Un trío insospechado – 2

La respuesta —al menos hasta cierto punto— de la adivinanza de ayer.

La cita es de Heinrich Böll, de un artículo que escribió en 1960 sobre Marx. La conexión que establece con los otros dos se refiere, más que a un aspecto de sus ideas, a sus vidas: o mejor dicho, a cierta manera de vivir con o para sus ideas. Böll contrasta al Marx de 26 años, recién casado, provisto de bienes, prestigio y brillantes perspectivas mundanas, con lo que fue su vida posterior…

…su magnanimidad no le dejó a Marx otra alternativa que aceptar el destino que le estaba dispuesto. Casi cuarenta años de exilio, trabajo agotador, miserias y sacrificios. Fue como un pordiosero obligado a aceptar los regalos de sus amigos. Las ideas que dominaron su inteligencia, que conquistaron su conciencia, que fundieron el entendimiento con esa conciencia, tales fueron las cadenas de las cuales no podría librarse, los demonios a los que sólo podía vencer sometiéndose a ellos… En la historia del espíritu occidental se conocen muy pocos ejemplos de personas que, persiguiendo lo absoluto, acepten privaciones y la más profunda necesidad, no sólo para sí mismas sino también para sus familias, como una maldición, y que sacrifiquen incluso a sus hijos: la mística italiana Angela de Foligno, el escritor francés Léon Bloy… y el doctor alemán Karl Marx. En cementerios de Londres están las prendas inocentes: Guido, Francisca Y Edgar Marx, a quienes Marx hubiera podido salvar con una pequeña concesión a la «realidad»; pero Marx, como Angela de Foligno y Léon Bloy, creía en una realidad distinta a la vigente en su época.

H. Böll – Artículos, críticas y otros escritos (ed Noguer 1975 – p 84)

Adivinanza resuelta. No era fácil, no.

Ahora ¿tiene razón? ¿Existe ese algo (esa, digamos, vocación por un absoluto, incomprensible para el entorno, aceptada y llevada como una especie de maldición ruinosa) y es cierto que esos tres son buenos ejemplos, y que es difícil encontrar otros?

A lo último (y por lo tanto a lo primero) yo me inclinaría a responder que sí: que existe y que es muy raro. Sabemos que es fácil imaginar montones de otros ejemplos: que fulano preferirió ser fiel a sus ideales y vivió pobre, que mengano pudo haber sido rico y famoso y sin embargo no pudo resignarse a perder su integridad moral, y etc etc. Pero también sabemos la fábula de la zorra y las uvas, y tenemos razones para sospechar que tantísimas acciones virtuosas (hagiografías incluidas) están contaminadas de amor propio. El mejor caso no suele pasar de “hacer de la necesidad virtud”. Que no es poco. Pero es mucho menos de lo que se trata aquí.

De los tres personajes ejemplificadores, el que menos conozco es el central: Marx. Ni de sus ideas ni de su vida. Así que ahí no me meto. No tengo, a priori, motivos para descreer; y, contrariamente a muchos colegas católicos, reconocer una alta virtud en Marx no me disgustaría en absoluto, al contrario.

Sí puedo animarme a opinar sobre Bloy. Y provisoriamente le doy la razón a Böll. Creo que sí es buen ejemplo, y de hecho es el único que se me ocurre. Y no lo digo por una especie de devoción personal, ni porque ante el nombre de Bloy se me disipen aquellas suspicacias – de hecho, cuando alguien le tira algún elogio a Bloy (literario, ideológicaoo moral) mi primer impulso es rechazarlo. Pero… esto que señala Böll, esto sí, este es el punto. Y lo vio también (un poco sorpresivamente para mí) uno muy alejado de Böll y no muy afín a Bloy: Castellani («¿Por qué no trabaja? ¿Por qué no hace algo útil, algo que rinda, aunque sea lavar platos? ¡Tiene mujer y cuatro hijos! Eso es lo cuerdo y lo moral. ¡Es un inmoral! [...] La vida de un lavaplatos sano e imbécil es un paraíso, comparada con la vida de Léon Bloy. ¿Y quién, pudiendo, no elegirá el paraíso? Si no lo elige, es porque no puede [...] Y bien, él quiere firmemente dejar de ser Léon Bloy, se debate peor que el mal ladrón contra el leonbluayismo; pero su “subconsciencia” (como decimos hoy) no quiere: su Destino, Fatalidad, Dios … quieren otra cosa…»). Pero, dirá alguno ¿acaso esto no es lo mismo que «hacer de la necesidad virtud»? No. Nada que ver.

¿Y qué diremos de la tercera -y terciaria- del grupo? La beata Angela de Foligno es una mística franciscana del siglo XIII – (B16 le dedicó una de sus audiencias de los miércoles recientemente). Yo había leído algo (poco y mal) sobre ella, y de ella; tenía una vaga memoria de algún problema o tragedia familiar, así que di por buena su inclusión, provisoriamente. Ahora, al leer las biografías que se encuentran por ahí, no me queda muy claro. Sí, perdió a toda su familia (madre, esposo y ocho hijos) de golpe, en las primeras etapas de su conversión – y ya antes su devoción era muy criticada y combatida por su familia, su madre sobre todo. Pero no encuentro mucho más que justifique el papel ejemplificador que le da Böll. Leo en su Libro de la vida (se puede bajar acá) el relato de la muerte de sus hijos… es un poquitín chocante:

Acaeció en aquel tiempo que, según el plan de Dios, murió mi madre. Me era de estorbo para seguir el camino nuevo. Mi marido y todos mis hijos murieron poco después. Por haber emprendido el camino y pedido a Dios me desprendiese de ellos, su muerte me sirvió de gran consuelo.

Por supuesto, los editores se apresuran a meter nota al pie para que los lectores no se escandalicen demasiado (como en Lc 14,26 – y citan lo que más tarde dice, sobre cierta época de su vida: «El vivir me era un tormento, mucho mayor que el dolor por la muerte de la madre y de los hijos y más que todo dolor que yo pudiera imaginar.») En fin, no sé. Es posible, pienso, que Böll (católico al fin y al cabo, aunque problemático) haya leído este libro -mejor que las reseñas hagiográficas-, conozca mejor a la beata y tenga razón. En cualquier caso, es buena excusa para que yo trate de conocerla mejor.

Un trío insospechado

Lo leí hace poco:

En la historia del espíritu occidental se conocen muy pocos ejemplos de personas que ……………. : la mística italiana Angela de Foligno, el escritor francés Léon Bloy… y el doctor alemán Karl Marx.

Me hizo gracia la selección. Raras compañías, nombres que no suelen mentarse juntos. (Yo conozco bastante bien al francés, algo a la italiana y muy poco al alemán.) Dejo a los lectores que traten de adivinar quién lo dijo y —más relevante— por dónde apuntan las palabras que omití, qué es lo que tendrían en común esos tres, y casi en exclusividad.

Una conclusión histórica

Estoy leyendo una historia de la Iglesia desde 1500 hasta 1970 (Giacomo Martina), y como para comparar se me dio por abrir otra que tengo a mano, en otro registro: la “Historia de la Iglesia Católica” de la BAC en cuatro tomos, por el P. F. Montalbán, completada por los P Llorca y Villoslada (todos jesuitas españoles), en 1951. Para muestra, de entre sus tres mil ochocientas páginas, aquí va la página final:

Conclusión

Quien haya seguido pacientemente la exposición de toda la historia de la Iglesia católica a través de cerca de veinte siglos de existencia, sacará, sin duda, la conclusión de que necesariamente existe una fuerza superior y divina que la asiste y protege.

Apoyada en esta fuerza sobrehumana, la Iglesia de Cristo venció las fuerzas inmensamente superiores del Imperio romano, empeñado en su destrucción; superó las insidias y las más peligrosas emboscadas de la herejía en la Edad Antigua; salió victoriosa de las embestidas de los pueblos invasores; se elevó a su máximo prestigio en la Edad Media, manteniendo durante varios siglos la verdadera hegemonía de los pueblos; salió a salvo de la mayor catástrofe provocada por el cisma de Occidente, las herejías y decadencia subsiguiente y el cataclismo de los falsos reformadores del siglo XVI; rejuvenecida y robustecida con la verdadera Reforma, iniciada en Trento, mantuvo la pureza de sus principios frente a los embates de las ideologías malsanas de los siglos XVII y XVIII; dominó la revolución y reaccionó valientemente contra el indiferentismo, racionalismo, materialismo y ateísmo del siglo XIX; intensificó más y más su acción eclesiástica y espiritual; aumentó incesantemente su prestigio con la infalibilidad del romano pontífice y la actuación cada vez más espiritual, elevada y universal de los papas de los siglos XIX y XX; llegó con el actual pontífice Pío XII a una situación tal, que es universalmente respetada, y el romano pontífice reconocido como la persona de más significación moral de todo el mundo. No bastan a explicar todo esto medios ni fuerzas humanas; se revela aquí, en una magnífica epifanía, la fuerza divina que la asiste.

En realidad, pues, en medio del desquiciamiento general de todos los valores morales, ante el antagonismo de ideas que se disputan hoy día el dominio del mundo sin ofrecer perspectiva ninguna de paz y seguridad, la Iglesia católica, el romano pontífice, son el único prestigio moral que se levanta en medio del mundo, dando una sólida garantía de seguridad, la única esperanza de salvación y faro luminoso capaz de guiar a la Humanidad, a través de las más negras borrascas en que se debate, al único puerto seguro, que es Jesucristo. La Iglesia católica y el vicario de Cristo, que la dirige, cuentan con la promesa formal de Nuestro Señor de que las puertas del infierno, es decir, todos los enemigos y todos los esfuerzos del mundo, no lograrán hundirla ni hacerla zozobrar. Su historia es la mejor prueba de esta realidad.

Y hete aquí que esta Conclusión de una Historia de la Iglesia, con su retórica, su talante y todo el montón de cosas en que se apoya, hoy es parte de la historia de la Iglesia. Historia pasada, por suerte.

Palabra vertida

Verbum Domini trae una cita de San Jerónimo:

Yo pienso que el Evangelio es el Cuerpo de Cristo; yo pienso que las Sagradas Escrituras son su enseñanza. Y cuando él dice: «Quien no come mi carne y bebe mi sangre…» (Jn 6,53), aunque estas palabras puedan entenderse como referidas también al Misterio [eucarístico], sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es realmente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios.

Cuando acudimos al Misterio [eucarístico], si cae una partícula, nos sentimos perdidos. Y cuando estamos escuchando la Palabra de Dios, y se nos vierte en el oído la Palabra de Dios y la carne y la sangre de Cristo, mientras que nosotros estamos pensando en otra cosa, ¿cuántos graves peligros corremos?

Lo de «nos sentimos perdidos» quizás no sea buena traducción. Original: «si micula ceciderit, periclitamur». No sé latín*, pero me suena algo tremendista – aunque ahora no se me ocurren buenas alternativas. La versión inglesa parece un poco demasiado libre: «we are troubled». En ambos casos se pierde el paralelo (periclitamur – in quantum periculum?)

No importa. La analogía se entiende igual: así como al momento de comulgar uno está atento al peligro de que caiga la hostia o una partícula al suelo, no menos debería preocupar el peligro de que la Palabra entre por un oído y salga por el otro. Por distracción, o —digo yo— por indocilidad.

Es elemental, pero también inquietante.

* De paso: ¿sabían de esta novedad de Google?

Obligación de elegir

Una mente algo entrenada en la gimnasia de la inteligencia sabe, como Pascal, que todo error proviene de una exclusión. En el límite de la inteligencia se sabe, a ciencia cierta, que toda teoría contiene una parte de verdad, y que de las grandes experiencias de la humanidad —aunque parezcan antagónicas, aunque se llamen Sócrates y Empédocles, Pascal y Sade— ninguna es a priori insignificante. Pero las circunstancias obligan a elegir. Es por eso que Nietzsche juzgó necesario atacar con argumentos fuertes a Sócrates y al cristianismo. Pero también es por eso que, al contrario, debemos hoy defender a Sócrates, o por lo menos lo que él representa; porque la época amenaza sustituirlos por valores que son la negación de toda cultura, y Nietzsche corre así el riesgo de conseguir una victoria que no habría deseado.

Esto parece introducir cierto oportunismo en la vida de las ideas. Pero lo parece solamente; porque ni Nietzsche ni nosotros perdemos conciencia del otro costado del asunto, y se trata sólo de una reacción de defensa. Y, finalmente, la experiencia de Nietzsche añadida a la nuestra, como la de Pascal a la de Darwin, la de Callicles a la de Platón, restituye todo el registro humano y nos devuelve a nuestra patria.

A. CamusCarnets – 1943

Parece claro. Pero debe ser menos fácil de lo aparenta (de lo que nos resulta en la vida de nuestras ideas), discernir cuál es la real obligación de elegir que nos imponen las circunstancias. Discernir si realmente hay que elegir y para qué lado hay que elegir; y de qué modo hay que elegir para no caer en aquel oportunismo. Porque aquello de que «nosotros no perdemos conciencia del otro costado del asunto» no creo que pase de ser una candorosa ilusión, en casi todos nosotros —si acaso no en Camus.

Lo que no tenemos

De un escrito de Abel —pero mejor leerlo completo, junto con este otro sobre Cristo Rey— sobre el arduo tema de la segunda venida de Cristo; tema frecuentado en la liturgia del comienzo de Adviento.

Debemos sin embargo tomarnos en serio las dificultades que nuestra cosmovisión nos plantea, y reconocer que debemos salir a la reconquista del lenguaje escatológico del Nuevo Testamento. Las palabras que Jesús utiliza para referirse a la futura venida del Hijo del hombre y la implantación definitiva del Reino tienen seguramente una dimensión de realidad que hoy se nos escapa.

No está nada mal que comencemos por reconocer ese simple hecho: tal lenguaje se nos escapa, y no podemos ya acceder a él de manera inmediata. Es mucho mejor que andar haciendo malabarismos catastrofistas, que querer superponerle a la historia un preesquema que el conocimiento histórico no valida; y desde luego mucho mejor que declarar como nulo y superado el Nuevo Testamento. Reconocer la propia imposibilidad permite ponerse en movimiento hacia aquella reconquista.

Y es extraño, en verdad, que estas admisiones nos cuesten tanto, a unos y a otros. Que, cristianos y cristianísimos, tengamos tanto miedo de ser pobres (pienso en Castellani, por ejemplo…)

Dos optimismos infundados

Misa dominical: en el momento de la homilía el cura nos pide que llenemos una encuesta anónima sobre la vida parroquial… Son dos largas páginas de preguntas, con opciones para responder. La idea no me resulta muy bien, pero tampoco muy mal; las preguntas, lo mismo, pero agarro la lapicera y marco casilleros. La mayoría de las respuestas (exceptuando las preguntas ininteligibles) me parecen cubrir pasablemente el rango esperable. Salvo una:

«¿Cuánto lo ayuda la música a participar de la misa?».

Opciones : «Casi nada – Poco – Bastante – Mucho».

Eso es todo. Se ve que el rango de valores positivos les pareció suficiente. Quizás todavía en mi parroquia no conocen la existencia del cero («Nada») y de los números negativos («Un poco menos que nada» «Mucho menos que nada» «Me asaltan tentaciones de romperle la guitarra en la cabeza al gordito entusiasta de barba candado»). O a lo mejor es que son optimistas, nomás.

Otro optimismo infundado. Hace muchos años, cuando ni existía Internet, aprendí, como casi todos los investigadores en matemáticas y afines, a usar LaTeX, un lenguaje de programación para editar fórmulas matemáticas, muy popular en ese mundo. Leí que se llamaba así porque había sido creado, sobre la base de TeX (otro sistema previo, más ‘bajo nivel’), por una tal Leslie Lamport… y me gustó saberlo. Saben, en ese ambiente nuestro (matemáticos, ingenieros, programadores, etc) las mujeres no abundan – y menos las que llegan a poner nombres a lenguajes, teoremas o polinomios.

Y pueden decir lo que quieran de nuestra cultura machista, y de esto y lo otro; no sé, en eso no meto. Lo que no pueden decir es que a los nerds no nos gusten las nerds. Al contrario: en mi caso (y no creo ser atípico -vieron «Lluvia de hamburguesas»?) descubrir esa inclinación y esa inteligencia en una mujer tenía (bueh… tiene) un poder seductor muy fuerte – aun cuando uno no estime mucho el valor de esa inteligencia para las cosas que importan. Nos fascina y nos alegra descubrir una de esas flores solitarias que embellecen el paisaje. Es bastante idiota esto que estoy diciendo, ya sé; pero a esos niveles de conciencia (primer o segundo subsuelo) somos bastante idiotas – los ingenieros, al menos.

Bueno, no les diré que esta Leslie Lamport (de la que sólo conocía el nombre) era una de estas flores solitarias para mí. Peeero… algo de aquella alegría debía resonar en mí cuando el dato me cruzaba por la cabeza: LaTeX, creado por Leslie Lamport; bien por Leslie, sola entre tantos nerds desprolijos y sin afeitar. Pero medio inconciente, y muy esporádicamente. Y de hecho, recién estos días se me ocurrió que podía buscarla en la web. Enseguida, casi sin pensar, escribí el nombre en Google. Creo que fue en el instante que apreté ‘Buscar‘ que mi cerebro se puso en marcha, rebuscando argumentos para destruir cualquier posible vestigio de ilusión adolescente: las nerds no suelen ser más lindas ni más femeninas que el promedio… acordate que ella ya sería grande cuando vos eras joven…

Pero… vieron qué rápido anda Internet ahora: Google fue más rápido.