Archivo por meses: diciembre 2011

Cultura moderna y afines

… La realidad es que la cultura no forma parte orgánica de la espiritualidad cristiana. Existe incluso cierto utilitarismo teocrático: la cultura usada mayormente con fines apologéticos, para conquistar almas. Pero cuando la cultura empieza a sentir que ella es meramente tolerada, que es un cuerpo extraño para ser usado de acuerdo a las necesidades, se aparta y en seguida se torna autónoma, securalizada, atea.

Hay también una dificultad de fondo, inherente a su propia dialéctica: la cultura se opone a la escatología, al apocalipsis; rechaza todo fin, su esperanza secreta es perdurar en la historia. Y, al mismo tiempo, la actividad histórica del hombre sólo puede estar justificada por el descubrimiento de su sentido que tiende a un fin: Porque la forma de este mundo pasa (I Cor 7:31). Debemos escuchar en estas palabras una advertencia para no crear ídolos, para no caer en la gran ilusión de paraísos terrestres, ni siquiera en la utopía de la Iglesia identificada con el Reino de Dios. Igual que el mundo, la forma de esta Iglesia visible pasa. Y del otro lado, el hiperescatologismo que salta por sobre la historia hacia el fin del mundo y desemboca en negación ascética, priva a la historia de todo valor, empobrece la Encarnación y desencarna la historia.

La actitud cristiana no reside en la negación ascética o escatológica; es una afirmación escatológica. La cultura no tiene un desarrollo indefinido, no es un fin en sí misma; objetivada, se convierte en un sistema de coacciones. Cuando una cultura es verdadera, es un ámbito en el que hombre y mujer expresan su verdad; pero esa verdad excede el presente, la forma de este mundo – y por eso la cultura, en su apogeo, se trasciende a sí misma y se convierte en un signo, un símbolo. En todo caso, tarde o temprano, la moral, el arte, los aspectos sociales de la cultura se detienen en sus propios límites. Y hay que elegir: instalarse en el infinito viciado y embriagarse de su vaciedad, o trascender nuestras limitaciones para reflejar lo invisible en la transparencia de nuestras aguas límpidas. El Reino de Dios es accesible sólo a través del caos de este mundo. No es un transplante extraño a su ser, sino la revelación de su profundidad escondida.

P. Evdokimov

Es verdad que «hombre moderno» es una cosa, y «mundo moderno» es otra — y «civilización moderna» y «cultura moderna» son otras. Aunque también es verdad que están relacionadas, y que, cuando se trata de tirar palos, suelen caer dentro de la misma bolsa: la «modernidad». Y vale considerarlos así, en bloque, como también vale distinguirlos.

Más que cultura, yo arrancaría con civilización, por lo que esta palabra tiene de más amplia, elemental y humilde. Cultura, con o sin derecho, tiene un uso más selecto -arte sobre todo; mientras que civilización no tiene remilgos para acoger a best-sellers, series de TV, heladeras, cloacas, bancos (plazas y finanzas), piercings, reglamentos de propiedad horizontal y la costumbre de desear felicidades cuando el calendario marca un año nuevo.

En el caso del texto citado —que encontré hace muy poco, y con sorpresa, al azar de mis lecturas—, no hace mucha diferencia que cambiemos «cultura» por «civilización», creo; pero eso no me importa mucho. Lo que me importa es el paralelo obvio que se puede hacer entre el apocalipsis, visto como fin de la cultura humana, y la muerte individual, fin de nuestra vida terrena. Se me ocurre que a más de un católico autodenominado provida y contracultural le vendría bien considerar cuánto y como debería proyectar los valores que sustentan su oposición a la eutanasia (y al suicidio y al aborto) sobre su actitud frente a su cultura. Dicho de otro modo: tómese el argumento «esta cultura no quiere morir, se opone a la parusía; ergo esta cultura es mala, colaborar con ella es resistirse a la parusía», traspóngase cultura por vida humana, parusía por muerte personal, y considérese lo que resulta. Y no intente escabullirse con aquello de que no está en contra de la cultura sino de esta cultura, que me va a hacer escribir más…

# | hernan | 30-diciembre-2011

El hombre moderno – 2

«El encargado de mi edificio, impulsado por su tendencia demiúrgica, está siempre abocado a hacer, fabricar, crear…»

«Marcela, la recepcionista, vive habitualmente en lo abstracto, en un estado de volatilización, que ya es ahora su habitat natural…»

«Mis alumnos de la Facultad de Ingeniería son unos hombres sin sustancia, sin contenido, entregados al dinero, al poder, al éxito, al gozo ilimitado y sin restricciones…»

«El chino de cabeza cuadrada del mercado de a la vuelta se siente dueño absoluto de la naturaleza, desvinculado de ella, y así no vacilará en violentarla para llevar a cabo sus proyectos urbanos y edilicios…»

Este efecto de comicidad y absurdo que obtenemos al aplicar las generalizaciones sobre el hombre moderno a hombres concretos… en sí no demuestra nada, y hasta puede usarse como golpe bajo. Es verdad. Pero, en ciertos casos, puede servir para llamar a la sensatez y a la caridad. Creo que es el caso.

Ya sé que esto apenas moverá un pelo a aquellos teorizadores que parodié en la entrada anterior (se muevan al nivel del p. Sáenz o en esferas intelectuales más elevadas — e.g. Wanderer, Tollers and friends). Replicarán con displicencia que ese «hombre moderno» es un tipo ideal; es una abstracción, en cuanto no hay que buscar una concreción plena en tal o cual individuo actual; pero también es una realidad puesto que constituye el fondo de la mayoría de los hombres actuales. No hay que confundir la validez de una generalización con la validez de su aplicación —dirán.

Y por lo que hace a la caridad, dirán lo de siempre: una cosa es odiar el pecado y otra al pecador. Que el hombre moderno, en su tipología, nos parezca deplorable y quizás aborrecible, no nos impide compadecer y amar al prójimo concreto, por más moderno que sea. Y porque lo amamos queremos su salud. Es fácil —dirán.

Sí. Demasiado fácil.

Miremos un momento otras generalizaciones. Afirmamos cosas sobre el hombre medieval; el burgués del siglo XIX; el romano del siglo I; el hombre de izquierda; el hombre autoritario; el hombre de clase media; el hombre tímido; el hombre divorciado; el japonés; el argentino; el nerd; el hippie; el católico; el cinéfilo; el hincha de futbol. Recortamos porciones de la humanidad y los caracterizamos: estos son así, aquellos era asá. Y, dejando aparte el acierto de la descripción, es tarea válida. Hasta cierto punto. ¿Hasta qué punto?

La precaución más evidente es por el lado de la caridad: hay ciertas generalizaciones negativas que incitan al odio, al menosprecio o al encorsetamiento. Por aquí apunta la prevención actual contra los estereotipos —con algo de exageración, y con algo de razón. Porque creer que es tarea sencilla fustigar al tipo abstracto dejando intocado al individuo concreto, confiar en que nuestra condena al pecado genérico no desteñirá sobre el individuo pecador… es peligroso. No hace falta dar ejemplos, creo.

Esta prevención no prohibe las generalizaciones negativas, pero las hace problemáticas; una problemática paralela a la que trae el mandato «no juzgar», y que no puede contradecir la veracidad ni la justicia. Tampoco hay que creer que podemos separar dos momentos: primero analizamos con fría objetividad y dictaminamos implacablemente en privado («verdad»); y un segundo momento, el de la exteriorización, hacemos intervenir consideraciones políticas o pastorales («caridad»). Triste caridad sería, la que asomara recién cuando empezamos a redactar el predicado de la frase («El argentino es…»), en lugar de estar presente desde el primer momento en que nos la vemos con el sujeto.

En segundo lugar: si la caridad es inseparable de la verdad y la justicia, también las malas generalizaciones deben pecar por este lado. No por un error en los resultados, sino por algo más originario, por una intención torcida: generalizaciones interesadas. Esquemas forzados, a veces hasta el delirio, para cargar el mal a la cuenta de los otros, para confirmarnos que estamos del lado de los buenos. De nuevo, no hace poner ejemplos.

Así, lo que dice GKC de confrontar las teorías con el individuo concreto, la comprobación de que nuestras generalizaciones le calzan tan mal, puede funcionar como un sano llamado de atención, a poner los pies sobre la tierra; por el lado de la caridad (¿no estoy faltando al mandato del amor al prójimo?) y por el lado de la sensatez (¿no me estoy fabricando una idealización cómoda sin sustento real?).

Este llamado de atención debe ser útil siempre, pero especialmente con este temita del hombre moderno. Muy especialmente, diría yo… si pensamos el calibre de esta generalización, la enormidad que pretende abarcar y las enormidades prácticas que implican en mi ser cristiano.

Pensar por ejemplo, al hilo de lo anterior y con ejemplares concretos a la vista, si este hombre moderno caerá o no dentro de mi campo de acción, en qué grado será mi prójimo, en qué medida estaré armando con él un esquema irreal para cargar el mal en su cuenta y quedarme yo con la razón —o mejor, con mis pobres razones. Pensar, en suma, cuán grave es mi obligación de ser caritativo y justo en este caso, y cuán caritativo y justo estoy siendo. Y, de yapa, recordar aquello de que «nadie peca solo».

Y bien. Podemos, si prefieren, seguir gastando horas en decidir quién de nosotros tiene la mejor descripción fenomenológica del hombre moderno, quién acierta mejor y a mayor profundidad con las raíces de sus taras, quién arma el esquema más satisfactorio —que cierre y nos deje bien parados a los católicos dendeveras.

Podemos seguir repasando y puliendo nuestras teorías mentalmente mientras viajamos en el subte, apretujados por multitudes de hombres modernos.

Podemos incluso repasarlas durante la misa, rodeados de presuntos católicos que no piensan mucho en estas cosas —también hombres modernos, probablemente. Quizás no llegamos a dar gracias a Dios por no ser nosotros hombres modernos… estamos lo bastante despiertos como para esquivar fariseísmos tan explícitos; no sé si no estamos tan despiertos como para preguntarnos si nosotros mismos seremos hombres modernos o qué.

Mientras tanto, mientras nos paseamos mentalmente por nuestras teorías, nuestros juicios y nuestras respuestas, ha llegado la Navidad. El cura de esta misa no es ni muy muy ni tan tan… nos irrita un poco con alguna liturgia levemente incorrecta, pero bueh, estamos acostumbrados, y ya se sabe, estos seminarios modernos… En la homilía dice lo de siempre: que Dios vino a los hombres, y que Dios viene a los hombres; que para salvar al hombre Dios se hace hombre. Y bueno, no está mal. Le damos un aprobado. Al menos no dijo (¿no?) que Dios se hace hombre moderno… je… ahí sí que nos indignaríamos… pero no… no nos indignamos… porque no lo dijo… no es que estemos muy alegres, tampoco… aunque sea Navidad… sí, uno quisiera alegrarse, pero, como están las cosas… no es fácil, vio… fíjese qué mal está todo (es decir, el mundo moderno) que si logramos pasar la misa de Navidad sin indignarnos, ya nos damos por satisfechos. Como decía uno de estos que saben, es de creer que los primeros cristianos nos envidiarían…

Yo sospecho (nada original lo mío) que el lamento por la corrupción y la decadencia nunca-antes-vista del mundo moderno es muy antiguo. Imagino yo que veinte siglos atrás escribas y fariseos de Jerusalén se juntarían a analizar la situación (momento oscuro de la verdadera religión; y ni un profeta en tantos años!), a deplorar la influencia corruptora del intelectualismo y el esteticismo helénico, y la brutalidad idólatra del poder romano. Ay, quién pudiera barrer con todos estos, los enemigos (no nuestros, sino del Señor). El celo por Su casa, el sufrimiento piadoso, los análisis sobre las causas de los males, los culpables de ayer y los de hoy, las perspectivas razonables, los apocalipsis imaginables…

… esos terroríficos «laberintos de espejos» que él ama construir, se derrumbarían si sonase adentro la risa de un niño.

Castellani, criticando a Borges. No estoy seguro del acierto de su crítica, ni en general ni en este particular. Pero sí que la risa de un niño alcanza para derrumbar muchas de esas impresionantes construcciones de los intelectuales. La risa de un niño, o también el llanto de un bebé.

«El Verbo de Dios puso su morada entre los hombres y se hizo Hijo del hombre, para acostumbrar al hombre a percibir a Dios y para acostumbrar a Dios a poner su morada en el hombre según la voluntad del Padre. Por esto, Dios nos dio como signo de nuestra salvación a Aquel que, nacido de la Virgen, es el Emmanuel» (San Ireneo, siglo II)

También aquí tenemos una idea central muy hermosa de san Ireneo: debemos acostumbrarnos a percibir a Dios. Dios normalmente está lejos de nuestra vida, de nuestras ideas, de nuestro actuar. Se ha acercado a nosotros y debemos acostumbrarnos a estar con Dios. San Ireneo con audacia se atreve a decir que también Dios debe acostumbrarse a estar con nosotros y en nosotros. Y que quizá Dios debería acompañarnos en Navidad; debemos acostumbrarnos a Dios, como Dios se debe acostumbrar a nosotros, a nuestra pobreza y fragilidad. Por eso, la venida del Señor no puede tener otro objetivo que el de enseñarnos a ver y a amar los acontecimientos, el mundo y todo lo que nos rodea, con los ojos mismos de Dios.

B16 (Navidad 2010)

Feliz Navidad para todos los que pasen por acá.


# | hernan | 23-diciembre-2011

El hombre moderno – 1

¿El hombre moderno? Ay, el hombre moderno… no es lo que era. ¿Qué, quiere ud. saber cuál es el problema con el hombre moderno? ¿Quiere un diagnóstico? Aaaahh, de eso sí que sabemos los católicos dendeveras; es nuestra especialidad. Somos poquitos, pero, en proporción, tenemos tantos analistas, polemistas y conferencistas, tantos eruditos comentadores de blogs, hay tanto sermón, ensayo y libro dedicado a eso… casi no hacemos otra cosa, vea. Atienda bien lo que le digo: el problema fundamental del hombre moderno es… uf, mire, no sé por dónde empezar… la esencia, la raíz del mal, si uno sabe mirar, está en… bueno… digamos… el … el subjetivismo antropocéntrico… o sea, el idealismo de cuño cartesiano, que comporta un olvido del ser y de nuestra condición creatural, lo cual está estrechamente ligado al pesimismo protestante, el capitalismo y el comunismo, o sea, la Revolución contra la Tradición, la infiltración judeo-masónica, la conquista cultural al estilo gramsciano, y el non serviam luciferino que tan bien supo ver Dostoyevsky. Todo lo cual, bien mirado, hunde sus raíces en el nominalismo ockhamista, junto a la decadencia de la escolástica, y, a remolque, la Reforma y también la Contrarreforma, el anticlericalismo tanto como el clericalismo; sin olvidar el voluntarismo suareciano, el Barroco, el Iluminismo, y de postre el actual secularismo desacralizador; o sea: Lutero, Descartes, Rousseau, Kant, Marx, Freud, Maritain (el segundo), Rahner, y siguen las firmas. Que viene a ser como decir: pelagianismo. O sea: racionalismo. O también: irracionalismo —la otra cara de la misma moneda. Que es decir también: nihilismo; y ateísmo, y agnosticismo, gnosticismo, panteísmo, deísmo, paganismo post-cristiano, positivismo cientificista, naturalismo materialista, inmanentismo, historicismo, laicismo, liberalismo, igualitarismo, criticismo, relativismo, modernismo, neomodernismo, postmodernismo e via dicendismo. De aquí proviene este hombre light que conocemos, hedonista, progresista, optimista en la superficie y desesperado en el fondo, sin tradición ni pietas, refractario a la verdadera jerarquía pero dócil al adoctrinamiento mediático —un boludo, para decirlo en argentino. Todo lo cual enlaza i-ne-vi-ta-ble-men-te con el mundo feliz de Huxley, la manipulación pedagógica, el marketing y la psicología de masas, la trivialización del sexo, el Estado contra la familia, el nuevo orden mundial y el endiosamiento del hombre, meta indisimulable de este proyecto demiúrgico-fáustico-prometeico que …

Eh, espere, no se vaya. Lo admito, quizás abundé demasiado en las causas profundas, ¿no? claro, usted seguramente quería algo más digerible, simplemente descriptivo: el hombre moderno es así y asá. Y, aparte, por ahí ud no confía mucho en mí, y quiere palabras de más autoridad, en letra de molde. Bueno, venga, acá le conseguí algo. Sepa ud., por si no lo sabía, que el hombre moderno es…

…un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito, al gozo ilimitado y sin restricciones…

… lo primero que advertimos en el hombre de nuestro tiempo es su escasa interioridad, una insuficiencia de vida interior que, paradójicamente, puede ir unida con un marcado subjetivismo…

…ha perdido la capacidad de recogimiento y de concentración…

…. Impulsado por su tendencia demiúrgica, está siempre abocado a hacer, fabricar, crear…

…una desmesurada actividad exterior, una lamentable pérdida de energía interior, una incapacidad de vivir en sí mismo, de habitarse, de ahondar en la propia interioridad, abocándose con la totalidad de su ser a las sucesivas y numerosas actividades por las que entra en comunicación con el mundo exterior

… el culto de la cantidad, de la extensión, la avidez de noticias, de novedades

…el hombre de hoy es un hombre que ha perdido sus arraigos

…el hombre quedó cada vez más solo e inerme ante un Estado cada vez más omnipotente, sin raíces en las familias, en las asociaciones intermedias, en la patria, en Dios.

… el hombre demiurgo se siente dueño absoluto de la naturaleza, desvinculado de ella, y así no vacilará en violentarla para llevar a cabo sus proyectos urbanos y edilicios.

… desarraigo de todo lo que es orgánico: familia, patria, profesión, Iglesia, que el hombre de nuestro tiempo considera no como un seno sino como una tumba para su búsqueda de plenitud humana, hace que viva habitualmente en lo abstracto, en un estado de volatilización, que ya es ahora su habitat natural…

…la impotencia en que se encuentra el hombre moderno de encarnar en su vida propia un ideal personal…

De un libro del padre A. Sáenz (argentino, del palo*) llamado justamente «El hombre moderno«, 218 páginas, editorial Gladius (idem). Hay mucho más, y todo en el mismo registro, creo que esta breve selección azarosa es representativa. No sólo del libro, no sólo del autor, no sólo de la editorial, no sólo del lector.

El libro lleva como subtítulo: «Descripción fenomenológica». Yo no estoy seguro de entender el adjetivo, y tampoco estoy seguro de que el autor lo entienda. Pero suena grosso, no me diga que no.

Verdad es que, a golpe de vista, la tal descripción fenomenológica parece seguir una receta bastante simple:
Sujeto = «el hombre moderno»
Predicado = «es un tarado»
Repítase esta oración unas mil veces (a un promedio aproximado de cinco por página), variando el contenido material del predicado pero manteniendo constante la valoración —es decir: siempre denigrando; agréguense ornamentos sintácticos y lugares comunes retóricos tribales, a modo de excipiente. Y ya está.

Receta simple, pero eficaz —considerando que esta miseria, esta cucaracha llamada «hombre moderno», nos es ajena: no está con nosotros, sino con los otros. Es alentador.

Y, si se fija bien, está en línea con lo que traté de explicarle al principio.

Hace poco, a cuento del mal reaccionario, traje el reproche de Chesterton contra el pesimista: no ama lo que fustiga. Bueno… vuelvo a traerlo ahora.

Y, pensando en estos diagnósticos sobre «el hombre moderno», recordé algo más de Chesterton … aunque me costó bastante (mi memoria no es lo que era) encontrar la fuente: aquella señora Buttons como piedra de toque de las generalizaciones…

Es un lugar común —y no deja por eso de ser verdad— que necesitamos tener un ideal en nuestra mente para contrastar nuestras realidades. Pero es igualmente verdad, aunque menos evidente, que necesitamos una realidad para constrastar nuestros ideales. Así, yo he adoptado a la señora Buttons, de Battersea, empleada doméstica, como piedra de toque de todas las teorías modernas sobre la mujer actual. Su verdadero nombre no es Buttons; de ninguna manera es una mujer despreciable, y tampoco es una figura enteramente cómica. Tiene una postura encorvada y poderosa, y una cara fea y a la vez atrayente; un poco como Huxley -sin las patillas, eso sí. El coraje con que soporta los infortunios más brutales tiene algo de estremecedor. Su ironía es incesante y de gran inventiva; su caridad práctica es enorme; y no sospecha en absoluto el uso filosófico que yo le estoy dando.

El caso es que cuando escucho la generalización moderna sobre su sexo, de cualquier lado, simplemente sustituyo su nombre y observo cómo suena. Cuando de un lado el sentimental dice «Dejemos a la mujer contentarse con su tarea de ser delicada y exquisita, una cuidada obra de arte social y ornato doméstico», entonces yo repito lo mismo en la otra versión: «Dejemos a la señora Buttons contentarse con su tarea de ser delicada y exquisita, una cuidada obra de arte social y ornato doméstico». Es extraordinario cómo cambia todo con esa sola sustitución. Cuando del otro lado los panfletos sufragistas dicen: «La mujer, llamada a la vida por las proclamas de Ibsen y Shaw, abandona ya su fastuosa vistosidad y exige tomar las riendas del imperio y la antorcha del pensamiento especulativo»… para tratar de entender semejante frase, hago el reemplazo y repito: «La señora Buttons, llamada a la vida por las proclamas de Ibsen y Shaw, abandona ya su fastuosa vistosidad y exige tomar las riendas del imperio y la antorcha del pensamiento especulativo»… Por algún motivo, suena muy diferente…

Hay algo más aquí (y el resto del ensayo tiene valor propio), que el mero efecto cómico de inadecuación, casi inevitable cuando se pasa de la generalidad al individuo. Pretender que eso automáticamente invalida la generalización, sería un sofisma. Pero si no la invalida, al menos la cuestiona. Eso, para empezar.

Y me temo que esto, aunque sea continuación, recién empieza.


* «Cuando era apenas poco más que un adolescente comencé a colocar en las hornacinas de mis devociones a los ídolos que, en aquella época, poseíamos todos los chicos del palo: el padre Sáenz y el padre Ezcurra, ambos en el mítico seminario de Paraná» – comentario de uno de estos, en uno de esos blogs.
# | hernan | 15-diciembre-2011

Dostoyevsky por A. Petrov


Aleksandr Petrov es un animador ruso que usa una técnica muy particular: óleo sobre vidrio, que retoca cuadro a cuadro.

El sueño de un hombre rídiculo es un corto suyo, sobre un relato del gran Dostoyevsky.

Parte 1

Parte 2
 
# | hernan | 3-diciembre-2011