Religiosidad de madres

Tres casos, librescos (conozco también algunos otros; pero este blog es mayormente libresco). Las diferencias son notables, pero el factor común me parece más notable y sugerente.
De las confidencias de Julia en torno a su matrimonio fracasado, en “Retorno a Brideshead“:
¿Sabes que, el año pasado, cuando pensé que iba a tener una hija, había decidido educarla como católica? Antes, no había pensado en la religión; tampoco lo hice desde entonces; pero en aquel momento, cuando estaba esperando su nacimiento, pensé «Eso es algo que sí puedo darle. No parece haberme beneficiado mucho a mí, pero mi niña lo tendrá». Qué extraño, querer dar algo que una misma ha perdido… Y, al final, ni siquiera pude darle eso; ni siquiera pude darle vida.
Entre los entrevistados por Christian Chabanis para su libro “¿Dios existe? No” (1972), hay una simple madre de familia, Denise Calippe; atea ella (sin dudas aunque sin militancia), y esposa de un católico. Así se casaron, y así siguieron:
— … durante los primeros años de matrimonio, me parecía que mi marido no practicaba mucho su religión. Ya se imagina que nunca lo pude criticar ni juzgar… Pero, igual, me preocupaba un poco que mi esposo no fuese a misa los domingos. Me inquietaba la idea de que yo hubiera podido influir en él de una manera que no me gustaba… en la dirección de la indiferencia, que al fin y al cabo no es una actitud apreciable. Después, la práctica volvió. Pero mi marido no es nada exagerado en eso […] ha conservado una fe de niño, lo cual no me disgusta, al contrario.

— ¿Y sus hijos?

— Francamente, siempre he deseado que mis hijos reciban un educación religiosa…

— ¿Y por qué deseó usted que sus hijos recibieran lo que no recibió usted misma? ¿No implica esa actitud un juicio de valor? ¿Considera usted que es preferible una educación religiosa, que la otra implica una carencia?

— Me costaría analizar los motivos de mi preferencia. Algo elevado, bueno… supongo… para mí era valioso, aunque tuviesen que volver luego a las mismas opciones que yo, era preferible que el camino se hiciese así. Aunque más tarde se volvieran ateos, lo serían después de haber pasado en su infancia con el contacto espiritual con la religión católica. […] Mi hijo mayor ha pasado por todas las etapas… primera comunión privada, confirmación, profesión de fe, un poquito de “perseverancia”, llevada a cabo en condiciones bastante simpáticas. Ahora, para mi hijo… usted ya sabrá cuál es el problema de fe en los adolescentes, no podría definir su actitud, el fondo de su pensamiento y sus creencias… Le fastidia ir a misa, es comprensible… […] Con él, mi forma de pensar no creó conflictos. Pero con mi hija es diferente […] Durante sus cursos de catecismo, han debido describirle lo que era ser cristiano, y acaso así llegó a decirse: papá es cristiano, mamá no lo es. Pues bien, esa clasificación me chocó.

— ¿No era inevitable?

— Quizás. Pero, naturalmente, esa conclusión lleva a reacciones prácticas. «A mí me fastidia ir a misa. ¡Y tú no vas! Es claro que te molesta todo eso. Pues entonces a mí también.» Y yo trato de contestarle: «Escucha, hija mía… si te interesa lo que pienso, debes saber que sinceramente quise que fueras al catecismo, que tengas educación religiosa…»… Pero resulta muy difícil explicarlo. Me darían ganas de decirle, sencillamente, no te preocupes…

Entonces Chabanis le pregunta (y le hace preguntarse) si esa voluntad de dar formación religiosa a sus hijos estaba motivada por la fe de su marido o no. Concretamente: ¿qué habría decidido al respecto si él hubiera sido ateo? A esto la mujer no sabe qué responder, es una posibilidad que nunca le había pasado por la cabeza.
Finalmente, una cita de la autobiografía de Dorothy Day. Por entonces ella, bohemia y militante radical, sin raíces religiosas pero atraída hacia el catolicismo, vivía en concubinato con un ateo radical (Forster) al que amaba y admiraba. Fue el nacimiento de su hija (Tamar) lo que la empujó a saltar…
Nuestra hija nació en marzo, a finales de un crudo invierno. En diciembre yo había llegado del campo y había alquilado una vivienda en la ciudad. Mi hermana vino para quedarse conmigo y ayudarme durante los últimos meses. Era bueno estar allí, entre amigos, cerca de una iglesia en la que podía rezar. Durante aquellos meses leí insistentemente la Imitación de Cristo.

Sabía que mi hija iba a ser bautizada, costara lo que costara. Que no la iba a tener sin saber qué hacer durante años, como yo misma había hecho, dudeando y titubeando, indisciplinada y amoral. Comprendí que eso era lo más grande que podía hacer por mi hija. Pedí para mí la gracia de la fe. Estaba segura, aunque no completamente. Pospuse la fecha de la decisión.

Una mujer no quiere estar sola en ese momento. Incluso la persona más dura y más irreverente se ablanda ante el hecho estupendo de la creación. Hacerse católica significaría afrontar la vida en solitario, y yo me aferraba a la vida familiar. Resultaba duro pensar en renunciar a un marido para que mi hija y yo pudiéramos convertirnos en miembros de la Iglesia. Si yo abrazaba la religión católica, Forster no tendría nada que ver con ella ni conmigo. Por ese motivo esperé. Aquellos meses de espera fui demasiado feliz para conocer el desasosiego de la indecisión…

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