Imaginación inservible

De un cuento de Borges —«El milagro secreto», que ya mentamos por aquí. El protagonista, condenado a muerte, trata de dominar el miedo:

… En vano se redijo que el acto puro y general de morir era lo temible, no las circunstancias concretas. No se cansaba de imaginar esas circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las variaciones. Anticipaba infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer hasta la misteriosa descarga. Antes del día prefijado por Julius Rothe, murió centenares de muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos fatigaban la geometría, ametrallado por soldados variables, en número cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras, desde muy cerca. Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos; cerrado el círculo, Jaromir interminablemente volvía a las trémulas vísperas de su muerte.

Luego reflexionó que la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces

En su momento (éramos tan jóvenes…) esto último me impresionó, simpáticamente: me pareció una estrategia vagamente familiar, cercana. Después, gradualmente, la sensación cómplice de compartir con Borges un secreto o una superstición se fue diluyendo. Muchos años después encontré en otro personaje de novela (¿Mauriac?) una estrategia prácticamente idéntica. No debe ser algo muy original, sospecho ahora. Y, sin embargo, me sigue llamando la atención.

La experiencia nos enseña (¿no?) que las cosas (lo humano y sus circunstancias: diálogos, reaciones, emociones) no suelen darse según las habíamos imaginado. Una puntería tan mala para prever, que parece exceder la casualidad, puede llegar a hacernos sospechar. Quizás las cosas no sucedieron así, precisamente, porque las habíamos imaginado. Así como algunas teorías físico-místicas de múltiples universos paralelos imaginan que en cada instante se produce una bifurcación de distintos universos posibles (yo estoy hoy en uno de los muchos universos que ayer eran posibles; pero no es que este sea el único que se dio; los otros también se dieron… pero son ahora otros universos), podríamos postular que el hecho de imaginar yo los rasgos de un futuro posible me bloquea el camino hacia esa bifurcación (y hay otro cuento de Borges sobre bifurcaciones, cómo no) y me desvía a otras. De estas concepciones a aquella «débil magia» hay sólo un paso: si tememos cierto futuro indeseable… imaginémoslo —con intensidad— para que no suceda.

Fantasías, claro. Y, aparte de refutaciones de sentido común, está la objeción pesimista: aun suponiendo por un momento que la magia funciona, quién te asegura que el futuro no nos guarda algo peor de lo que podemos imaginar. A todo esto podrían replicarnos, en vena pragmatista, que lo que en el fondo le estamos pidiendo a esta magia no es que nos salve de los males futuros, sino de un mal presente: el miedo (y sólo se teme al futuro imaginado). Pero esta es la típica falacia de cambio de planos; en el plano original se postulaba «Esto (imaginar tal futuro bloquea su ocurrencia) es un hecho»; objetamos: «Ese hecho es aparente, no puede ser real porque es irracional»; nos replican «Es racional, si lo miramos en este otro plano», el psicológico-pragmático. Pero pasarnos a este plano implica quedarnos sin el hecho. Puede ser racional que apelar a esa magia te quite el miedo; pero de hecho, no te lo quita.

No funciona, por más torsiones que le demos. Imaginar no funciona. Aprendemos pronto -jóvenes- que nuestras imaginaciones placenteras para nada propician la realización de ese futuro placentero. ¿Y si probamos a hacer funcionar la cosa “en reversa”, para propiciar la no realización de un futuro indeseable? Tampoco. No funciona en un sentido, ni en contrario; y es de suponer que el motivo de fondo es el mismo.

(Analogía: de adolescente leí en una revista sobre la típica martingala para jugar a la ruleta consistente en doblar la apuesta cada vez que se perdía; me interesó, la explicación de por qué debía funcionar sonaba convincente. Después leí, en la misma página, otra martingala posible, que también sonaba prometedora… y que consistía en lo contrario: doblar la apuesta cada vez que se ganaba. Mi cabeza, siempre matemática aunque todavía ayuna de teoría de probabilidad, intuyó fuertemente que si dos estrategias contrarias sonaban parecidamente prometedoras, era casi seguro que ninguna de las dos servía, y que su utilidad era ilusoria… por los mismos motivos. Intuición correcta.)

 

Imaginar el futuro no sirve, en ningún grado y en ningún plano.

Esto lo creía ya entonces, cuando leía a Borges; lo creo más aun ahora, cuando leo a Simone Weil. Imaginar nuestro futuro, cercano o lejano, deseado o indeseado, no sirve de nada; sirve menos que leer este post. Peor: es malsano. Para lo único que puede servir es para aprender que no sirve, y para hacernos pensar cómo es que no sirve.

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