Archivo por meses: octubre 2011

Reaccionarios – 4 (como a ti mismo)

Efectivamente, como varios lectores (menos de tres) me apuntan, vale completar simétricamente la consigna: Odiarás a tu prójimo… como a ti mismo. Por ahí va Gregorio, y también Cirilo:

No debe aborrecerse la vida, que aun el mismo San Pablo conservó en su cuerpo con el fin de poder anunciar a Jesucristo. Pero cuando convenía despreciar la vida para dar término a su carrera, confiesa que no es de ningún precio para él (Hch 20,24).

Odiar «la vida» en sentido amplio, a la par del dicho «el que quiera salvar su vida la perderá». Desapego. Sólo en ese sentido es justo y necesario odiarse a uno mismo; como así también al prójimo. No sólo personas: también cosas, ámbitos, lugares, tiempos. Despreciar la vida y sus cosas, y no especialmente las despreciables:

Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, Fil 3.7

Todo es basura -o estiércol; pero solo en ese sentido. Y en ese sentido debe serlo todo: la televisión argentina del siglo XXI como el canto gregoriano del siglo XI, Zapatero como Carlos V. Que no son cosas despreciables, las que desprecia San Pablo: celo, linaje, Ley; la propia vida.

Tener presente que uno mismo está entre esas «cosas a odiar» —más aún, que este es el modelo— hace todo más claro; y más difícil. Impide olvidar que «odio» es palabra impropia; que se trata de una tarea, subordinada al amor, y que se rige por el critero de lo real.

Un cristiano, cuando se le dice que debe odiar su propia vida, difícilmente se confunde; lo entienda como lo entienda, ve claro que eso no puede anular ni menoscabar la natural obligación de amar la propia vida (como dice Gregorio), sabe que no se lo está empujando a ningún suicidio, literal o metafórico. Y lo mismo con lo de odiar a los padres y a los hijos; está claro, siempre (o casi) que el amor es lo incondicionado, lo absoluto; y que nunca puede uno apoyarse en aquellas de palabras de Jesús para odiar en el sentido propio de la palabra -el que excluye el amor, la crítica que acaba en puro repudio: «mejor sería que no existiera».

Acaso está menos claro con otros objetos; los que suele odiar, por ejemplo, el tradicionalismo católico. Digamos: el Mundo Moderno (mayúsculas caras a Meinvielle y afines), y sus acompañantes – hasta el Hombre Moderno. No me parece, en la mayoría de los casos, que este odio cumpla aquellos requisitos: no me parece que venga fundado en un amor real (no cuenta el amor imaginario: el mundo como me gustaría a mí que fuera, o como imagino que fue en otro tiempo), no veo ni un poco de simpatía, compasión y delicadeza (la que naturalmente uno exige para el que critica a su familia o a su patria). No me parece que el «despreciado se vuelva mejor». No me parece que ese odio se ejerza con cierta violencia sobre sí mismo, «contrariando los apetitos», y, a semejanza de los profetas, aportando solidaridad y consuelo junto con la severidad y el desinterés del médico; y, finalmente, cuidando de ver en qué medida ese odio debe recaer sobre mí —y sobre nosotros.

Desprecio sin caridad, puro asco; odio irreal y egoísta, sin propósito medicinal y sin eficacia curativa, sin solidaridad y sin costo: eso es ser reaccionario en el mal sentido de la palabra. Y por lo que veo, hoy, en la mayoría del catolicismo de tendencia conservadora, es esto lo que predomina.

Menté antes al cosmopolita, el ciudadano del mundo que no tiene raíces en ninguna parte y no se siente ligado a una comunidad humana particular, con sus cosas propias, sus miserias y sus grandezas, sus frustraciones y sus esperanzas; el que usa del mundo para su subsistencia y su disfrute, pero no se siente obligado a la gratitud ni al aporte; el que «vive en el mundo como en un hotel». Supongamos que un tipo tal quiera justificarse apelando a la frase de Santa Teresa, de que «la vida es una noche en una mala posada». La frase está muy bien. Pero que no mejora su caso; más bien lo empeora.

# | hernan | 30-octubre-2011

Para venir a lo que no sabes

Partir es morir un poco, decían.

Partir; irse uno, de a poco, lejos. Irse yendo, igual que se va(n) yendo lo(s) que uno quiere. Irse al desierto, para morir al mundo, como aquellos monjes de antaño (pero, ¿estás seguro de lo que hacés? -le susurra el diablo a san Antonio – ¿no ves que el mundo y su historia siguen fluyendo, no ves cuánta potencia y belleza mueve la civilización, no ves que hay tanta gente necesitada de luz, que hay tanto que vivir, juzgar y enderezar, no ves que podrías participar de la empresa y dejar tu huella?). Concupiscencia de la vida. Desgajarse, relegarse. Perder contactos y perder contacto. Irse de la fiesta, temprano y solo (y desear que la pasen bien; que el mundo siga andando). Salirse de foco. No leer los diarios, no opinar, no despotricar, no aplaudir. No entender bien qué piensan, o de qué hablan. No adaptarse, no formar parte (tampoco -sobre todo!- de los inadaptados). Perderse el tren. Ir perdiendo la mano, el pulso. No figurar, no estar. Jubilarse, entrar al geriátrico. Niebla y ruido; sordera, ceguera, Alzheimer. Non plus ultra.

Todo es un poco como partir, que es un poco como morir. Bien mirado, no debe ser triste. Cuesta mirarlo bien, sin embargo. Se ve demasiado duro cuando se trata de uno, demasiado fácil cuando se trata de los otros.

(Por ejemplo: darse de baja en Facebook, hoy, puede ser como irse al desierto, como morir un poco. Y puede hacer bien, espero; aunque más no sea a modo de leve —levísimo— entrenamiento.)

Aprender a ver la vida como un aprendizaje de renuncia progresiva, un perpetuo menguar de nuestras pretensiones, de nuestras esperanzas, nuestro poder y nuestra libertad. El círculo se estrecha cada vez más; en los comienzos estábamos ansiosos por saberlo todo, por ver todo, por dominar y conquistar todo; y en todas direcciones fuimos topando con nuestros límites: non plus ultra. Nos había parecido que todas las bendiciones que alcanzaron otros hombres -fortuna, gloria, amor, poder, salud, felicidad, larga vida- estaban en nuestro camino; después tuvimos que dejar sueños a un lado, resignar una ambición personal tras otra, hacernos pequeños y humildes, aceptar sentirnos limitados, torpes, dependientes, ignorantes y pobres; arrojarnos en brazos de Dios, reconociendo que no valemos nada, que no tenemos derecho a nada. Sólo en esta nada se reecuentra la vida – la chispa divina que brilla en su fondo. Nos llega la resignación y, en el amor que cree, recuperamos la verdadera grandeza.

H. F. Amiel – Diario – octubre 1856
# | hernan | 28-octubre-2011

Reaccionarios 3 (Odiarás a tu prójimo)

El deber, entonces, es amar lo cercano; lo real; la realidad mía. La trampa (la tentación) es la de amar lo lejano, lo imaginario. Pero, al hilo de lo dicho, parecería que también está mal odiar lo lejano —casi simétricamente. Podríamos pues concluir que el odio, como el amor, hay que ejercerlo especialmente sobre lo vecino: amarás a tu prójimo… y odiarás a tu prójimo. ¿Puede ser?

Para empezar: está claro que esto del odio sólo puede entenderse en un sentido impropio. Así como no decimos (a menos que seamos maniqueos) que bien y mal, el ser y la nada, sean términos simétricos, lo mismo hay que decir de amar y odiar: no son simétricos. El deber de amar es absoluto, el de odiar es relativo. Hablando con propiedad, no hay que odiar — a nadie, nada, niente. ¿Y entonces? ¿Usaremos mejor otra palabra?

Cristo la usó, sin embargo: «Quien no odia a su padre, a su madre[…] no puede ser mi discípulo». Palabras incómodas, si las hay, que los comentaristas tratan de suavizar. Y no sin justificación – si parece que el mismo Mateo lo hizo… Ríos de tinta han corrido sobre este versículo, como sobre todos. Recuerdo que Bloy lo conectaba con lo de Juan 8.44 («Vosotros sois de vuestro padre el diablo…»)… y que Unamuno se irritaba ante los suavizadores, y lo relacionaba con lo de «traer fuego a la tierra». Pero ni Bloy ni Unamuno son autoridades en exégesis, claro está. La interpretación común viene a coincidir básicamente con Mateo («Quien ama a su padre o a su madre más que a mí…»); y más o menos todos sentimos que por ahí viene la cosa, aunque no nos llene, y a veces, según el caso, nos suene a falso. En todo caso, parece que conviene resistir la tentación de deshacerse de la molesta palabrita —odiar— aunque no nos quede muy claro de por qué Jesús la usó (pero ¿la habrá usado? respuesta afirmativa y explicación posible acá).

Y no es necesario tener una explicación redonda del dicho de Jesús para intuir a lo que apunta, y en qué sentido conecta con lo anterior. Entiéndase como se quiera o se pueda este odiar, en algunos puntos podemos estar de acuerdo. Que se trata de un mandato, es decir una tarea —no es un indicio o un criterio. Que nunca puede ser un mandamiento opuesto al del amor, como si debiera aplicarse a quien ha llegado a amar demasiado al prójimo, y tuviera que recortar o buscar un justo medio. Que es una tarea a ejercer específicamente sobre lo más cercano. Que por lo mismo, por oponerse a cierta tendencia natural, es un sacrificio: hay que hacerse violencia.

La explicación de manual dice que hay que odiar al prójimo «sólo en cuanto (nos) aleja de Dios». O, parecidamente, que hay que odiar al hombre pecador «en cuanto pecador», no en cuanto hombre; o más brevemente, que hay que «odiar el pecado y no al pecador». Está bien. Pero… esos «en cuanto» pueden tranquilizarnos demasiado, y escamotearnos la esencia del asunto, con su dificultad y su gravedad; sobre todo, los dos últimos puntos antes mencionados.

Acaso nos creemos capaces de hacer la distinción; si aborrecemos a fulano (y lo hacemos nuestro enemigo, aunque no lo nombremos así) es porque lo percibimos como malo (porque promueve el aborto, por ejemplo)… ergo, lo odiamos «en cuanto pecador», «en cuanto aleja de Dios». Y terminamos haciendo igual que los paganos (amando a los amigos y odiando a los enemigos), en nombre de nuestro celo cristiano. Peor todavía es hacernos la ilusión de que lo odiamos, no porque nos ofende a nosotros sino porque «ofende a Dios». No es así la cosa.

Tampoco es cuestión de delimitar sectores de las personas «en cuanto pecadoras», para enfocar ahí nuestro rechazo. Tengo, pongamos, un amigo querido (quizá un padre o una madre) que quiere eliminar toda imagen religiosa del «espacio público» (nueva consigna del progresismo vernáculo) o que admira a Dawkins, o a Tinelli, o a Victoria Donda; esto me entristece… naturalmente. Puedo decirme que amo a este prójimo y al mismo tiempo odio «esa parte mala» suya. Y puedo llegar a creer que esto tiene que ver con aquel dicho de Jesús -y con lo del evangelio de hoy («…he venido a traer la división…el padre contra el hijo y el hijo contra el padre…»). ¿Será así? ¿tiene que ver? No mucho, me parece.

Yo diría que ese mandato del odio (palabra impropia, repito; y mandato cualificado: «no puede ser mi discípulo») va más bien dirigido contra la relación (filial, marital, civil), contra el lazo, el reclamo, contra la exigencia natural de las relaciones humanas, las que nos religan -al mundo. Cosas sin duda buenas y necesarias (la familia, los amigos, la patria), y que sin embargo hay que odiar, en lo que tienen de ídolos que exigen un servicio absorbente y una lealtad absoluta. Tendemos, naturalmente, a dar por legítima la exigencia (esa es «la Ley»), y el servicio no nos da poco a cambio, casi nos da el aire para respirar; y debemos hacernos violencia para cortar y endurecernos – como ante un hijo malcriado que ya no podemos dejar de consentir. Simone Weil decía algo similar a propósito de esos animales interiores, ricos en astucias y exigencias: «No escucharse. Hacer callar a esos animales que gritan en mí e impiden que Dios me escuche y me hable […] lo que en mí, con diversos acentos de tristeza, exultación, triunfo, miedo, angustia, dolor, y cualquier otro matiz de emoción, grita sin descanso: Yo, yo, yo, yo, yo». Me parece que es lo mismo. De hecho, aquel dicho de Jesús incluye «la propia vida» entre las cosas odiables.

El Señor, para dar a conocer que este odio hacia los prójimos no debe nacer de la afección o de la pasión, sino de la caridad, añadió lo que sigue: «Y aun también su vida». Porque es evidente que amando debe aborrecer al prójimo el que lo aborrece como a sí mismo, puesto que aborrecemos con razón nuestra vida cuando no condescendemos con sus deseos carnales, cuando contrariamos sus apetitos y resistimos a sus pasiones. Ahora, puesto que despreciada se vuelve mejor, viene a ser amada por el odio.

San Gregorio – Catena Aurea

En este sentido hay que «odiar al yo», y en mismo sentido hay que «odiar» al prójimo. Por acá puede verse que la palabra es, en efecto, impropia… pero apta: a tareas duras, palabras duras. Y se ve también que es una tarea, no un sentimiento -ni un juicio. Sobre todo, y para lo que nos ocupa: tal odio nunca puede ser un sentimiento de partido (puesto que debe estar dirigido contra lo más cercano) y nunca puede venir mezclado de concupiscencia.

# | hernan | 20-octubre-2011

Quasi palea

… El rabino inició la oración fúnebre. Yo conocía este tipo de oraciones. Eran un resumen de la vida del muerto, en el que se realzaba todo lo bueno que había hecho en vida; removía el dolor de la familia sin dar con ello ningún consuelo. Al final, con voz solemne y engolada, dijo el rabino: «Si el cuerpo se convierte en polvo, el espíritu vuelve a Dios, que es quien se lo dio».

Pero detrás de todo esto no había una fe en una pervivencia personal, en un reencuentro tras la muerte. Yo recibí una impresión muy distinta cuando, muchos años después, participé por primera vez de una ceremonia fúnebre católica. Se trataba del entierro de un sabio famoso. Pero nada se dijo en la oración fúnebre de sus méritos, ni del apellido que había llevado en el mundo. Sólo se encomendaba su pobre alma, mediante su nombre de pila, a la misericordia de Dios.

La que relata es Edith Stein, un su autobiografía inacabada («Recuerdos de una familia judía»; en español cometieron la bobada de titularlo «Estrellas amarillas«). Tenía 10 años, y era el primer entierro que presenciaba, el de un pariente que se había suicidado.

No sé si hoy es tan fácil de percibir, la diferencia. Un ceremonial como el de los Habsburgo todavía puede emocionar, pero también puede resultar exótico y -sobre todo considerando el entorno- algo teatral… Así es como deberían ser las cosas, pero no sé si es así como son, en la mayoría y en el fondo.

Alguna vez -hace mucho- menté el aplauso que en algunos entierros de ahora le dedican al muerto; y, según el día, puede no caerme mal. Puedo entenderlo y hasta simpatizar. Pero, igual… si miramos cristianamente el asunto… no da. Difícil imaginar que en ese trance el muerto pueda mirar con alguna satisfacción sus virtudes y sus logros (quasi palea). Yo, al menos, puedo esperar que entonces los vivos me acompañen de alguna manera… pero lo último que puedo esperar es que me aplaudan, sea con las manos o con las palabras. Es como para volverse a morir de vergüenza, o de rabia.

Y no sólo en la hora de la muerte. Bloy no la dejó pasar, cuando en ocasión de la primera comunión de una de sus hijas, un amigo le envió las típicas lineas, devotas y necias…

Véronique no es ningún «ángel de luz» sino una pobre niña sobre la cual pesan seis mil años de desobediencia, que se prepara trémula para un acto extremadamente temible del cual depende su vida, y que tiene la más inefable necesidad de oraciones.

Cuatro años de cautiverio – 5-mayo-1902

# | hernan | 6-octubre-2011

Reaccionarios 2

Reaccionario… puede significar varias cosas; pero acá tratamos de aquella actitud belicosa, enemistada con el tiempo presente. En este sentido restringido podemos estar de acuerdo en que —por ejemplo— Bloy era un reaccionario.

Algunos lo han comparado con los profetas del Antiguo Testamento. Casi un cliché. Aquellos viejos profetas, ásperos e incorruptibles, fustigadores del mundo aburguesado y anunciadores del tronar del escarmiento. También es un lugar común (especialmente grato a aquellos tristes católicos de triste ortodoxia que necesitan sentirse acompañados) el hecho de que los profetas falsos, por lo general, eran los optimistas, los antiapocalípticos, los «acomodados al mundo».

¿Vale algo esta semejanza, justifica en alguna medida al reaccionario Bloy, y al reaccionario en general? Yo creo que sí – en su justa medida.

La aspereza del profeta -y la de sus émulos- es justa en la medida que es pura; desinteresada. Lo que fustiga es lo suyo: las ilusiones de la propia tribu (sea a amores imaginarios —el pasado glorioso, el culto, nuestro Yahveh— sea a odios imaginarios —el enemigo extranjero, como causa de todos los males). Lo del profeta podrá ser también una especie de odio; pero nunca egoísta, nunca sentimental ni aglutinador. Es un odio fecundo, que quema y cura, que no te distrae ni te soba el lomo.

Claro que es fácil engañarse; jugar al reaccionario terrible, mientras se hace trampas como gorda a dieta. Es fácil confundir el autosacrificio con el autohalago, la severidad medicinal con el resentimiento envenenador de viejo cascarrabias; y es difícil dar criterios externos. Pero se me hace que Bloy aprueba —no sin lunares— el examen. También su odio al mundo moderno era sin parcialidad («Negaba imparcialmente la ciencia y el régimen democrático», acierta aquí Borges). Sin ventajas y sin red. Lo suyo era «el desprecio universal, absoluto, hacia los hombres y las cosas», como dice en una página de su último libro. Era en cierta manera el ideal al que tendía, que sólo rozaba muy imperfectamente – como un músico o un poeta. Más fuente de frustración que de consuelo. Útil, sí, pero no al nivel de las utilidades al que uno instintivamente apunta. Su anti-modernismo no le servía para enfervorizar al católico practicante que leía La Croix, ni para verse retratado en el equipo de los buenos, ni para participar en marchas enarbolando banderas patrióticas o monárquicas -o religiosas. Ni siquiera para sentirse, como católico formado e informado, bien abastecido de juicios seguros sobre todas las cosas y las personas. Un «despreciador universal» no va hacer exhibicionismo de sus opiniones, no te va a dar reportajes esclarecedores de la situación, ni te va a explicar por qué tenemos que estar a favor o en contra de Dreyfus (y menos a repartir porcentajes de razón). Y es que todas esas vanidades tribales (los reportajes y los porcentajes, las opiniones y las votaciones, las militancias pro o anti dreyfusistas)… todo eso es justamente lo que el profeta debe despreciar y abominar.

¿Estoy poniendo a Bloy en un pedestal demasiado alto? No, no se trata de Bloy. Es, repito, la ilustración que tengo más a mano. Cierto que sólo en un sentido impropio puede decirse que Bloy sea un profeta (aunque von Balthasar —nada menos— lo afirma sin muchos reparos). También es verdad que ser profeta, en este sentido, no tiene por qué ser un modelo de perfección cristiana, así sin más. Y en fin, no sé si se ve claro por qué me parece mejor ser despreciador absoluto que parcial; y cómo es que esa especie de odio puede ser legítimo, sobre todo en vista de la obligación cristiana, grave e incondicionada, de amar al prójimo —lo cercano—… que de allí veníamos. Quizás ya se está viendo; y si no, veremos (y veremos acaso por qué importa verlo).

A todo esto: el texto de la primera lectura de la misa de hoy (Dios poniendo en su lugar a uno de sus profetas!) viene que ni pintado:

¿No me voy a conmover por Nínive, la gran ciudad, donde habitan más de ciento veinte mil seres humanos que no saben distinguir el bien del mal, y donde hay además una gran cantidad de animales?
# | hernan | 5-octubre-2011