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Opiniones calificadas (más piedras)

¿Qué objeto tiene oír de antemano, predicho por los malignos, lo que vendrá? ¿Por qué desear este conocimiento, aunque fuera cierto? Esto no nos hace mejores personas; ni es en absoluto una señal de excelencia religiosa. Ninguno de nosotros es juzgado por lo que sabe, ni tenido por bienaventurado por su formación o sus conocimientos…
(Vida de san Antonio abad, por san Atanasio; citado en La Iglesia de los Padres, J. H. Newman)

Cuando el niño era niño, no tenía opinión sobre nada.
(Peter Handke; poema citado en Las alas del deseo, de Wim Wenders)

Pienso en las opiniones formadas, profesadas, atesoradas; juicios de valor, en gran parte. Yo las tengo, cómo no (este blog no me deja mentir); y no estoy nada orgulloso de tenerlas. Al menos, creo ver que mi bagaje de opiniones ha disminuido con los años; sobre todo en relación a mis tiempos adolescentes. Imagino que, en este aspecto, mi adolescencia -más bien escuálida y tardía- fue medianamente típica (difícil estar seguro, uno siempre tiende a creerse demasiado original o demasiado típico, según la conveniencia). Imagino yo que esas cosas no cambian mucho, y que el adolescente de hoy, igual que el de ayer y el de mañana, sigue puliendo y exhibiendo sus opiniones, para asegurar la pertenencia al grupo y afirmar al mismo tiempo su individualidad. Enfáticas aprobaciones y desprecios —pero sobre todo desprecios: personajes, músicas, ideologías, costumbres, peinados, marcas de jeans y zapatillas… La ortodoxia del clan. A la distancia, y según el clima, se puede mirar con simpatía, con humor o con piedad; al menos mientras se trate, literalmente hablando, de adolescentes.

En mi caso, había un entorno modestamente iniciático en lo musical: era de rigor desdeñar la música de moda (Michael Jackson…), había que escuchar rock no «comercial» (¿habrá sido la última generación que usó ese adjetivo peyorativo?), de la década anterior, preferentemente… Pink Floyd, Yes, Génesis, King Crimson… Favorecía el aura mística la dificultad de conseguir discos e información (no existían las PC, ni hablar de Internet… y ni siquiera vivíamos en Buenos Aires), el progreso en el enlightment era arduo y tenía su encanto… ¿Compraste «El lado de la oscuro de la luna»? … pero, sabés, para escuchar el verdadero Pink Floyd tenés que conseguir «Ummagumma»… Y poco después uno se desayunaba que no, tampoco, el verdadero genio, el incorruptible era Syd Barrett, (¿escuchaste «El flautista…»? no, es difícil, pero creo que el hermano de Fulano lo tiene… lo que pasa es que después Waters agarró la manija, hizo algo más … comercial… sí, como Phil Collins con Génesis, claro; ese tipo es nefasto)… Y así iba uno ascendiendo los grados de la iniciación, con el orgullo de compartir este saber con unos pocos; y uno repasaba y exhibía con satisfacción sus LP de vinilo (el primero de Invisible… con el simple!), sus casettes TDK etiquetados, sus rankings de calidad musical  y sus juicios maniqueos; y por ahí tiraba alguna diminuta herejía propia, para provocar minúsculos escándalos en la secta y sentir que uno tenía personalidad… Ah, éramos tan jóvenes…

Después crecimos y nos fuimos del barrio (Moris dixit)… y leímos algunos libros y algunos panfletos, asistimos a discusiones de política y de religión; deploramos la mediocridad de la TV, los diarios, los adolescentes, el mundo contemporáneo; lamentamos que tan pocos vieran las cosas tan claro como nosotros; descubrimos Internet, nos metimos en discusiones virtuales, hicimos un blog católico… y hoy nuestra fama nos tiene muy preocupados (Moris dixit 2).  Nos importa el cuidado de nuestro pequeño prestigio (ante nuestros ojos y ante nuestra tribu) de católicos sapientes – incluso (quizá sobre todo!) bajo pseudónimo.  Lo que pensamos (si a eso llamamos pensar) nos identifica, nos define; las opiniones que hemos acopiado son nuestro capital más preciado – y eso es ser el peor capitalista (Moris dixit 3).

Pero ¿a qué viene esto? ¿a propósito de quiénes? De todos, de presuntos adultos en general que siguen infatuados con sus sabidurías a medio hornear, de los militantes católicos en particular, de los discutidores que frecuentan blogs y foros, diagnosticando los problemas de la Iglesia y del mundo (me incluyo, por supuesto), de las diversas subculturas y microsectas: desde los más toscos (sede vacantistas y filo-lefebristas por aquí – panorama católico; foros carlistas y afines en España – hispanismo.org), pasando por los moderados o mediocres (no, no es lo mismo), hasta los más refinados (Wanderer/Tollers and friends por acá) – relativamente hablando, claro.

De hecho, estos últimos son los que me han traído a la memoria la adolescencia… Esa suficiencia de iniciados, esa  ortodoxia enteca, alimentada de repudios y desprecios frívolos (el episcopado argentino, «los teologazos del posconcilio»), esa erudición provinciana, pura munición de polemista; esos pastiches intelectuales presuntuosos e ineptos, esa pomposidad junto con esa campechanía impostada, de puertas adentro, vaso de whisky en la mano; esos reportajes cruzados… ¿No querés saber qué opino de Benedicto XVI? ah, dejame que te explique lo que pienso, escuchame: tiene sus méritos y sus bemoles (básicamente, acierta cuando es pesimista y desbarra cuando es optimista) y…  ¿Y Bergoglio? ¿y Kasper? Ah, a esos hay que execrarlos con ferocidad (santo y seña de pertenencia, el rol de Justin Bieber o George Bush o una falsa marca de jeans en otras tribus)… ¿y Lefebvre? Eso es más complicado, pero, dejame que te diga, si no fuera por él… ¿y Bouyer? ¿es de los nuestros o no? ¿y Danielou, es rescatable? ¿Maritain es  traidor? ¿Karl Rahner es hereje?  ¿el anticristo será de derecha o de izquierda? ¿el «pro multis» (bien!) pesa más en la balanza que el «ustedes» (mal!)? ¿hay que estar a favor de la SSPX?… Ah, interesante, es complejo, pero me alegro que me preguntes, he pensado en el tema, mirá… (bla bla bla)…  pero preguntame, por favor, a vos ya te escuchamos y te aplaudimos, ahora me toca, preguntame y te explicaré lo que pienso sobre Juan Pablo II y la papolatría, sobre el concilio de Trento y el liberalismo, la Tradición y la Revolución, el Opus y el IVE, y la guitarra en misa, y la democracia y los seminarios y…  ¡yo! ¡yo, señorita, yo !…

Adultos; y cristianos… Tiene su lado cómico, aunque también es triste. Tanta pasión gastada en una cosa tan insignificante: tus opiniones. Arroparlas, malcriarlas como hijos, tenerlas por lo más auténticamente tuyo, como tu patrimonio… No sólo vanidad, sino —peor— avaricia. Si donde está tu tesoro está tu corazón… qué triste que ese tesoro sea un montoncito de opiniones. El niño no tiene opiniones, queda dicho. Y, de última: el santo tampoco – no en cuanto santo. ¿A quién le importa si tal santo tuvo opiniones acertadas? Y lo mismo vale para cualquier prójimo; el prójimo que uno realmente ama nunca es amable por la calidad de sus opiniones. A la tarde, no te juzgarán por eso; a la hora de la verdad, el acierto de tus opiniones sobre la misa tridentina o sobre el episcopado argentino pesarán tanto como tus opiniones sobre el rock sinfónico… es de creer.

Pero ¿de veras lo creemos? No estoy seguro. No sé si la parábola del hijo obediente nos ha terminado de convencer.  «Hacer la voluntad del padre»… sí, está muy bien, claro, eso lo perfecto… pero… dado que no somos santos, dado que no llegamos a tanto, al menos nos esforzamos en saber cuál será esa voluntad del padre – para asentir a ella, claro, y defenderla y proclamarla. Digamos, como voceros y abogados, ya que no actores y obreros. Es un primer paso ¿no? Y, al menos, eso significa que estamos del lado correcto; «tener razón» en estos temas… no será lo fundamental, pero no es poco: significa que coincidimos con los criterios de Dios, que estamos de su lado ¿no es verdad?

No, no creo que sea verdad; para nada. Y no creo que sea «un primer paso»; si así fuera, las prostitutas y publicanos nunca podrían adelantar a los fariseos. Por no hablar del evangelio de hoy: Mt 7-21.

Si el niño no tiene opiniones, Dios tampoco. O mejor dicho: nos es dado conocer (en parte, por gracia) la voluntad de Dios, en lo que respecta a nuestro obrar. Y punto. No nos es dado conocer el pensamiento de Dios, y es absurdo de toda absurdidad imaginar una coincidencia de nuestras opiniones con esas supuestas opiniones de Dios. (Y es absurdo también rebuscar eso en los evangelios, haciendo deducciones detectivescas impertinentes sobre las opiniones de Jesús). Claro que importa formarse juicios certeros de las cosas, pero sólo en tanto eso forma parte de nuestro obrar en el mundo; no hay, en este sentido, diferencia esencial entre juzgar si en misa está bien tocar la guitarra, o si en nuestra computadora conviene instalar Linux.

Decía alguien (¿Castellani?) que una poesía de materia religiosa, por buena o devota que sea, no es de por sí una poesía religiosa. Claro está. Como que tener razón (o no) en cuestiones religiosas no es una cuestión religiosa. Imagino esta escena: Fulano cree que no debería permitirse comulgar en la boca; Mengano cree que deberíamos suprimir los reactores nucleares; Zutano cree que el enfoque bayesiano en estadística es el correcto. Los tres están muy convencidos, y militan por su convicción. Mueren, van a juicio. Pronunciada la sentencia -los tres son condenados al infierno- Fulano pide saber si, finalmente, tenía razón: se le dice que sí: no tendrían que haber permitido comulgar en la boca, nomás; Fulano se declara contento de haber tenido razón, satisfecho de haber estado del lado de la verdad y de Dios, acepta sumiso la condena, y allí se va. Los otros dos … preguntan lo mismo; se les responde lo mismo (hubiera sido mejor suprimir los reactores nucleares; y el enfoque bayesiano era correcto) y ellos… dicen lo mismo y se comportan igual. De estos tres absurdos imaginarios, el de Fulano puede parecer menos inconcebible, menos difícil de imaginar que el de Zutano y Mengano. Lo que yo no creo es que sea menos absurdo, ni una pizca.

Hay una ilusión horrible, me parece, en el fondo de todo aquello; la de imaginar a Dios como otro señor con opiniones sobre nuestras cosas;  y que nos importa «tener razón» para coincidir con él, para ser uno de los suyos; un poco como el adolescente chupamedias del líder de la clase (y no olvidar que estos chupamedismos pueden ser muy sinceros en su devoción, a veces hasta el sacrificio, sin esperar reconocimiento o recompensa).

Ilusión que tiende a hacer del cristianismo una teoría – una gnosis. Divorcio entre el conocimiento de la voluntad de Dios (peor: de los criterios de Dios) y del cumplimiento de esa voluntad, como si lo segundo fuera un segundo escalón, una siguiente etapa, que algún día, tal vez, acometeremos… una vez que terminemos de poner en claro cómo son las cosas – y lo segundo nunca llega. Esa eterno repaso de racionalizaciones no es ningún primer paso, ni propicia el cumplimiento de la voluntad de Dios. Porque esa voluntad sólo se conoce haciéndola. Y porque todo ese esfuerzo dedicado a amasar ese capital de teorías y opiniones propias sobre Dios, genera apego – y el apego debe entorpecer lo mismo que aquel esfuerzo pretende propiciar: escuchar y cumplir la voluntad de Dios – la cual, es de sospechar, muchas veces se opondrá violentamente a nuestras teorías: pensamientos de hombres. Aunque sean pensamientos de calidad (y bien está que lo sean), aunque intenten ser pensamientos sobre Dios (y bien está que lo intenten), siempre serán pensamientos de hombres.

Todo esto tiene otras ramificaciones y consecuencias: maneras de leer la Escritura (una fuente de datos: como un reportaje que se le ha hecho a Dios y que nos permite, no sin cierto esfuerzo detectivesco, conocer sus… opiniones) y de concebir la Iglesia (un magisterio que sabe lo que Dios opina, y que por eso tiene razón). Siempre, la cuestión parece que fuera tener razón. Y no, no creo que sea esa la cuestión.

Ahora, se me preguntará: ¿no estoy despreciando la razón, el esfuerzo de conocer la realidad, el discernimiento intelectual y cayendo en una especie de pietismo o fideísmo? ¿estoy abogando por el anti-intelectualismo?  Ah, el tema del intelectualismo… es complejo, pero es interesante, me alegro que me pregunten, he estado pensando en la cuestión y me he formado unas cuantas opiniones al respecto. Y creo -tan interesantes me parecen- que les dedicaré una entrada aparte.

# | hernan | 28-junio-2012

Otro pero

1 Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos
2 y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos.
3 Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen.
4 Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas…

Mt 23

Otro caso, muy parecido al de la adúltera, en el que la palabra de Jesús se usa para hacerle decir lo que no dijo. Lo advertí ayer, al hojear un librito católico tradicionalista; pero no es la primera vez, ni de cerca, que topo con esta lectura; yo mismo he hecho esta lectura, lamento decirlo.

La inversión tradi consiste (ya lo adivinaron? es fácil) en adulterar, una vez más, el acento del «pero». Jesús hace la concesión inicial («observad todo lo que os digan») para decir lo suyo: la admonición contra los fariseos y escribas (que se extiende por algo más de un versículo). Los tradis toman lo que dice Jesús como concesión… pero ¿qué nos dice Jesús?: «observad todo lo que os digan» … voilá!

Jesús, por lo tanto, nos está pasando el dato de que los fariseos y escribas, a pesar de todo, tienen razón

Y en esa clave de lectura, esto viene a significar que… la Iglesia «tiene razón». «Tiene razón» religiosamente hablando, claro. «Tiene razón», a pesar de todo: no sólo a pesar de las faltas clericales contra la caridad y la justicia (eso es lamentable, claro; pero… les inquieta muy poco) sino incluso a pesar del CV2 (eso les inquieta muchísimo). Y más: que esa característica (fidelidad en la conservación y trasmisión del dogma; lo cual viene a querer decir… eso: «tener razón») es la que define la esencia de la Iglesia – y que a eso y no a otra cosa se refería Jesús cuando dijo lo de que las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella. De eso se trata, pues, la gran promesa de Cristo; de que la Iglesia seguirá «teniendo razón». Es decir, que no caerá más bajo que los fariseos. ¿No es magnífico?

# | hernan | 27-junio-2012

Lo que debo hacer

A veces a uno le pasa —al menos a mí me ha pasado, en la ducha por ejemplo…— que debe decidir un curso de acción; y uno quisiera tener la certeza de cuál es la decisión correcta —cristianamente hablando (claro está que no sólo hace falta lucidez para discernir lo mejor, sino también voluntad para seguir ese camino, sí; pero aquí se trata de esa primera instancia, nomás)… y resulta que, de las varias alternativas a la vista, una se impone por su candidez, y en seguida se descarta como utópica: «Si yo fuera un santo, la decisión sería fácil: debería hacer aquello. Pero, como no soy un santo… no es tan fácil.» Y se pone a orejear las cartas que tiene en la mano.

Mal. Falsa salida. Fatal error. Reboot. Vuelve al casillero de salida y pierde un turno.

Es absurdo, es contradictorio poner que uno sabe lo que debería hacer si fuera un santo… y decirse al mismo tiempo que uno no sabe qué debe hacer ahora. Porque el razonamiento es muy simple: «Si yo fuera un santo, lo que debería hacer es X. Ergo… yo debería hacer X». No tiene vuelta de hoja, y la premisa «Yo no soy un santo», por verdadera que sea, no cambia absolutamente nada.

«Lo que yo debería hacer si fuera un santo» siempre es estrictamente idéntico a «Lo que yo debería hacer ahora».

Fantasear con que puedan ser cosas diferentes es mala señal. Señal de duplicidad de corazón, de no querer una sola cosa. Porque, una de dos: o mi premisa «Si yo fuera un santo… debería hacer aquello» es acertada, o no. Si es acertada, entonces ya la instancia de discernimiento está terminada, no hay que preguntar más «que debo hacer», puesto que ya lo sé; y si no hago lo que sé que debo hacer (y me distraigo estudiando alternativas), no puedo excusarme en mi no santidad: eso no es causa atenuante sino consecuencia agravante. O bien: es posible que mi premisa sea falsa, que me esté equivocando al creer saber «lo que debería hacer si fuera santo»; quizás esté más bien imaginando lo que un santo haría (quizás un santo determinado, un san Francisco de Asís… o acaso el mismo Jesús)… lo cual, muy probablemente, no pase de una fantasía piadosa; y en cuanto fantasía que me hace ser infiel a la realidad y esquivar mi tarea de ser santo en acto, tan o más pecaminosa que otras fantasías. Quizás sea cierto que los santos tengan las decisiones más fáciles; pero que sea fácil imaginar esa facilidad… eso es otra cosa. Y al fin de cuentas, ya que lo que a uno lo interesaba de entrada era decidir un curso de acción: difícil que la peor decisión sea peor que alimentar falsas ideas sobre la santidad.

# | hernan | 18-junio-2012