Archivo por meses: agosto 2012

Humildad y responsabilidad

… Era característico de ella que preferiese el elogio de la gente simple, «no literaria», al de los cultos y los críticos. Esta característica se acentuó después, cuando tras la publicación de Gloria, comenzó a recibir muchas cartas de personas simples que gustaron de su trabajo y, sobre todo, del personaje de la niña Kezia. Sintió que tenía una responsabilidad hacia esa gente. A ellos debía decirles la verdad y nada más que la verdad. Esta preocupación por la verdad, en lo que decía y en sí misma —para ser digna de decirla— se convirtió en la pasión dominante en sus últimos años. Se apartó de la literatura moderna: de los trabajos contemporáneos, muy pocos eran los que le parecían veraces. «Los escritores no son humildes», solía decir. No servían a la gran finalidad para la cual existe a literatura.

John Middleton Murry – introducción a los Diarios de Katherine Mansfield

«Me gustaría poder hablar no ya de una literatura comprometida sino de una literatura responsable», decía Marta. A mi ver, es más o menos lo mismo. Responsabilidad y humildad, de un lado, vanidad y propaganda (que eso es lo que habitualmente se entiende por «compromiso») del otro. Fidelidad del escritor a la misión que tiene – que es decir, respeto al público lector (que sea mínimo, no importa; y aun cuando el único lector fuera el mismo escritor, igual debería cuidar de respetarlo). Simone Weil llegaba a decir que la libertad de expresión debía ser total para quien NO hablara en nombre de un grupo. Y es que, para ser fiel a esa misión, para administrar honradamente el don recibido, hay que estar atento: lo que importa es ser útil – y para ser fiel a eso, no habrá que negarse a resultar «funcional al adversario», o a menoscabar la autoridad propia -individual o partidista.

Es claro que estas son -o deberían ser- preocupaciones propias de los escritores. Cosa que yo no soy. Igual.

En un ser humano, la inteligencia se puede ejercer de tres maneras. Puede trabajar sobre problemas técnicos, es decir, hallar los medios para llegar a un fin dado de antemano. Puede aportar luz cuando se trata de una deliberación de la voluntad en la elección de una orientación. Puede finalmente operar sola, separada de las demás facultades, en una especulación puramente teórica de la que se haya descartado provisionalmente toda preocupación por la acción.

En un alma sana, la inteligencia se ejerce alternativamente de las tres maneras, con grados diferentes de libertad. En su primera función es una sirvienta. En la segunda es destructiva y debe ser reducida al silencio cuando empiece a dar argumentos a la parte del alma que, en todo aquel que no se halla en estado de perfección, se pone siempre del lado del mal. Pero cuando opera sola y separada conviene que disponga de una libertad soberana. De lo contrario le falta al ser humano algo esencial.

SW

# | hernan | 31-agosto-2012

Contrapunteando

Sí, -me dice un amigo- sí, muy lindo ese texto de von Balthasar. Hermosas palabras, sí; pero… palabras.

¿Así que la Iglesia no se preocupa por «conservar e imponer su forma», sino por la salvación del mundo? Excelente. Ahora, cuando uno mira al catolicismo real, lo que parece primar es otro convencimiento: que la Iglesia debe conservar e imponer su forma para salvar a ese mundo. Y, como el mundo (la historia) parece conspirar para alterarla, pues entonces… que se hunda el mundo, pero que se salve la forma. ¿O no?

Que la Iglesia sea el «el organismo de la salvación escatológica que se ha manifestado en Cristo»… suena estupendo. Pero los católicos que yo conozco (sigue diciendo mi amigo) ni parecen creer demasiado en que esa salvación se haya realmente manifestado en Cristo en esa clave escatológica — y, por lo mismo, parece concebir a la iglesia como un instrumento (más que organismo) de salvación, y en esto en el sentido más craso. Hablando en plata: en el fondo no pueden concebir que la iglesia pueda tener eficacia para la salvación del mundo en su conjunto si, a los ojos de ese mundo, no tiene prestigio, si su autoridad (dogma y moral) no es reconocida, si la mayoría de los hombres no son nominalmente católicos. Eso, para empezar.

El «encogimiento de hombros» del mundo ante la Iglesia… podrá no desposeerla de su legimitidad — ¿tampoco de su eficacia? no sé. Lo que sé es que, a los católicos que yo conozco, ese desprecio es lo que más les duele, por lejos. Una amargura exasperada, mucho más visible que la alegría de la buena noticia. Da la impresión de que darían cualquier cosa por ese prestigio, por recuperar aquella cristiandad, más o menos imaginaria. A veces me pregunto si el anticristo no los comprará con eso…

En cuanto a la solidaridad con «los pobres y los oprimidos»… vamos, no me hagas reír que tengo el labio partido. Te puedo conceder que exista cierta caridad, a nivel individual; que sea algo específicamente cristiano, y esto a nivel planetario… yo no lo veo por ningún lado. Y de «la conciencia católica de la unidad de la humanidad en Cristo»… qué puedo decirte, no tengo muchas noticias. Lo que sí he leído son montones de denuncias y panfletos cristianos contra el antropologismo moderno (y otros ismos), lo que sí me consta es una actitud belicosa y desconfiada hacia todo lo que huela a humanismo —  por no hablar de «derechos humanos» y otras conquistas de la modernidad. En el discurso y en el sentir católico, la palabra «humanidad» (humanidad contemporánea, se entiende) viene en tonos negativos, casi siempre. Un pathos que no propicia  tareas planetarias y conciencias de unidad; más bien diría que propicia la deserción y hasta el sabotaje.

¿Así que «sólo los cristianos pueden tener motivo y ánimos suficientes para seguir recorriendo el camino de la historia»? Encantado de saberlo. Pero resulta que, si me atengo a la realidad, los cristianos (los católicos, al menos, que son los que tengo a mano) no los veo muy cerca de este ideal. Más bien me da la impresión contraria, de que ellos son los que menos entusiasmo tienen por recorrer ese camino, y menos interés en dar ánimos al prójimo viador —  y darse ánimos a sí mismos. Presagiadores de desastres, (y no sin jactancia1) al parecer sólo encuentran motivos para esperar que ese camino termine de una vez (escatología invertida)2. Viajan a desgano, porque no tienen más remedio, porque están en el mismo barco; pero resentidos y renuentes, porque una vez tuvieron (o creyeron tener) el timón en las manos, y ahora se les quitado (o eso creen), y no están nada de acuerdo con el rumbo presente, y no quieren remar y se sientan a un lado, enfurruñados. Lo único que les inspira alguna satisfacción, fúnebre, son las tormentas, las dificultades y las catástrofes (¿las cosas van mal? ¿vieron? nosotros teníamos razón).

¿Vislumbrar un «naufragio de la Iglesia» y un «naufragio del mundo»… como un destino en cierto modo común, solidario… y esperanzador? ¡Vamos! No es la visión del catolicismo que yo conozco. A este no se la pasa por la imaginación un «plan salvífico divino» que sea «coextensivo» al camino de la historia. Paparruchas de teólogos modernistas-historicistas, te dirían: a ver si nos enteramos: Dios no quiere el naufragio de la Iglesia y, por eso mismo, sí quiere el naufragio de este mundo; es decir, que Dios está de nuestro lado; habráse visto… ¿este von Balthasar… es alemán? bueno, suizo, para el caso es lo mismo —  quieren venir a «enseñarnos religión con sus almas brumosas y exóticas, cuando deberían escuelarse de nosotros [latinos] que tenemos claro el pesquis»3

Hasta aquí mi amigo. Que, ya habrán adivinado, no es más que un amigo imaginario. Como lo es el catolicismo que imagina conocer. O eso creo – o eso espero.

1. Poco o nada les dicen los dichos de Juan XXIII (el de la «sonrisa blanda» [sic]) contra los «profetas de calamidades» que no quieren aprender «de la historia, que sigue siendo maestra de la vida«. Ma’que historia, ¡maestro es Cristo, y la iglesia, y punto!. Y presagiar desastres es el signo distintivo del profeta: «cualquiera que conozca mínimamente las Escrituras sabe que todos los profetas, absolutamente todos [sic] son tipos difíciles, que vaticinan cosas que nadie quiere oír, que padecen persecuciones y toda clase de tribulaciones por decirlas a los cuatro vientos» [*]. O sea, son de los nuestros.

2. Mejor que todo termine, a que siga así. Castellani, Juan XXIII(XXIV)

3. Castellani, contando su propia reacción al leer por primera vez a Kierkegaard; especie de mea culpa, pero que deja sin desarrollar.

# | hernan | 28-agosto-2012

Preludiando

… Así pues, conforme a su finalidad, la Iglesia sólo tiene una existencia dinámica, está en camino; pero, considerada teológicamente, esta misión no es, ante todo, un hecho abarcable desde una perspectiva intramundana y sociológica (sólo en segundo término puede tener algo de esto), sino un acontecimiento eucarístico, que se desarrolla según la ley de la vida y de la autodonación de Cristo. Por consiguiente, la Iglesia renunciará a su propia forma, y tanto más cuanto más puramente viva a partir de su origen y, por lo tanto, cuanto menos piense en conservarla; su meta no es, pues, la imposición de su forma, sino la salvación del mundo; y la forma en la que Dios la hará brotar nuevamente a partir de su muerte por el mundo es algo que depende del Espíritu Santo.

… en la Iglesia no hay nada que sea inmortal o que no esté sujeto al destino, es decir, no hay ninguna «estructura» que esté fuera del acontecimiento de Cristo; cuando Pablo sufre y está en peligro, también sufre y está en peligro el ministerio que él desempeña; es Dios mismo el que guía a su Iglesia en todos los aspectos a través de la tempestades de la historia, y, en los momentos de gran peligro, no permite que las puertas del infierno prevalezcan contra ella. A este respecto, sería interesante comentar con detenimiento el relato del naufragio con el que se cierra aquella parte de la historia de la Iglesia que aparece reflejada en el N.T. (Hech. 27). Pero lo que allí naufraga de un modo tan fructífero no puede ser una realidad mundana cualquiera, una posibilidad, una ideología, un proyecto entre mil; a partir de Cristo (su origen), ha de llegar a ser plenamente lo que desde siempre es y debe ser: el fermento de la unificación definitiva del mundo en su totalidad, el organismo de la salvación escatológica que se ha manifestado en Cristo.

La reivindicación interior de la Iglesia según la cual su unidad ha de servir de ejemplo a la unidad del mundo no es osadía, sino obediencia a Cristo en la fe. El hecho de que esta reivindicación, al ser proclamada, provoque un encogimiento de hombros despreciativo, ya que la forma exterior de la Iglesia oculta de alguna manera su catolicidad, haciéndola aparecer más bien como una «Iglesia confesional» entre otras, y quizá pronto, como una secta insignificante compuesta de unos pocos miembros, no puede desposeerla de su legitimidad.

Es misión de la Iglesia reunir al mundo en la unidad bajo Cristo, que es la cabeza, a fin de ofrecer al mundo aquella unidad a la que conscientemente aspira, aunque, según todas las apariencias, de un modo estéril.

El movimiento de unificación del mundo, que hoy adquiere carácter planetario, adolece de una doble y flagrante contradicción. La primera es la progresiva fragmentación de la humanidad en dos bloques heterogéneos: el más pequeño, constituido por las naciones explotadoras, con elevado nivel de vida; el más grande, formado por los pueblos oprimidos, pobres y hambrientos. Sociológicamente, la Iglesia está ligada en su mayor parte al primero. Pero, por otro lado, vivimos en éste un rápido desmoronamiento del ethos: la acumulación de bienes engendra hastío, aburrimiento, necesidad de evadirse de este mundo artificial, ya sea a través de la embriaguez y del éxtasis, ya sea mediante la subversión anarquista de lo establecido (lo que pueda venir a continuación es indiferente).

Por lo que respecta a la problemática primera, la Iglesia ha de solidarizarse con los pobres y los oprimidos, no sólo haciéndolos conscientes de la dignidad personal del hombre, sino también combatiendo y atacando públicamente a los sistemas económicos basados en la explotación allí donde sea posible. Lo que hasta ahora habían hecho siempre algunas élites de la Iglesia, a saber, interesarse por los pobres, los débiles, los desamparados, los niños y los ancianos, los enfermos y los moribundos, se plantea en este momento como la auténtica tarea cristiana (teórica y práctica) a un nivel que ya no es particular, sino planetario, y se plantea a partir de la conciencia católica de la unidad de la humanidad en Cristo.

La segunda tarea es aún más difícil (Teilhard de Chardin ha presentido acertadamente su actualidad): se trata justamente de que la historia moderna de la libertad de la humanidad conduce a un punto en el que esta humanidad ya no ve ningún motivo suficiente para seguir adelante, y cae en la tentación de destruir el mundo y de autodestruirse. En esta situación, sólo los cristianos pueden tener motivo y ánimos suficientes para seguir recorriendo el camino de la historia. Ahora bien, ¿cómo exponer claramente a sus perplejos y desalentados contemporáneos este motivo, que sólo se hace patente en la fe? Primeramente, a través del ejemplo, a través de una solidaridad con aquéllos que se rebelan contra el establishment, la cual, partiendo de una crítica justificada y apelando a la buena voluntad, les demuestre que el cristianismo es algo más que una moral (es decir: amor espontáneo) y que un orden impuesto (es decir: un amor que crea un orden interior y va acompañado de una libertad plena).

No obstante, en modo alguno pueden esperarse sin más éxitos infalibles; suprimir las causas del problema —sobre todo, la acumulación de bienes técnicos de consumo— sin provocar la catástrofe total, es algo que no está al alcance de los cristianos y supera sus propias fuerzas. Al interior de la creciente cuestionabilidad del «único mundo», ellos han de representar la idea de la única salvación e intentar hacerla creíble. ¿En dónde está escrito que la evolución en la que se hallan inmersos los cristianos y que pone en manos del hombre un creciente poder sobre las cosas, deba y pueda conducir al mejor de los mundos posibles? Pero los cristianos son los únicos que pueden oponer a esta evolución que crece desmesuradamente un plan salvífico divino, siempre coextensivo y siempre anticipador, en cuanto escatológico; un plan en el que esta explosión apocalíptica está incluida, se da por descontada y adquiere el sentido de un presagio. Por eso no tienen miedo a lo apocalíptico, pues se les ha hecho familiar a través de la sagrada Escritura, en donde se dice que los hombres «mueren de terror», pero no por ello enmudece el júbilo en el cielo por la «cosecha realizada en el mundo». Y si la Iglesia ha de desaparecer eucarísticamente en el mundo, hasta perder la forma que le es propia, puede reconocer en el naufragio del mundo, cuya «forma» también «pasa», un destino que les es común a ambos y dar una esperanza a un mundo en ruinas.

Hans Urs von Balthasar (1972)

# | hernan | 21-agosto-2012