El sentido de las proporciones

—Yo no te culpo de nada.

En su voz había un cansacio infinito. Kitty comenzaba
a impacientarse. ¿Por qué no podría él darse cuenta
de lo que, súbitamente, tan claro se había hecho para ella?
¿Por qué no comprendería que, al lado de todos los terrores
de la muerte bajo cuya sombra vivían, al lado de la belleza
divina que aquel día acababa de entrever, sus rencillas
privadas era completamente insignificantes?
En verdad ¿qué importancia podía tener que una mujer
estúpida hubiera sido infiel a su marido? ¿Y por qué
el marido de una mujer indigna debía, estando frente a frente
con lo sublime, atormentarse por aquello? Era extraño que Walter,
con toda su inteligencia, hubiese perdido a tal punto el sentido
de las proporciones.

(El velo pintado – Somerset Maugham)

Y, sí. Pareciera que el sentido de la proporciones
—quizás pariente o parte del sentido común—,
el saber dar con la medida justa de las alegrías y los sufrimientos, los apegos
y los rechazos; no preocuparse de más ni de menos,
… pareciera que esa capacidad no estuviera muy relacionada con lo que suele llamarse inteligencia. Verdad es también que
en ese sentido la palabra suele aplicarse más bien a los intelectuales que a los inteligentes.
Dios nos de la sabiduría —ya que no la inteligencia— para no perder el sentido de las proporciones, para dar a cada cosa la importancia que realmente tiene: ni más ni menos.

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