Mi campo de acción

El pecado específico del reaccionario sería, pues, contra la caridad: no amar el propio tiempo, que es una especie de prójimo. Concedido que este prójimo lo es en un sentido impropio. Concedido que este amor no debe ser acrítico ni servil; concedido que cierto odio a este prójimo puede ser válido y meritorio. Pero todas estas concesiones no anulan lo primero, ni lo postergan. Lo primero sigue siendo lo primero.

Si hay algo de verdad en esto, si ciertos temperamentos y ciertos grupos humanos son tentados preferentemente por este lado, y si uno se reconoce con esas tendencias, es de suponer que uno hará bien en pelear especialmente contra aquello. O sea: hacer fuerza para amar mejor a este tiempo – y odiarlo mejor, si acaso. En eso estamos.

Una amiga mía, un poco harta ella, me preguntaba por qué machaco tanto con esto… ¿qué ganamos al sopesar cuánta razón tienen reaccionarios contra progresistas en su juicio (en contra o a favor) del tiempo presente? ¿Importa? Al fin de cuentas ¿quién nos ha mandado a evaluar la calidad de nuestro tiempo, a compararlo con otros tiempos, a decidir si aprueba o desaprueba no sé qué examen? Hablando en cristiano, no parece ser esa nuestra tarea. Si se nos da este tiempo, no es para que lo juzguemos y le pongamos una nota, sino más bien para que lo trabajemos, como los talentos de la parábola. La cuestión es qué le devolveremos, al dueño del tiempo cuando vuelva a reclamárnoslo; y si resultaremos siervos fieles y diligentes, o infieles y perezosos.

Y yo no puedo estar más de acuerdo. A riesgo de machacar más: No estoy hablando de poner mejor o peor nota al siglo, o de recalibrar severidades e indulgencias. Eso juicios de valor me interesan poco; y las comparaciones, menos (querer decidir si el siglo XXI es mejor o peor que el siglo XI es para mí como preguntar si Juan adulto es mejor que Juan niño; todos los tiempos están a igual distancia de Dios, como todas las edades). El odio al siglo (y a cualquier cosa) sólo puede ser justificado en la medida que es una especie de tarea —y una tarea para mí; nunca si es una mera reprobación, un juicio de valor más o menos negativo que se hace como desde afuera. Y, simétricamente, lo mismo vale para el amor. De ahí el criterio de la realidad, como piedra de toque: lo real, al contrario de lo imaginario, es «lo que me da trabajo» : lo que me es trabajoso y lo que me es trabajable (con perdón). Esto, y sólo esto, es lo que estamos llamados a amar… y eventualmente —impropiamente— a odiar. El resto, es vanidad de vanidades; y, en la medida en que distrae de ese llamado (y que desoye el mandato de «no juzgar») es pecado.

La cita anterior de Kierkegaard llamaba a «encontrarnos y permanecer en el mundo de la realidad misma, que es el campo de acción que se nos ha encomendado». Ese es el asunto. Y vale para el amor como para el odio.

Verdad es que los ámbitos católicos de derechas están más interesados por lo segundo. Es notable cómo los fascina el mal (el mal moderno, sobre todo); los agobia y los abruma, pero no pueden dejar de mirarlo, analizarlo, exhibirlo y condenarlo —desde afuera; una especie de morbo. Como ya dije alguna vez, parecen medir la calidad de su religiosidad por cuánto mal contemporáneo perciben, y por cuánto les duele.

Contra esta frivolidad fúnebre y exasperante, lo de Kierkegaard viene a cuento, con solo trasponer bien por mal, amor por odio. Y tampoco está lejos Simone Weil, ya citada:

Dios permite que el mal exista. Nosotros debemos hacer lo mismo con el mal que no tenemos posibilidad de destruir. Debemos permitir que el mal exista fuera de nosotros. Pero solamente fuera de nosotros. Es decir, fuera de nuestro poder.

No sólo en cuestiones religiosas. El mal en general, el que llena los diarios y la televisión, la mala noticia —política, cultural o policial— la carnada para indignados y lamentadores. Mal que no estamos llamados a curar de ninguna manera, mal que no nos atañe, dolor malsano en la precisa medida en que es estéril.

También quiero recordar aquí a Péguy — aquello de no fijar demasiado la mirada en nuestros pecados pasados. Porque el mal pasado se parece al mal ajeno (el que cae fuera de «nuestro campo de acción») en que ambos, contra lo que pretenden, no constituyen nuestra tarea actual: hoy y aquí, no son cosa nuestra. Y centrar la atención en eso nos envenena y nos estorba. Nos estorba, por ejemplo, para la acción de gracias, como apunta allí Péguy. Y nos estorba para hacer el bien — la milicia verdadera.

«La bandera del mundo» es el título de un capítulo de Ortodoxia (1908), uno de los mejores libros de G. K. Chesterton. Pensaba yo que no pocos de sus lectores, los que lo ven exclusivamente como un hábil fustigador de las taras contemporáneas (lo es… en parte), deben hacer cierta torsión para sintonizar con él aquí. A todos nos suena bien eso, sí, pero.. ese mundo al cual debemos una especie de patriotismo cósmico, una firme lealtad y una ferviente gratitud… ¿es realmente nuestro mundo, el contemporáneo? Se me hace que para algunos aquel es un mundo más bien ideal (“católico”, o “tradicional”), cada vez más más alejado del presente; como si, digamos, el mundo medieval estuviera más cerca que el contemporáneo de aquel mundo-al-que-debemos-lealtad. Lo cual, al hilo de lo dicho, vendría a ser una lealtad a un mundo menos real, un patriotismo imaginario —un patriotismo de renegados, si me apuran.

En ese capítulo Chesterton alude a dos tipos de actitudes opuestas, con etiquetas que estaban de moda entonces: optimistas vs pesimistas —con relación al mundo, se entiende. Y explica por qué ninguna de las dos actitudes tiene que ver con este patriotismo que él defiende. Me parece muy cercano a lo que acabo de decir, en cuanto que optimistas y pesimistas son los que creen que su tarea es hacer juicios de valor sobre el mundo que les ha tocado; comparar y calificar, criticar o aprobar: este mundo está más o menos bien, este mundo está más o menos mal. Pero ejercer la lealtad para con tu patria, tu familia, tu vecindario, tu cosmos, tiene poco que ver con poner calificaciones —y defenderlas en discusiones, y leer libros para fundamentarlas, y armar conferencias y blogs para propagarlas…

Esta alternativa entre el optimista y el pesimista constituye un profundo error. La presunción implícita es que un hombre puede criticar este mundo como si estuviese por comprarse una casa; como si le estuviesen mostrando un nuevo edificio de departamentos. La persona que llegase a este mundo proveniente de algún otro mundo, podría discutir si la ventaja de tener bosques en pleno verano compensa la existencia de perros rabiosos, así como un hombre buscando vivienda podría evaluar la existencia de teléfono contra la ausencia de una vista al mar. Pero ningún ser humano se halla en esa posición. Una persona pertenece a este mundo aún antes de poder empezar a preguntarse si es lindo pertenecer a él. Ya peleó por la bandera y con frecuencia hasta obtuvo resonantes victorias para la bandera, incluso antes de ser reclutado. Para ser breves y expresar lo esencial de la cuestión: tiene una lealtad antes de tener cualquier admiración.

… nuestra actitud hacia la vida se puede expresar mejor en términos de una especie de lealtad militar que en términos de crítica y aprobación. Mi aceptación del universo no es optimismo, es más parecido a patriotismo. Es una cuestión de lealtad elemental. El mundo no es un socucho alquilado en Brighton del que nos podemos mudar porque es miserable. Es la fortaleza de nuestra familia con la bandera flameando sobre la torreta, y mientras más miserable es, menos la abandonaríamos. La cuestión no es si este mundo es demasiado triste como para amarlo o bien demasiado alegre como para no amarlo; la cuestión es que cuando se ama una cosa, su alegría es una razón para amarla y su tristeza es una razón para amarla más todavía. Para el patriota inglés, todos los pensamientos optimistas sobre Inglaterra y todos los pensamientos pesimistas acerca de ella constituyen razones igualmente valederas. De modo similar, el optimismo y el pesimismo, son argumentos equivalentes para el patriota cósmico.

Lo malo del pesimista no es, pues, que fustiga a los dioses y a los hombres, sino que no ama lo que fustiga. No posee esa primigenia y sobrenatural lealtad para con las cosas. ¿Qué es lo que está mal con la persona comúnmente llamada optimista? Obviamente que el optimista, deseando defender el honor de este mundo, se pone a defender lo indefendible. Es el patriotero del universo.

Se me dirá que una persona racional aceptará al mundo como algo en el que se mezclan lo bueno y lo malo, y lo hará con una satisfacción y una entereza razonables. […] Ya sé que esta sensación inunda nuestra época; pero pienso que es también lo que la congela. Porque para nuestros enormes proyectos de fe y de revolución, lo que necesitamos no es la fría aceptación del mundo como un compromiso, sino alguna forma en que podamos odiarlo y amarlo de todo corazón. No nos sirve que la alegría y la rabia se anulen mutuamente para producir un vulgar compromiso; lo que necesitamos es un entusiasmo más feroz y una insatisfacción más feroz todavía. Tenemos que sentir que el universo es el castillo del ogro a asaltar y, simultáneamente, que es nuestra propia choza a la que podemos regresar cuando cae el sol.

GKC

Concedo una objeción previsible, para terminar: es verdad que en esta cita estoy haciendo una lectura algo acomodaticia de Chesterton, es verdad que cuando él habla de «nuestro mundo» no está pensando específicamente en el mundo contemporáneo, y que el pesimista cósmico que él tiene en mente no es el que desprecia el mundo contemporáneo a expensas del mundo pasado, al modo reaccionario, sino al que desprecia el mundo a secas. Concedo que la lectura es acomodaticia; no creo que sea infiel.

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