Quasi palea

… El rabino inició la oración fúnebre. Yo conocía este tipo de oraciones. Eran un resumen de la vida del muerto, en el que se realzaba todo lo bueno que había hecho en vida; removía el dolor de la familia sin dar con ello ningún consuelo. Al final, con voz solemne y engolada, dijo el rabino: «Si el cuerpo se convierte en polvo, el espíritu vuelve a Dios, que es quien se lo dio».

Pero detrás de todo esto no había una fe en una pervivencia personal, en un reencuentro tras la muerte. Yo recibí una impresión muy distinta cuando, muchos años después, participé por primera vez de una ceremonia fúnebre católica. Se trataba del entierro de un sabio famoso. Pero nada se dijo en la oración fúnebre de sus méritos, ni del apellido que había llevado en el mundo. Sólo se encomendaba su pobre alma, mediante su nombre de pila, a la misericordia de Dios.

La que relata es Edith Stein, un su autobiografía inacabada (“Recuerdos de una familia judía”; en español cometieron la bobada de titularlo “Estrellas amarillas“). Tenía 10 años, y era el primer entierro que presenciaba, el de un pariente que se había suicidado.

No sé si hoy es tan fácil de percibir, la diferencia. Un ceremonial como el de los Habsburgo todavía puede emocionar, pero también puede resultar exótico y -sobre todo considerando el entorno- algo teatral… Así es como deberían ser las cosas, pero no sé si es así como son, en la mayoría y en el fondo.

Alguna vez -hace mucho- menté el aplauso que en algunos entierros de ahora le dedican al muerto; y, según el día, puede no caerme mal. Puedo entenderlo y hasta simpatizar. Pero, igual… si miramos cristianamente el asunto… no da. Difícil imaginar que en ese trance el muerto pueda mirar con alguna satisfacción sus virtudes y sus logros (quasi palea). Yo, al menos, puedo esperar que entonces los vivos me acompañen de alguna manera… pero lo último que puedo esperar es que me aplaudan, sea con las manos o con las palabras. Es como para volverse a morir de vergüenza, o de rabia.

Y no sólo en la hora de la muerte. Bloy no la dejó pasar, cuando en ocasión de la primera comunión de una de sus hijas, un amigo le envió las típicas lineas, devotas y necias…

Véronique no es ningún «ángel de luz» sino una pobre niña sobre la cual pesan seis mil años de desobediencia, que se prepara trémula para un acto extremadamente temible del cual depende su vida, y que tiene la más inefable necesidad de oraciones.

Cuatro años de cautiverio – 5-mayo-1902

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