está sencillamente ahí, de forma que yo pueda decir a partir de un momento determinado que yo la tengo y otros no. […] La fe sigue siendo un camino. Mientras vivimos estamos de camino, de ahí que se vea amenazada y acosada una y otra vez. Y también es curativo que no se convierta en una ideología manipulable. Que no me endurezca ni me incapacite para pensar y padecer junto al hermano que pregunta, que duda. La fe sólo puede madurar soportando de nuevo y aceptando en todas las etapas de la vida el acoso y el poder de la falta de fe y, en definitiva, trascendiéndolos para transitar por una nueva época. […]

Para mí resultó inolvidable un pequeño encuentro en Munich, cuando era capellán. Blumscheid, mi párroco de entonces, era amigo del párroco de la vecina parroquia evangélica. Un día vino Romano Guardini a impartir una conferencia y los dos párrocos lograron hablar con él. Ignoro cómo transcurrió la conversación, pero después, Blumscheid me contó, estupefacto, que Guardini había dicho que cuando uno se hace mayor la fe no se vuelve más fácil, sino más difícil. Guardini debía de tener por entonces unos sesenta y cinco o setenta años. Como es natural, la suya era la esperanza específica de una persona melancólica y que había sufrido mucho. Pero, como he dicho, la situación nunca se resuelve del todo. Por otra parte se torna algo más fácil porque también la llama de la vida se empequeñece. Pero mientras uno está de camino, está de camino.

J. Ratzinger – Dios y el mundo (Entrevista con Peter Seewald – 2000)

Son manifestaciones conocidas. Un montón de verdades de Perogrullo. A mí esto no me atrae, no me genera ninguna situación en particular; no me dice nada.

Aníbal Fernández (sobre un documento de los obispos argentinos)

Yo creía demasiado en la Iglesia… o en el Vaticano, digamos. Era un niño, en suma. Golpearon a un niño.

L. Castellani (o un personaje suyo, que viene a ser él mismo)

Decíamos de lo duro y lo necesario que es desprenderse de las creencias infantiles para crecer. Dejar de creer en fantásticas perfecciones intelectuales y morales de papá, y aprender a quererlo con un amor más arduo y acaso más puro. Dejar de creer en Papá Noel, y dejar de creer en Dios como quien cree en Papá Noel.

Se da el caso de niños que tienen un amigo imaginario, compañero de juegos y conversaciones. Nada raro, ni patológico, dicen, mientras no dure más allá de los seis o siete años. A la corta o a la larga, los amigos reales resultan más ásperos pero son los únicos que llenan.

En cuanto los cristianos adultos contemporáneos… nadie puede hacer encuestas, y yo menos que nadie… pero pongamos que casi cualquier cristiano que intenta rezar ha sentido alguna vez, sobre todo en tiempos de sequía, el amago de sospecha de no estar hablando más que con un amigo imaginario; menos convincente y menos satisfactorio que aquel amigo de infancia. Pongamos que no todos han sentido tal inquietud; supongamos que algunos tienen una vida de oración fuerte y sencilla, y la confusión Dios-amigo imaginario les es, de hecho, enteramente ajena. Y pongamos que también hay, en el otro extremo, quienes efectivamente han hecho de Dios una especie de amigo imaginario, y viven así satisfechos: esa religiosidad o esa superstición les llena, y no ven la necesidad de crecer – y se irritan contra todo lo que amenaza la supervivencia del amigo imaginario.

O pongamos, mejor, que esta división es demasiado esquemática, que algo de cada uno hay en cualquier cristiano, con variantes (en cantidades y en calidades) según épocas, lugares, culturas. Y pongamos, sobre todo que el proceso de crecimiento es continuo, y tiene sus tiempos; hay, una edad para jugar con el amigo imaginario, y hay una edad para dejarlo morir. Relativamente hablando.

 Y si hay algo de cierto en que la fe se vuelve más difícil “cuando uno se vuelve mayor” (no sólo lo individual, también en lo colectivo), tapar esa dificultad debe ser contraproducente. Ante los apagones del mundo moderno, las jactancias cristianas (“en nuestro barrio tenemos luz”) no sólo suenan irritantes: también se perciben falsas y pueriles. El ateo juzga que cuando rezamos a Dios nos estamos aferrando a un amigo imaginario; y que ya estamos grandes para eso. Si se equivoca, peor para él. Si tiene razón, peor para nosotros… y, por nuestra culpa, peor también para él. Y adviértase que la cuestión de que el ateo tenga o no razón en eso es muy diferente de la cuestión de que tenga razón en su ateísmo. Es decir: si la relación que un creyente tiene con Dios es la de un adulto inmaduro que sigue fantaseando con su amigo imaginario, y si esto es visible para el ateo, esto es una desgracia que toca al creyente… suponiendo que Dios no existe; si, en cambio Dios existe, es una desgracia peor, y que toca a los dos. Hay que esforzarse, pues, por el bien de todos, en ser lúcidos, honestos y adultos – adultez relativa a nuestra época y nuestro contexto, se entiende. Si la mentira tiene patas cortas, la puerilidad (que es una forma de mentirse a uno mismo) también.

 

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